Instrucciones para arruinar recuerdos

Necesitaba un trabajo y cuanto antes, mejor. Por eso repartí currículums en lugares de lo más disímiles, buscando siempre sobresalir y convertirme en una persona digna. Pienso en eso mientras me recuerdo a mí mismo en oficinas y salas de esperas abrazando un cilindro de papeles sudados, en el que el 80 por ciento del contenido era mentira y el otro 20 estaba tuneado con descaro.

No hace muchos años, era complicado hasta imprimir la hoja con la foto porque no entraba en un disquete junto con los certificados escaneados. Y los que te entrevistaban podían ser “de una consultora” (una especie de agentes de la Matrix que te ahogaban con la baranda a perfume) o “de recursos humanos” (por lo general, una chica bonita que te hacía dibujar gente parada en la lluvia y con eso se daba cuenta si tenías el perfil del que se sube al techo con un rifle). También quise timar con el currículum a un par de gordos de camisa blanca dueños de “una empresa” en el garaje de la casa.

Tal vez porque me quedaba la cara muy colorada tras afeitarme para las entrevistas (después de pasarme la track me lleno de granos), en la mayoría de los casos no pude pasar el proceso de selección, así que me decidí a probar suerte en la actividad independiente. Trabajé en un par de agencias de publicidad sin nombre que funcionaban en departamentos, en ellas redactaba avisos para radio, y todo fue bien hasta que se disolvieron los emprendimientos dejándonos a “los creativos” sin un peso y en la calle.

Por ese entonces conocí la fotografía y quise ser el mejor, tipo National Geographic. Aunque el manejo de las cámaras y los procesos de la imagen me vuelven loco, mi destreza es pavorosamente limitada. Y gracias a ella, arruiné una entrega de diplomas importantísima.

Un flash

Le habían ofrecido el trabajo a un amigo que me convidó con la propuesta:

–Son 460 egresados, a cinco pesos por pera. Sacá la cuenta –fue su argumento.

En esa época era mucha plata. Dije que sí sin pensarlo. Me excitó lascivamente que toda esta gente pagara por adelantado. Cuando terminamos de tomar las reservas, para colmo, resultaron ser 600 almas. Era tan hermoso que parecía irreal.

Empezamos a planear la cobertura con convicción y profesionalismo hasta que se terminó el agua del termo y mi colega destapó la primera cerveza. De ahí en más, y no me explico cómo, terminamos sumando al grupo al primo de mi amigo, que también tenía equipo. Ahora había que dividir las cuentas por tres.

Esa noche, antes de irnos a dormir llenos de malta y lupo, pusimos nuestros equipos sobre la mesa y repasamos objetivos y cuerpos como si fuéramos soldados antes de un combate.

El ruido de la manivela para enrollar el tubito con los negativos, la obturación en modo manual, la precisión de la aguja que mide la luz de la exposición. Nuestras cámaras eran viejas, pero tenían espíritu de batalla. La mía era una Nikon FE cromada que parecía del FBI. Lo único que nos faltaban era los flashes, porque calculábamos que en interior y desde lejos, no se iba a ver un pomo.

–Un pibe del barrio me consigue los flashes –dijo el primo de mi amigo. Y a mí me sonó bastante raro.

Nos despedimos esa noche con la idea de empezar una nueva vida llena de billetes al día siguiente. Como base de operaciones habíamos puesto una casa de fotos del Centro, que nos cobraba una mínima comisión (30 por ciento, por cada imagen) para receptar los pagos. La sensación que yo tenía en ese momento era de que el dinero inicial empezaba a desmembrarse de un modo preocupante, pero no tenía otra cosa en vista.

Y entonces llegó el día. Primera semana de diciembre. Un calor como para fundir estatuas.

Ya ni me acuerdo de qué se había recibido esa marea de gente con togas, pero estaban todos muy contentos de recibir el diploma. Nosotros llegamos temprano en el R12 de mi amigo y descargamos los bolsos con los equipos.

Al primer problema lo tuvimos cuando entramos al salón y un señor de bigotes nos dijo, de manera muy poco amable, que teníamos que ubicarnos en un lugar y de ahí no podíamos movernos.

Decidimos que yo me quedaría en la primera fila frente al escenario y mi amigo y su primo estarían en el extremo de la escalera de salida. Desde la posición de ellos, podía hacerles señas si se me escapaba algún egresado, para que lo fotografiaran antes de que se fuera.

Sentí la presión pero me enfoqué en prepararme para la batalla: elegí un objetivo, le puse pilas al flash y monté el rollo. Cuando terminé con el procedimiento me di cuenta de que no había aire acondicionado, y que todo el vapor de esa gente recién bañada y salida de la peluquería, estaba haciendo subir la temperatura varios grados. Lo supe cuando de la punta de la nariz se me descolgó la primera gota de sudor. Mi camisa “para salir” era el regalo de una prima para un casamiento, una prenda hecha enteramente de poliéster que ya en el viaje en auto había comenzado a acusar el lento abandono de mi desodorante.

Por lo general, este tipo de circunstancias vaticinan un desastre mayúsculo, pero en lugar de atenderlas, decidí hacer como si no pasara nada y me metí la paranoia en el bolsillo. “Es un laburo fácil”, había repetido mi amigo en la puerta del salón, aunque el mantra sonó más en tono de autoconvencimiento que de arenga. Pobre de nosotros.

Todo un rollo

El primer egresado que subió se me escapó olímpicamente. Tuve la sensación de que había subido y bajado en moto. No me dio tiempo ni de llevarme la cámara a la cara. Levanté el brazo y le hice señas a mis dos refuerzos para que no lo dejaran ir. Vi los fogonazos a la izquierda y me tranquilicé lo suficiente como para apuntar mejor al siguiente. Esta vez mi flash largó un rayo que dejó ciega a la mitad del auditorio. La gente que estaba a los costados al otro día se debe haber levantado pelada. El aparato estaba mal y demoraba en recargar para un segundo disparo. Me parecía que había conseguido retratar al señor así que le hice señas a mis compañeros de que estaba todo bien.

Al quinto disparo comprendí que el flash no estaba de mi lado y empecé a sacar en completa oscuridad. El primo de mi amigo llegó hasta mí esquivando al bigotudo de la organización casi a la rastra. Por entre las piernas de dos viejas me pasó su propio flash desde el piso.

–Cuidalo mucho –dijo–. Era el flash de mi viejo.

Lo vi alejarse entre los destellos de las cámaras compactas de la audiencia, en medio de un rugido tronador. Estábamos perdiendo la batalla. Nos habíamos preparado para este combate, pero no con las armas adecuadas.

Cuando me quise acordar tenía la camisa empapada. Miré mi pecho, donde mis tetillas se erigían encumbradas por el roce de la tela: me sentí en un concurso de remeras mojadas.

Mi amigo llegó hasta mí en un momento en el que subía alguien en muletas y la audiencia estallaba en gritos de júbilo.

–Tenemos problemas en el frente –anunció entre gritos–. Mi flash también dejó de funcionar; ahora estás solo –agregó poniéndome una mano en el hombro.

Después desapareció entre la gente que se había puesto de pie para aplaudir a un joven que subía con la abuela.

Me arremangué y comencé a disparar con el miedo de un soldado abandonado en la trinchera, esquivando los pisotones de los tacos altos y los codazos de la gente con saco y corbata. En dos oportunidades perdí la lente, que rodó hasta el borde del escenario. No había pasado una hora y tenía la mano mortalmente entumecida por el obturador; sin contar que el flash de repuesto comenzó a fallar cuando se recalentó. Preso de la desesperación, busqué al resto del equipo: mi amigo tomaba más pedidos de foto con una libretita mientras su primo fumaba en la puerta.

Cuando la ceremonia terminó, me fui al auto. El R12 había quedado al sol y estaba incandescente. Apenas subí me azotó el olor abrasador de las lunetas hirviendo. Y ahí quedé tendido con un golpe de calor, ahogado en el medio del tufo ígneo.

No hubo ni una sola foto en foco y sólo dos o tres en las que se veía quién era el egresado. El resto eran postales en las que se observaba medio cuerpo de alguien yéndose del cuadro, o directamente un vacío: había muchas imágenes de las autoridades aplaudiendo a nadie frente a la mesa con los diplomas.

El R12 hizo dos cuadras y se le reventó el motor. El karma fue benévolo con nosotros.

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4 respuestas a Instrucciones para arruinar recuerdos

  1. mariano463 dijo:

    tremendo José, me hiciste cagar de risa. Abrazo

  2. Desiree dijo:

    Años sin leerte y seguis con la misma calidad y humor que siempre, relatandolo como si lo hubiesemos visto, palpado y oido jajaja!!!

  3. elrober dijo:

    Maravillas del 1a1 jajaja pensar que volvieron esos tiempos, y recargados

  4. Irene dijo:

    ¡Ay! Creo que lo sufrí más que los protagonistas… hasta me dio calor!!!

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