Manejar por amor al arte

En ciertos grupos de gente, la pericia al volante mueve la aguja en el termómetro de la masculinidad. Un hombre que no sabe manejar, en esos círculos, es un hombre incompleto. Así me sentía yo cuando empecé a ver que los padres de mis amigos los llevaban a dar vueltas para que aprendieran el sutil arte de no chocar otros conductores o peatones cuando sacaran el carné.

La práctica en el manejo del vehículo era indispensable si querías rendir el examen, de lo contrario, tenías que viajar algunos kilómetros hasta una municipalidad más pequeña y menos exigente. En una época estuvieron de moda los carné de localidades en las que te daban permiso hasta para manejar trasatlánticos: el único requisito era la foto. Pero alguien se avivó y se cortó el curro.

A mí, desde que tengo memoria, de los autos lo único que me interesó siempre es que les anduviera el estéreo para poder escuchar (mientras el auto se movía) una canción de Genesis o de Phil Collins como solista. La idea de ir en movimiento con las ventanas abiertas mientras sonaba Mamma o Home by the sea, me hacía latir el corazón. Hay que pensar que en esos años no tenía walkman.

Del primer auto familiar no tengo muchos recuerdos. Sé que era un Fiat 128 blanco que carraspeó fatigado hasta el estertor que lo sacó de combate. A ese no le pude poner la mano encima. Luego llegaría el Dodge Coronado (amarillo con techo negro); un barco inmenso que se tragaba un litro de aceite cada 50 kilómetros y que tenía una palanca de cambio bastante caprichosa en el volante. Mi viejo me dio las primeras instrucciones para aprender a domarlo, pero ni yo era habilidoso ni mi padre paciente, así que la combinación resultó en un choque de personalidades y de un portón de ladrillo que oportunamente volteé tratando de cruzarlo.

Mi voluntad conductora quedó herida de gravedad, y no volví a poner un pie en el pedal hasta muchos años después.

Un día nos pasaron el dato de un pueblo donde un gringo vendía un Peugeot 504 celeste. Hacia allá partimos con el Dodge bramando a 90 kilómetros por hora a hacer el cambiazo. Las posibilidades de viajar en ruta escuchando otra cosa que no fuera la radio AM me hizo ilusión. Llevé una caja de zapatos con varios casetes (originales y grabados), pero de regreso el pasacasete se tragó todas las cintas que le pusimos en la boca. Con la nueva compra sólo habíamos alcanzado estatus de FM.

De ese coche saltamos a un 505 bastante baqueta, pero ya ostentábamos con él cierto estatus de familia con ingresos sólidos, aire acondicionado y levantavidrios. Eso, hasta que decidí empezar a manejar de nuevo ante la inminencia de tener mi propio carné de conductor.

Para la práctica elegí lo que muchos: un lugar alejado de la civilización en el que los seres vivos estuvieran a salvo de mis impericias. Aproveché una jornada de asado de padres en las sierras para pedir las llaves con la promesa de no alejarme mucho. También prometí tener todo el cuidado del mundo. Ah, y nada de ruta; siempre por camino de tierra.

Me fui por un tramo de la antigua ruta que unía La Bolsa con Alta Gracia, que antes de que la asfaltaran era un guadal extenso en el que se patinaban hasta las perdices. Elegí de copiloto a mi primo, que tenía mi edad y más experiencia al volante.

Moví la palanca de cambio varias veces para asegurarme de que estuviera en punto muerto y arrancamos despacito alejándonos del grupo de familiares con extremo cuidado, para que vieran todos con la responsabilidad que me tomaba la tarea.

Todo iba bien; hacía mucho calor y el auto se mecía con soltura sobre la arena. Pisé el acelerador. El desliz de las gomas hacia las banquinas en cada curva me entusiasmó: esto era fácil y sólo necesitábamos musicalizarlo mientras poníamos cara de ganadores y encendíamos sendos cigarros. La idea de entrar en las curvas pisteando como un campeón me envalentonó hasta los 70 kilómetros por hora. Estábamos chochos viendo que en cada curva dejábamos una voluta de polvo justo donde derrapaban las ruedas traseras. Nos fue bien hasta que agarré la última, la más cerrada, la más traicionera. El auto venía patinando con elegancia y yo empecé a tamborilear los dedos por fuera de la puerta.

Como todos los accidentes, fue confuso. Recuerdo el volante emancipándose de mi control y empezar a girar, al mismo tiempo que sentíamos como si nos estuvieran centrifugando.

Todo esto ocurrió en segundos en los que gritamos en cámara lenta, con mi cigarro suspendido en el aire entre mi rostro y el volante, con mi primo tirando del freno de mano hasta dejarlo erecto. Recuerdo las aves graznando desde los árboles, y al auto girando sobre sí hasta quedar de espaldas al camino y perderse marcha atrás en el follaje serrano, musicalizado por varios golpes secos sobre las piedras.

El torbellino se detuvo cuando el coche terminó de resbalar y se estacionó entre una familia de espinillos jóvenes y vigorosos. El motor golpeó sobre algo y luego quedó mudo, salvo por el siseo humeante de alguna manguera.

En el asiento del acompañante mi primo tenía todavía su cigarro en la boca, aunque partido a la mitad. A pesar de los truenos que escuchamos debajo del coche, a pesar de los arañazos de los espinillos y de que arrasamos varios metros de fauna autóctona, la música no se detuvo en ningún momento. Aunque en esa polvareda que nos hacía toser, el sonido de una canción de Genesis era tristísimo, ni cerca estaba del glamour de un videoclip.

Nos mirábamos masticando piedritas diminutas y sacudiéndonos el polvo de la ropa. Quise salir para corroborar los daños externos, pero la puerta estaba trabada por el tronco rugoso de un algarrobo que, además, había metido una rama por la ventana trasera. Los zarpazos habían dibujado un pentagrama tembloroso que en algunas partes traspasó la capa de pintura hasta abrirle un labio al metal de abajo. El motor sonó como un globo al desinflarse cuando quise arrancarlo.

–Tu viejo nos va a hacer recagar –observó con buen tino mi primo.

Salimos por las ventanas y volvimos al camino. Desde la huella polvorienta no se veía el auto. El camuflaje de la flora funcionaba a la perfección: se lo había tragado el monte. Me senté en una piedra y me puse a fumar mirando el cielo. No sabía si llorar, reír, o hacerme mochilero para escaparme del estallido que se venía.

–Qué mocazo. Me van a matar –balbuceé.

Mi primo miró en ambas direcciones del camino, me dijo “Esperá acá” y se fue caminando al rayo del sol. Me hice una gorra con la remera y busqué una sombrita raquítica para no insolarme.

A la media hora apareció desde la izquierda el auto del padre de mi primo (en el que venía mi viejo asomando medio cuerpo por la ventana, puteando hasta espantar los pájaros de los árboles).

Al mismo tiempo, desde la derecha, vi venir por el camino un tractor manejado por un señor gordo de bigotes y boina. A su lado venía mi primo levantando un puño en señal de triunfo.

Fue una de las tardes más largas que recuerdo de mi juventud. Pero aún las experiencias adversas traen beneficios: ese día aprendí a no tentar la suerte, a no subestimar el poder mastodóntico de los tractores, y a imitar a mi viejo cuando se le sale la cadena.

No volví a manejar hasta mucho tiempo después, cuando llegamos al primer 0 kilómetro, el cual destrocé oportunamente en un confuso episodio que involucró equinos, fuerza pública y un poste que por más que me discutan, estaba mal ubicado.

Aunque me excluyan de la comunidad de machos con destreza al volante, nadie me quita lo bailado. Aprendí a los golpes a manejar y a la vez marqué momentos cruciales en la historia automovilística de mi familia (cada tortazo mío terminaba coincidiendo con el cambio de vehículo).

Ya emancipado y grandote, fundí también un par de coches e hice saltar uno que otro airbag como para no perder la práctica.

Sé que muchos piensan que el mundo estará a salvo mientras me maneje en colectivo, pero la sensación de abrir las ventanas y escuchar carraspeando a todo volumen Mamma o Home by the sea todavía me hace sentir que voy por el buen camino.

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