¿Era o no Julio Iglesias?

Creo que me gustan las bromas telefónicas desde que empecé a escuchar al más grande cultor de la práctica, el inefable Doctor Tangalanga, cuya habilidad para sacar de quicio al interlocutor dejó una huella en mi memoria en la década del ‘90. Eran tiempos en los que no existía el identificador de llamadas y todavía dependíamos del teléfono fijo.

Fueron años de impunidad para los bromistas, que usaban el aparato a la manera de un ring-raje.

La estrategia del fallecido humorista era simple: se hacía pasar por una persona cualquiera y, con tono ceremonial, primero enredaba a la víctima del otro lado del auricular con pedidos, reclamos o planteos de lo más inverosímiles. Luego, invariablemente, la llamada terminaba entre gritos e insultos. Con esas bromas, Tangalanga grabó varios casetes, y fue celebrado en muchas oportunidades por su velocidad y estoicismo.

La forma de encarar las charlas se convirtió para mí en un norte, aunque mi estrategia siempre fue ligeramente distinta, ya que no llegué nunca a un enfrentamiento verbal. A mí lo que siempre me sedujo fue cambiar la voz y la tonada para poner al interlocutor en una situación incómoda.

En esa línea de acción, tuve oportunidades de antología, y en algunos casos he llegado a poner a la víctima al borde de las lágrimas. Entre las que con más cariño recuerdo, fue la de una compañera de trabajo, a quien le hice creer que estaba hablando con un productor televisivo de Buenos Aires, que quería confrontarla al aire con Beto Casella. Corté la llamada sin desactivar la bomba y el efecto fue devastador. Pero seguí, y ahora, en perspectiva, caigo en cuenta de que hice daño. Tanto, que en algún momento empecé a temer que la venganza fuera terrible.

La semana pasada, me encontraba en el baño del trabajo atendiendo necesidades que superan las cuestiones periodísticas, cuando en la pantalla del teléfono celular se esfumó el Candy Crush y apareció una llamada de un número desconocido. Yo sabía (así habíamos quedado con mi jefe) que ese día tenía que hacer una nota con Julio Iglesias, pero no habíamos pactado la metodología. Debo confesar que la idea de que Julio Iglesias (a la sazón, uno de mis ídolos musicales) me llamara por teléfono a mi celular, no sólo me resultó sospechosa, sino que directamente me sonaba imposible. Pero atendí y una voz en español de España preguntó por mí:

–Te habla Julio Igleshiash –dijo.

Y yo respondí:

–Sí, sí, sí; llamáme en cinco que estoy en el baño.

Corté la llamada y me quedé pensando unos segundos. La voz me resultaba familiar y el acento español parecía muy natural. ¿Y si en realidad era Julio Iglesias?

Por las dudas, abandoné el recinto y me encaminé hacia la redacción, justo cuando volvió a sonar el teléfono. Atendí con desconfianza mientras me parapetaba detrás de una columna para espiar a mis compañeros de trabajo: estaba seguro de que alguno de ellos era el responsable de la llamada. Sólo por precaución, encendí el grabador, al menos para registrar la conversación y poder reírme de ella luego. Me paseé, teléfono en mano, entre las computadoras de mis colegas y noté que ninguno me prestaba atención, y que tampoco estaban con el tubo en la mano. Un poco por prudencia y otro tanto por la anécdota, me encerré en una oficina y decidí seguirle la corriente.

Las primeras palabras que intercambiamos fueron muy descontracturadas. La supuesta entrevista comenzó con una pregunta del cantante:

–Vale, venga; ¿qué quieres saber de mí que tu madre no te haya contado ya?

Me reí. Era un chascarrillo gracioso y ostentaba ingenio. Entonces dejé de lado el cuestionario que había preparado y me enfoqué en “sacarle el jugo a la broma”, lanzando una batería de preguntas descabelladas, con la intención de probar la agudeza y la cintura de quien fuera que estaba del otro lado de la línea: no iba a permitir que un bromista quisiera pagarme con la misma moneda. La voz del entrevistado se mantenía férrea e inmutable, tan en el personaje que me provocó admiración: fuera quien fuera el que me estaba poniendo a prueba, evidentemente era más tenaz que yo. Y más caradura.

Entre risas y doble sentido, me propuse seguirle la corriente al llamador y empecé con un cuestionario doméstico que realmente hubiese querido hacerle al artista: “¿Por qué te ponés de perfil para cantar y te llevás una mano al pecho?”; “¿Recibiste alguna vez el meme con tu foto y la leyenda ‘Y lo sabes’?”. Para mi sorpresa, cada respuesta sonaba convincente. Y estaba precedida de una carcajada cristalina. “Decíme la verdad, ¿pasó algo o no con Susana Giménez?”. No conforme con las indiscreciones, pasé al plano de las afirmaciones un tanto molestas, al estilo de: “Qué mal te fue con el álbum de tangos en Argentina”, y así hasta agotar el cuenco de estupideces que se me cruzaban por la cabeza.

La conversación promediaba los 15 minutos y mi contrincante no perdía la línea. Ante semejante compromiso con la cachada, comencé a preguntar cosas más serias, para ver si el aburrimiento apuraba un desenlace. Mi interlocutor continuó desnudándose impúdicamente. “Prometéme que no vas a volver al cine, Julio” y chicanas por el estilo siguieron viajando por la línea de teléfono, hasta que el entrevistado me avisó que tenía que cortar. Miré el grabador y el cronómetro marcaba que hacía 25 minutos que estábamos engarzados en esa charla surrealista. Nos despedimos efusivamente, con alguna que otra broma, y volví a la redacción, donde mi jefe me confirmó con quién había hablado.

Me dejó de una pieza. Ahora tal vez se entienda por qué me cae tan pero tan bien Julio Iglesias.

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Una respuesta a ¿Era o no Julio Iglesias?

  1. Irene dijo:

    ¿Quién sabe si del otro modo hubiera sido mejor?

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