Lengua resbaladiza de ayer, hoy y siempre

A los menores les dejamos una pesada herencia de expresiones que hacen referencia a cosas cuya existencia está perimida. Así seguimos hablando de “tirar la cadena” cuando vamos al baño (a pesar de que son pocos los excusados que quedan en funciones con ese mecanismo), o usamos las colectiveras “me picó el boleto” y “no tengo un cospel”, asociadas a una realidad específica y remota del transporte público de pasajeros que los jóvenes no tuvieron oportunidad de disfrutar.

Imagino a veces a mis hijas igual de indiferentes con el verdadero significado de esas expresiones que van muriendo lentamente. Porque así como fallecieron el “canchero”, el “goma” y el “tirame las agujas”, igual riesgo corren “fachero”, “groso”, “regio” y “macanudo”. No nos damos cuenta, pero se nos están muriendo en la lengua un montón de expresiones que nos dieron alas para movernos con soltura en la juventud. Ahora (salvo que se vuelvan a poner de moda, como “chapar”) esas expresiones son un lastre que nos deja en evidencia etaria.

Mis hijas pronto empezarán a preguntarse de dónde vienen frases como “ponerse las pilas”, “te voy a dar vizcacha a la siesta” y el clásico “te conozco mascarita”, también versionado al inglés como “I know you little mask”.

El habla (o la lengua, o como sea que le llamen ahora en las carreras humanísticas) es un organismo vivo que va reptándonos a todos por la boca. No la vemos, no somos conscientes de que está, pero está. Y es elástica como un chicle y se acomoda a los tiempos como el agua a un recipiente. Todo lo que modifica la lengua (o el habla) tiene que ver con el roce constante del bicho idiomático contra la realidad. Porque el entorno moldea la forma misma de nominarlo, y no entenderlo nos deja muy atrás. A esto hay que sumarle que el pasado, en estos tiempos, está mucho más cerca que antes.

Ahora mismo puedo probar esta teoría: lo invito a mirar a su alrededor e identificar los elementos de su entorno que hace diez años no existían (no vale incluir los productos comprados de madrugada viendo comerciales televisivos eternos). Seguramente encontrará a alguien pasándole el dedo a la pantalla de un celular. O sobre la mesada de la cocina tendrá una máquina de café ultrasónica. O en la mesa de luz al libro se lo habrá comido una tablet. O en la calle verá autos que responden si les dirigimos la palabra.

Parece que es nuestra obligación como adultos responsables incorporar y acuñar nuevos vocablos para no quedar en la más desangelada de las oscuridades ante los avances de la tecnología. Y mientras en épocas anteriores la lengua se movía con pereza y acusaba tarde las vigencias (lo que se tardaba en voltear un término instituido por los mayores era incronometrable), hoy eso ha cambiado, porque en la fugacidad en la que vivimos, la lengua ostenta apremios vertiginosos.

La aparición de nuevos “elementos” (y sus usos) ha dado origen a un veloz rebautizo de acciones y a una necesidad imperiosa de poner en palabras abstracciones que son cada vez más cotidianas. Así es que nacen los verbos bastardos, que son hijos de un modismo y una necesidad. No son normales, no suenan bien, son difíciles de entender y nos avergüenza mirarlos a la cara, pero se contagian con la velocidad del estornudo en un ascensor. Entonces de golpe y porrazo empezamos a oír que nuestra tía “se wasapea” con las amigas de yoga. Y vemos azorados la amargura de un amigo al que la chica que le gusta “le clavó el visto” en el teléfono. Los nuevos usos están ahí, agazapados detrás de cada cambio en las piezas del tablero de la actualidad.

Los nativos digitales ya le introdujeron varias modificaciones al habla, y a veces con tanta precisión que cuando las oímos terminamos en sepia, como el personaje monocromático de Francella. Entre los jóvenes algunos vocablos se revalorizan y vuelven a estar de moda, como “chabón” o su horrorosa mutación para designar a una mujer, “chabona”. Pero a estas palabras recicladas se contraponen una inagotable catarata de términos adaptados del inglés (“flayar”, “flayarla”: derivados de “flash”), y otros muy influenciados por las redes sociales e Internet (“tuitear”, “instagramear”, “guglear”, “feisbuquear”, “stalkear”).

Las nuevas generaciones se van encargando de poner en uso términos que hacen que nos rasquemos las peras: “Chomaso” (falto de calidad, ordinario); “Mortal” (que está muy bueno); “Fantasmear” (actuar con sigilo y desaparecer de una relación, por ejemplo); “Chongo” (amante masculino).

Por supuesto que no se han podido deshacer los jóvenes de algunas construcciones que se institucionalizaron por su uso, como “bajón”, “onda” y “joya”, que por su contundencia económica resultan hoy irreemplazables. Pero en su veloz carrera para llevarse el mundo por delante, las nuevas generaciones retrucan con expresiones híbridas, contradictorias e hijas del capricho lingüístico, como “alta pilcha” y “te quiero mal”.

La mayoría de las veces coinciden en el mismo plano temporo espacial tres generaciones: abuelo, padre e hijo. A veces entre ellos se genera un diálogo que comparte algunos códigos en común, pero la mayoría de los momentos en los que se da interacción seria, termina colándose en ambos extremos generacionales el desconcierto: ni el veterano entiende de qué habla el chico, ni el chico entiende qué dice su abuelo. Y el padre está ensanguchado, a medio camino de entender a los dos.

Me pregunto cuántos nativos digitales podrán tener ganas de leer esta nota eterna en papel y cuántos adultos mayores se conformarán con pegarle una hojeada en Internet. Sospecho que ambos números son bajísimos.

En lo personal, añoro rodearme de gente que me entienda cuando hablo y que no me bombardee con un rosario de términos extraños como “influencer”, “millenial”, o “cool”. Porque para mí, una pareja “atraca”. O “transa”. O “aprieta”. O chapa fuerte. Y pará de contar.

A veces crecer es tantear relieves nuevos en la oscuridad. Un viaje a lo inesperado en el que entendemos que empiezan a desplazarnos lentamente para imponer un orden basado en la forma moderna de ver el mundo. Y es ahí cuando comenzamos a entender que estasmos envejeciendo.

Qué lejos quedó el pasado reciente en el que no había “Dj” sino “propalador”. Ay esos tiempos de “americanas” relajadas y de tirarse un “lance”.

Los de mediana edad habremos perdido por el efecto arrollador de la tecnología, pero también tenemos en nuestro haber una que otra conquista. Por ejemplo, destronar la controversial expresión que usaban nuestros abuelos para hacer una juntada: “asalto”. Llámennos cuando consigan voltear una institución como esa, sin redes sociales ni wasap donde escribir irónicamente “Ahh, re”, muchachos.

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4 respuestas a Lengua resbaladiza de ayer, hoy y siempre

  1. Bunchi dijo:

    Dentro de mis 37 “pirulos” y debido a mi “laburo” hago uso de varios nuevos vacablos, sobre todo los “yankizados”. Pero de todas las nuevas expresiones, una que se quedó y que no soporto es el: “… y bueno, nada, tipo que nada”
    Para decir eso, mejor callar o a lo sumo terminar con el famoso “ehhhh esteeee”

    • Constanza dijo:

      Yo, que vengo de la transición del mundo analógico al digital, muchas cosas las he incorporado, pero es cierto que además de los términos introducidos por el espacio digital y virtual, está el reaggeatonero, y les comparto esta palabra, que yo conocí hace poco “berraca/o” (dícese de la persona que se exita sexualmente) “Se puso berraco/a”.
      Un saludo, increíble este blog, me encanta.

  2. Sandra dijo:

    Con 49 a cuestas, trabajo con chicos nacidos después del 2002. Por estos días, profanan el término ‘asalto’ con ‘previar’. Y antes fue juntada, joda o ranchear. Para contrarrestar, me gusta verles la carita desordenada cuando uso expresiones vetustas como “me toman por el pito del sereno”.
    Saludos van, Playo.

  3. Cobayo Cuisface dijo:

    Mi hijo (12)es brasileño, asi que sus códigos son necesariamente diferentes. Pero acá usan mucho “mito” para alguien que es bueno haciendo algo y el verbo “mitar” para cuando alguien mostró que es um capo (“mitó”). Mi sobrinho cordobés y monserratense(12 también)usa “spoilear” para quemar uma sorpresa. Yo pienso que cada época tiene sus códigos pero existe una cierta universalidad. O alguien no entende “Cien Años de Soledad”?

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