Justicia poética

Era una época en que la fobia me había engrillado fuerte. Hacía una revista con el nombre de este blog por la noche y aprovechaba para vender publicidad en bares y negocios que abrieran preferentemente tarde. O que me dieran de beber, así se me iba la ansiedad y el miedo. Todavía no había empezado tratamiento.

Era 2003 y no había redes sociales, lo que equivale a decir que todo el mundo era anónimo y no sabías quién era amigo de quién. No le conocías el entorno, la gente en común, los gustos, el físico, el interior del baño, los hermanos, los padres. El mundo era una puta jungla.

Y en esa jungla yo había conocido a una chica que tenía una casa en la que me sentía seguro.

Tenía un departamento en una terraza y el sol entraba por todas partes. Yo me la pasaba encerrado fumando y estaba cadavérico y a ella le gustaba tumbarme al sol para verme refulgir. Le entusiasmaba mi salud mental endeble y me daba de tomar vodka con naranja para que me soltara y le contara mis penas. Eso, aparentemente, la excitaba. Por el contrario, cuando me daba cuenta del juego, me sacaba de las casillas. Era como una rutina que teníamos después de coger al sol en su departamentito.

–Tu piel me hace acordar a la de El David –me decía.

–El pito te debe hacer acordar también.

Y enseguida me largaba:

–Es que claro, ¿ves? Ahí está. Vos sos así, igual que tu pito, bien extremo. Cuando se te baja parece que la tenés chiquita. Es la primera vez que veo un pito así, las otras pijas que conozco no se achican tanto. Vos con tu carácter sos igual, o estás deprimido así, o estás al palo de enojado. No tenés término medio.

Me contestaba eso, dándome una comparación innecesaria y fastidiosa con las pijas de otra gente de la nada. Entonces yo invariablemente le contestaba:

–Pero por qué no te vas un poquito a la concha de tu hermana.

Y me vestía, me levantaba y me iba, mientras ella se reía y me decía «¿ves?, ¿ves?» varias veces.

Eventualmente dejamos de vernos. El vodka con naranja me reventó con unas diarreas tremendas y me pasé al fernet.

Pasó el tiempo y hace unos años me invitaron a ser jurado en Rosario. La encontré en un evento junto a su esposo. Nos salió en automático desconocernos y creo que fue un alivio para los dos. Por suerte el tiempo que pasa a veces obra con autonomía suficiente como para no ponernos en aprietos. El tipo con el que iba ella usaba una corbata de nudo finito y llevaba unos mechones de pelo sobre la cabeza como si fueran el esqueleto capilar de una ilusión que no termina de morir.

Aunque me pasé todo el tiempo imaginando que le pasaba una máquina de afeitar por la cabeza, lo que llamó mi atención es que tenía una forma muy particular de reírse: se ponía muy serio con rapidez después de una carcajada. Todo el tiempo iba y venía como un gif animado del logo de un teatro.

Sé que ella se dio cuenta de que lo noté.

***

Tengo muy presente que, hasta que entré en el jardín de infantes, no socialicé con casi ningún otro ser humano de mi edad. Es un recuerdo vívido y a la vez plano, como de mármol, que está puesto en mi memoria y que representa mi niñez. No se trata de un registro ni agradable ni molesto, es lo que es y está donde está.

Aunque, a diferencia de lo que escucho decir a la mayoría cuando se refieren a ese período de la vida, yo no volvería el tiempo atrás para revivirlo.

Me crié en un departamento en el centro en una época en la que no vivía mucha gente en esa zona. Y en un edificio atestado de ancianos con los genitales chuzos, así que fui el bebé que no paró de chillar y les hizo la vida imposible a toda esta gente. Se barajan varias opciones, una es que era un infante rompe pelotas y la otra es que era noviembre y lloraba de calor.

Los recuerdos que tengo de contactos con otros seres de mi edad son escasos y se limitan a algunos especímenes de la cuadra. El mozo del bar del restaurant, que cada vez que nos íbamos me decía al oído «pendejito, qué linda que está tu mamá» es uno, aunque era más grande, ya un muchachito. Yo lo recuerdo enorme y vestido de verde con delantal blanco, pero debió ser un adolescente de 13 o 14. A esa edad, en esa época, los adolescentes podían trabajar.

En donde estaba el restaurant, ahora hay una zapatería y una casa que vende mouses y teclados.

No íbamos a comer seguido afuera, pero el restaurant estaba justo frente al edificio, y calculo que debe haber sido una fonda decente, no muy costosa, así que cada tanto nos habremos dado el gusto para evitar la rutina del arroz y los fideos. Y mi vieja se habrá tirado algunas pilchas encima como para recordar que tenía sangre. Y al mozo se le habrá dado por colgarse el trapo de la cintura sin usar las manos. Y ya que estaba, me daba la buena nueva para sentir que le corría la sangre.

Recuerdos perdidos de la temprana infancia.

Pero no va que años más tarde, cumple años una amiga. Es la única que tengo y sus cumpleaños son famosos. Me dan pánico sus cumpleaños porque se llenan de gente. Pero de alguna manera monto la fobia y vamos con dos conocidos más al festejo.

La fiesta es en el campo y está también su prima. Y el novio de ella, que resulta ser el mozo del bar.

Para cuando llegamos ya ha corrido el alcohol en buenas dosis. Me dateo con algunos conocidos. Datearse es fundamental para tener una buena historia. Lo que averiguo no es muy alentador: el mozo creció, echó buen físico y salió campeón de pulseadas en el programa de Sofovich.

Me miro el cuerpo. No tengo nada, no soy nada. Entonces me voy hasta la orilla de un lago donde años más tarde voy a escribir sobre unos chupados que ven correr a un tipo sobre el agua. El tipo que corre soy yo esa noche.

Tengo que volver porque me están llamando. Mi amiga cumpleañera me lo quiere presentar al ex mozo porque estuve preguntando por él. Además le ha dicho que soy gracioso. A todo el mundo le dicen que soy gracioso y en realidad no lo soy.

Es horrible y paso por pelotudo o termino contando anécdotas de mi intimidad delante de los extraños. Más o menos lo que hago cuando escribo.

Cobarde, me limito a estrecharle la mano pensando que en el Medioevo o en Game of Thrones al menos le hubiera envenenado el vaso o alguna cosa de esas que evitan la confrontación física. Sólo le digo que lo conozco y él me dice «Sí, estaba buena tu mamá» y todos nos reímos.

Entonces un compañero de la facultad que es santiagueño y que está más chupado que nadie, de la nada y por motu propio, toma la posta:

–Ió le wá pegá –anuncia.

El ex mozo ni lo mira. Sólo tuerce la boca en una media sonrisa. Yo me voy hasta donde está el compañero, cuya vocación pendenciera lo hace abrazar con ignorancia y valor mi propia causa.

–Eh, te van a hacer re cagar –le digo, intentando a la vez que no avance como que se caiga. Y entonces suelta su latiguillo de pelea, que queda inmortalizado para siempre, mientras lo señala con un dedo:

–Vó me va a hacé cagá, pero ió una mano te wá meté.

El tono provoca la carcajada, alguien sube la música y corren los tragos. Los brindis borran casi todo lo que había que borrar.

***

En mi cuadra vivían los Sadivia, un matrimonio con tres hijos. Al mayor le tenía pavura después de que fuimos a visitarlo una sola vez. Tras esa visita, armaba escándalos tan grandes cuando mencionaban el nombre de la familia como opción de salida, que ni me alcanzaban a vestir.

El pendejo se llamaba Martín y tenía un par de años más que yo. Yo habré tenido, no sé, tres o cuatro. No recuerdo el motivo del encuentro, pero sí qué tenía puesto yo, el departamento de esa familia y el trayecto de mi casa a la de ellos por la calle que hoy es área peatonal.

Tengo borrosos los bordes de las fotos, pero el núcleo de la historia, el trailer, digamos, está intacto.

Es así: mis viejos y los de Martín se entusiasman en una charla y a mí me toca el destino del niño forastero: «invítenlo a Josecito a jugar a la pieza».

Corte. Aparezco tambaleando por un pasillo siguiendo a Martín que se come una uña. Por corte paso a una habitación onda American Horror Story donde aparecen las gemelas que me agarran de los brazos y me tapan la boca para que no grite. Tenía (tiene) hermanas gemelas en serio. De pronto Martín se mete en el plano con una caja de anillos de compromiso, toma mi mano e introduce mis dedos adentro de la cajita para cerrar la tapa bien fuerte. Quiero gritar pero no puedo. Busco con la mirada para ver si hay un grande. No hay.

Corte. Efectos psicodélicos. Luces. En eso escucho la voz en off de una de las gemelas que dice «probemos con esto» y aprovecho y salgo huyendo.

Corte. Primerísimo primer plano de las patitas que corren por el pasillo. Corte. Tironeos a la falda de la madre y «andá a jugar, que los grandes están conversando». Primerísimo primer plano de los ojos del niño. Subtítulo: «Hagan fila para chuparme un huevito».

Empecé a odiar a esos niños a los que íbamos a ver. Encima en esos años la economía familiar era una mierda: no teníamos muebles y mi viejo vivía de préstamos. Al día de hoy me recuerdan la anécdota de la venta del anillo del casorio para comprar leche en polvo. Pensar en esa época todavía me da una sensación rara, como de chupar el pupito de las baterías cuadradas.

Pero lo peor no era no salir, lo peor es que no había juguetes y eso me ponía verde. Ni siquiera el asunto de la ropa me molestaba tanto. De hecho hasta me gustaba heredar la de mis primos mayores, era toda ropa que les había visto usar en algunas oportunidades y me agradaba. El buzo con capucha que tenía un número 12 atrás, el pantalón de jean con la costura roja que parecía como del Hombre Araña. Todo eso estaba bien, los calzoncillos, las medias y las zapas, vengan.

Pero no venían juguetes y yo amaba los juguetes. Los quería tener a todos. Vivía encerrado en ese departamento de mierda imaginando que vivía en un palacio lleno de juguetes. Entonces se me ocurrió una idea genial para conseguirlos.

Al primer golpe lo di en casa de un tipo al que fuimos a ver por algo de laburo para mi viejo. Era en un barrio, me acuerdo. A mí me parecía increíble que hubiera gente que viviera en barrios, que entre su cama y la calle donde caminaba la gente sólo hubiera una ventana y nada más. En esa primera visita me mostraron la pieza de los chicos (que no estaban o no me acuerdo qué) y casi me muero.

Había cajas en el piso llenas de juguetes. Había juguetes en las repisas, en un sillón, sobre la mesa de luz, sobre la cama. Era imposible catalogarlos, clasificarlos y decidir con rapidez. Opté por la practicidad y llené el calzoncillo y las medias de juguetes chicos. Todo lo que pude hacer entrar. Lo que más recuerdo es un caballo blanco que me puse en las pelotas, porque le sentía las patas raspándome junto al pito.

Mi madre casi se muere y terminó llamando por teléfono para devolver las cosas.

Lo bueno de todo el asunto fue que de ahí en adelante, adonde me llevaran, yo boicoteaba la salida robándome los juguetes que encontrara. Así que al final, no salimos más.

Y pasó el tiempo y yo pude volver a recluirme tranquilo.

Hasta que me hice grande y me fui a vivir solo y ya pude estar en soledad y sin obligación de salir, con mi fobia bien en pelo. La revista me ayudó a patear de a poco las veredas. Y uno de los que más sostuvo su ayuda cuando le conté mi problema, fue mi amigo Seba.

Durante mi peor crisis, cuando se me juntaron varias cosas y cuando sentí que estaba tocando fondo por este y otros problemas, él solía llamarme de noche para decirme:

–Amigo José, no sea pavo, en un rato cierro el bar y le doy de chupar para que nos pongamos a conversar de la vida sin apuros, mano a mano, como a usted y a mí nos gusta.

El Seba tenía el bar más hermoso que hubo en Córdoba. A mí me gustaba tanto ir. En ese bar, en esas madrugadas, nos hicimos hermanos. Yo nunca había tenido un amigo así. A él le gustaba lo que yo escribía, me pagaba publicidades, me enseñaba a hacer negocios.

Recuerdo esa noche en particular que Seba me invitó a Moraima porque quería contarle algo. Me encontraba en ese momento en el que el parece que el abismo ha saltado hasta engullirnos, en que ni siquiera es necesario ya dejarse caer. Seba me hizo una pizza, me dio unas cuantas cervezas y después algunas rondas de fernet.

Ya era tarde y alguien golpeó la puerta y me ofrecí a ver quién era mientras él iba por más tragos.

Del otro lado del vidrio estaba Martín, el chico de la caja y los dedos, treinta años después, parado ahí golpeando el cristal con una llave.

Durante tres décadas lo había esquivado en la calle, lo había esquivado en la ciudad. Huí de él en fiestas, recitales y en eventos. Me fui del cine. Cambié de vereda. Salí del shopping. Y ahora estaba ahí y yo estaba tan cansado que le pregunté que a quién buscaba y justo Seba apareció a mi lado y le abrió y nos presentó y lo próximo que supe es que estábamos los tres brindando por algo.

Y hablamos un rato pero a mí me empezó a dar vueltas el bar de a poquito, así que tuve que hacer fuerzas y pedí la palabra y expliqué brevemente que lo conocía, dije el apellido, y pregunté si se acordaba del evento de la pieza y la caja de los anillos y se rió. Dijo que no, pero le pareció cruel y admitió que de chico era un culiado.

No supe qué decir. No mencioné el temor residual ni la paranoia posterior.

Cuando se fue, prendimos un porro paraguayo y a mí se me apagó el televisor cuando me quise levantar para ir a mear.

Nunca sabré si le conté a Seba la historia completa.

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19 respuestas a Justicia poética

  1. Laurencia dijo:

    Cada vez te tengo más y más cariño.
    Es impresionante.
    No mi cariño.

  2. Chuleta dijo:

    Se te extrañaba José !

  3. Bunchi dijo:

    Hola Capo! Gracias por volver a escribir por acá, te leo a veces en la Voz, pero no es lo mismo. La realidad , en tu caso, no supera la ficción. Abrazo

    PD: me acuerdo que tu revista venía con un delivery de fernet, pedíamos siempre ahí para cagarnos de risa.

  4. Angeles dijo:

    El bar Moraima quedaba por la 24 de septiembre y habia una escalera ??? Recuerdo haber ido a alguna presentación tuya. En ésa época me comía los paquetes de Parisiennes y cuando llegué al último escalón estabas vos con un fernet y dos pibes más. Yo no sabia cuál de los tres era José, y si saludar o sacar el ventolin…Fué llegar al cielo y verle la cara al chabón que me había hecho llorar de risa y quererlo en cada uno de sus relatos. Me lleve algunas Peinate. Te quedaste sin remeras, me regalaste la que tenías puesta, sacándotela adelante de todos. La tuve varios años hasta que se arratonó y se le cortajearon las letras. Estuve entre los Nicks que comentaban tus post. «Ahhhh éste debe ser fulano » es bajito, por sus comentarios parece enorme, pensaba. Era loco salir del monitor,en aquel entonces. Las revistas las hice circular en un festival de titiriteros internacional,acampados en Cosquin. Me gustaba pasar por las carpas y ver las cabezas que asomaban entre los cierres, leyendo y cagándose de la risa. La Peinate fué un viaje de ida. Te das cuenta porqué se te quiere tanto José? Lindo como siempre es leerte por acá. Abrazón enorme !

  5. Gof dijo:

    ¡José! ¡Cuánto tiempo sin leerte! ¡No me di cuenta de que te extrañaba!!
    Te mando un abrazo enorme.

  6. Lidya Vance dijo:

    Te amo

  7. Sandra C. dijo:

    Excelente , como siempre. Gracias por compartirlo con nosotros.

  8. Sofia dijo:

    «lo que llamó mi atención es que tenía una forma muy particular de reírse: se ponía muy serio con rapidez después de una carcajada. Todo el tiempo iba y venía como un gif animado del logo de un teatro»
    Me hizo acordar a un flaco que conocì en Tinder, que chota y maravillosa puede ser la vida no?.
    Me encanta leerte!!!

  9. Adriana Ortiz dijo:

    Gracias por volver a escribir! Qué bueno leerte! Que no pase tanto tiempo para la próxima película en letras que nos regales.

  10. Irene dijo:

    ¡Me da mucho gusto volver a leerte!

  11. Gherny dijo:

    Che José menos mal que volviste. Ya te estaba puteando mucho últimamente. Gracias y no lo vuelvas a hacer, no seas croto. Abrazo.

  12. Roy dijo:

    Muy bueno Jose. Espero que publiques textos mas seguido. un abrazo!

  13. Gabriela Pelayo dijo:

    Qué lindo leerte de nuevo!!

  14. Paco dijo:

    Genio, que bueno volver a engullir tus relatos!

  15. Mónica dijo:

    Qué bueno volver a leerte!!

  16. Didier dijo:

    Nunca dejes de escribir.

  17. Pulpo dijo:

    Que bueno poder leerte por acá de nuevo! Que sigan tus textos, son un lujo!

  18. elrober dijo:

    Te extrañaba culiau!!!

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