Cuando la anécdota se vuelve literatura

Recordamos bien el invierno de 1994 porque se nos rompió el calefón. Llamamos a Jesús, nuestro factótum, un señor muy discreto que hablaba siempre en voz baja.

–¿Qué le pasó? –quiso saber, al tiempo que dejaba en el piso la caja de herramientas y se quitaba los guantes y la bufanda.

–No sé, hizo blam, puf y se apagó –explicó mi viejo (que no se mide con el vocabulario técnico).

Jesús quitó la tapa blanca con el isologo de Orbis y ante nuestros ojos cayó un cascarudo negro y enorme, medio momificado, probablemente muerto meses atrás. El bicho quedó tendido patas arriba sobre la piedra de la cocina y todos lo miramos.
–Claro –dijo Jesús–, ¿cómo va a funcionar si se le murió el maquinista?

Ese chiste en particular, que hizo que estuviéramos riéndonos todo el día, fue una obra maestra de la construcción literaria de la oportunidad. ¿Qué probabilidades existen de que Jesús llevara ese chiste listo por si algún bicho muerto caía de las profundidades de nuestro Orbis?

Pocas. O ninguna. Seguramente a Jesús lo iluminó un rayo de inspiración divina que le puso en la cabeza la idea (genial, por cierto) de que los calefones tienen maquinistas diminutos, y él, un tipo inteligente, tiró el comentario con una precisión quirúrgica.

La vida está repleta de sorpresas humorísticas y nos asaltan cuando menos lo esperamos. Y hay también momentos en los que nos convertimos, de manera involuntaria, en motivo de risa. Es lo que ocurre con las historias que vamos acopiando en la canasta de nuestro anecdotario.

Entre esas, recuerdo varias que ya sea por lo insólito de la situación o por las características de sus protagonistas, siempre me causan gracia.

Como la de un primo que fue a comprar un regalo para su jefa que cumplía años. La mujer era fanática de los jarrones, así que mi primo se recorrió la ciudad buscando uno que no le costara muy caro, pero los precios eran criminales. Ya casi listo para abandonar la tarea, pasó por el último local, donde encontró sobre el mostrador un hermoso jarrón que se había roto. Estaba en oferta y lo vendían con los dos pedazos para que quien quisiera, pudiera volver a pegarlo.

–Si lo lleva así roto, lo puede pegar –le explicó la chica que atendía en el negocio.

–Bárbaro –dijo mi primo relamiéndose–. Envolvémelo por favor y poné las dos piezas rotas adentro, así no las pierdo.

Cuando mi primo llegó a la fiesta, aprovechó para fingir que tropezaba y golpeaba el jarrón con la mesa. La cumpleañera se acercó para ayudarlo, pero antes de que le dieran un Oscar por la mejor actuación en el rol de disimular que compró un jarrón roto, la mujer abrió el envoltorio: adentro estaba el jarrón roto, y también envueltos y pegados con cinta para que no reboten, los dos pedazos que se habían partido.

Cosas del viejo

En una ocasión nos juntamos a comer varias familias. No recuerdo el contexto, pero sí tengo presente que alguien había traído un escabeche de perdiz, así que unas 10 personas nos abalanzamos sobre la bandeja y empezamos a probar con fruición la carne y las verduras. A la par de la fuente estaba el típico recipiente adonde iban a parar los huesos roídos.

De bien que estábamos dale que dale con el manjar, mi viejo sentenció:

–Horrible este escabeche; no tiene nada de carne.

Mi tío lo miró y empezó a reírse:

–Pero claro, bestia; ¿cómo va a tener carne si estás sacando los huesos chupados del plato donde van los desperdicios?

Calculo que la distracción en mi familia es hereditaria, porque también me ocurren cosas como estas, aunque a mi viejo no hay quien le gane. Él es del tipo de persona que se moja el dedo índice para pasar las fotos en una tablet, o llamar a todos “Alberto”, porque no se acuerda de ningún nombre. Una vez el viejo fue al médico para un control. En ese tiempo teníamos un galeno de cabecera, el veterano doctor Manzur, que siempre dedicaba una generosa media hora a cada paciente para revisarlo a conciencia.

Ambos hombres estuvieron escritorio de por medio conversando y viendo los valores de los exámenes de sangre. Luego se despidieron y mi viejo llegó a casa, tomó el diario y se puso a hojearlo.

–Mierda –dijo–. Estos no son mis anteojos, son los del viejo Manzur.

–¿Cómo sabés? –quiso saber mi hermano.

–Porque tiene otro gusto la baba –dijo al tiempo que chupaba una de las patillas.

Creer o reventar, efectivamente habían intercambiado los anteojos sin darse cuenta.

En mi familia hay mucha tela para cortar. Dos tíos del campo tenían la misma dentadura postiza que usaba una vez cada uno para ir al pueblo. Y también tengo otro tío que perdió los dientes en el inodoro de la terminal, tras un estornudo estentóreo que le hizo volar el comedor.

Y para cerrar las cuestiones dentarias, siempre recuerdo lo que le ocurrió a un conocido de la familia, que se fue a Brasil a disfrutar de unas vacaciones. El primer día el hombre se paró frente al mar, abrió los brazos en cruz y dijo:

–¡Esto es vida!

Su mujer desde la playa le gritó que cerrara la boca porque una ola le podía robar los dientes. Y antes de que el señor pudiera contestar, una masa de agua le dio de lleno entre los labios y le voló la postiza. No hubo Corega que lo salvara. El pobre tipo se pasó el resto de las vacaciones comiendo arroz y verduras pisadas.

Es de suponer que cada familia tiene en su haber algunos episodios épicos que se cuentan cada tanto en las sobremesas. Y es de suponer también que cada uno de nosotros somos protagonistas involuntarios de sucesos que motivarán historias y repeticiones.

Por lo general todas mis anécdotas se resumen a papelones varios, como cuando en una reunión de encumbrados escritores locales empezaron a hablar de Chandler y yo dije que mi preferido de Friends era Phoebe Buffay.

–Te quiero aclarar que estábamos hablando de Raymod Chandler, el escritor –, me explicó uno.

De dudosa procedencia

Algunas historias comienzan a rodar por fuera del círculo en el que nacieron y acaban convertidas en leyendas urbanas. Es el caso del hombre al que le roban los riñones en una cita y amanece en una bañera cubierto de bolsas de hielo. O el de tantos cuentos del tío que parecen nacidos en la mente de un guionista prolífico.

Ocurre así que ya no sólo es la curiosidad la que nos atrae, sino también el morbo. A la de los riñones hay que sumarle otras muchas, de las cuales me seduce como ninguna la de los hermanos que se fueron de camping.

Aunque nadie me haya podido confirmar que es real, en el fondo sospecho que puede tener raíces ciertas y que luego fue mejorada.

Todo comienza con un hermano que invita a otro a ir de pesca un fin de semana. El promotor de la idea acaba de recibirse de odontólogo y está en ese proceso de fanatismo en el que todo alrededor tiene que ver con su profesión. De hecho se hizo traer del exterior unos cepillos de dientes de avanzada que no se conseguían por estas latitudes, y le regaló uno a cada integrante de la familia. Su hermano aceptó gustoso la invitación, ya que era una excelente oportunidad para probar su también flamante cámara de fotos reflex tirando un par de rollos a la naturaleza.

Los dos partieron en un motor home con destino a zonas de pesca e hicieron base en un camping a la vera de un lago. En la primera noche conocieron a un matrimonio que tenía su casa rodante junto a la de ellos. En la cena hubo desavenencias entre los comensales de uno y otro vehículo, ya que los hermanos se quejaban de la humareda que la pareja estaba haciendo mientras quemaban hojas verdes. Primero discutieron y después se gritaron. Aparentemente, la pareja era muy mal llevada y de pocas pulgas, razón por la cual la noche terminó con un entrecruzamiento de puteadas.

Cuando los hermanos volvieron de pescar en la segunda jornada, el vehículo del matrimonio beligerante ya no estaba en el camping. Pero en el motor home de ellos la puerta estaba forzada y todo el interior estaba revuelto.

Los dos se pusieron a revisar la ropa, los bolsos, las billeteras. No faltaba nada. De hecho, la cámara de fotos estaba sobre la mesa. Ni el dinero se habían llevado. Inclusive los dos cepillos de dientes de última generación seguían acomodados en el estuche en el que venían. Los hermanos regresaron y se juntaron a la semana siguiente para comer los pescados y ver las fotos del viaje.

Era en la época en la que había que dejar el rollo de fotos para que te lo revelaran primero y te lo copiaran después en papel; así que te ibas de esos locales con un sobre en el que estaban las fotos y el rollo.

En la cena familiar alguien propuso hacer circular una a una las imágenes del álbum entre los comensales.

El primero en descomponerse fue el fotógrafo, que tuvo que levantarse corriendo para ir al baño. El segundo fue el odontólogo, que no sólo tuvo una baja de presión sino también un ataque de nervios.

Nadie de la familia entendía qué pasaba. En la mesa estaba la fuente con la comida, las botellas, y las 36 imágenes del rollo en abanico.

Una desentonaba con el montón. Para no herir la sensibilidad de nadie, sólo vamos a decir que la foto mostraba al matrimonio con los cepillos colocados no en el lógico lugar por donde entra la comida sino por donde sale.

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2 respuestas a Cuando la anécdota se vuelve literatura

  1. elrober dijo:

    Aunque me llegó a las 4 de la mañana y me despertó , igual te leo y te quiero y lo disfruto jajaja

  2. Nano Barreto dijo:

    Jajajaja yo me sabía esa historia pero con ladrones que entraron a la casa.
    Es como la de la pareja que va a una cena por un recién nacido. Lo llenan de elogios de lo lindo que era. Luego de la cena, mientras algunos acomodaban la cocina y otros servían el postre, la pareja de invitados van a la habitación del bebé que dormía y comienzan a hablar entre ellos pensando que nadie escuchaba.
    Sí, el bebé era horrible y tenían de esos aparatos para escuchar si el bebé llora.

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