Nippur, Gilgamesh y Dago

Me resulta difícil explicar qué era lo que me atraía de las revistas Nippur Magnum y D’Artagnan. La imaginación me hace enfocar sólo el ocio, aunque si tuviera que ahondar en las razones de mi devota lectura habría que tener en cuenta dos aspectos fundamentales, además del entretenimiento.

Por una parte, algunos de los personajes vivían sus aventuras en geografías y tiempos remotos; de esas historias empecé a nutrirme de datos que, invariablemente, me llevaban al diccionario o a las enciclopedias. Luego (a esto lo descubriría mucho tiempo después), la forma de desmenuzar un guion y adaptarlo al formato alimentaba mi pasión por dedicarme al dibujo, vocación que creí mía y definitiva cuando todavía no había transitado la adolescencia.

Los personajes de esas revistas se volvieron un norte para mi pasión por contar historias. Me encantaba la conjunción caprichosa de eventos que se unían para darle forma a la trama, en la misma medida en que me seducía la representación gráfica que terminaba de pintar el panorama que hiciera falta: primeros planos, batallas épicas, duelos y amoríos.

En la época en que empecé a embriagarme con la lectura, lo primero que me cayó en las manos fueron algunos números heredados de mis primos, que pasaron a formar parte de mi biblioteca magra, en la cual todavía no había estacionado ni un libro.

Entre mis favoritos estaban Dago; Morgan; Gilgamesh, el inmortal; y Nippur de Lagash, el tuerto cuyo brazo de combate doblaba en tamaño al otro brazo de tanto empuñar la espada.

Nippur fue durante muchos años un personaje a quien le seguía los pasos de cerca. Coleccionaba las revistas religiosamente y veneraba, como quien lo hace con un maestro, el trabajo de su guionista, el genial Robin Wood. Las ilustraciones me gustaban mucho también, aunque nunca me acostumbré a que reemplazaran a Lucho Olivera por otros que hicieron de Nippur una especie de ninja delgado. En la época en que buscaba con apetito voraz en las librerías de viejo todo lo que hubiera sobre el personaje, llegué a conseguir (esos golpes de suerte que jamás se repiten) dos ediciones especiales de grueso calibre que reunían los capítulos más jugosos de la historia del sumerio de sandalias.

Tuve en mi poder ambos tomos (hermosamente ajados y perfumados de tiempo) durante años, hasta que el departamento donde vivía con mis padres empezó a empequeñecer. Según mi psiquiatra, lo que tengo es un trastorno de no sé qué, que me obliga a coleccionar compulsivamente las cosas que disfruto.

En ese entonces, mi madre trabajaba todo el día, y llegaba antes del anochecer a limpiar y a cocinar. Una vez dijo al pasar que mi habitación siempre parecía sucia porque era imposible convivir con todas las porquerías que juntaba. Entre mis pequeños tesoros acopiados, no podían faltar las revistas. Las pilas ya hacían equilibrio, y cada vez que había que ordenar el cuarto, indefectiblemente quedaban hojas de revistas asomando por las hendijas de los cajones o empachando los placares.

La adquisición de los libracos de Nippur me llevó a buscar con desesperación otros tomos compilados de mis favoritos. El primero fue Gilgamesh, el inmortal. Era la historia de un rey de la antigüedad, pelado como una rodilla, que encuentra una nave espacial en el desierto con un alien que le otorga la maldición de la vida eterna. La historia de Gilgamesh está inspirada en una leyenda y yo quería tener todos los capítulos, porque me parecía genial. De hecho, en uno de los libracos de Nippur había un capítulo en el que ambos héroes coincidían en una aventura. Eran mis ídolos.

Cuando caí en la cuenta de que jamás publicarían la colección del inmortal depresivo, opté por armarla yo mismo.

Armar mi propio libro de mi héroe favorito se convirtió en una obsesión que me hizo recalar miles de veces en esas casas de usados, donde se me ennegrecían los dedos de tanto hojear páginas para encontrar a este pelado que, en los últimos capítulos, se queda solo cuando la humanidad es devastada por una guerra nuclear.

El procedimiento de confección de mi futuro libro era simple: había que partirle el lomo a las revistas y quitar con cuidado las páginas que contenían la historia, para ir acumulándolas hasta tener las suficientes para encuadernar. A mitad de camino, y también enamorado de Dago, comencé a hacer lo mismo con sus historietas.

A los pocos meses ya tenía en mi haber una parva voluminosa de hojas casi listas para enviar a alguna imprenta. Con recortar prolijamente los bordes que se habían roto al desarmar la edición, alcanzaba. Mi sueño de tener toda la colección parecía cada vez más cercano.

Un día que ya no puedo evocar con claridad, llegué del colegio y, como era costumbre, me predispuse a revisar mis recortes para darle los toques finales a la tarea casi cumplida. Pero cuando ingresé en mi habitación descubrí que no había rastros de las hojas.

A la tarde, en esa misma jornada, mi madre volvió de trabajar y me confesó que había tirado a la basura los recortes porque pensó que eran revistas rotas. De pronto esta mujer me decía, sin inmutarse, que había puesto mis meses de trabajo en una bolsa de consorcio que a esa altura estaría viajando hacia el basural.

Presa de un dolor y una impotencia inenarrables, fui a una de las casas de libros que frecuentaba y me deshice de todo el material que tenía, incluidos los dos tomos de Nippur, la semilla de mis hábitos acopiadores.

Nunca llegué a tener la determinación de los personajes que admiraba. Y ahogué mis pretensiones de dibujante y guionista en un mar de angustia. Ya pasaron casi 30 años. Mi psiquiatra insiste con que algún día lo voy a superar.

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8 respuestas a Nippur, Gilgamesh y Dago

  1. Irene dijo:

    Ahora voy a sufrir también por esto!!!
    Debería haber una leyenda que advierta que el artículo puede dañar la susceptibilidad de las personas sensibles!!!
    AH! Qué tragedia!!

  2. Colo dijo:

    José, en mi caso hubiera quedado huérfano y en cana, eso es como la quema de la biblioteca de Alejandría, con la diferencia que de los libros aquellos, poco hubiéramos entendido.- No hay consuelo, salvo el pañuelito que te ofrece tenerlos en la PC .- Mi hijo, il Santi me los bajó en un CD años atrás, intenté llevandome la notebook al baño, pero no, fue peor.-
    En fin, queselevacer.- Ah, se olvidaron de Jackaroe (bueno, a mí me gustaba)

  3. Mariano dijo:

    José, tengo en formato digital y puedo subirlo a Google Drive la colección de Gilgamesh, Dago, Nippur, Dax, Aquí la Legión y Savarese. Teniendo algún mail tuyo te habilito a compartir las carpetas. Con un programa como el Comic Rack se pueden visualizar. No es lo mismo que la revista papel, pero… a falta de pan…
    También marcaron mi adolescencia estas revistas, coincido contigo: el paraguayo con nombre de pseudónimo ha sido y es un gran talento.
    Siempre es un gran placer leerte! Gracias!

  4. alberto baru dijo:

    Al leer dos primeros párrafos creí que eramos gemelos, don Playo.
    Es increible, pero no recuerdo cuando perdí mi pasion por esas mismas historietas, mas la de Mi novia y yo y mi perro, creo que era la otra de Robin wood.
    Abrazo

  5. Nachox dijo:

    Hace un tiempo (cuando era joven) había un par de revistas en la casa familiar de la costa, ahi conocí a Gilgamesh entre otros.
    Con el tiempo y la interné, ya ni recuerdo de donde me vino a la memoria, conseguí toda la serie de Gilgamesh en digital, sacando un link para torrent de un blog. Aca les dejo el link donde lo tengo subido en el drive:
    https://drive.google.com/drive/folders/0B9fT669FpcMjUmptSnNTVHBNUnc

    Es bastante pesadito, muchas imágenes. Hay que descomprimir los archivos .rar y va saliendo cada revista en formato .cbz. Esto es una especie de pdf pero de código abierto, para leerlo yo uso una aplicación que se llama CDisplay, también de código abierto, por lo que es totalmente gratuita.
    Espero que les sirva!

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