Carta a Niki

Hola, Cucú. Ya sé. La señora del departamento de abajo está pelada y usa un pañuelo que le cubre la cabeza. Cuando tose, parece un trombón, como si en el pecho arrullara el bebé de un trueno y ustedes se sobresaltan.

No pasa nada.

Ahora te escribo porque es tu cumpleaños. Vas a por las ocho velas. Son un montón. Y me alegra mucho que sigas con entusiasmo sumándole candelitas a las tortas. Me gusta que estés feliz. Pero.

No soy bueno dando consejos. De hecho, odio los consejos, así que no confíes en lo que digo. Sólo los ciegos están preparados para confiar ciegamente.

Parece que fue ayer cuando me enteré que venías y terminé en la guardia de un hospital con un ataque de pánico. Justo a mí, que no podía ni cuidarme solo, le tocaba semejante responsabilidad.

Y por fin llegaste e hiciste lugar a los alaridos entre los egoísmos para conquistar la tierra que no era de nadie. Fue tu mérito. Siempre lo será. Fundar un hogar no es nada fácil y lo hiciste, aunque las cosas no hayan salido a pedir de boca, la aventura estuvo bien.

Y después vino tu hermana y puso el broche de oro. Ha sido una gran experiencia.

A veces veo fotos de cuando estabas por nacer, y después veo otras donde ya estás envuelta en una frazada, en brazos de alguien, con los ojos muy abiertos mirándote la manito.

El día en que asomaste la cabeza y lloraste para avisar que empezaba la carrera, yo estaba muy asustado. Había leído mil noticias sobre los bebés que se pierden en las clínicas y de pronto me cayó la ficha de que ahora eras mi responsabilidad, algo para lo que no terminaré de prepararme jamás.

Comprendí que la tarea era grande y que había fallado en el primer paso: vino una gorda con un pañuelo verde en la cabeza y te llevó envuelta en una toalla y yo no dije ni mú.

Cuando me di cuenta, salí a buscarte. Anduve por esos pasillos anochecidos, y llegué hasta una puerta prohibida para padres. Te escuchaba llorar y estaba aturdido, me sentía en el medioevo, a mi bebé le estaban perforando las orejas.

Pero eso es un recuerdo viejo, un pasaje que no está más. Porque un día pestañeás y esa cosita pequeña y de ojos achinados ahora está por voltear a soplidos ocho velas sobre una torta.

Siempre que ustedes me preguntan cuál es mi deseo y yo repito: “que hagan todo lo posible por descubrir qué las hace felices y que no dejen nunca que nadie las lastime”, lo digo sin creerlo del todo, apostando ingenuamente a un mantra que les evite problemas, porque es inevitable lastimarse y es imposible ser feliz. Las publicidades de los folletos también mienten. Y menos mal que saben que para mí Dios no existe.

Pienso hoy que ya entenderás mejor mi honestidad brutal y serás independiente; me gustará pensar que colaboré un poquito para que eso ocurriera, y ojalá que al momento de leer estas pavadas esas cosas sigan latiendo, que no se les hayan olvidado.

Me gusta que vayan a los velorios, que le pongan color a la tristeza, que hagan dibujos y escriban cartitas para dejar sobre los muertos, que les besen las frentes frías y no le tengan miedo a la carne exangüe, a la piel macilenta.

Me encanta que entiendan que la muerte es parte de la vida. Y que es inevitable.

Me gusta que digan tantos te quiero y te amo, les han enseñado bien, son cariñosas, regalan amor sin pedir nada a cambio. Eso las va a ayudar siempre.

No se avergüencen jamás. Son lo que son y está perfecto que así sea, siempre habrá alguien que pueda encontrar dentro de ustedes una cosa para respetar y tal vez amar. Quiéranse mucho y que el que no las quiera, que se cague.

Cultiven mucho lo que les guste. Ya sea hablar en árabe, leer, escribir, hacer números (sospecho que no será tu caso) o cocinar. No dejen que nadie las aparte de lo que las hace sentir útiles, de lo que crean que sea el propósito en sus vidas. Huyan de la gente que pretenda postergarles sus sueños, hay una sola vida, una sola oportunidad, no se desvíen del camino. El camino tarde o temprano aparece y no está bien esquivarlo.

No crean en la amistad por sobre la sangre. La amistad está sobrevaluada, la sangre casi que escasea (en esta época del pasado hasta había bancos de sangre, una locura). Pero resulta que la única cosa que te mantiene unido es la sangre. El resto de la gente va y viene, como el dinero en un banco.

No crean en las fórmulas. Si has crecido como imagino, Pipi, creo que puedo confesarte que los padres cometemos errores espantosos. Y que hice todo lo que pude para que no terminaran contándole cosas a un psicólogo. Sale carísimo y no ayuda nada.

Ahora que estás tan cerca de empezar a vivir el resto de tu vida, Pochoclito, me gusta pensar que podrás contar conmigo en lo que esté a mi alcance. No será mucho pero será genuino. Algo de eso me queda y es para ustedes.

Díganme “gordo” siempre. Me gusta más “gordo” que papá. Siendo “gordo” me podrán encontrar cuando quieran en la otra punta de la mesa, como un amigo, como un compañero cuando les haga falta comodidad.

Aunque haya pasado tiempo desde este cumpleaños, seguiré mirándolas como ahora, seguiré siendo el cliente del living, el señor para quienes cocinan platos de fantasía en la habitación mientras la señora de abajo se quita la fatalidad a golpes de aire. Me apunto al menú que me ofrezcan: amo sus hamburguesas de plástico, sus medialunas de utilería, la taza de té con sabor a vaso vacío.

Nunca me cansa.

En este pasado que imaginás, estoy dándole mordiscos imaginarios a la comidita y regodeándome con el punto de cocción, con el sabor intenso del aire que reemplaza al té, y eso quiero que les quede como postal. Ojalá para cuando leas esto, esas mesas servidas en el restorán de mi sofá les digan algo.

Antes de mandarme a un geriátrico, recuerden que nunca me quejé del servicio. He sido un gran cliente que siempre aceptaba repetir.

Tendré que aprender a no morderles más a mis cocineras los cachetitos del culo. Será difícil, pero voy a lograrlo aunque la tos parta el aire de la siesta, aunque la flema estalle en el patio interno y trepe hasta desmoralizarme.

Hoy el giro de las agujas del reloj va deshojándoles la infancia, y una a una veo las capas de la niñez caer al suelo y desvanecerse.

Es inevitable.

Quiero que sepas que cuando no están, hablamos por teléfono. Me cuentan de la jornada escolar, de un diente flojo, de una compañera que se hizo frutilla un codo en el recreo. Les pregunto cómo están y siempre dicen que bien, que fueron a la casa de la abuela y que jugaron con sus primos.

No lo saben ahora, pero la niñez es una ráfaga.

Eventualmente, la tos acabará con la señora de abajo, y la cocina de la habitación cerrará, y el señor del living será un cliente atrapado en el pasado. Eventualmente el corazón de ustedes se quedará con lo que hayan podido rasgar de estos primeros años, el resto será el cascarón de un recuerdo.

Pienso en esto mientras armo trampas para las palomas que se empeñan en anidar en mis macetas.

No dejo de combatirlas. Pongo migas sobre los tramperos y a veces, cuando vuelvo de trabajar, hay plumas. Muchas plumas, pero ningún cuerpo.

Soy mejor armando trampas que enseñándoles a atarse los cordones. Cada uno tiene su habilidad, como un poder de los superamigos. Hay que aceptar lo que no se puede cambiar, lo que uno ha hecho de sí mismo. No pierdan energía al pedo, la van a necesitar porque el camino es largo y está sembrado de cosas raras.

Ahora que estás por cumplir ocho años, a veces los libros se me llenan de letras pasadas por agua. Y la comidita servida junto al cenicero me hace temblar la pera, y una lágrima tibia se me pierde entre los pelos de la barba.

Es que en esos pequeños detalles anticipo la muerte del Ratón Pérez y el festejo de las palomas con sus patitas de tridente. Las culiadas van a ganar.

La suerte quiere arrugarme en el espejo, Cucú. Lo sé cuando adivino la pulpa debajo de la piel fuera de registro. El tiempo se fuga por las ventanas, se diluye con silenciosa violencia. Y sé que si estás leyendo esto es porque llegó el mañana y ya es tan tarde.

Con suerte habrá cada tanto una llamada, y del otro lado de la línea, una confirmación de felicidad, un reporte de vidas que se dirigen inexorablemente hacia un destino más noble que este, de cazador de ventanas.

Habrán aprendido bien. Serán buenos recuerdos. Hay excelentes personas por ahí que se pueden convertir en buenos maestros.

Aunque no queden ni toses ni diálogos en castellano neutro en esta casa de años atrás, sé que todo va a ir bien. Y donde quiera que volvamos a encontrarnos, con o sin piel, la distancia será nada. Una baba en un desierto, una comida que no es de verdad, una pátina de cariño en el mundo que van a conquistar en nombre de todos los que no pudimos.

Sólo ustedes pueden.

Feliz cumpleaños, Pichirucha.

El gordo.

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13 respuestas a Carta a Niki

  1. lucas dijo:

    Excelente carta salida de las entrañas de un padre enamorado!

  2. Alicia Naief dijo:

    Hermoso Playo. Un poquito triste para un cumple. Un abrazo

  3. elrober dijo:

    Hay que aceptar lo que no se puede cambiar, lo que uno ha hecho de sí mismo. No pierdan energía al pedo, la van a necesitar porque el camino es largo y está sembrado de cosas raras.¿te lo puedo robar?

  4. Adriana Ortiz dijo:

    Siempre que les escribís a tus hijas me hacés llorar y sentir envidia por no poder hacer lo mismo…

  5. Cartas eran las de antes, ahora nadie se gasta en escribir algo siquiera la mitad de este texto en un correo electrónico. Porque ¿para qué? Si sabemos que no lo van a leer.
    Y así muchas más cosas van quedando sin ser dichas jamás.

    Saludos y Suerte

    José A. García
    http://www.proyectoazucar.com.ar

  6. Alejandrina dijo:

    Q te parió!

  7. fernando dijo:

    Excelente relato, como tantos otros, pero me parece una pelotudez, o mejor dicho desacertado lo de la sangre, tenes que pensar distinto, posicionarte en otro lugar, y veras que podes dar la vida y escribir las mejores poesias por hijos que no son tu sangre.abrazo

  8. Despeinada dijo:

    Me encantan las cartas a tus hijas. Te cuento algo… mi padre me escribió una cuando me gradué de Ingeniera, y es la misma que adorna mi sala. No está de más que reescribas esos trozos de sabiduría con un estilo único que son los garabatos :)… Ya lo decía alguien muuuuy adelantado a su tiempo… mas vale una pálida tinta que una memoria (Gb) brillante

  9. alberto baru dijo:

    Si Ud. supiera, Playo, cómo lo envidio.

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