El cuento del tío

Mi abuela perdió un valioso juego de vajilla con el cuento del tío. En medio de un aprieto económico, allá por los albores de la década de 1980, puso un aviso en el diario para ver si se hacía de unos mangos con los utensilios heredados, para tener un respiro. Se presentó un tipo muy bien, que le contó que estaba casado con una mujer postrada en silla de ruedas que era fanática de los platos y los cubiertos de esa calidad.

Mi abuela se apiadó y lo ayudó a cargar las cosas en el baúl para ir a mostrárselas a la desafortunada esposa. Estacionaron en doble fila frente a un edificio en Nueva Córdoba y el tipo le pidió a mi abuela que bajara a tocar el timbre, así el portero le abría la puerta mientras él estacionaba.

La vajilla, el auto y el conductor desaparecieron apenas mi abuela se puso los anteojos para encontrar el botón junto a la palabra “Encargado”.

Eran otros tiempos y el terreno para las estafas era llano y acogedor: bicicletas financieras y billetes engordados a ceros, épocas sin redes sociales para advertir sobre estos engaños.

La anécdota de mi abuela siempre motivó la burla de uno de sus yernos, que se la recordaba cada vez que iba a su casa a cenar.

No digo que Internet haya resuelto las posibilidades de caer en las trampas (todo lo contrario); digo que antes era mucho más fácil. Un amigo me lo recordó con una historia de los años 1960, cuando el correo ni soñaba con un gemelo electrónico y a un señor en Estados Unidos se le ocurrió una idea para hacer dinero sin moverse de la silla.

Este buen hombre trabajaba en un diario que había hecho recientemente una sesuda segmentación de público: en su base de datos había 10 mil direcciones postales pertenecientes a gente de clase media alta.

El tipo consultó el fixture de un torneo de béisbol que había generado muchísima expectativa. Entonces redactó dos tandas de cinco mil cartas cada una.

En la primera, explicaba al destinatario que esto no se trataba de folletería publicitaria (el tatarabuelo del spam), sino de un regalo: en esas cinco mil cartas decía que iba a ganar el equipo A, por si querían hacer en algún lado algún tipo de apuesta.

A las otras cinco mil cartas las redactó igual, sólo que cambió la A por una B.

Tras el partido en cuestión, cinco mil personas tenían una carta en la mano que había dado con el resultado.

En la fecha siguiente de ese campeonato, el señor repitió la operación de las misivas, sólo que esta vez armó dos grupos de 2.500 cada uno; al primero le decía que el ganador sería el equipo C, al restante que vencería el D.

Para la fecha siguiente, había 750 tipos que empezaban a pensar seriamente que eran privilegiados. Y para 375 personas, al terminar el partido entre A y D, no había dudas: era una ayuda divina.

Imaginemos la expectativa de la mitad de esa gente en la final. Pensemos en el influjo de las premoniciones acertadas. Esos últimos integrantes del grupo recibieron una última carta donde les decían que para tener el resultado final, tenían que desembolsar una suma importante y mandarla a un apartado postal.

El señor de las cartas se hizo millonario.

Por supuesto que se trata de un engaño que hoy no surtiría efecto. En aquellas viejas épocas, el timo era un animal cebado sin alambrados que lo detuvieran. Hoy algo semejante sólo es posible a través del correo electrónico.

De hecho, tal vez todas esas cadenas de correo electrónico que piden donaciones para causas nobles sean el equivalente del cuento del tío versión siglo 21. Alguna universidad prestigiosa hizo un estudio al respecto y determinó dos cosas interesantes.

La primera es que hay un mayor número de cuentas de Hotmail (el doble) que de Gmail, los antagónicos rivales en materia de comunicación digital.

El tema es que las cuentas de Hotmail, en su gran mayoría, están inactivas o pertenecen a gente grande que tiene fatiga de cambiarse a un correo “más moderno”.

El grupo etario de las activas en Hotmail es significativamente más viejo que el de las de Gmail, en su mayoría utilizadas por gente joven y tecnológica.

¿Cuál de estos grupos es el blanco al que con más virulencia apunta el spam? O, todavía más interesante, ¿a cuánta gente le han sacado algo de dinero valiéndose de su buena fe, engañándolos con cadenas solidarias para supuesta gente caída en desgracia?

Cuando mi abuela pidió que le crearan una cuenta, fue su yerno el que le dijo que acabaría engañada por algún adolescente malintencionado, así que el temor la dejó fuera de la revolución tecnológica.

Mi tío político se jactaba de haberle ahorrado un dolor de cabeza, aunque la soberbia de su actitud recibió un golpe durísimo a comienzos de esta década, sobre la calle 9 de Julio, entre San Martín y Rivera Indarte, en la ciudad de Córdoba.

Un señor de aspecto desesperado le mostró un estuche de notebook y le dijo que acababa de robársela de un local y quería venderla cuanto antes. El tipo estaba temeroso, rayando la paranoia, diciéndole que por 500 pesos se la daba.

Entraron juntos a una galería comercial y, escondidos en un rincón, hicieron la transacción clandestina. Mi tío metió la mano en el estuche y comprobó que el aparato tenía teclado, cables y un par de CD para instalar el sistema operativo. Desembolsó los billetes y pasó por mi casa.

Hasta el día de hoy nos reímos. Todavía guardo en un cajón la notebook de madera, con un teclado pegado con cinta y tres rollos de cable que no deben costar más de 30 pesos.

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Una respuesta a El cuento del tío

  1. alberto baru dijo:

    Muy interesante el post, y me recordó algo ocurrido en el año 1968 o 69.
    Recién venido de Entre Ríos a BsAs, con 17 años y esperando a un pariente en la estación Federico Lacroze del FFCC, un tipo joven me encara con un vigésimo de un billete de lotería premiado, diciéndome que tenía que viajar y no podía esperar al lunes para cobrarlo. Yo atiné a decirle que era injusto perder ese dinero, que yo no podía hacerle eso y le ofrecí para ayudarlo, la poca plata que podía disponer para dar. El tipo me puteó y se fue rápido por el andén. Lo gracioso es que yo le creí y era real que sentía que no podía aprovecharme de semejante situación.
    Imagínese al contarle esto a mi hermana y cuñado, los que me explicaron lo de la estafa cuando dejaron de reírse a carcajadas.
    Años después entendí que el estafador triunfa en su intento porque la victima también se presta a estafarlo.
    Lo de su abuela no fue estafa, fue un hurto.
    Saludos.

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