Los boliches de Córdoba

Uno de los primeros indicios de que vas haciéndote grande es que dejás de conocer los lugares que están de moda. De buenas a primeras los compañeros de trabajo te invitan a un cumple en el bar al que va todo el mundo y que no tenías idea de que existía. El universo se amplía cada vez más y por ende hay más oferta. Lo comprobé hace poco, cuando el dueño de un boliche me convocó por cuestiones laborales.

–Vos tenés arriba de 40 –diagnosticó–, así que seguro conocés la movida de los ‘80 y los ‘90.

–Maso –mentí.

En realidad salí bastante poco toda mi vida: soy aburrido, tengo mal filo para las relaciones sociales y bailo como si estuviera pegado a un enchufe; pero la verdadera razón es que los lugares atestados de gente me dan claustrofobia.
–Nosotros queremos darle un perfil como el que tenía Factory, ¿te acordás? Queremos que explote. Vos sos de esa época, La Pepa, LeFreak, LeChic, Chimbote…

En realidad no pisé ni uno de esos lugares. Mi juventud se limitó a andar deprimido, los boliches no entraban en la ecuación. Pero esos nombres me trajeron recuerdos. Estuve en algunos y por motivos de fuerza mayor: Long-Champs, uno de Alta Gracia y en un par de las sierras. No conozco Bató, ni La Barra. Ni Partenón, ni Hangar 18. Jamás me metí en Papá Charlie ni en Studio Uno. Ni en Kronopio.

–O antes –continuó–. Vos sos de mi generación, cuando íbamos a las fiestas escolares, ¿no?

Tampoco en mis años escolares puse una pata en las fiestas, ni del Santo Tomás, ni del Sagrado Corazón, ni del Corazón de María.

–¿Tenés seguidores en las redes? Por ahí podrías hacernos un trabajo de “influencer”.

–¿De qué?

–De “influencer”, ¿vos marcás tendencia?

–Sí; marco tendencia, pero siempre me da ocupado.

Más o menos cuando cumplimos los 40 empezamos a sospechar que la inmortalidad de la juventud tiene fecha de vencimiento, y esto lo entendemos después de los dos cachetazos más frecuentes que nos da la realidad: te dicen señor/a en la calle, y empieza a haber bajas en el ejército de nuestros contemporáneos. Al hecho brutal de que uno de 20 te trate de usted hay que sumarle que cada tanto a tus conocidos dejan de romperles el corazón los desengaños y empieza partirles el pecho los infartos miocardiales.

El tiempo nos pasa por encima y el resultado del atropello (la flacidez, las bolsas, las arrugas y las adiposidades) se puede chequear a diario en cualquier espejo.

–¿Cómo vas a hacer para darle “onda”? –le pregunté al bolichero.

–Voy a llamar a una agencia de modelos para que manden 10 chicas –me explicó–. Así te asegurás de que sean lindas. Y les pagás consumiciones y te hacen de “llamador” para el boliche.

Me quedé pensando en las nuevas estrategias de marketing.

–¿Para qué querés 10 modelos tomando cerveza en una pista?

–Para que se corra la bola de que acá están las chicas más lindas; eso trae más gente.

A mí, que se me pasaron por alto las peñas universitarias, las salidas a los boliches del Chateau, y a los bares ensardinados de Nueva Córdoba, la idea de usar chicas como “llamadores” me suena a trampero de pájaros.

La moda bolichera en los ‘80 (y a esto lo sé porque estudiaba los comportamientos tratando de imitarlos) se resumía a llevar un pulóver al hombro con los puños anudados sobre el pecho (o a la cintura, si eras más canchero), tener las iniciales grabadas en la hebilla del cinto, y calzar botas tejanas. Además, había que tomar cosas horribles como “Séptimo regimiento”, “Destornillador” o mezclas binarias como ginebra con cola, todas bebidas que pasaban factura al día siguiente. Y todos fumaban. Convivimos años con chimeneas vivientes. Eso fueron los gloriosos ‘80, con los pubs como Pizarrón o Bigotes haciendo historia. En ese tiempo, a la hora de los lentos, había que ser intrépido, y la ubicación exacta de las manos en la espalda de la señorita alcanzaban para medir la osadía. Se bailaba Duran Duran, Boy George, y se chapaba escuchando In my dreams, de Reo Speedwagon.

En los ‘90 todo cambió sutilmente: se pusieron de moda tragos venenosos como “Orgasmo de pitufo” y “Sex on the beach”, que daban una acidez galopante. Para equilibrar, también fue el período de la penetración alquitranada del fernet con cola. Los parlantes escupían canciones horrorosas de Millie Vanillie y de Loco mía, y todos se sabían –al menos– una coreografía vergonzante. Los varones ganaban si tenían el pelo largo y manejaban motos XR, cada boliche parecía el casting de La banda del Golden rocket, y las salidas terminaban en borrachos amanecidos reventándose a sopapos mientras los pacíficos nos enamorábamos de las chicas que usaban perfume Anais-Anais.

María María, Pétalos, El Mariscal, La Tribuna. Las opciones brotaron en espacios alternativos y calles impensadas. Se puso de moda la zona del Abasto, la periferia del centro, y los boliches que estaban camino a Villa Allende tuvieron una afluencia que no volvió a repetirse. Mientras hablo con este señor, me embarga una melancolía desagradable.

Fue un pasado romántico y lleno de avatares. Las emociones en esos tiempos viajaban por correo analógico con matasellos, y si alguien te gustaba, intercambiabas el número del teléfono fijo para comunicarte al día siguiente.

Cuando los ’90 tocaron fondo, también los boliches clásicos acusaron el cambio de siglo y quedaron heridos de muerte, reducidos a bastiones representativos: Molino Rojo, Keops, Villa Pancho, Suepz.

Otra vez, no pisé ninguno.

–¿No hay otra forma de asegurarse la convocatoria?

–Sí –me dijo con seguridad–: podés pagarle a alguna “celebrity” para que te haga “presencia”.

Me hice el que sabía qué era eso y lo gugleé más tarde: una “presencia” no hace referencia a un fenómeno poltergeist, sino a la acción de pagarle a alguien conocido para que “frecuente” el lugar una noche y le otorgue estatus.

De las 10 ó 12 veces que salí a bailar en mi vida, me quedaron postales inútiles: la silueta irreal de alguien que danza con sensualidad sobre un parlante; la densidad azulada del humo que se pegaba hasta en las prendas íntimas; el suelo mojado y crocante de vasos de plástico.

No soy parámetro de diversión para nadie. En la charla con este señor descubrí que me faltan varios capítulos que podrían haber sido memorables. No reniego de ello. En la densidad grosera de la historia personal de cada quien habrá perlas y arrepentimientos.

–¿Te interesa el laburo?

Dije que no. Además de que pagaban mal, de entretenimiento sé menos que de física cuántica. Me alcanza con que me suenen algunos nombres y asentir cuando apelan a mi complicidad.

Pero prefiero volver a casa como siempre, sin saber adónde quedan los epicentros de la moda, ensayando una sonrisa falsa.

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3 respuestas a Los boliches de Córdoba

  1. elrober dijo:

    No te perdiste nada importante boló, o sea , personalmente no la puse más de una o dos veces en 15 años en muchos lugares que nombrás , y esa edad era lo único importante jajajaja

  2. Sandra dijo:

    “En la densidad grosera de la historia personal de cada quien habrá perlas y arrepentimientos”. ¡Pero qué lindo escribe, Playo!

  3. Flor dijo:

    Cuanta nostalgia!! Hermosa época….recuerdos imborrables, música, amigas, amores imposibles.

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