Ella y su ventana indiscreta

Cuando tenía doce años me escapaba del aula. Pedía permiso para ir al baño y me iba, deseoso de llegar a los pasillos desiertos y en silencio, donde el perfume del aserrín con querosén había ganado todas las batallas. Me gustaba cerrar la puerta, mirar a mis compañeros doblados sobre los bancos e irme a paladear mis minutos de libertad. Tenía que eludir al celador gordo con los bigotes cortitos: era la amenaza de reprimenda. Por eso me pegaba a las paredes y avanzaba con cautela, ya totalmente inmerso en mi fantasía de ánimos escapistas. Cuando abandonaba el aula sentía que el mundo era todo para mí.

A veces entraba al salón de actos por una puerta secreta que daba a una habitación donde había maniquíes decapitados, estructuras de yeso que simulaban fuentes, arcadas y columnas. Un mundo en ruinas que terminaba en una abertura que conducía al escenario. Después de cruzarla, aparecías frente a un tropel inanimado de butacas. Me sentaba sobre las tablas desgastadas, improvisando un cenicero con el cuenco de la mano. Y me ponía a fumar mirando las gradas, los cortinados y el piano. Después levantaba la tapa nacarada y apoyaba un dedo en una tecla. Era agradable la sensación de la suavidad del color marfil, la facilidad con la que brotaban sonidos bajo el peso de las yemas, mientras el culo giraba sobre el banquito y los pies empujaban los pedales hasta hundirlos en el fondo, donde hacían tope con ruido.

Había días (muy pocos días) en los que la suerte estaba de mi lado: llovía, y las mañanas se ponían oscuras de nubarrones y las gotas a lomo del viento empujaban los ventanales, mientras el edificio cimbraba con los truenos.

El celador estaba lejos, dedicado a los papeles y al mate, entonces hacía mis caminatas con holgura, imaginando que mi misión era llegar a la última aula del ala más vieja del colegio, que estaba en reparación.

Cursé hasta el segundo año del secundario en una escuela en la que se enseñaba mecanografía, estenografía, escritura con pluma y en el que no había chicas. Pasaría un buen tiempo hasta que compartiera aula con mujeres: el lugar al que iba funcionaba con mecanismos carcelarios: cada aula tenía su macho alfa. Los había de todas las edades, pero los peores eran los de cuarto y quinto, que ya estaban grandecitos, tenían nuez de Adán y se afeitaban. En esos dos cursos estaba la mayoría de los que fumaban y que en el baño hacían lo imposible para que te orinaras encima. Por esa razón esquivaba la zona de los excusados y prefería perderme en el laberinto de escaleras, pasillos y puertas, lejos del peligro.

Los días de lluvia eran mis preferidos, porque los albañiles no trabajaban, así que el último piso en refacciones era tierra de nadie. Para llegar había que atravesar un pasillo cubierto de plásticos salpicados con pintura, pasar frente a varias aberturas sin cristal que dejaban pasar la lluvia, y doblar en la última curva donde estaban apilados los tablones de los andamios. Luego venía una puerta provisoria de chapa trabada con un candado y detrás de ella estaba el aula grande. Ya para ese entonces sabía que alcanzaba con mover una mampara y agacharse para entrar. El aula incompleta tenía bancos en desuso (la mayoría patas para arriba), una pizarra apoyada contra una pared y varios afiches ajados o a punto de caer. Entre ellos destacaban los del alfabeto, los de la tundra y los de la separación celular (profase, metafase, anafase, telofase).

Me gustaba sentarme frente a un ventanal enorme que estaba atado con alambre, correr los postigos y recibir el aire frío en la cara a través de los vidrios rotos. Y esperar que en la ventana del frente ocurriera el milagro.

Custodiado por los números muertos en la pizarra partida, aguardaba fumando en la penumbra, escuchando cómo las gotas repiqueteaban insolentes sobre los techos del mundo.

En la oscuridad húmeda y fría, oía correr bajo las tablas de los pisos a las ratas, y cada tanto tenía que agitar los brazos para ahuyentar las palomas que venían hasta la ventana a darse calor. Siempre fueron palomas grises, con las plumas desalineadas y los ojos endiablados flotando sobre sus picos.

El día que la descubrí, comprendí que el mundo empezaba después de su ventana, que lo que yo tenía era nada más que un coqueteo inocente con la adultez para comprender de qué iba todo: por qué me salían pelos, por qué se me ponía la voz como a Shakira y por qué no tenía ni un solo músculo en el cuerpo.

Tenía doce años. Tal vez trece, pero sabía a ciencia cierta que aquello que me ocurría respondía a la intensidad propia de las hormonas cuando explotan. Sin embargo lo mío era un voyeurismo discreto, sin pretensiones. En esa penumbra húmeda yo esperaba que se abrieran las cortinas del departamento del frente para verla. Entonces la mujer se colgaba la guitarra y le daba clases particulares a una alumna y yo las espiaba. A veces, si el ruido de la calle no era muy fuerte, se podían escuchar canciones melódicas de fogón.

Cuando me preguntan cuál es tu lugar especial, siempre pienso en ese espacio límbico entre ventanas, conmigo de un lado, enamorado de una profe de guitarra, y con ella del otro, rasgando melodías que me sabían gloriosas. Dejé una corona de colillas en ese piso de tanto cobijarme en los meses en que estuvo en obras. Después cambiaron la puerta y ya no pude volver a entrar.

Cuando quedó vedado el ingreso, perdí contacto con aquella mujer de guitarras tomar, y me recluí, deprimido y lloroso, en el salón de actos. A veces también me escapaba hacia el aula donde enseñaban mecanografía. A media mañana no había nadie y las Remington estaban en reposo, con el carro peinado como un jopo hacia el costado.

Ningún psicólogo sabe explicarme por qué, pero esos lugares que conquistaba a hurtadillas me provocaban movimientos de vientre incontenibles. La mayoría de las veces debía regresar para usar el baño en serio.

Se ve que alguien se dio cuenta de mis andanzas y comenzaron a cerrar con llave cada una de las puertas por donde no podían circular los alumnos. Fue el final de mis paseos.

Al año siguiente tuve que ir a otro colegio. Ahí tuve mis primeras compañeras mujeres y bajé la frecuencia de escape considerablemente. La mayoría de las veces me conformaba con sentarme al último y observar cómo caían los cabellos en cascada o cómo pendían rígidos, recogidos con una prensa. Me enamoré de todas y cada una de ellas, pero nunca supe cómo acercarme. Tardé mucho en atravesar esa barrera invisible. Fueron años duros persiguiendo la música del amor que esquiva a los que no están listos.

La mayoría de las veces todo sonaba estridente, licencioso y lleno de trampas. Como suena siempre la pasión.

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Una respuesta a Ella y su ventana indiscreta

  1. Tu escrito me retrotrajo a mi secundario. Muy buen relato, y el redondeo del final fue genial. Hace uno pocos días empecé mi blog, y así llegue a tus escritos, y a tu charla tedx. Soy uno de tus nuevos lectores. Te dejo el enlace de mi humilde blog para que tu y tus lectores cuando lo deseen pasen. Encontraras textos de mi autoría, y opiniones sobre películas y libros.
    https://tintaypulso.blogspot.com.ar/
    Muchas gracias. Me encantan tus textos.Abrazo desde el sur de Argentina.

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