Sobre cábalas, supersticiones y suerte

El que dijo que pisar caca trae suerte, seguramente no tuvo que surfear media cuadra sobre lo que acabo de pisar en la esquina de Chacabuco y Corrientes. Un primer pantallazo a la suela de la zapatilla me confunde: el origen, ¿es canino? ¿Humano? Después de cavilar sobre la existencia o no de perros con aparatos digestivos tan generosos, me pongo a reflexionar sobre la manera irracional en la que delegamos la responsabilidad al entorno. Lo que nos afecta positiva o negativamente parece estar ligado con el universo esotérico y no con el resultado de acciones reales.

Pienso en esto también cuando en vez de pisar caca la cabeceo, gentileza del palomar en el que se convirtió el centro de la ciudad. Si andar ensanguchado en heces trae suerte, a esta altura debería tener un Quini 6 revancha en el bolsillo trasero.

Decir que pisar caca trae suerte es como decir que hay que llevarse una mano a la entrepierna si se nos cruza alguien que es mufa, o que camina de manera particular o que va vestido de monja.

Por mucho que nos empeñemos en creer en el poder mágico de estos conjuros silvestres, todas las creencias tienen origen en cuestiones puntuales, en costumbres antiguas o en la imaginación de alguien con tiempo para llenarnos el futuro de incertidumbres.

Para salvaguardar mi estabilidad mental, hace años que dejé de prestarle atención al sadismo de las predicciones: suficiente tengo con las tareas diarias, las desavenencias familiares, las motos de delivery y los colectivos que dejan nubes tóxicas en los semáforos, como para andar amargado porque el calendario marca que es martes o viernes 13.

Me costó mucho al principio pero pude dominarlo. En algún momento de mi vida decidí que ya no daría rodeos para sortear una escalera. Que no volvería a renegar con la gente que te pide que apoyes la sal en la mesa.

A diario hago turismo de aventura: he roto más espejos que corazones, y el número aproximado de gatos negros que me crucé supera la docena. Si me arden las orejas no pienso que me estén criticando, y si me pica la palma de una mano, jamás espero que de esa comezón me venga en gracia un fajo de billetes. Acá estoy y no quiero tocar madera con patas, ni cruzar los dedos para una promesa. A las llaves las tengo unidas con alambre, no con una pata de conejo, y si me pongo la ropa al revés sin darme cuenta, no espero regalos sino bullying de mis compañeros de trabajo.

He pronunciado en voz alta la ristra de nombres que teóricamente no hay que decir, porque son mufas. Y acá estoy, casi entero e impoluto. No hago estas cosas por distraído sino que las hago adrede. Me gusta sentir al menos esa adrenalina infantil de infringir las normas.

Yo no digo “bicha”, digo víbora o serpiente. Y si no miro a la novia antes de la boda es porque a todas partes llego tarde, incluidos los casamientos. Entiendo que el dólar que algunos llevan en la billetera es para atraer más dinero; en mi caso, tengo uno sólo porque me puede sacar de un apuro, la inflación hace que el cambio favorezca. He tratado de escaparle a las culpas y a las imposiciones familiares y sociales toda mi vida.

Así me liberé de parientes molestos y dejé de frecuentar a la gente que insiste con que los paraguas no se abren dentro de la casa, y casi me tomo a golpes de puño con un señor que no me dejaba entrar a ver una obra de teatro porque yo tenía puesta una camisa amarilla.

Hay que bancarla, pero creo que vale la pena. Las fantasías que sirven para mitigar la angustia y la desazón que nos produce el destino, tienen origen en la usina imparable que es nuestra cabeza y no en otro lugar mágico. Lo digo sin remordimientos porque me gusta pensar que la cabeza es una herramienta poderosa. Las creencias populares, los amuletos de la suerte, las cábalas y los trastornos mentales, pienso a veces, están ligados inevitablemente.

Si mal no recuerdo, fue Freud quien dijo que todos estamos enfermos mentalmente, sólo que algunos tenemos patologías aceptadas por la mayoría, y que los llamados “locos” no tienen esa suerte. En realidad no sé si fue Freud, pero atribuirle cosas a él trae la misma suerte que atribuírselas a Borges.

A mí me gusta andar por la calle sin pensar. Disfruto de perderme en las veredas que no conozco, de sentarme a fumar viendo pasar los autos. No me imagino viviendo una existencia horrorosa bajo los designios de la superstición, y no quiero caminar por el centro cacheteándome los pechos y la entrepierna porque de frente viene, por ejemplo, un pelado.

Podría hacer un balance de mi vida teniendo en cuenta la cantidad de veces que le hice pito catalán a la suerte. En la mayoría de los casos me fue mal, pero no por desatender al universo esotérico, sino porque soy una máquina implacable de meter la pata. Me han dicho que no hay que poner la cartera en el piso porque eso augura que te quedarás sin dinero, cosa perfectamente lógica si tenemos en cuenta que las posibilidades de que te afanen la cartera aumentan si la dejás en el suelo.

Si me pica una oreja no me detengo a pensar más que en rascármela. Y a esta altura, me da igual si el mate viene o no lavado; no creo que de eso dependa si me van o no a poner los cuernos (de hecho me adornaron la cabeza no sólo por tomar mate).

Tal vez mi sedentarismo consuetudinario me hace disfrutar sólo de mis obsesiones compulsivas y desestimar todas esas otras que alguien inventó cuando estaba aburrido, para burlarse de los que le temen a las sombras.

Yo prefiero quedarme con mis propias manías: no pisar las líneas que dividen las baldosas, no hablar de cerca con la gente que tiene feo aliento, no acariciar felinos para evitar los estornudos y controlar bien si la puerta está cerrada porque el picaporte no anda bien. Con ellas y mis culpas tengo suficiente como para hacer dulce.

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2 respuestas a Sobre cábalas, supersticiones y suerte

  1. Javier dijo:

    Genio!!!!!

  2. Irene dijo:

    Voy a insistir: me gusta mucho tu modo de escribir y considero un regalo el hecho de que lo publiques gratuitamente.
    ¡Gracias!

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