El Señor de los Membrillos

El 31 a la noche se me pasó cagando. Ojalá fuera en sentido figurado, pero el malestar general empezó la mañana del 30 y ya a la noche no daba más. Me inyecté un Reliverán mezclado con Buscapina, pero la última vez que había manipulado una jeringa todavía me funcionaba la diestra, así que en esta vuelta, por falta de práctica, me la clavé más o menos en la cadera.

Me autorreceté mucho líquido y Regulane. Pero cerca de las diez de la noche me prescribí un permitido porque tenía que comer algo, así que me fui a buscar dulce de membrillo y queso con los cachetes del culo fruncidos.

Lo único abierto un 31 a la noche en todo el coñosur es un supermercado chino que está sobre Obispo Salguero, a media cuadra de La Zete. Entré con mucho dolor de panza y de cadera mientras un chino de edad indefinida miraba con atención a un grupito de tres que se paseaban por las góndolas.

–Membrillo –dije.

–Embisho, sí, embisho –dijo–. Espere po favó.

El hombre metió una mano en el bolsillo, sacó un iPhone de última generación y le tocó la pantalla dos veces. Con la mano libre aprovechó para acomodarse los huevos por encima del pantalón. Hacía calor.

Cuando le contestaron la llamada, me repitió:

–Embisho, sí. Espere po favó.

Me puse a ver la mercadería. No había nada de origen chino. Yo sentía que adentro del cuerpo tenía una fiesta rave de líquidos y me dolía cada vez más el culo por la inyección. Me fui hasta una heladera y saqué un Gatorade familiar y una 7Up. Los dejé sobre el mostrador y de la nada apareció una mujer china, también de edad indefinida, con un nene de año y medio en brazos. La miré y le dije:

–Embisho. Y queso.

Dejó al niño sentado sobre un cajón de Coca y ocupó el lugar del chino con las bolas pegoteadas. Fue la mujer la que atendió a los tres que andaban por las góndolas, yo me fui con su marido hacia el fondo del local.

El mostrador era una mugre y ahí puso la barra de queso y la de embisho.

–Cuánto peso. Cuánto –dijo en un extraño castellano hostil.

–Un dedo de cada cosa –grafiqué.

Pagué con un científico y me dieron monedas de vuelto.

Alcancé a llegar al baño con lo justo y después me preparé una cena de dos tiritas de queso y dulce más dos Regulane y medio vaso de Gatorade. Aproveché una pausa entre las náuseas y llamé a mis hijas. Estaban contentas, estaban bien, no me dieron ni cinco de pelota, así que me tiré en el sillón a ver una comedia romántica bastante pelotuda con final emotivo. Después vi una de El Señor de los Anillos, pero no podría decir cuál.

El silencio afuera era abrumador. Imaginé que nos invadían los zombies y que yo tenía doble tarea, evitar que me comieran y no deshidratarme de la cagadera. Me imaginé yendo en auto a rescatar a mis hijas y a mi ex, mientras al nuevo novio de la madre se lo comían 11 jugadores de las inferiores de Instituto, más muertos que Rivadavia. Creo que deliraba de las náuseas y del ruido de las tripas.

Miré la película de costado, sobre el cachete del culo que no tenía el moretón. Cuando llegó una escena de una gran comilona, salí corriendo al baño.

Esto de no festejar tantas boludeces es hereditario, porque mis padres me saludaron a las once por si después nos dormíamos. Me preguntaron si estaba mejor y les mentí.

Mientras unas pocas bombas tronaban en el cielo de una Nueva Córdoba desolada, yo hacía mi propia sinfonía sentado en el bidet. Habíamos cambiado de año en una transición mansa, empezaba a desdoblarse el calco de doce meses con igual cantidad de rituales. Había empezado ese periodo de seis meses en los que me acostumbraría a escribir el año correctamente.

Llegaron cuatro mensajes de saludos al teléfono. Uno no sé quién es porque no lo tengo agendado y otros dos de unos que hace como dos años que no los veo. No contesté ninguno y apagué el celular.

El calor era insoportable y me fui a la cama a escuchar conferencias en YouTube. Busqué alguna sobre el fenómeno de los supermercados chinos y encontré un práctico de primer año de comunicación que daba lástima, así que me quedé escuchando una disertación de un guatemalteco sobre la vida de Unamuno, pero me dormí a la mitad.

Últimamente duermo raro, ronco tan fuerte que me despierto. Y sueño cosas inquietantes de las que luego no sé si son repetición de otra cosa que soñé antes. También sueño con música y sueño que hablo con gente que extraño. Cuando engancho uno de esos sueños me levanto muy bien. Ocurre bastante poco a menudo.

Estrené año caminando hasta el baño como el Gollum de Tolkien.

La cosa mejoró para el dos de enero, cuando toda la ciudad pareció volver a la normalidad. Igual el calor era infernal, así que decidí irme a la mierda para buscar un cauce de agua donde dejarme caer y morir arrastrado todo cagado por la corriente. La posibilidad de hacerlo se la debo a mi hermano, que insistió tanto para que renovara el carnet de conducir. Faltando un mes para que el plástico cumpliera el primer añito de vencido, terminé en un CPC haciendo el trámite. Mi hermano aprovechó y renovó el de él, que todavía tenía un hándicap para seguir tirando, así que no sé para qué.

Si quiero salir a la ruta sin problemas ahora ya sólo tengo que acordarme de tres cosas: poner nafta, prender las luces y abrocharme el cinturón. Me escapé de la ciudad a las tres de la tarde.

Hasta que la música no se disuelve con el momento de manera definitiva, no han empezado las horas de relajarse. Llevaba tres cigarros armados en el asientop del acompañante por si tenía ganas de fumar y no encendí ninguno. Me la pasé cantando y teniendo arcadas hasta que llegué a un lugar que tenía un río. Es una parte medio recóndita que conozco donde no va nadie, donde los codos del cauce disuaden por repetitivos y donde se empieza a sentir más presente la naturaleza que la radio con un partido.

Me metí al agua, me hundí dos veces y después dormité agarrado a unas piedras resbalosas.

Cuando cayó el sol estaba mejor, y no me había flechado como temí. Es un buen comienzo, la blancura se pierde de la misma manera en que se gana: paulatinamente. A esto me lo dijo un dermatólogo que me sacó un lunar enorme que tenía en la espalda.

Esperé a que se mitigara el hormiguero de las rutas y encontré un almacén que tenía embisho y queso. También compré una 7Up.

Me puse a comer de pie, usando el techo del auto como mesa. El cielo se iba llenando de nubes grises mordidas por el sol. Y mientras me embutía pedazos chicos de esa mierda, mientras me bajaba el bolo con sorbos de gaseosa para enfermos, me acordé que habían empezado mis vacaciones.

Ahora que están llegando a su fin, me queda el saldo de dos tardes de pileta con mis hijas, un helado SuperGridito que me apoyaron en la falda y tres fotos de mis niñas imitando la cara de la estatua de Rodrigo Bueno en el Buen Pastor. También una visita a la iglesia de Los Capuchinos para ver si había alguna gárgola de las que están afuera, escondida adentro.

En estos días diseñé mi vivero de autoabastecimiento para que un apocalipsis zombie no me agarre mal parado. Nadé y anduve tanto en patas que parezco un hobbit.

En estos días feroces y ociosos falsifiqué una carta de los Reyes Magos, transplanté cactus a una casa de campo para ver si algún día se hacen grandes y descubrí con horror que al departamento de abajo se mudan nuevos vecinos.

Desde hace unos días están haciendo arreglos. Acá sólo hay tres departamentos y ellos están directamente debajo del mío, es con el que comparto pozo de aire. Son un matrimonio cincuentón con pinta de “esta es la última vez que pruebo vivir con alguien”. Lo confirman los muebles, discretos y flacos. La gente soltera tiene tendencia a los muebles flacos. Ella, pelirroja excedida de peso; él parece Don Ramón. Mismos bigotes, mismo físico.

O son dos amantes recién embarcados en el último fracaso o son de la CIA. Me inclino por la primera opción.

Al cabo de la primera agotadora jornada de la mudanza, los vi desde la ventana de la cocina. Don Ramón se dejó caer boca abajo en un colchón rodeado de bolsas y suspiró:

–Toy destruido.

Me volví sobre mis pasos y apagué la luz para regresar a la ventana. La mujer vestía un camisón rosa pálido, el pelo en colita corta y crocks amarillas. La vi sentarse junto al tipo en el colchón y ponerle las manos en la espalda. Empezó el masaje y me di cuenta de que no había visto nunca cómo cogen los cincuentones. Ni en las páginas pornos ni nada.

Era mi próximo paso evolutivo si todo iba sin sobresaltos y no me había puesto a pensar nunca en eso. Pronto me convertiría en Don Ramón. O en la gorda.

No hubo escena caliente y eso me confirma que ya se cansaron antes de arrancar el viaje o que son de la CIA. Insisto con la primera.

Como sea, están acá, metro y medio por debajo de mis zapatos. Arman su pequeña nueva vida en los cimientos de la mía, con sus risitas nerviosas, sus empanadas de parados, con sus pestañas con restos de lijado y pintura.

De pronto tengo la sensación de estar viviendo otra vez con alguien y me siento aterrado. ¿Esto significa que de ahora en más de mi habitación dejarán de escucharse los alaridos de disfrute sexual cuando me haga la paja? ¿Significa, contra toda mi querencia escatológica sin coto, que tendría que abandonar el vicio de cagar con la puerta abierta?

El ruido me tiene pasmado, es como si vivieran conmigo, así que decidí que tenía que tomar el toro por las astas.

Lo primero que hago todas las noches es acostarme boca abajo en la cama, tomar un cachete del culo con cada mano y dosificar, trompetísticamente, un pedo tronador.

De día opto por poner la música alta y trato de no escucharlos, pero entre canción y canción aparecen y hablan y golpean cosas o dejan caer otras. O martillan. Entonces, cuando están las chicas, no intercedo en las peleas por alguna muñeca, cosa de que armen un flor de quilombo.

Sin habérmelo propuesto, he comenzado una guerra fría de insonorización que puede no tener fin. ¿Lo peor? En la mudanza me pisaron dos cactusácios y una crasa. Craso error.

Ahora estoy contando los minutos al revés, porque falta menos para que empiece el año laboral y yo quiero tomarme vacaciones de las vacaciones.

Sigue girando la rueda. Todo es cíclico. Me tomo las cosas como puedo, no es fácil porque soy cabrón.

Quiero repetir la cena en el techo del auto a la hora en que empieza a perlarse el rocío. Quiero volver a ver los ojitos de las chicas mirándome antes de emerger del agua y pedir que las tire bien alto otra vez.

Les debo un picnic. Prometí que sería con mantel y canasta. No habrá membrillo. Cuando mucho, dulce de batata. Ellas lo están esperando.

Creo que yo también.

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6 respuestas a El Señor de los Membrillos

  1. Irene dijo:

    Buen año José.
    No sabía de la separación, me había encariñado con los relatos sobre tu familia…
    Ojalá estén todos bien.

  2. Alicia dijo:

    Agridulce relato José. Te lo agradezco con mi poesía favorita sobre el cambio de año y nuestra costumbre de festejarlo:

    Final de año

    Jorge Luis Borges

    Ni el pormenor simbólico
    de reemplazar un tres por un dos
    ni esa metáfora baldía
    que convoca un lapso que muere y otro que surge
    ni el cumplimiento de un proceso astronómico
    aturden y socavan
    la altiplanicie de esta noche
    y nos obligan a esperar
    las doce irreparables campanadas.
    La causa verdadera
    es la sospecha general y borrosa
    del enigma del Tiempo;
    es el asombro ante el milagro
    de que a despecho de infinitos azares,
    de que a despecho de que somos
    las gotas del río de Heráclito,
    perdure algo en nosotros:
    inmóvil.
    Buen 2015 etc.

  3. Estimado José Luis: dos cosas.
    Primero, feliz año nuevo; segundo, te recuerdo que el monopolio del sufrimiento y la autoconmiseración lo administramos los judíos. Así que pase por caja y pague el derecho de uso.
    Saludos

  4. Agus dijo:

    José volvé q se extrañan tus relatos.

  5. Mariano dijo:

    Excelente texto, entre catarsis y pesadilla, todavía me estoy riendo con la poca sutileza de los once zombies comiendose al novio, jaja

  6. confieso que esperaba otro desenlace!!! me enganche con el relato! gracias

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