Convivir con la parca hasta que llegue la muerte

En el año 1978, un grupo reducido de hombres desesperados clavó la pala sobre la tierra que cubría el cuerpo de Charles Chaplin, fallecido un año antes. Los profanadores improvisados robaron los restos de la mítica estrella del cine mudo para pedirle rescate a la familia. Convencidos de que habían dado con una modalidad inteligente de conseguir dinero fácil, se quedaron descolocados cuando recibieron la respuesta del entorno del artista: no les iban a soltar ni un peso partido al medio.

Los hombres se vieron entonces en apuros y, apremiados por la avidez de metálico, decidieron conservar el cuerpo y continuar con las negociaciones ofreciendo descuentos y cómodas cuotas, para ver si sacaban algunos mangos. Pasaron 11 semanas y nunca les llegó el premio consuelo. Y como la conservación de los cuerpos profanados no era especialidad de los forajidos post mortem, al final los terminaron agarrando. Desde entonces, el cuerpo de Chaplin descansa cerca del lago Lemán, bajo dos metros de hormigón para disuadir a potenciales emprendedores del desentierro.

Me gusta esa historia por diferentes razones, entre ellas porque encierra nuestra fascinación por la muerte, que convierte a los cadáveres en tótems o amuletos. La muerte es cautivante cuando la parca pasa a degüello a nuestros íconos, y entonces ya no es sólo el morbo quien toma las riendas, sino que hasta las circunstancias de un deceso pueden despertar diferentes pulsiones. O directamente abonar una leyenda.

En este último rubro están las muertes de aquellos ídolos populares que, desde el momento mismo en que les taparon la cara con una sábana, pasaron a formar parte del folklore. Jim Morrison –hasta donde se sabe– falleció en París mientras tomaba un baño de inmersión. El cantante de los Doors tenía suficiente droga en sangre como para voltear una docena de ponys. Y a pesar de que hay tumba, lápida y hasta busto en cemento, todavía circula la versión de que el Rey Lagarto está vivo en algún lugar de Europa.
Algo similar pasó con el otro rey de la música, Elvis Presley, que en la recta final de su vida estaba bajo una estricta dieta de barbitúricos que lo habían hecho engordar como un novillo. Presley pasó sus últimos días encerrado en una mansión con decenas de habitaciones, cada una con un televisor.

Pero a pesar de que el empastillado cantante exhaló su último aliento en 1977, alguien hizo circular la versión de que el hombre de Mississippi no había pasado a mejor vida, sino a una vida de anonimato. Así surgió la teoría de que el músico había fingido su propio deceso y que, con cambio de look y todo, se convirtió en un hombre común y silvestre y ahí anda lo más pancho.

Existen muchos casos como los anteriores, y entre ellos podemos citar la leyenda de Walt Disney, aparentemente descansando en un freezer a la espera de los adelantos tecnológicos que le permitan curar su enfermedad. O el caso del guitarrista blusero Robert Johnson, de quien se decía a comienzos del siglo pasado que había hecho un pacto con el diablo a cambio de su alma; de ese aparente contrato con las fuerzas del mal, el músico se benefició convirtiéndose en un virtuoso para la época.

Extrema función

La fascinación por la muerte ha llevado a la humanidad a convivir con ella de maneras diferentes de acuerdo a cada cultura. En algunas zonas de Centroamérica se considera pertinente velar a los muertos en diferentes poses de acuerdo a lo que fueran en vida, y así cada tanto se viralizan fotos de occisos puestos de pie, con anteojos negros y un cigarro en los labios. También en algunas culturas orientales se fomenta la idea de que los muertos tienen necesidades, y así es que se les lleva comida, bebida y hasta cigarros a la tumba cada vez que se los visita. En México existe una fecha especial que se festeja con más alegría que un cumpleaños, y los egipcios pusieron de moda el embalsamamiento para tratar de torcer el destino de la carne fenecida.

La historia de la humanidad tiene montones de registros de prácticas en torno al descanso final: hubo un Papa, el número 111 de la Iglesia Católica, don Formoso (891 a 896) que fue desenterrado para ser juzgado por oponerse al poder de la época. Así, nueve meses después de su muerte, exhumaron sus restos y lo sentaron en medio de una corona de sacerdotes que evaluó sus acciones en vida; el resultado de ese concilio cadavérico es que encontraron culpable al religioso, por lo que se anuló su investidura papal despojando al cuerpo de sus ropas y arrancándole tres dedos de la mano con la que daba las bendiciones. Luego lo pasaron a una fosa anónima.

Al triste destino del Papa puede sumarse lo acontecido con Grigori Rasputín, el monje que se ganó la confianza de la familia Romanov en Rusia, a comienzos del siglo 20. Por diferentes razones políticas y de intrigas palaciegas, el monje fue asesinado. El momento de su muerte se volvió leyenda cuando su matador contó que el monje sobrevivió a una dosis letal de cianuro y a un balazo en el corazón. Aunque finalmente perdió la vida con cuatro tiros en el lomo, los atacantes no se conformaron con darle muerte y, según se cuenta, cercenaron su miembro viril. La razón fue que el monje tenía un aparato reproductor que rondaba los 30 centímetros. En la actualidad, el genital se encuentra exhibido en un museo ruso.

Ritos y mitos

Algunas culturas de Asia practican un ayuno extremo antes de fallecer para quedar semimomificados cuando les llegue la hora. Los cubanos no entierran a la gente, sino que la ponen en cofres al ras del suelo, y mientras en algunas culturas cremar el cadáver está prohibido, en otras le dan con todo a la perilla del horno.

La muerte es la única certeza que tenemos los vivos, algo inevitable que aguarda por todos y cada uno de nosotros, sin excepción.

Los jíbaros reducían las cabezas de sus enemigos porque les daba suerte como amuleto andar con una mini sabiola en el bolsillo. Tenemos en nuestro historial culturas precolombinas que le ofrendaron una ristra de corazones humanos sacrificados a deidades varias, y también culturas africanas que, mediante rituales, dicen poder traer a los muertos otra vez a la vida, sólo que en formato zombi.

Los Malgache, tribu de Madagascar, tienen por costumbre desenterrar a los muertos cada siete años para vestirlos y sacarlos a bailar entre los familiares. En Filipinas algunos pueblos creen que las almas de los muertos se asfixian en la tierra, así que directamente cuelgan los ataúdes de madera en acantilados.

Aunque estas prácticas nos suenen aberrantes, extrañas o sin sentido, finalmente se resume todo a que la muerte es un misterio tan inexpugnable que cada cultura lidia con ella a su manera. Hasta existen los médiums, esos sonidistas de los que no tienen retorno, que trabajan a destajo desde que el mundo es mundo tratando de convertirse en el puente de contacto con el más allá, siempre con dudosos resultados.

Nos toca de cerca

Intento hacerles entender a mis hijas que la muerte es una parte inevitable de la existencia. Son pequeñas, pero en una década de vida ya llevan vistos como seis velorios. Por lo general se conforman con escribir notas de despedida y hacer dibujos que luego depositamos en el cajón. Es la forma en que naturalizan un destino que es inevitable y como padre me parece una buena herencia, sin importarme lo que digan los psicólogos y los abuelos.

Para ellas, a esta altura, los muertos son parte del mundo, y conviven con esa realidad sin angustia, tranquilas, sabiendo de qué se tratan esas ceremonias en las que las lágrimas viajan de hombro en hombro.

Una sola vez me preguntaron por qué en los velorios suele haber gente que se ríe. Y les dije que tiene que ver con los nervios:

–Cuando yo las reto, ustedes también se ríen nerviosas. La gente grande hace lo mismo.

–¿No es una falta de respeto? –quiere saber la más grande.

–No creo, también en algunos casos es una forma de recordar a quien ya no está con nosotros de una manera alegre.

Para ellas, la muerte es algo más dentro de la ensalada que es la vida. Son pequeñas pero ya empiezan a entender que dedicarle cavilaciones no tiene sentido, porque no se puede eludir.

–Cuando vos te mueras –me dice la mayor– yo me voy a quedar con todos tus libros.

–Y yo con la tablet y el televisor grande –apunta su hermana.

–Me parece bien –les digo–, siempre y cuando no hagan nada para precipitar los hechos, como empujarme por una escalera.

Ellas ríen. Encuentran simpático que hablemos de estos temas sin tantos rodeos y hagamos chistes al respecto.

Claro que el pesar no puede evitarse. Pero creo que algo bueno deben enseñarnos las pérdidas y los dolores. Después de todo, nadie nunca está completamente preparado para irse a cabecear las nubes. Lo importante es emprender el viaje inevitable, dejando algo bueno para los que vienen atrás.

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2 respuestas a Convivir con la parca hasta que llegue la muerte

  1. Irene dijo:

    Sumamente interesante. Comparto la modalidad de tratar la muerte con los niños. Las mascotas ayudan a abordar el tema, cuando mueren, claro.

  2. elrober dijo:

    Yo soy de los boludos que hacen chistes en los V elorios. Es como que llego y todos esperan el zarpazo. También he hablado con mis niños del tema sin tapujos

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