Todos los pasajeros y el cantante

Nunca tomo el colectivo a tiempo para ir al trabajo, así que suelo viajar en diferentes horas. Eso me permite observar a quienes sí toman el transporte de manera regular. En el grupo de las 9.35 suele haber una pareja que siempre está vestida con la misma ropa. Ella es petiza y retacona, tiene el pelo largo hecho trenza hasta la cintura y ojos celestes saltones. Su mirada es severa. El hombre andará por los 60, y apenas llega a la parada, saca de su saco azul los dientes postizos y se los pone en la boca. El pelo del hombre es negro y entrecano, siempre engominado. Ella le habla en voz muy alta:

–Llegás y comprás chancho, así te hago unas milanesas.

–Bueno, bueno –dice él.

–Y verduras. Comprá verduras. ¿Te vas a acordar?

–Bueno, verduras. Sí, me acuerdo.

Entonces ella se mete la mano dentro del corpiño y le da un bollo de billetes. Siempre se saludan con un beso y él sube solo. Se sienta junto a la puerta de descenso; viaja callado y jugando con la prótesis dentro de la boca.

Por lo general a esa hora sube también un muchacho rapado que lleva una caja en cada mano.

–Señorasyseñores tengantodo ustede muybuenosdía…

Nunca me animé a probar un alfajor de los que vende. Me gusta escuchar su speech, la forma en que compara los precios de un negocio común (… Como puede ser elalmacén desubarrio…) con el precio increíble y por esa sola oportunidad: 20 mangos.

Son alfajores de varias capas, y el muchacho va intercalando en su alocución uno que otro “enseguidatoyconusté”, como si el colectivo se hubiera llenado de gente interesada en su mercancía. Es una estrategia de venta milenaria, pero todavía funciona. La ceremonia continúa con la rutina acrobática de ir ofreciendo los alfajores mientras se mantiene de pie, todavía con una caja en cada mano. Así cobra y reparte. Después se agacha sobre el hombro del chofer, le dice dos frases y se baja con el colectivo todavía en marcha.

Nunca lo vi trastabillar. Me da envidia, yo suelo perder la estabilidad incluso cuando voy sentado.

El colectivo de las 9.50 es el mejor. Va prácticamente vacío y puedo elegir el asiento que más cómodo me queda: fila individual, cuarto detrás del chofer. Ese es mi lugar favorito. Un par de paradas más adelante sube más gente, pero yo ya estoy ubicado y no te abandono el lugar ni a punta de pistola. Esa es la hora de los trámites con tiempo, de las visitas a familiares y la del regreso de las mamás que fueron con el bebé al médico. Este es el viaje en el que por lo general veo al gordito que vende unas lapiceras medio dobladas que en vez de capuchón tienen una almohadilla chiquita.

–No lo va a conseguir en negocios de informática –arranca diciendo.

La lapicera tiene una muesca para encastrar el celular y “Usarlo para ver Yutú o Nelfli”. Para demostrar que el dispositivo funciona, suele sacar su propio teléfono y ejemplificar cómo queda apaisado y fijo. Y por si fuera poco, con la almohadilla que está en un extremo se puede manejar la pantalla táctil del celular.

–Como verá el señorylaseñora, ete dipositivo sirve para usar el esmárfon sin necesidá de utilizar lo dedo.

Por último, la obviedad: además de hacer todo eso, la lapicera escribe. Su coreografía siempre funciona y termina vendiendo cuatro o cinco unidades. También cuestan 20. Un compañero de laburo tiene una y nunca le anduvo la almohadilla.

El colectivo que sigue es el de las diez. Muy rara vez lo he tomado porque soy un trabajador ejemplar y no me gusta llegar tarde (y me gustaría que eso quede bien claro). Este es un colectivo extraño, porque nunca sabés si va a venir hasta las manos o vacío y con las ventanillas abiertas. En este no hay vendedores nunca y el viaje suele ser rápido.

A veces aprovecho para escuchar música, entonces me entierro los auriculares hasta la mitad de la cabeza y subo el volumen. Me da algo parecido a la paz cuando la ciudad pasa rápido por la ventanilla y el viento me hace cerrar los ojos. Este tipo de viajes es, sin embargo, el más complejo, porque el trance no tarda nada en cruzar hacia la dimensión del sueño. Un par de veces me fui todo el trayecto dándole con la sien al vidrio. No me gusta, llego siempre aturdido.

La música sale del celular, donde tengo una cosa que se llama Spotify, que sirve para armar listas de canciones. Tengo armadas varias listas para diferentes ocasiones. Algunas son canciones ochentosas, solistas o grupos que se oxidaron con el tiempo. Darles play se parece mucho a volver a oír la gotera del baño de nuestra casa de la niñez.

Hay una familiaridad inexplicable que a la vez puede resultar asfixiante: tengo que tener mucho cuidado con esos temas porque me remiten a una preadolescencia que galopa a la par del estreno de una democracia en la que reinaba la confusión de un lado y otro de la piel. Esas canciones funcionan a veces como llaves maestras para abrir puertas que no son agradables de mirar: la timidez antes de hablar con la chica que te gusta, la primera (y última) borrachera con anís turco, la desnudez en un vestuario.

Cuando la melancolía empieza a taladrar el humor, cambio de rubro. Empezar el día contrariado me resulta molesto.

El regreso es la hora más excitante. Ese momento límbico en el que al reloj se le empacan las agujas y los minutos transcurren lentos antes de darte la libertad. Y después, la gloria: salir, sentir que no queda nada por delante hasta el día siguiente y llegar a la parada para adivinar el colectivo a la distancia. Es sabido que para que el transporte que esperamos llegue más rápido, hay que encender un cigarro, porque indefectiblemente el bondi llega cuando llevás hechas tres secas furibundas.

La hora del regreso suele ser la más complicada. Ese sabor de tener el mundo a los pies que paladeamos cuando cruzamos la puerta del trabajo hacia la calle, queda en jaque en el instante en que el transporte llega empachado de gente con cara enojada.

En estos casos suelo subir y resbalar entre los cuerpos hasta apostarme de pie frente a mi asiento favorito, donde monto guardia. Mientras me bamboleo al ritmo de los codos y de los olores de la gente, me fijo en lo que hacen quienes están sentados, y espero pacientemente alguna señal que dé cuenta del inminente abandono de la butaca.

En el colectivo de vuelta, en ese hacinamiento de alientos y gases volátiles que se entremezclan con los desodorantes en pugna con el olor a chivo, suelo poner la mochila entre las piernas y esperar. Sé que a seis o siete paradas subirá un señor con una guitarra que parece de juguete.

–Buenas tardes, si me permiten, quisiera acompañarles el viaje con una canción.

Desde el fondo apenas se escucha, pero se nota que la búsqueda de la afinación y los tonos es una empresa perdida. Aunque desafine y se le vaya la voz en unos falsetes involuntarios, el rasguido de las cuerdas y su rostro contraído en una mueca dolorosa acaban descomprimiendo, sino la lata de sardina en la que vamos, al menos la mufa que llevan todos en la cabeza.

No suelen ser más de dos canciones. El hombre es alto y desgarbado. Debe andar por los 40 largos y lleva el poco pelo que le cubre la cabeza atado en una colita apenas visible.

Nunca me ha gustado la música nacional, pero su empeño en hacernos sentir lo que él siente cuando canta como el culo esas canciones, acaba contagiando.

Y por increíble que parezca, ese señor grande que encastra la cadera en el espacio mínimo que hay detrás del chofer, hace que el viaje sea mucho más relajado.

No importa cómo haya sido el día ni cuántos reclamos me parpadeen en la pantalla del celular. Si el flaco se sube y me acompaña y vamos todos rasgando la ciudad a pestañazos, parece mejor.

Lo prefiero a él antes que al de los alfajores o al de la lapicera futurista. Su obstinación artística sin sentido es sanadora.

A veces, en esos regresos grises que matan la esperanza, termino agradeciendo que el flaco haya subido con nosotros. Nunca lo voy a entender, pero disfruto de su obstinación mucho más que de cualquier lista del Spotify.

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3 respuestas a Todos los pasajeros y el cantante

  1. Alberto Baru dijo:

    QUE BUENO ES SER ESCRITOR PARA PODER CONTAR ASÍ LAS ANÉCDOTAS, NO COMO UNO.
    A MI ME PASABA QUE VOLVÍA A LA TARDE NOCHE DE CONSTITUCIÓN A SOLANO EN EL 148, IGUAL A COMO CUENTA UD; Y AL LLEGAR A CALCHAQUÍ (RUTA 2) Y DOCE DE OCTUBRE, QUILMES OESTE, SUBÍA UN PIBITO POSIBLEMENTE DE LA VILLA SAPITO QUE ESTABA MÁS O MENOS 20 CUADRAS MAS ADELANTE Y CANTABA UNA CANCIÓN LACRIMOGENA CON UNA VOCECITA LASTIMOSA, Y LA TERMINABA CASI EN UN GRITO: “MAMITA ERA MUY LINDA Y AHORA ESTÁ EN CIELO”
    MI VIEJA NO ENTENDÍA POR QUÉ ESTABA INAPETENTE EN LA CENA SI HABÍA LABURADO TODO EL DÍA…
    1 SALUDO

  2. mariano463 dijo:

    brillante José. Gracias a Dios ya no tengo que andar en bondi.Abrazo

  3. Hola soy de Chile, y al leer tu historia no es muy diferente aquí es igual, aunque debo señalar, que han subido personas a cantar y lo hacen super bien…que me da gusto escucharlos de camino a la casa, después de un laaargo día…gracias por hacerme ver lo que de pronto no nos damos cuenta..muy simpático tu relato.

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