Se quema con un verso, ve un poeta y llora

Muchos años más tarde entendí qué era la mitomanía, que en ese entonces pensaba que era una cosa que tenía que ver con los Griegos. Pero en los años en los que una colega de mis viejos nos presentó a su flamante novio, no teníamos ni idea. Al comienzo, Julio nos parecía un hombre de mundo, un tipo que las había pasado todas. Si le preguntabas por un país lejano, te decía el presidente, el clima que tenían en esa época del año y la cantidad de habitantes. Sabía de mecánica, electricidad, enfermería; era viajado y de gustos refinados.

Había estado sentado a la mesa con príncipes, reyes y plebeyos, y de cada cosa tenía pilas de aventuras por contar. Con el tiempo sus historias se volvieron cada vez más increíbles. Además, cada cosa que uno contaba en la sobremesa disparaba en él un ánimo competitivo, y siempre terminábamos escuchándolo contar algo que opacaba la anécdota anterior.

Lo veíamos con más frecuencia los fines de semana de verano, cuando iba a visitar a mi familia junto a su pareja. En esos años no había Internet, pero por esa misma razón una noticia se instabalaba por mucho más tiempo en los titulares y en la mente de las personas. De escucharle inocentes aventuras que lo tenían como héroe involuntario pasamos a fumarnos anécdotas imposibles que dejaban embobados a quienes no lo conocían y que hacían que el resto, muchas veces, se levantara de la mesa para reírse lejos.

A Julio lo habían dado por muerto una vez. Pero gracias a la buena suerte despertó en la morgue cuando sintió el frío gélido del bisturí cortándole los pelos del pecho. También sobrevivió a un choque de aviones, al hundimiento de un trasatlántico y al escopetazo que le había dado sin querer un compañero de la colimba, justo en el brazo, en la parte donde te quedan los huecos de las vacunas.

Si alguien contaba que lo había mordido un perro, Julio enseguida contaba su encuentro con un león. Si alguien decía que había visto en el centro a un actor famoso, él se encargaba de contar la vez que compartió con él una borrachera. Nada lo detenía, y la vergüenza de los que comenzábamos a sospechar de la veracidad de las pavadas que contaba, nos ponía tremendamente incómodos.

Amigo íntimo de políticos, hombre adinerado pero de vida sin ostentaciones, Julio se había tirado en paracaídas, había peleado a punta de flecha con indios salvajes del Amazonas y hasta tuvo que aconsejar a encumbrados profesionales que buscaban sus opiniones sobre conceptos tan disímiles como la energía atómica, el celibato del orangután en cautiverio y las ensaladas rusas.

Con el tiempo dejaron de invitar a Julio a las sobremesas. En el tramo final de la amistad que lo unía con mis padres sus delirios alcanzaron a cabecear las nubes y ya era imposible entablar una conversación con él sin que acaparara por completo la charla para bombardearte con fantasías delirantes.

Tras un par de años en los que no supimos nada de él, reapareció en un asado de mediodía de domingo. Para nuestra sorpresa, bajó del baúl del auto un caballete, un bastidor y una caja con pinceles y pinturas. Se le había dado por seguir los pasos de algunos artistas amigos suyos, que le habían asegurado que su mano estaba dotada de un enorme talento para pintar.

Cuando los que lo conocían vieron que se calzaba una boina ladeada en la cabeza para luego mirar el horizonte a través del dedo pulgar que sostiene el cabo del pincel, huyeron como cobardes. Ya nadie tenía paciencia para escuchar sus aventuras. Y como el único en la familia que hacía algo artístico era yo (en realidad leía y garabateaba relatos cortos bastante malos), se decidió tácitamente que yo sería el encargado de sostenerle la vela.

Durante una tarde entera me tuve que atornillar a su lado a seguirle la corriente mientras en el lienzo iba plasmando árboles infantiles y casitas con chimeneas humeantes. Yo entonces no lo sabía, pero estaba haciendo mis primeras armas como periodista, ensayando una entrevista larga para llevarlo por donde yo quisiera, evitando matemáticamente cualquier información que le diera pie para contar alguna cosa disparatada. Esa primera vez en que lo vi en la piel de un pintor me despaché con un set de preguntas que nos mantuvo entretenidos hasta la noche. Cuando se fueron, respiré aliviado; me sentía Antonio Carrizo.

Pero ese fue sólo el primer capítulo de su carrera artística. Como pintor estaba condenado a la muerte por hambre y falta de talento. Todavía recuerdo algunos de sus retratos (solía llevarlos en el baúl del auto), con un estilo único e irrepetible, digno de un niño de cinco años.

Me olvidé de Julio por un par de años más, hasta que reapareció una tarde otra vez en casa. Para mi tranquilidad, vi que no tenía consigo ningún elemento de pintura. Pero su look me llamó la atención.

–Es un ambiente muy competitivo el de la pintura –dijo cuando le pregunté cómo le estaba yendo con sus cuadros–. Ahora me pasé a lo que más me gusta: la literatura.

Mi viejo le dijo que menos mal, porque pintando daba angustia. Y enseguida le dijo que a mí me gustaba escribir, así que podíamos compartir la tarde hablando de cosas artísticas. A cierta edad los reflejos para esquivar tareas horrorosas son escasos. Así que mientras el resto de las personas normales se ponían en ronda a charlar de cosas interesantes, yo me tuve que ir a sentar a la sombra con Julio, que ahora fumaba habanos y hablaba como si se hubiera tragado un diccionario de palabras raras.

Lo primero que hizo fue sacar un cuaderno Rivadavia de un morral. En la tapa tenía escrito en lapicera negra, con letra de imprenta, “Poesías”. Sostuvo el cuadernito unos segundos frente a mis ojos, como si se tratase de un estandarte que había que venerar.

–Una selección de mis mejores obras –dijo mientras se sentaba en el pasto y encendía su cigarro con un fósforo.

–¿Todo el cuaderno completaste con poesías? –quise saber. Tenía miedo de morir de aburrimiento debajo de aquellos árboles.

–Una de las características de mi obra es que trato temas que son muy comprometidos.

–Ajá.

–Hablo de cosas que la gente no quiere oír. Denuncia social, crisis existencial, instintos, ¿viste? La profe del taller dice que mis versos son inolvidables. Si me permitís –dijo poniéndose la palma de la mano en el pecho–, me gustaría mucho leerte algunos.

–¿No querés mejor contarme en qué barrio te criaste? ¿A qué se dedicaban tus viejos?

–Nada es más importante que la poesía –dijo de manera solemne. Y empezó la tortura.

Según la mujer que le daba el taller, la fuerza que ponía en cada estrofa podía cambiarle la vida a alguien (no decía si para bien o para mal). Yo no tengo ni la más pálida idea de cómo se debe apreciar la poesía, sólo sé que me gustan las cosas que me gustan y que no me gustan las que no me gustan. De hecho, el 89% de las personas que se autodenominan poetas me recuerdan a Julio: son aburridos, pedantes y escriben hediondo. Julio no sólo escribía mal sino que rimaba como una canción de Calle 13. Sus poemas eran siempre similares: demoledoramente aburridos. Para colmo, le gustaba leerlos declamando, con una mano en el aire y el cigarro entre los dientes.

Fue una jornada de seis horas ininterrumpidas escuchando las poesías melosas y llenas de “beso”, “labios”, “corazón” y “amor”. Todavía no entiendo cómo no me convertí en una momia debajo de esos árboles. Pero en un momento se hizo de noche y la gente empezó a reunirse en torno al asador. Todos estaban contentos con mi trabajo de niñera, porque casi había dejado la vida en ello.

Cuando preguntaron quién iba a hacer el asado, retrocedí. Confiaba en que estaba libre de cualquier obligación tras fagocitarme diez kilos de poesía torpe leída en voz alta. Fue mi padre quien dijo “vos mejor andá con el Julio a leer esas boludeces, yo me encargo de la parrilla”.

Julio no volvió a visitarnos nunca más. Cuando su novia falleció, dejamos de frecuentarnos. La última vez que lo vi, tenía puesto un guardapolvo, anteojos bifocales y un estetoscopio colgado al cuello. Me escondí entre la gente de la peatonal para no tener que conversar; como que los médicos sin título habilitante no me divierten demasiado.

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2 respuestas a Se quema con un verso, ve un poeta y llora

  1. alberto baru dijo:

    Todos los artistas son como Julio.
    El problema de Julio es que el no era un artista.

  2. Alfre dijo:

    Dios!, conozco gente parecida a Julio en lo pedante.
    En quién te habrás inspirado, me pregunto.
    Slds.

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