Listo para el apocalipsis zombie

Me advirtieron que no hable de este tema en público, pero nunca hice caso de los buenos consejos. Así que acá va: soy una de las pocas personas por estas tierras que está preparada para un brote mundial que convierta a la gente en zombi. Sé que suena soberbio y banal, pero es cierto. Por supuesto que no he alcanzado el punto de armar un refugio y acopiar alimentos, pero no hace falta llegar a tanto para terminar lustrando un diván con los bolsillos traseros. Y durante mucho tiempo tuve que hacer eso quitarme la idea de la cabeza. Mi obsesión viene desde un tiempo inmemorial en el que descubrí la primera película al respecto: El regreso de los muertos vivos.

Así como los finaditos comenzaron a sacudirse la tierra de los hombros para caminar frente a cámara, yo también me contagié apenas terminaron de subir los títulos del final de aquella primera película. Fue épica: unos barriles con no sé qué líquido se derramaban en un cementerio y del suelo empezaban a brotar manos con unos uñones. A partir de entonces, siempre supe que me encantaría ser un sobreviviente a un apocalipsis cadavérico. De hecho, creo que esa es la única cosa en la vida que puedo hacer más o menos bien. Y es al día de hoy que tengo debilidad por cualquier cosa que ponga como temática a muertos andrajosos que van repartiendo mordidas.

Pero esto que el señor terapeuta redujo con desdén a un simple resabio de un trastorno obsesivo no sé cuánto, para mí es una fantasía liberadora. Y me encargo de paladearla todos los días.

Por lo general utilizo el recurso para evadir situaciones desagradables. Así, cada vez que me ponen los pelos de punta a bocinazos en un semáforo, imagino –con banda de sonido y todo– que los transeúntes se vuelven zombis, entran por la ventanilla del conductor y le desayunan las orejas por impaciente.
Me gusta pensar que apenas se produzca “el brote”, el mundo tal y como lo conocemos se convertirá en un lugar mucho más tranquilo, paradójicamente.

Cada vez que estoy atrapado en un trámite burocrático que involucre a un organismo estatal, me distraigo evocando un silencio mundial que sólo conozco por las películas: es la falta de polución sonora a partir de que todo se detiene. Imagino entonces que por primera vez desde que se inventó la imprenta, la falta de ruidos nos permitiría escuchar con asombro a los pájaros de las plazas, el ruido de la brisa meciendo las tipas de La Cañada o los patos del Suquía con fidelidad de radio FM. También pienso en esto cuando algún colectivo acelera en las avenidas y deja tras de sí una humareda negra que tarda un montón en disiparse.

Lo sé, no son del todo normales estos devaneos, pero la verdad es que sin esa zanahoria por delante, es muy poco lo que me da esperanzas de tranquilidad.

A medida que el tema zombi fue complejizándose con argumentos y fantasías, las producciones cinematográficas se volvieron más interesantes. Y así como uno sabe que a los vampiros hay que estaquearles el bobo y a los licántropos hay que llenarlos de plata en formato bala, hoy la cultura popular adoptó un nuevo monstruo de quien conocemos debilidades y fortalezas como si fuéramos expertos. Parece mentira, pero a las reglas del mundo zombi las estableció una industria y no un autor en solitario. Los zombis ya son parte de nuestra cultura popular.

–Es fácil de comprobar –le dije al psicólogo en nuestra sesión final–: si yo le pregunto cómo se mata un zombi, estoy seguro de que sabe que hay que dejarlo acéfalo. Eso habla de la penetración del género en la conciencia popu…

–No sea pavo, ¿quiere? –fue lo último que le escuché decir.

Y es que de acuerdo a su teoría, yo uso esta obsesión porque quiero un mundo sin gente que tire papelitos a la calle, un mundo en el que no haya que perder media vida en un trámite municipal, ni depender de un sueldo para ver si me alcanza para comprar una porción de felicidad. En definitiva, según este buen hombre, me enrosco en estas fantasías para evitar enfrentarme a los verdaderos problemas.

Lamentablemente no me dijo cuáles eran esos problemas, aunque sospecho que tienen que ver con la autoestima y las gaseosas carbonatadas, que me dan una acidez galopante.

Pero honestamente, no creo que el socotroco de humedades que barajo cuando se me pierde la mirada en algún horizonte tenga que ver con evadir nada: así como lo veo, estoy ganando tiempo, preparándome para una era nueva en la que no habrá que pagar peajes, ni cuotas, ni ropa, ni cortes de pelo.

Aunque el profesional de la salud ya no me faja con honorarios estrambóticos para que me trepe a su sillón de dos cuerpos, muchas de sus devoluciones me quedaron dando vueltas en la cabeza. Pero enseguida pienso: “Viejo, ojalá que te manduque una procesión de resucitados por ser tan incrédulo”. Yo lo que quiero –y no le pude hacer entender a este señor– es que el descontrol no me tome por sorpresa.

Gracias a nuestra prolongada exposición al fenómeno zombi en pantalla, algunos ya contamos con un posible plan de acción en caso de que el destino le dé “play” a la hecatombe. Mi estrategia consiste en, primero que nada, hacerme de un vehículo. Preferentemente un camión de caudales. Y ya sobre ruedas, salir a los santos flatos haciendo a un lado a taxis y colectivos, para rescatar a mis hijas del colegio. Inmediatamente después, iría a rescatar a mi chica (el amor en épocas zombis es necesario para no bajonearse).

En mi plan, vamos todos chochos y hacemos una pasadita por el súper para llenar algunos carritos con provisiones, y después nos instalamos en un lugar que únicamente yo conozco (y que no pienso decir acá para no llegar y encontrarlo ocupado).

Cada vez que veo la tele y las locuras que pasan en el mundo, cierro los ojos y me escapo a ese nuevo planeta en el que nuestra raza deja de ser una amenaza, y en el que todos tendremos un enemigo en común que nos unirá otra vez en camaradería.

Sé que es una fantasía pavota, pero en mi cabeza, cada vez que busco a mi familia para rescatarla de la muerte, los cuatro terminamos muy contentos en una ruta larga que nos lleva hacia la tranquilidad. Francamente, no creo que esté tan mal aspirar a un destino como ese.

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