Corredores nocturnos y artistas ecológicos

La vida está llena de contrasentidos. Pienso en eso mientras camino por Nueva Córdoba y me pasa por el costado una tropilla de gente corriendo por la vereda. Visten ropa deportiva. Al parecer, le pagan a un gimnasio para que los trate como pichones de marines norteamericanos, haciéndolos trotar la vuelta a la manzana. La primera vez que los vi pensé que se trataba de algún cuerpo de elite que entrenaba en zonas urbanas, pero las contexturas físicas y las caras siempre parecían salidas de Locademia de Policía, así que desestimé esa explicación. Cuando supe que corrían como parte de la rutina del gimnasio, inmediatamente reafirmé la ingeniosa observación: somos tan contradictorios que vamos en auto hasta el gimnasio a hacer bicicleta fija.

Una de los corredoras que viene de frente me resulta familiar, apenas si reconozco a una actriz bajo la máscara de hipertensión que le cubre la cara: parece una manzana en almíbar, pero eso no basta para camuflar su belleza. Alcanzo a girar medio cuerpo hacia una vidriera llena de corpiños y me pasa de largo sin prestarme atención. La belleza me intimida, así que me quedo observando furtivamente cómo llega hasta la esquina para quedarse saltando sobre la misma baldosa antes de que le dé vía libre el semáforo.

Sintiéndome a salvo, giro para retomar mi camino, y me doy de frente con otro conocido mucho menos agraciado.

Él se autodenomina “gestor cultural”, que en su caso sirve de sinónimo para “hombre intenso por wasap”. Siempre lo he visto como a un fanfarrón que te vende una flota de buzones, aunque debo reconocer que su insistencia no tiene límites a la hora de promover alguna actividad. Lo conozco de hace años, y cada vez que nos encontramos por obra del azar, me abduce de cualquier conversación para contarme sobre los eventos que está armando, o sobre las actividades que hizo hasta el momento.

–¡Negrito! –me dice–. ¡En vos venía pensando!

Ya es tarde para huir, estamos demasiado cerca como para fingir extrema presbicia, así que no me queda otra que pararme a conversar.

–Te presento a Hans –me dice señalando a un flaco que está a su lado y que parece una escoba con camisa leñadora–. Es alemán y está desde hace unos días parando en casa. Le estoy mostrando la ciudad y su gente –hace una pausa y me dice en tono de confidencia–: este flaco es un artista plástico que te caés de culo.

Estrecho la mano de Hans, que es húmeda, fría y sin rigidez.

–Yo les traduzco –ofrece el gestor, en clara señal de que pretende que hagamos una especie de entrevista en la vereda.

–Ando medio apurad… –empiezo a decir, pero enseguida el alemán comienza a hablar y el gestor cultural me hace señas para que espere mientras traduce la frase en su cabeza.

–Dice Hans que trabaja con el concepto de la falta de compromiso ecológico. Toda su obra apunta a que tomemos conciencia.

–Ah, mirá vos.

–Hans dice que no entiende cómo somos tan ricos y vivimos de manera tan pobre, ¿sabés? Está asombrado de que en este país lavamos los autos y cargamos los inodoros con agua potable. Se queda de cara cada vez que lleno un balde para limpiar, no lo puede creer.

–¿Cómo es eso del arte ecológico? ¿Una especie de denuncia?

El gestor le traduce algo mucho más largo que mi pregunta, y Hans me contesta en un alemán cerrado y lleno de jotas y acentos fuertes.

–Dice Hans que su último proyecto es la “Batería reforestadora”, ¿lo ubicás?

–Ni idea. Sorprendeme.

–Hans va a plantar un rectángulo de árboles en una montaña de las sierras. El rectángulo va a ser igual al dibujo de las baterías del celular cuando se están descargando.

–Ajá.

–Él siembra los lados del rectángulo, y adentro le pone 10 por ciento de batería representados por árboles de otro color. Cuando lo ves de lejos, parece que fuera una batería casi descargada, pero a medida que crezcan los árboles, va a ir desapareciendo la batería y sólo van a quedar las plantas, ¿mesplico?

Hans, a su lado, grafica la justificación del proyecto usando sus manos y algunos silbidos. La idea no es mala, pero suena difícil de ejecutar.

–¿De dónde van a sacar los árboles y los permisos?

–Bueno, hay toda una campaña de financiamiento colectivo y estamos sumando gente…

El uso del plural me dio la pauta de que tenía que poner la mano sobre la billetera para seguir charlando.

–Es buenísima pero me agarrás sin un mango –me excuso.

No ha de existir tarea más noble que la del artista. Y tampoco debe haber alguien más pesado que la gente que le revolotea.

–No tengo tu teléfono –me dice el gestor. Y al mismo tiempo saca su celular y me mira con cara de esperar los números.

Le dicto mis nueve cifras y adrede cambio los últimos tres números para que no me ubique jamás.

–Ya te agendé –me dice–, ahora te hago una llamada perdida para que agendes el mío.

–Ni te gastes –improviso–, mi celular está en el service. Después mandame un SMS.

Nos despedimos con el gestor de manera efusiva, y vuelvo a estrechar el sábalo muerto que Hans tiene por mano.

Esa misma tarde había tenido una reunión con una gente que quería hacer un proyecto muy noble, altruista y de código abierto, el problema es que ninguno de los implicados verá un peso hasta que la idea despegue y nos forre a todos. Ya no estoy para esos trotes.

Desde que tuve familia, las prioridades cambiaron y se me terminó el margen para hacerme el bohemio, como también el tiempo para invertir a destajo. No es mucho el pan que se puede poner en la mesa usando términos como “Perfo”, “Impro”, “Happening”, “Instalación”, “Colectivo” y “Dadaísmo”. En este sentido, me encuentro siempre más cómodo con la gente sencilla que no hace alarde, que ha reposado y está en otra frecuencia (¿la tercera edad?). Como decía un amigo, si presumen de haber leído El Quijote, el Ulises de Joyce y algo de Susan Sontag, desconfía.

Suelo naufragar en la vagancia cuando no me engancho con alguna propuesta, e intento dilatar las cosas hasta encontrar una salida elegante. Si algo no me capta de entrada, me pasa como a los conductores que piden instrucciones para llegar a una calle y se dispersan ante las dos primeras referencias. Por distintas razones tuve oportunidad de conocer a artistas de fuste en la misma medida que a soñadores cazafortunas y mitómanos incurables. Y en cierta forma admiro de todos la capacidad inagotable de no claudicar, de no dejar de creer en ellos mismos.

Antes de llegar a la esquina, me vuelve a cruzar la fila de corredores en su segunda vuelta. Al último viene otra vez la chica de cara conocida. Pienso: “Seguro que ahora para a saludarme”. Pero me dedica una mirada y sigue de largo como si yo fuera un banner. Veo la trenza de su pelo viajando de hombro a hombro con su trote rítmico. Imagino que estará quitándose los resabios de un día pesado, que a esta hora y con esa actividad, es feliz.

Quisiera tener su voluntad, su empuje. Pero no podría pagarle a un gimnasio para que me maltrate. Además no me gusta la música que ponen. Es una fórmula que se repite con cadencia tormentosa: una radio al palo que escupe ritmos para bailar. O, lo que es todavía peor, reguetón. Lo que suena en los gimnasios, además del brindis de las mancuernas y los resoplidos al hacer fuerza, suele ser venenosamente pop, desesperantemente de moda.

Ya no estoy para esos trotes, me quedo repitiendo mientras Nueva Córdoba se va hundiendo en la oscuridad y los vendedores de praliné levantan campamento. La ciudad se prepara para quedar en piloto automático. Brotan los cartoneros en las esquinas y los sin techo en las entradas de las galerías.

Una madre con un niño en brazos pide monedas a las ventanillas de los autos.

Estas cosas tiene esta ciudad. En una misma cuadra podés encontrar un artista alemán, un gestor cultural intenso y una actriz bella que se pierde en la noche, mientras va cortando el aire con un sudor frío que, de tan brillante, parece irreal.

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2 respuestas a Corredores nocturnos y artistas ecológicos

  1. marxos dijo:

    Playo, que bueno volver a leer tu blog y comprobar que todo sigue funcionando (me refiero menos a las cuestiones técnicas que a las literarias). Un Abrazo.

  2. Irene dijo:

    Qué lindo texto.

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