Evolución del mueble con rueditas

Es un recuerdo difuso, más como una foto que como una secuencia. Es 1983 y un señor de bigotes aparece en la televisión, monocromático y aplaudido, con una banda que le cruza el pecho y un bastón en la mano. Yo tengo 9 años. La sensación que flota entre mis tíos y mis padres es de emoción. No la entiendo, pero sé que debe ser importante. El año anterior me había tocado escribir cartas para unos soldados que habían ido a una guerra. Las cartas fueron a parar a una bolsa, donde también pusimos los chocolates para combatir el frío.

De esa postal salto hasta una en mi casa, y me veo a mí mismo frente a un televisor viejo, que al arrancar y al apagarse, amenaza con transportarme a otra dimensión cuando aparece el punto de luz en medio de la pantalla, como el flash de una foto. Y antes que las imágenes, aparecía el sonido. Y enseguida la gente se materializaba como fantasmas en un cuadro en tonos de gris.

Cuando no “sintonizaba” bien, había que golpear el aparato en la nuca, y eso hacía saltar la imagen hasta que se acomodaba. También había una antena de dos orejas que mi padre orientaba hacia la ventana, y que luego debía acomodar con precisión milimétrica para captar los programas sin que los protagonistas se cortaran en dos, con las piernas barridas hacia la izquierda y el torso hacia la derecha.

También recuerdo de esa época a mi abuelo llegando un día con un aparato de televisión que se me antojaba del tamaño de un auto. Esta es otra postal y tiene sabor a futuro: ya no había que usar una pinza para girar el selector de canales, que era un tubito de metal que había perdido mucho tiempo atrás la perilla que lo cubría.

El nuevo aparato tenía un disco enorme con espacio para varios canales, a pesar de que en Córdoba sólo captábamos 3, y con suerte.

El primer programa en colores que vi en ese aparato infernal fue La isla de Gilligan. Recuerdo estar frente a una taza de té sobre la que se perdían rigidez las galletitas, y también recuerdo la sorpresa: la remera del protagonista era roja, y el capitán que evitó que el barco se hundiera, tenía una chomba azul.

Y con la misma paleta de color, recuerdo la serie española Verano azul, cuya canción no he dejado de silbar en los últimos 30 años.

En el aparato no tardaron en aparecer capítulos del Chavo, dibujos animados rústicos y, para los grandes, Neustadt con su Tiempo Nuevo. Y hasta un señor que perseguía fantasmas, duendes y extraterrestres, que se llamaba José de Zer. Eran tiempos menos complejos y los informativos se hacían sobre un decorado de cartón con conductores de bigote.

Tato Bores, Olmedo y los programas “subidos de tono” no estaban permitidos para mí. Cada vez que mi viejo se sentaba en la punta de la cama después de la cena para cambiar de canal (estirando el brazo hasta alcanzar la perilla), me invitaba a retirarme a mi cuarto.

En algún momento empecé a crecer y me permitieron tener un aparato pequeño, de segunda o tercera mano, en mi propia habitación. Los sábados eran las mejores noches, cuando se podía ver un continuado que ponía los pelos de punta y me entorpecía los sueños: Viaje a lo inesperado (ciclo en el que habían hecho nido las películas de terror). Y al término de cada película protagonizada por Christopher Lee, llegaba el trasnoche del Doce, en el que siempre estaba la posibilidad de que a alguna protagonista se le escapara algo del escote.

En algún momento de esos años llegó México ’86, y el césped de la cancha tenía justo al medio una sombra de ventilador sobre la que corrió el jugador por excelencia de ese mundial. En cada ventana de cada departamento se escuchaba lo mismo: Maradona, Maradona, Maradona.

Antes de que cambiara esa década, llegó el control remoto, que tenía el tamaño de un lomito completo, pero que fue para todos el equivalente a tener hoy wifi. Mi viejo abandonó la punta de la cama y se recostó con el mando a distancia.

Después de eso, cuando nos deshicimos del televisor gigante que nos trajo mi abuelo, simplemente dejé de contar. Sé que contratamos el servicio de “Video visión”, televisión por cable que sólo tenía un canal –si mal no recuerdo, el número 6–. Y tengo grabado a fuego un especial de Chaplin con el que mi viejo y yo compartimos risas. Tanto nos gustó, que fuimos hasta la calle Arturo M. Bas, frente al Paseo Sobremonte, donde estaba la oficina de la empresa, a pedir que volvieran a dar esas películas en blanco y negro. La chica que nos atendió nos dijo que iba a hablar con los dueños para que atendieran nuestro pedido y nosotros nos fuimos contentos, esperanzados en que la repetición nos encontraría otra vez compartiendo risas.

No pasó. Jamás volvieron a dar películas de Chaplin en canal 6. Y más tarde sumaron a la programación una serie de canales entre los que naufragamos definitivamente.

Lo último que recuerdo de esos tiempos es que mis viejos tarjetearon un televisor con 60 canales, que era una barbaridad para la época. Y ahí el mundo empezó a girar con velocidad pasmosa. La televisión ya nunca fue igual.

Nosotros, los nativos espectadores del aparato, muy a nuestro pesar, tampoco.

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2 respuestas a Evolución del mueble con rueditas

  1. Nicurda dijo:

    Creo que todos los que fuimos chicos en esa epoca guardamos exactamente los mismos recuerdos sobre la television: el tele blanco y negro (uno en toda la casa, logico), la pinza para cambiar de canal y el sentarse en la punta de la cama para cambiar los 3 canales disponibles.
    Todo esta ahi, guardado… pero es hermoso que lo saques para que a todos los que la magia de esa television se nos piante una lagrima.
    Abrazo grande Jose.

  2. Alberto Baru dijo:

    Todo tiempo pasado fue mejor sencillamente porque eramos jovenes.
    Para mis hijos no hay como los noventa, con eso te digo todo.
    A esa edad te daban todo hecho, te enseñaban todo, y te amaban mas que a nada en el mundo; como no va a ser mejor ese tiempo pasado.

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