Bachillerato acelerado para adultos

Terminé el colegio secundario en un bachillerato acelerado para adultos, tras haber fracasado con honores en todas las instituciones educativas en las que mi magro rendimiento –o mi conducta volátil– se confabuló para dejarme sin banco. Ya huérfano de alternativas dignas para otro año como repitente, el acelerado se presentó como la última oportunidad, y decidí que había que dejar de pavear por lo menos dos años para rajar por la puerta grande (o cualquier otra que hubiera abierta) con el título debajo del brazo.

Estaba en los albores de la década menemista, entonces las profesiones modernas todavía no se habían inventado, así que no había posibilidad de convertirse en “game taster”, “youtuber” o “empleado de un cyber”. En esos años sólo podías ser “alguien” en la vida si levantabas tu futuro sobre tres pilares: el inglés, la computación y el secundario terminado más o menos dignamente. Claramente no iba a ser mi caso.

La sede del bachillerato era una casona vieja con habitaciones acondicionadas como aulas y un patio común a todos los cursos. El primer día descubrí que yo era uno de los alumnos más jóvenes, y que el otro se llamaba Mariano. Él hacía ya tres años que cursaba el acelerado, pero todavía no estaba listo para salir al mundo. Quería ser ingeniero electrónico para arreglar aparatos sofisticados, pero no sabía ni la tabla del siete; nunca dijo cómo pensaba hacerlo, pero tenía esa obsesión. Suya fue la tarea de instruirme, como si estuviéramos en el patio de una cárcel, sobre quiénes eran cada uno de los personajes que compartían el recinto educativo con nosotros.

–Ese es cafisho. Aquél de la gorra corre en moto y está re loco. El de la remera verde vende faso –decía mi flamante amigo mientras señalaba con las cejas a quienes nos pasaban por delante.

–¿Quién es el de musculosa? ¿Qué le pasó en la cara?

–Es fisicoculturista; la semana pasada le abollaron la trompa en el quiosco de la vuelta.

–¿Y la chica del escote?

–No te metas con la chica del escote. Esa levanta clientes acá y está en pareja con el gordo lleno de aritos en la cara. Son tranquilos, pero muy embrollados. No te metas con ellos.

En ese primer recreo me invitó a fumar droga a la terraza, pero justo terminó el recreo. Antes de volver al aula, me presentó a un flaco de melena y anteojos negros. Ya era noche cerrada, pero el flaco no se sacaba las gafas.

–Este es Pequeño Gigante –nos presentó Mariano–; Enano, este es Plato Playo.

El flaco se bajó los anteojos hasta la mitad del puente de la nariz y me miró por sobre los cristales.

–Lo que necesites conseguir, lo que sea, le pedís al Pequeño.

–Al Gigante –corrigió el de las gafas.

Mariano usaba el pelo ruludo como un afro. Vestía siempre unos borceguíes que él mismo había pintado con aerosol rojo. Era fanático de la fotografía y comenzó a pegarme el vicio en nuestras primeras juntadas a estudiar. Con él aprendí lo que era una cámara réflex, un objetivo y la velocidad de obturación. En ese período de la vida, todo lo que miraba me parecía obscenamente atractivo. La idea de convertirme en fotógrafo, también. Si conseguía trabajar de eso, estaba listo para dejar el colegio adonde lo había encontrado.

De acuerdo a las materias que tuviera que cursar eran los compañeros que me tocaban. En los dos años de cámara rápida compartí horas caprichosas con una masa heterogénea de personas, casi todas con problemas personales o psiquiátricos.

Había un muchacho que jugaba al rugby, a quien habían echado de un montón de colegios por problemas de conducta. Ahora ya estaba grande, con el cuerpo fuera de estado y con la desesperación propia de quien ve que por delante no hay mucho futuro.

Tuve mucha suerte en varios sentidos. Primero, fui el único de mi aula que no puso plata para un viaje de estudios que empezó a organizar un gordo de pelo canoso, que le sacó guita a un montón de gente y no apareció nunca más. También zafé cuando hubo una redada en el quiosco que estaba pegado al edificio: el procedimiento terminó con la demora en la seccional de tres alumnitos que cursaban conmigo: el delito se caratuló como consumo de alcohol en la vía pública antes de entrar a clase.

A mí lo único que me gustaba del colegio eran las caras de los personajes. En el recreo los veías deambular por el patio. Algunos caminaban en círculo, otros se reunían en grupos pequeños y hablaban en voz baja. También solía haber rondas más grandes en las que se reían a las carcajadas. Y estaba también la chica que me impactaba, que siempre andaba con zapatos estileto. Todos fumaban en ese entonces: desde el taxista divorciado hasta el maestranza de un colegio privado. Desde la chica con la mancha roja en la cara y hasta el tuerto callado. Todos estábamos ahí por lo mismo.

Por esos años conseguí comprar mi primera cámara fotográfica. Después la vendí y me compré una antigua. Hice algunos mangos sacando fotos y hasta gané un concurso. Cuando me quise acordar, tenía toda una batería de objetivos y cuerpos y trípodes que me hacían sentir un Robert Capa, un Cartier-Bresson o un Martín Baez. Hasta tenía bolso y salía a la noche a fotografiar esquinas, perros cruzando por la senda peatonal en contraluz frente a los autos y naranjitas contando monedas. Fotografié a los mozos de seis bares del centro y mezclé en doble exposición el cielo del campo a la noche con luna y los edificios iluminados en la ciudad cuando llega la tarde. Tenía ampliadora, bateas, pinzas y líquidos que te desteñían las remeras. Me había armado un laboratorio amateur en el que bañaba papel Ilford hasta que brotaban las imágenes. Creo que en esos días, salir a caminar de noche con la cámara me ponía muy cerca de algo parecido a la felicidad.

Un día Mariano me pidió prestado el equipo. Necesitaba cámara y objetivos para cubrir un casamiento. Le presté todo y le deseé buena suerte. Eso fue un jueves. Mariano faltó el viernes. El lunes tampoco vino. Ya para cuando se cumplió una semana, lo llamé por teléfono. Sería la primera de muchas llamadas que siempre contestaba su madre. Invariablemente me decía:

–No puede atender; “ta tudianndo”.

Le pregunté de muchas maneras si podía interrumpir su entrenamiento intelectual, pero la respuesta era siempre la misma:

–Mmmm. No, ta tudianndo.

No sé cómo terminé juntando coraje y me planté en la puerta de la casa. Esta vez, salió Mariano.

–¿Podemos hablar? ¿No tas tudianndo?

Mariano me contó que lo habían afanado y que hasta que no juntara el dinero para devolverme lo perdido, prefería no verme.

–Te voy a pagar hasta el último peso, chabón. Decíme cuánto querés.

A mí me resultaba sospechoso, pero no tenía motivos para decir nada. Mariano me palmeó el hombro y me dijo mirándome a los ojos:

–Quedate tranquilo, chabón. En breve te consigo la plata para que repongas tu equipo.

Volví a casa esa noche y me quedé viendo las fotos que había copiado y que estaban pegadas a los azulejos de la pared. Algunas no estaban tan mal. Me tomó por sorpresa un ataque de llanto con globos de mocos y subibaja de hombros.

No volví a saber de Mariano el resto de los meses de cursado. Seguí zapateando entre las materias. Aprobé algunas con técnicas non santas y no me avergüenza reconocerlo: sé que de no haber sido así, tanto física como química (cuando no matemática y contabilidad) me iban a poner seis metros bajo tierra en una tumba laboral. Los meses que siguieron son confusos. Empezó a hacer calor. En el patio del bachillerato parecían ir todos en cámara rápida mientras yo quedaba petrificado contra una columna.

Llegaron los finales, los recuperatorios y, finalmente, el cierre. Cuando me dieron la copia del analítico, no lo podía creer. Salí a la calle ese día todo perito mercantil y sonrisa, aunque sin saber qué iba a hacer.

En la entrega de diplomas discreta, austera y sin protocolo, por increíble que parezca, apareció Mariano. Yo no quería ni mirarlo, pero él se ubicó en un asiento detrás del mío. Y me pasó un sobre. Lo abrí para comprobar que seis caritas de Benjamin Franklin me miraban frunciendo los labios. Volví a ver a Mariano un par de veces más. La última, él no me vio. Me detuve a observar cómo apuntaba con mi cámara a unos pájaros pisoteándose en la rama de un árbol. Ojalá haya usado rollo en blanco y negro.

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9 respuestas a Bachillerato acelerado para adultos

  1. alberto baru dijo:

    Me llama poderosamente la atención la baja participación con comentarios de sus seguidores, don Playo.
    Se me ocurre pensar que los cordobeses están muy pro ocupados por la situación de crisis que les hace creer c5n.
    Porque no quiero creer que sea cierto lo que dicen los porteños sobre cierto fallutismo de ese colectivo provincial.
    Lo sigo leyendo, y cuando se da, comentando.

    • José Playo dijo:

      Gracias, Alberto. Creo que tiene que ver con la modernidad, ya se mudó todo el mundo a Facebook. Gracias igual por el aguante!

    • Irene dijo:

      Yo sigo leyendo acá. Siempre. A veces no comento porque pienso que mi opinión o sensación generada por un texto literario, no es de relevancia para todos los lectores.
      Deseo que este espacio se mantenga y José nos siga regalando su arte.
      Valoro que no todo se mude y/o mute al ritmo vertiginoso de los avances tecnológicos. Me encanta recibir el mail con el aviso de que hay algo nuevo aquí!!

  2. José dijo:

    Hace fácil 3 años que tengo en mis favoritos esta pagina/blog o como se llame. La verdad que me inspiró escribirte el señor enojado con el mundo…
    Hermoso relato, donde en partes me veo reflejado, tantas cosas hay en el dia que provoquen mi Nikon observe la pared de un placard sin rollo. Casualmente ayer reveía, por infinita vez, el fruto de salir a caminar y ver el mundo, desde un objetivo, gatillando con cuidado y decisión. Gracias

    • alberto baru dijo:

      Gracias por lo de “señor” (algo es algo) pero es un error de apreciación suya lo de enojado, y menos con el mundo. Solo hice un comentario relajadamente y hasta con un poco de humor “cachador”.
      Otro sí digo que considero muy importante hacer comentarios cuando alguien se esfuerza en crear cosas para entretener a sus congéneres, máxime cuando lo hace bien.
      En paz.
      Alberto

      • Irene dijo:

        Y se armó el debate..! Yo no creo que un escritor se “esfuerce en crear cosas para entretener a sus congéneres”. Creo que escribir está en su esencia. Lo que sí agradezco siempre es que lo comparta gratuitamente, aunque entiendo que publicar también es parte del asunto.
        Acuerdo en que comentar es una cortesía, parte del agradecimiento antedicho.
        Abrazo a todos.

  3. alberto baru dijo:

    Irene, en cambio si creo que se escribe para que el otro con su leída me constituya como escritor, me defina como escritor.
    Algo así dijo alguien que no me acuerdo si era Sartre o Pocho la pantera.
    Saludos cordiales.

  4. Sandra dijo:

    Genial el remate de este texto, Playo. Un placer leerlo por acá.
    Mi viejo tenía el berretín de la fotografía y nos sacaba fotos sin avisar que revelaba en un cuarto oscuro improvisado en el garage de casa. Gracias a eso, conservamos con mi hermana un registro inusual de nuestra infancia en blanco y negro.
    Saludos van

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