Desliz

Antes de terminar, no dijo “Mariana”, dijo “Ana”. Ella se lo sacó de encima con un empujón.

–¿Quién es Ana?

–Quise decir Mariana – contestó él enjugándose la frente transpirada.

–Pero dijiste “Ana” –agregó ella mirándolo fijamente a los ojos–. Dijiste “Ana”.

Se quedó pensando. La noche anterior Mariana le había leído un artículo en una revista. En el artículo, una psicóloga decía que a partir del momento en que uno de los integrantes de la pareja empieza a pensar en un tercero para excitarse, la relación está terminada. Se miró entre las piernas, justo para captar el momento en que la erección se le iba al piso.

–El artículo de mierda ese –dijo él mientras se sentaba y buscaba el paquete de Mogul de la mesa de luz.

Ella eligió fumar.

–¿Ana es Anita? ¿Tu compañera de trabajo?

–Sí –reconoció con un tono severo, bastante poco frecuente para dirigirse a Mariana–. Es Anita. Mientras cogíamos, se me cruzó la cara de ella y me confundí. Ahora no me vengás con que nuestra pareja está terminada como dice esa revista pedorra porque me parece una pelotudez.

Mariana se limitó a mirarlo dejando que el cigarrillo humera en su mano.

–Bueno –rotomó él con tono de conferenciante exageradamente paciente–, pero es que ustedes las mujeres no entienden: todos los tipos pensamos en otra mujer cuando estamos cogiendo, no soy sólo yo. Si hacés una encuesta, te aseguro que el 99,9% te dice que piensa en otra mu…

–Con Anita, boludo –dijo ella antes de chupar el cigarrillo otra vez mirando al vacío. Después de soltar el humo puso el mentón sobre la rodilla y se empezó a sacar el esmalte de la uña chiquita del pie–. Con Anita…

Él tragó una bola de caramelos, intentando ganar tiempo de silencio para acomodar la situación pensando algún argumento para desactivar la bomba. Mariana no iba a perdonarle así de fácil ese desliz, menos después de haber leído el artículo sobre las fantasías. Él pensaba en otras mujeres como práctica habitual, se había acostumbrado a hacerlo desde pequeño, en épocas de sus primeros tocamientos. La masturbación masculina, creía, estaba cimentada sobre la posibilidad ilimitada de cogerse a quien uno quisiera con sólo entrecerrar los ojos. En cierta manera, la paja fortalecía la pareja porque evitaba buscar placer afuera.

–La paja fortalece la pareja –dijo con aires doctorados.

Ella lo miró sin decir nada. Se limitó a levantar una ceja.

–Quiero decir que si vos te podés hacer la cabeza, al final te cogés a quien querés con la mente y así no hay chance de que metas la pata en la vida real –agregó, planteando una visión más panorámica de la teoría.

–Pero estás pensando que cogés con otra persona y a mí me usás como un guante para hacerte la paja –intervino Mariana.

–No, no, no –contestó él antes de meterse el dedo índice para quitarse un resto gelatinoso de caramelo de entre las muelas–. Ningún guante. A esto, te repito, lo hacen todos los hombres. Hacé una encuesta y vas a ver.

–¿Vos sos pelotudo o te hacés? ¿Adónde mierda querés que vaya a hacer una encuesta?

–Digo. Si no me creés, hacé una encuesta. Es una expresión.

Ella volvió a mirarse los pies. Y enseguida preguntó:

–¿A quién más te cogiste con la mente?

Se aclaró la garganta y fingió que la pregunta lo ofendía:

–Lo decís en tono acusatorio y yo te estoy tratando de explicar que es una práctica sana entre los hombres. O me vas a decir que a vos nunca se te cruzó nadie por la cabeza.

Mariana pensó unos segundos y después, de manera casi imperceptible, sonrió.

–¿De qué te reís?

–De nada –dijo ella, ahora con una sonrisa notoria–. Me río de que a veces también me pasa.

Se quedó callado. Por una parte, que Mariana reconociera el mismo mecanismo lo liberaba de culpa, pero a la vez implicaba dos cosas: o la relación había terminado (según la revista pedorra), o su mujer se estaba cogiendo a alguien más.

–¿Con quién estás cogiendo, Mariana?

–¿Cuando cojo con vos? –quiso saber ella.

–No, en la vida real. Es eso, o lo nuestro se fue a la mierda; no te hagás la boluda y contestáme.

–No te entiendo –dijo ella mientras se ponía de costado para apagar el cigarrillo en el cenicero de su mesa de luz–. ¿Esta teoría sólo vale para los hombres?

–No es eso, no me cambies de tema. ¿Me metiste los cuernos?

–Ah no, pará; no me lo puedo creer –ironizó mientras se volvía a mirarlo–. Son de cuarta ustedes los hombres. Contestáme vos primero, ¿a quién más te cogiste con la mente?

–A la maestra de Julián –soltó él con bronca–. Me la re contra re cogí a la seño Leticia. Es más, casi siempre me las cojo juntas, a la Anita y a la seño Leti. Flor de chupadoras de pija.

–¿A la maestra de tu hijo? No tenés límites, pedazo de bestia bruta; ¿a quién más, a ver?

–Ningún problema, yo sigo –dijo él acomodándose sobre sus piernas flexionadas y tomando uno a uno los dedos de una mano–: la gordita de la panadería; tu prima de Santiago del Estero, la dentista (y la secretaria que tiene, los dos más putas que las gallinas), tu compañera de posgrado (la morocha; a la petiza ahora no me la cojo tan seguido), tu otra prima que está casada con el boludo que hace buceo, la madre de Patricio (bah, casi todas las madres de los compañeritos, pero a la del Patri le doy murra varias veces a la semana), la moza del bar a la vuelta del laburo, ¿querés que siga?

Mariana se quedó callada y dejó de sonreír.

–¿Mi prima de Santiago del Estero? –preguntó de manera retórica.

–Me calienta la tonada. Me imagino que me dice cosas en santiagueño y me la pone gomosa.

–Y si yo te dijera algo así, ¿cómo lo tomarías? –quiso saber ella.

–No me cambies de tema. ¿Con quién me metiste los cuernos? Exijo una respuesta –dijo levantando el índice y la voz.

–Con Benjamín, tu amigo –contestó ella en voz baja pero tajante.

–Me estás jodiendo.

–No. Pero fue hace mucho, cuando laburabas en la otra empresa y andabas todo el día estresado; no me dabas bola, me tratabas mal, estabas insoportable.

–Me estás jodiendo.

–¿Te estoy jodiendo? –dijo ella otra vez recuperando la sonrisa.

Los dos se quedaron en silencio. Ella buscó otro cigarrillo, él no se movió, solamente recitó con tono mecánico:

–“Esto es más aburrido que hacerte la paja pensando en tu novia”. Eso dice siempre Benjamín como chiste. ¿Es cierto, Mariana? ¿Te lo cogiste a Benjamín?

–¿Entendés la locura que me estás preguntando? –dijo Mariana acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja–. Me acabás de decir que pensás en las madres de los compañeritos de tu hijo para hacerte la paja mientras me usás a mí de muñeca inflable y ahora te hacés el ofendido.

–No me cambies de tem…

–¡La secretaria de la dentista tiene como sesenta años, hijo de puta!

–¿Le viste las tetas? ¿Ah? ¿Se las viste? –dijo levantando más la voz–. Así las tetazas de la vieja –agregó llevándose las manos en forma de copa al pecho–. Pero vos a mí no me vengas con que…

–¡Tiene más de sesenta! ¡Y Anita da ocote de cara, pelotudo, encima te hacés la paja con gente fea!

–No quiero hablar más del tema –dijo mientras buscaba el teléfono celular del pantalón en el piso–. Esto se resuelve con una llamada.

–Vos lo llamás a Benjamín y yo te juro que armo el bolso y me llevo el nene.

La sentencia fue tan efectiva que tuvo que desacelerar el gesto de buscar el número en el celular, para ganar tiempo y pensar. Ella siguió:

–… Es humillante. Ponéte en mi lugar.

Intentó hacerlo. Decirle todo eso había sido cruel, pero era la pura verdad. Y la vieja tenía unas tetazas descomunales. Y en su cabeza, todas esas imágenes que armaba con mujeres en situaciones cotidianas interpretando guiones de película pornográfica, le parecían sanísimas, liberadoras. De otra manera no hubiera podido sostener una relación así cinco años. Más aburrido que hacerse la paja pensando en…

–Lo de Benjamín, ¿es cierto? Decíme eso, nada más –insistió.

Ella desenroscó una pierna y la extendió hacia él. Su empeine desnudo le acarició la base de las bolas. A propósito, sopesó la bolsa escrotal con suavidad y luego se incorporó y avanzó lentamente, mirándolo fijo.

–¿Es cierto? –repitió él de manera robótica.

–Se te puso dura de nuevo –contestó ella.

–No me cambies de tema, Mariana.

–Sí, mirá –dijo ella agarrándosela con una mano y llevándose tres dedos a la boca–. Toda dura otra vez.

Él dejó caer el celular y la miró con severidad:

–Después tenemos que hablar, Mariana.

–Bueno. Pero primero poné la pierna para allá –contestó ella.

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9 respuestas a Desliz

  1. elrober dijo:

    sos groso José, más seguido serías más groso, pero bueh

  2. Rodrigao dijo:

    Por fin un cuentito culiao!! Gracias!! Muy bueno!!!!!

  3. Irene dijo:

    ¡Me gustó!

  4. Despeinada dijo:

    Utopías.
    Y cuando se hacen reales… no saben como imaginamos que deben saber… como aquello del deseo de que la mujer no quiera hablar después de hacerlo… Yo me duermo inmediatamente después de la sesión multiorgásmica… y él pega el grito en el cielo…
    Utopías

  5. Pablo dijo:

    Primera vez que comento para decirte gracias por seguir permitiendonos el placer de leerte, por muchos textos mas maestro! Saludos

  6. Isidoro dijo:

    Impagable, sos un grosso.

  7. pancho dijo:

    harmoso

  8. Luis dijo:

    Muy bueno!!!

    Slds.

  9. Emanon dijo:

    Dios…dónde estaba este blog??? Genial loco

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