Yo fui un acosador

En el año 2010 hubo un extraño alineamiento de planetas y me tocó en gracia una invitación para participar en un festival de literatura en Barcelona. Era la primera vez que cruzaba el océano y ponía los pies sobre el cielo del Viejo Continente. La experiencia fue una epifanía literaria en muchos sentidos, porque hasta que estuve de regreso, la sensación general que me embargaba era la de que toda la gente de la organización se había equivocado de nombre y que mi presencia en ese encuentro era un error.

Hacía relativamente poco que había descubierto a un autor catalán, Albert Sánchez Piñol, autor de dos novelas fantásticas que disfruté como un loco (Pandora en el Congo y La piel fría), y la posibilidad de llegar a sus pagos me habilitaba a escudriñar en las librerías para dar con algunos de sus libros menos difundidos en Latinoamérica, así que como buen fanático, estaba que me salía de los zapatos, y me dediqué gran parte de esos días a recorrer librerías, ya no sólo encontrar ejemplares de Sánchez Piñol, sino para cargar en el bolso todo cuanto pudiera traer de regreso a la Argentina.

Ocurrieron algunas cosas impensadas en ese viaje, fuertemente marcado por la presencia de escritores.

La primera sucedió en el mismo festival, cuando fui al baño y me puse frente a la pared, taza de por medio con Enrique Vila–Matas. El escritor tenía que dar una conferencia esa misma noche y de pronto estábamos los dos solos en ese recinto pensado para descargar los orines, un espacio poco propicio para confesar admiraciones y para hablar de literatura. Me prometí abordarlo luego de su disertación, pero perdí la chance.

Al día siguiente se presentó en la misma sala el inglés Ian McEwan, que vino acompañado de su agente de prensa español, una especie de custodio encargado de poner rígidas reglas con respecto a la firma de los libros. En este sentido, los ingleses son muy puntillosos. McEwan no te firma un libro “Con cariño para”, sino que se limita a poner un garabato con su nombre, algo bastante difícil de certificar luego como de su autoría, razón por la cual opté por la clásica fotografía. Para mi sorpresa, el autor de Expiación accedió. Pero la agente de prensa empuñó la cámara con desgano y en la foto salimos como si estuviéramos debajo del agua. No me iba a quedar con esa imagen, una vez que lo tenía a McEwan al lado, así que corrí escaleras abajo mientras él bajaba por un ascensor, lo intercepté a la salida y le pedí a un guardia de seguridad que repitiera la toma. Esta vez salió bien.

También en mi estadía en Barcelona viajé a la casa de Hernán Casciari, con quien había cultivado una amistad virtual. Ahí pude conocerlo en persona, asaltarle la heladera y dejar que me pelaran al póker junto a su amigo, el gran Chiri Basilis. Una experiencia inolvidable.

El viaje en su totalidad se había convertido en una locura, puesto que mis esperanzas de comprar algunos libros de pronto se habían vuelto concretamente en encuentros reales con escritores de carne y hueso. Y la frutilla de la torta fue, tras una noche de excesos, escaparme a Madrid para conocer la ciudad, caminar por una plaza soleada a media mañana, y cruzarme de frente con Arturo Pérez Reverte, con quien me hice una selfie como la modernidad manda. Más piola imposible Arturo.

Esta serie de casualidades, que parecen improbables, tienen un corolario bastante poco feliz.

En mi último día en Barcelona me encontraba paseando por el barrio de Gracia. Era temprano y yo buscaba una librería abierta, o en su defecto un café donde hacer tiempo. Mi objetivo era conseguir un libro de relatos de Sánchez Piñol, que tardaría años en conseguir de otra manera.

Y mientras estaba de pie a mitad de una cuadra, observando la arquitectura caprichosa de una fachada, una puerta se abrió a mi lado. Era de una casa de departamentos. Y el propio Albert Sánchez Piñol salió, con la misma cara con la que aparece en la solapa de sus libros, a la calle.

Nuestras miradas se cruzaron y quedé convertido en estatua; no atiné a hacer nada.

Todavía me quema la mano la cámara de fotos petrificada entre los dedos. Y aunque esa misma tarde conseguí su libro inconseguible, no haberme rebajado al estatus de fanático por temor a pasar por acosador será uno de mis grandes arrepentimientos cada vez que vea los lomos de sus libros en mi biblioteca.

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2 respuestas a Yo fui un acosador

  1. Irene dijo:

    Recuerdo haber leído cada una de las crónicas de ese viaje. Tiempo después soñé que estaba perdida en París, de noche. No puedo olvidar la sensación.

  2. chema dijo:

    nopuedocreerqueyahayanpasado7añosdeesavisita!!!!
    Debes repetirla, sca rienes lugar

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