Intercambio cultural en la isla de Fidel

En el año 1996 se alinearon los planetas turísticos y pude conocer la isla de Cuba. Llegué a la tierra de Fidel colado en un congreso internacional de abogacía que ofrecía una promoción imperdible para los inscriptos y acompañantes. Era la primera vez que salía del país y el destino me entusiasmaba en muchos sentidos.

Visitando esa geografía es lo más cerca que estuve de viajar en el tiempo. Lo descubrí ni bien me embutí en una de las butacas del avión de la aerolínea cubana. La aeronave en sí parecía recién salida de un desarmadero: todo estaba sucio, roto o rajado. Supongo que para abaratar costos, en el interior del vuelo había más hileras de butacas que las que uno suele encontrar, de manera que apenas te sentabas, las rodillas te subían hasta el mentón.

También era una de mis primeras veces en avión, y la idea de ir durmiendo en el aire por sobre Sudamérica me parecía de lo más extravagante. Recuerdo que esa noche, entre sopores, atisbaba la ventana y veía la piel renegrida del mar bajo el peine de las alas.

De acompañante me tocó un señor voluminoso, muy sudador él, que nos despertó a todos a eso de las 3 AM con un estentóreo escape de gas natural, que además dejó en evidencia que los filtros de aire de la nave no daban abasto.

En el aeropuerto nos esperaba un pequeño colectivo en el que un hombre tomó un micrófono, se presentó como el organizador del tour del congreso, y empezó a darnos instrucciones: “Les recomendamos no tomar agua del grifo; no darle nada a quienes piden en la calle y, por sobre todas las cosas, no contratar los servicios de prostitución que se ofrecen”. Más tarde comprendería que el ejercicio de la prostitución en esa época era la forma más rentable de subsistir, ya que por un servicio las mujeres podían obtener el equivalente del salario profesional de algún universitario.

En el colectivo había colombianos, peruanos, un par de chinos y varios argentinos. Todos abogados menos yo. La tormenta empezó cuando nos dejaron en la puerta del hotel y no paró hasta que salió el avión que nos trajo de regreso; fueron siete días con sus noches de lluvia tropical que caía a baldazos: el diario local tituló con tipografía enorme en tapa esa semana: “Se vive el peor temporal en los últimos 60 años”. Jamás vi llover tanto. En el mostrador del hotel dimos nuestros datos y le señalé al dependiente una cascada de agua que bajaba por la escalera: “No es ornamento, señó; es que tenemos una pérdida de agua en el techo”, me explicó.

Esa primera noche no dormí nada y me la pasé en el balcón mirando el mar que rompía en la costa, que se veía desde la habitación. El viento con lluvia me apagó el cigarro varias veces, y a la hora y media, el ruido romántico del océano me tenía la paciencia al plato.

Un cacho de cultura

La comitiva del congreso estaba compuesta casi en su totalidad por staff masculino, que salió la primera noche de caza. Yo aproveché para caminar por las inmediaciones del hotel y para charlar con los taxistas, que allá son todos profesionales y doctorados que manejan transportes truchos. El parque automotor de Cuba me pareció ruinoso más que pintoresco. Las fotos de las revistas de turismo siempre muestran una pieza de colección estacionada en una vereda, pero no muestran que cada uno de esos autos viejos relucientes, hay como 10 mil Ladas hechos mierda.

Dicen que los cubanos son los mejores mecánicos del mundo; a mí me pareció que se trataba de gente que no tenía otra opción.

La parte turística de La Habana estaba bien: los bares tradicionales, un par de locales detenidos en el tiempo. Pero más allá de eso, al segundo día me parecía una obscenidad hacer turismo. Esa tarde me encontré con un abogado de Ecuador:

–¡Che, argentino! –me gritó desde una vereda.

Nos pusimos a conversar. Él iba del brazo con una señorita que le sacaba una cabeza y que vestía ropa muy ajustada al cuerpo. La muchacha no dejaba de abrazarlo con cariño desmedido.

–Las cubanas son las mujeres más ardientes –me explicó con los ojos libidinosos asomando sobre sus anteojos de sol–. Ahora mismo me voy a conocer su casa –añadió.

Nos explicaron después que hay muchas mujeres que intentan “enganchar” a algún turista, enamorarlo y luego convencerlo para que las despose y las saque de la isla. Si eso no funcionaba, directamente ofrecían el servicio de cama. Y como los cubanos tienen estrictamente prohibido entrar a los hoteles, los encuentros sexuales pagos se realizan en los domicilios particulares de las señoritas, cortina de por medio con la familia.

Imperdibles

Durante los días restantes me dediqué a esquivar a los organizadores del congreso aprovechar para visitar el mar en una de las playas más recomendadas. Tengo una foto en la que se ve mi cuerpo fantasmal flotando entre la llovizna, con el agua del mar embravecido rodeándome la cintura y de fondo un cielo negro y huracanado, como de película.

El servicio de taxis truchos, descubrí pronto, era el que más se usaba, por estrictas razones económicas. Tomé varios durante mi estadía, y una vez me tocó un auto tipo limusina, todo negro y aparatoso, masticado por el óxido en todas partes. El chofer era un petiso que alcanzaba a empujar los pedales con mucho esfuerzo. Entre sus piernas emergía una enorme varilla de pan que iba picoteando a medida que avanzábamos.

Me habló de los problemas de la gente común, de que un sueldo promedio ronda los 20 dólares y de que el arroz, la leche y el aceite se vendían racionados. Recuerdo que el interior del coche casi no tenía tapizado y era como una corona de resortes y hierros que brillaban del tétano. “A este carro lo usaba mi primo, que era custodio de Fidel”, me dijo en un momento. Como buen conocedor y negociante, arreglamos que me daría un paseo por los mejores lugares por cinco dólares.

Conocí el centro, los hoteles viejos, uno que otro museo, la universidad de periodismo, la casa de no sé quién era porque no lo anoté, y los bares en los que Ernest Hemingway estacionaba el corpachón en la barra. En el auto fumé cigarros gordos y probé un par de pellizcos de pan. Pasamos por el frente de un par de hospitales y tomé un helado en un lugar donde se filmó la película Fresa y chocolate.

Y cuando la lluvia comenzó a caer de nuevo con brío y en el interior del coche brotaron vertientes por todas partes, le pedí que me dejara en una esquina. Antes de bajar y despedirme, me recomendó un lugar para ir a tomar algo a la noche. “Es exclusivo, chico”, me dijo con un guiño.

De rotetium

No tenía mucha ropa, así que me puse un pantalón a cuadros que me compré para hacerme el snob, unas ojotas y una remera blanca que disimulaba un poco mi barriga burguesa. Me bañé en desodorante y partí munido de un mapa en una servilleta, gentileza del señor en el ingreso del hotel.

No recuerdo el nombre del boliche, pero sí que parecía un lupanar con ínfulas de palacio al que habían ido a parar todos los adornos que nadie quería poner en su casa: cartel de neón con varios fiocos quemados, vitrinas con banderas, angelitos diminutos orinando en fuentes pequeñas, gigantografías mal impresas de mujeres ataviadas con plumas en un desfile. La entrada costaba 15 dólares y adentro sólo había mujeres cubanas y una tropilla de europeos con las caras estaqueadas por habanos. Algunos llevaban sombreros de paja, otros anteojos negros. Alrededor de cada uno de ellos, al menos una mujer.

A mí nunca me gustaron los boliches, pero al primer “mentirita” (así le llamaban al trago cuba libre), se despertó en mí una pulsión ancestral. Me puse contra una columna a fumar y a mirar por sobre el borde del vaso. Con mis ojotas y mi pantalón, no tenía mucha pinta de adinerado, así que las mujeres ni me miraron.

Cuando le di el último sorbo a la bebida, me arrimé a la barra a dejar el vaso. A mi lado apareció una morena de cuerpo delirantemente curvado, una belleza de ojos verdes furiosos asomando desde un pelo rizado negro y brillando sobre una piel cetrina y llena de elastina y colágeno.

–Hola, chico –dijo.

Y yo tomé coraje y entablé un diálogo. Nos reíamos. Pedí un par de tragos más y le conté cómo se le decían a los órganos sexuales en mi ciudad. Hablamos del Che, de los rusos y de la literatura marxista, cosas sobre las que no tengo ni idea. Mi cabeza subía y bajaba acordando con ella para no romper el vínculo. Se llamaba Raiza y tomaba ron como si fuera agua. Cuando quise acordarme, ya estaba chupado y con el cuerpo gomoso. La música empezó a sonar más fuerte. Empezamos a bailar pegados, resbalosos de sudor y desinhibidos por el alcohol. Me sentía Guillermo Cóppola.

En un momento se separó de mí y me preguntó la hora.

–Es la una de la mañana, chica –le dije–. Y hace una hora que cumplí años.

Me preguntó si era cierto, y se colgó de mi cuello para besarme la boca. Tenía unos labios pequeños pero pulposos. Fue un beso tierno, largo y apenas húmedo. Habrá durado, no sé, media canción.

–Por 20 dólares me llevás de regalo –me dijo cuando se despegó.

Por cuestiones de principios y de economía, decliné la oferta: después de la biaba que le habíamos pegado al ron, no me quedaba ni una moneda. Nos despedimos en la puerta del boliche y emprendí el regreso caminando al hotel bajo un cielo encapotado, listo para volver a llover. A las pocas cuadras me asaltó un sentimiento fuerte y noble. Quería volver, quería abrazarla, quería llevarla hasta un lugar seguro y, eventualmente, casarme con ella.

Regresé sobre mis pasos y evité usar la puerta de entrada. Fui por una de las paredes del costado, en la que había un ventanal enorme que daba al mar. Usé una mano como visera para encontrarla dentro del boliche. Vi su vestido brillando en la pista otra vez. Un par de brazos robustos la ceñían por la cintura, mientras ella besaba a un tano bigotudo con igual pasión que a mí.

Me alejé del boliche caminando por el medio de la calle, buscando en el paquete algún cigarro que no estuviera mojado. Al día siguiente tenía vuelo de regreso, tenía que acostarme temprano.

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4 respuestas a Intercambio cultural en la isla de Fidel

  1. elrober dijo:

    Que cagada Joselo , enamorarse borracho de una cubana y casarte con ella hubiera sido algo lindo de leerte contar

  2. alberto baru dijo:

    Una prostituta hablando de literatura marxista y de política con Ud. es de no creer.
    Ninguna de las maestras que tuvieron mis hijos en las escuelas a las que concurrieron sabían que existió un tal Carl Marx y tampoco habían leído jamás la constitución. (y no le estoy exagerando, porque es algo que sufrí en carne propia).
    Así que no le creo nada de este post.
    Debe ser pura literatura suya, je!
    Saludos.

  3. Irene dijo:

    Me parece excelente tu manera de describir.
    Admiro eso.

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