Cementerio indio a la cordobesa

Lo contó con tanta naturalidad que casi se me escapa el dato. Tuve que pedirle que lo repitiera:

–Huesos humanos –dijo- Eran todos huesos humanos porque era un cementerio indígena.

Estamos en la cola del banco y no hay prisa. Nos movemos entre las cuerdas y cuando se detiene el avance, giramos hasta encontrarnos y seguir conversando. No tendrá más de 50 años, delgada, y con una cartera estrujada en el pecho. Evidentemente, confía más en sus brazos que en los policías repartidos en el salón.

–¿Pero la casa era suya?

–No. Le cuento bien para que se haga una idea –contestó mientras bajaba la cartera.

Habíamos empezado comentando algo del clima y, en algún momento, la conversación giró, vaga y errante, hasta tocar el tema de las casas de campo. Y entonces la mujer me contó que su familia tenía una en Alpa Corral. Y que su padre y sus tíos la habían levantado sobre un viejo cementerio indio.

–Cuando empezaron a armar los cimientos aparecieron los primeros jarrones y vasijas. La mayoría se rompieron con los palazos. Mi papá y mi tío pensaban que eran juguetes o algo por el estilo. Igual no se distinguían bien –se justificó–. Parecían bolas de arcilla.

Por dentro sentí una ligera incomodidad.

–¿Se salvó alguna?

–Sí. Cuando vimos qué eran, las empezamos a sacar con cuidado, las lavamos y las pusimos como decoración en el interior de la casa. Mi padre y mi tío siempre brindaban con unas tazas que habían encontrado, que estaban perfectas. Es que les llevó mucho tiempo reunir el dinero para construir, ¿vio? Y ahora que tenían el terreno, querían edificar.

La mujer contó que después de los utensilios, empezaron a emerger los huesos. Y las puntas de flecha. Y la excavación continuó, y a ella y a sus hermanos los pusieron a juntar todo para sacarlo de la zona de trabajo.

Durante casi un año, la señora y sus hermanos se dedicaron a mudar el cementerio a 50 metros, abriendo una a una las tumbas y juntando los huesos.

–No sé quién fue que llamó a la universidad –continuó el relato–. Pero un buen día aparecieron unas camionetas y gente con guardapolvo y guantes. Hablaron con mi papá, discutieron un rato, y al final pasaron al terreno a ver qué había en los huecos.

La sorpresa debe de haber sido mayúscula por dos razones: la primera, según lo que pude inferir por el relato de la mujer, era que se trataba de un pueblo pre comechingón. La segunda es que sólo el 40 por ciento quedaba intacto, al resto lo habían amontonado en un pozo nuevo y más grande.

–Me acuerdo de que cuando íbamos al colegio los chicos llevaban dibujos de cómo eran las puntas de las flechas y nosotros llevábamos puntas de flecha en serio –dijo con picardía la mujer. Ya había varias personas de la fila escuchando.

–¿Qué dijeron de la universidad? –preguntó un señor de bigotes, medio tuerto.

–Uhh, armaron un barullo fenomenal. Querían parar la obra y voltear la casa. Decían que también habían encontrado huesos de gliptodonte, que es un bicho parecido al quirquincho, pero gigante.

–¿Cómo tomó su papá el aviso de los científicos? –quise saber.

–Y, bien no lo tomó. Le había costado mucho conseguir el terreno y comenzar la obra. Así que lo agarró de la solapa al muchacho con el que discutía y lo hizo subir a la camioneta a los patadones.

Los de la universidad levantaron campamento y se fueron a pelear por el terreno burocráticamente. Eso le dio tiempo a la familia para terminar la obra. Pero una vez habitando la casa se dieron cuenta de que no podían hacer ni un pozo para un árbol sin que salieran reliquias de la tierra. Me interesó lo de los gliptodontes.

–¿Aparecieron más bichos?

–Apareció de todo –se ufanó la mujer–. Pero los bichos no nos llamaban tanto la atención. Nosotros estábamos locos con la ropa que salía con los huesos. Viera los ponchos, ¡qué fibra!

Un muchacho que estaba dos o tres lugares más atrás, dijo en tono audible:

–Qué animal esta vieja.

La mujer lo ignoró y continuó. Contó que estuvieron un tiempo más en la casa, pero al final el padre se cansó, juntó todo lo que había, lo metió en bolsas de consorcio y lo enterró lejos, en un campo lleno de espinillos. “Así no me rompen más las pelotas”, creo que fue la expresión exacta. Ella continuó:

–Nuestra vecina, doña Felisa, encontró en el patio un caparazón enorme y lo tenía de adorno en el living. Y en la galería tenía dos bichos más casi completos, listos para armar. Es muy común en esa zona –concluyó, apelando a que entendiéramos vaya a saber qué ley natural que regula procedimientos sobre restos fósiles.

–Tiene que hacer un carbono 14 y le dicen de qué año son los bichos y cuánto le pagan. Los tipos le compran la casa y el terreno y pagan fortunas –dijo una mujer que estaba justo detrás de mí. Era atractiva y me miró como buscando complicidad sobre la afirmación que acababa de compartir. Me hice el distraído y volví a preguntar.

–¿Cuánta gente calcula que había enterrada?

La mujer miró hacia arriba resolviendo una cuenta matemática entre labios.

–Y, habrán sido unos 20 –dijo con seguridad.

–Debe haber sido un malón –comentó el tuerto de bigotes.

–¿Los malones no son de Estados Unidos? –preguntó la chica que recomendaba vender los huesos.

–No, acá también había, señorita –argumentó el señor de bigotes–. Donde había indios, había malón.

–¿Los de la universidad no volvieron más? –pregunté.

Me confirmó que sí. Y una vez hasta con la policía. Ahí fue cuando su padre decidió vender, y lo hizo sin comentarle las características del terreno al comprador. La mujer contaba la historia con naturalidad. E incluso comentó que sus hermanos juntaron varias reliquias para venderlas en el mercado negro, pero como no sabían en dónde había un mercado de ese color en esa zona, finalmente llevaron todo a un galpón en barrio Providencia y lo metieron en una caja.

–¿Por qué no avisan que los tienen? Eso estaría mucho mejor en manos de la ciencia –sentenció la chica que buscaba complicidad.

–No es tan fácil, mi hija –dijo la mujer antes de que avanzáramos otra vez en la cola–. Uno con esas chucherías se termina encariñando tanto…

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2 respuestas a Cementerio indio a la cordobesa

  1. Macedonio dijo:

    Hermoso relato!

  2. Sandra dijo:

    El remate es genial. Gran relato.

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