Ocho australes

Los adolescentes tienen la cara como una hoja en blanco. A esa edad el mundo está con los plásticos puestos, y hay tan poca historia personal para contrastarlo, tan poco bagaje previo para acomodar las cosas, que las experiencias son pura anarquía y hedonismo.

Siempre ha sido así a esa edad. Siempre ha habido muchos que la pasan mal.

La diferencia en mi época era que no te podías abrir un tuiter para sacarte la bronca. Cuando mucho, te inscribías en karate y le pegabas patadas a una bolsa. Los chicos de hoy son más propensos a ponerse como unos aros de madera redondos dentro del lóbulo de la oreja, algo que, claramente, ha de ser más incómodo que la mierda pero que les sirve para canalizar.

La adolescencia es ese período de tiempo ideal para dejarse los lóbulos largos. Después no se puede, a no ser que te vuelvas tatuador o algo por el estilo.

En ese período salvaje del crecimiento, donde las emociones estallan como pirotecnia y donde se anda todo el día con el pito parado, los jóvenes tienen que hacerse un lugar. Adolecer es que todo duela mientras te hacés lugar.

Y no hay norte.

Es tanta la libertad y el apetito adrenalínico, que todos los consejos y advertencias de los padres se ahogan en el río de las experiencias nuevas. ¿Qué saben estos viejos chotos?

El primer beso, esa transgresión babosa y cálida, seductora y confusa, primitiva y familiar, ¿qué saben?

Para un hombre, el primer beso tira las mamaderas al piso, vuela por las ventanas los pañales, te hace pasar la primaria a los repedos y de pronto te convierte en hombre. Has crecido tanto como para dar un beso, una cosa que antes sólo le veías hacer a los grandes y en la tele.

Chapaste la primera vez y es como si hubieras salido de la selva con un león al hombro.

Y luego de eso, la sospecha: el beso es el primer paso, con paciencia llegará eso de acostarse con alguien. Eso que todos quieren hacer pero que genera miedo, desconcierto, culpa religiosa. Eso que parece imposible y que en la imaginación es un entrevero de olores y pieles, de piernas desnudas y torpeza.

Con el tiempo aprendí que a esa edad, sin saberlo, tenés adentro una de las cosas más valiosas que pueden tener las personas: tu originalidad. No hay dos personas iguales. Podremos tener el mismo acné, los mismos piojos, lo que quieras. Pero internamente, espiritualmente, cada uno es único.

Hay gente que se ha hecho rica escribiendo libros sobre esto. Incluso hay gente que ha fundado sectas muy exitosas.

Y es que a las personas, definitivamente, las distinguen sus habilidades, sus inquietudes, sus pasiones incipientes, sus búsquedas. Habrá gente con menos cualidades que otra, pero no hay nadie que sea un mueble. En eso de que somos distintos, nos parecemos todos.

En el cole siempre hay uno que sabe las preguntas del examen, por ejemplo. Otro que lee sobre la Segunda Guerra y te cuenta historias buenísimas. Otro que puede tocar el piano (si es que los compañeritos no le rompieron los dedos por puto) o la guitarra. Y hay uno siempre que sabe dibujar y otro que hace bien los pasos breakdance. A mí me tocó ser dealer, pero ya llegaremos a eso.

A veces no podemos descubrir nuestras habilidades a tiempo y nos convertimos en gente grande medio triste porque no la supimos aprovechar. Y siempre acabamos creyendo que es tarde, entonces se nos cae encima el reloj del fracaso y se nos abre el tajo de la angustia en la cabeza.

Crecer sin respetar nuestras aspiraciones es cambiar para mal, dejar de ser uno mismo. Y hay tantas personas que no están bien. Tantas personas que ni sospechan que se desconectaron de sí mismas en algún momento.

Si alguien me hubiera convencido de esta idea hace mucho, tal vez habría ganado más tiempo, hoy sería una persona mejor. Andá a saber.

Lo que a mí me gustaba, que era escribir diálogos en los cómics o cartas de lectores eróticas para las revistas, no me servía para pasar inadvertido, mi pasión no era buen camuflaje para tapar mis dientes tirados para adelante, mi mentón retraído y mi cara grasosa. Menos la contextura rolliza y culona, que estaba muy en evidencia. Y sin hombros. Yo era, básicamente, un asco.

En un colegio religioso y de varones como al que iba, pasearse con ese look era pedir a gritos un capotón galloso.

En esos años difíciles y desorientados yo me debatía entre repeler el bullying, abusar excesivamente de la fricción como previa a la liberación de exudados, leer cómics y devorar los primeros libros de terror de la Biblioteca Circulante, de donde me hice socio para descubrir a Stephen King.

Superar el bullying no fue fácil y me llevó un tiempo hasta que desarrollé un método.

En la fase larvaria del procedimiento, había que volverse retraído, hosco, inaccesible. Básicamente, había que estar deprimido. La depresión es un gran mecanismo de defensa; la depresión es al hombre lo que enrollarse en sí mismo para que no se lo morfen es al gusano.

No iba a poder ganarme jamás el respeto de nadie a las trompadas ya que esa metodología me parecía demasiado carcelaria y yo no te puedo pelear ni un precio, así que opté por pasar por “el que está loco”.

Para esto tenía que usar mucho la cabeza y usarla rápido, cosa que al día de hoy me sigue resultando difícil. Pero la necesidad tiene cara de que te van a cagar a trompadas, así que no había tiempo que perder y todo se resumía a la improvisación: el que improvisa primero, gana.

Si entraban los más grandes al baño, por poner un ejemplo, yo me apagaba el cigarro en la palma de la mano (prefería eso a que me doblaran de un bollo en el estómago o que me hicieran saludar al rey con un cachetazo en las bolas). Si me empujaban en la fila o me daban un tincazo en la oreja, me daba vueltas, soltaba fuerte el aire por la nariz y la boca y me quedaba con los ojos bien abiertos, todo lleno de mocos y babas colgando.

Fue un tiempo largo.

A veces tenía que hacer cosas dentro del aula para evitar las cachetadas en la nuca cuando el profe miraba el pizarrón. Para evitar eso, descubrí, no había nada mejor que generar una distracción.

Elegí una que es universal e irresistible en las condiciones hormonales en las que estábamos la mayoría: repartir almanaques con minas en pelotas. Era como tirarle un churrasco a un perro.

Yo ya frecuentaba las librerías de viejo para conseguir cómics y me había hecho amigo de un par de flacos que me suministraban porno. Revistas en bolsas negras en su mayoría, pero también almanaques. Eran almanaques baratos pero viejos, miss enero del 79, cosas así, que a veces cambiaba por las aventuras de El hombre araña o una Nippur.

Los almanaques daban ocote, pero tenían tetas y culos y unas conchas todas peludas que entusiasmaban a la mayoría. En esa época se usaba los genitales con look bien Horacio Guarani.

Pronto acabé convertido en el dealer del porno del colegio.

Fue la mejor época. Compraba y canjeaba revistas a lo loco y las guardaba en un portafolio sobre un mueble. Había de todo, desde ediciones lujosas de Penthouse hasta unas Shock que venían impresas en papel de cuete con una gente horrible (con la que te apuñalabas igual) haciendo todo tipo de barbaridades fuera de lo estándar.

Durante un tiempo fui una suerte de proxeneta que iba muy a sus anchas en cámara lenta dándole palmadas en las manos a la gente. Era un colegio de varones, mi negocio no podía más que mejorar.

Hasta que apareció un hijo de puta con el padre kiosquero y me cagó la revolución industrial de gente en pelotas. Y encima era enorme, no lo podía enfrentar.

A la semana cayeron mis acciones y me convertí otra vez en el dientudo baboso que andaba con unos almanaques más viejos que la mierda. Encima, este hijo de puta rompía sus revistas, cortaba las hojas y las repartía como si fueran hostias: esta del culo para vos, esta de la patita al hombro para vos, esta de las dos minas con el guaso para vos, y así.

Todo el mundo se llevaba a su casa una garantía de paja ilustrada. Yo a las revistas no las regalaba.

Volvió, pues, a peligrar mi integridad física. Mis trucos empezaban a dejar de sorprender al resto. Me convertía otra vez en el gordito boludo.

Cuando la cosa empezó a ponerse realmente brava, cuando ya vi que en cualquier momento me iban a levantar como a sorete en pala, me salvó un acto de arrojo que, paradójicamente, me costó varios años de terapia superar; el típico caso de peor el remedio que el bullying de esta gente.

Fue para el cumpleaños de un compañero. Trece velas sobre la torta. Juntada de grupo.

Estábamos en medio de un festejo inocente cuando de repente cayeron dos de un año más arriba, dos matones de esos que te hacen querer salir volando del patio de recreo cuando los ves venir.

Llegaron y empezaron a confrontar, a reírse de los palitos y los sanguchitos de miga y a buscar botellas de whisky de la madre.

Desenvolverse entre hombres es siempre una competencia, no se puede bajar la guardia, siempre hay que redoblar la apuesta. Toda relación entre hombres es, de alguna manera, una cosa como de medirse las porongas.

Arrimé una silla a un mueble, me subí y saqué una botella gorda para mostrar mi arrojo. Sin levantar la perdiz, el cumpleañero fue a decirle a sus padres que íbamos hasta el centro a jugar a los jueguitos electrónicos y que volvíamos en un par de horas. Ya era tarde pero nos dieron permiso porque era un día especial.

Huimos en tropilla antes de que se arrepintieran y nos fuimos poniendo en pedo mientras bajábamos hasta el centro, enfilando hacia la zona de las putas.

Calle La Rioja. Un lupanar junto al otro en esa época. Mucha oferta, mucha demanda.

El polvo salía pocos australes.

Por aquellos años, el austral era un billete medio verde al que todavía no le habían enchufado una ristra de ceros. Entre todos alcanzamos a juntar 8 australes arrugados y sudorosos que le ofrecimos al cumpleañero para que entrara a elegir a la mujer con la que tendría su primera vez.

Hubo dudas en el grupo, miradas esquivas. Nadie quería hacer la punta.

Era mi oportunidad para sacar provecho de la circunstancia. El alcohol me había dado acidez pero también me había bajado los frenos inhibitorios. Me sentía pijudo, invencible. Yo podía controlar, otra vez, la situación. Fui el primero en anotarme para entrar con el homenajeado. Pensaba que cuando mucho tendría que esperar sentado en un rincón hasta que la zona roja le sacara la niñez del cuerpo y después nos iríamos cada uno a su casa.

Había nervios en el aire. Hubo unos segundos de silencio hasta que uno de los bullyings agarró al cumpleañero por el hombro y encaró hacia la entrada. Me sumé al dúo ante la mirada atónita del resto y pasamos los tres.

El lugar era oscuro, con predominancia de luz rojiza. El aire estaba azulado y hacía picar la nariz. Las luces de los cigarros cada tanto se ponían intensas e iluminaban unas caras raras, perdidas en una corona de pelos anaranjados. Había una barra y varios sillones con mesita contra las paredes. En los sillones había minas en bombacha y corpiño y tipos vestidos hablándoles al oído. El cuarteto salía saturado de unos parlantes sobre exigidos.

Había una chica que estaba sola, apartada del resto. Morocha, bien distribuida, enigmática e inculeable por el precio. La queríamos a ella pero no teníamos veinte australes, teníamos ocho. Estamos hablando de una época estilo Mad Men, donde se fumaba en los hospitales, los aviones y el banco. Todo era rústico, violento, poco amigable.

Por ocho australes el tipo de la barra nos señaló a una mujer que apareció de atrás de una cortina de tiras de colores; una vieja que era el horror mismo. Y se venía derecho hasta nosotros.

Todas nuestras fantasías cayeron muertas al piso. Ahí abajo, entre las colillas pisoteadas estaba nuestra idea de sexualidad, las fotos de los folletos de maternidad, los matrimonios de parejas felices, las caras de nuestros padres.

Y ahí al frente estaba la vieja, gozada durante años por una turba de animales que iban desde motoqueros hasta abogados, pasando por obreros recién bañados cuando salen de una construcción.

Los tres lo supimos pero no dijimos nada. El lugar era espantoso, la situación también, queríamos irnos pero ya habíamos alcanzado el punto de no retorno. Entonces el cumpleañero retrocedió un paso.

-Ni chiflado cojo con esa, parece mi tía –dijo antes de salir a la calle.

Quedamos uno de los bullyings y yo aclarándonos la garganta, mirándonos y mirando a la gente que había en los sillones. Todos parecían estar escuchando nuestra conversación.

-Ocho australes por los dos –ofrecimos juntando valor no sé de dónde. A mí el corazón me saltaba hasta el paladar cada vez que latía. Lo que estaba experimentando era terror.

La mujer nos miró de la cabeza a los pies y aclaró:

-Ta bien, pero uno a la vez.

El bullying me miró esperando ver con qué salía. La sexagenaria se mostraba aburrida, con ganas de irse, sin paciencia para dos pendejitos con la camisa abrochada hasta el cuello y la piel como el culo de un bebé.

Ya habíamos llegado demasiado lejos. El tipo de la barra parecía salido de un bar de La guerra de las galaxias y nos empezó a mirar feo.

Fue un segundo.

-Primero voy yo-, me oí decir. Y lo próximo que supe era que iba siguiéndole las carnazas a esta señora hacia el fondo del local.

El cuartito detrás de la cortina era todavía peor que la antesala.

Había un foco rojo colgando de un cable en el medio de la habitación. Las paredes estaban descascaradas y desnudas, salvo por un afiche de una mina sentada sobre una moto. Y otro de una africana que se chupaba el dedo meñique. A un costado, un sofá de cuero con los resortes asomando por todos lados.

Me quedé parado sin saber qué hacer, petrificado del cagazo.

La señora se puso de pie y me desabrochó el pantalón. Era una situación extraña, un juego que se planteaba con reglas desconocidas para mí. Yo no quería estar ahí, quería estar en mi cama tapado de cómics, pensando en zombies, extraterrestres, o en cualquier otra cosa que no fuera esa mazmorra donde quedaba abolida la dignidad.

Le puse las manos en los hombros como por instinto y le quise dar un beso. Me pareció lo más lógico para romper el hielo antes de pinchar.

-No, pendejo –dijo con vos cascada-. Beso en la boca no.

Bajé la vista y me miré el pito. Un meñique con peluquín hirsuto, un colgajo varicoso con los huevos achicados y pegados a la pelvis por el miedo.

A la erección, juro por todos los muertos, la liquida el miedo. Y mientras me miraba el pito pensaba en mis padres cambiándome los pañales por primera vez, en mis padres lavándome el culo cagado hasta la nuca, festejando los berreos, augurándome un futuro de bien, con familia a cargo, con responsabilidades.

En cambio su hijito había truncado esa proyección dejándose manosear las bolas por las garras de una señora mayor, una caricatura grotesca y abominable del anhelo de mujer para un buen matrimonio, una persona caída en desgracia que, ni bien se sacó el corpiño y la bombacha, se desbordó para todos lados.

Había pliegues, bultos, arrugas. Y entre sus manos rugosas, mis huevitos giraban como canicas. Pero el masaje empezó a surtir efecto y el pitito medio como que corcoveó. Era ahora o nunca. ¿Cómo había que hacer?

-¿Cómo te llamás? –le pregunté.

-¿Pa qué queré sabé? Dale que se te pasa el tiempo, son dié minuto.

La señora se desparramó sobre el sillón y yo avancé dando saltitos con los pantalones sobre los zapatos, dejando escapar monedas, el encendedor, los forros que habíamos comprado. Mientras rogaba no perder las llaves, me subí aparatosamente ayudándome con las rodillas. Sus piernas eran ásperas y difíciles de manejar, eran pesos muertos, lo más parecido a manipular dos patas de jamón crudo.

Recuerdo que había poco espacio para acoplarse, y recuerdo también un resorte en particular que, cada vez que me movía para acomodarme, se me clavaba en el costado del culo.

Empujé.

Y tomé envión y empujé de nuevo.

A la tercera embestida me convertí en el conejo de la publicidad de baterías y empecé a rebotar sobre el cuero y la señora como preso de una convulsión, con unos reflejos espásticos y desordenados.

-Todavía no la metistei, bebé –me puso sobre aviso la mujer, sin saber que yo estaba dejando la vida en eso.

Todas mis bombeadas habían ido a parar al reducido espacio entre uno de sus muslos y el cuero del sillón. Me mordí un labio y pedí disculpas. Reconocí mi inexperiencia y le pedí, con infinita vergüenza, que me enseñara.

Me guió dos o tres veces, acomodándome el culo y moviéndose en el sillón. Se salía, como si bailara en un pozo antes de ir a parar a cada rato bajo el muslo. No estaba funcionando y opté por concentrarme en sus tetas. Eran unas tetas largas que se bamboleaban sin ton ni son. Las primeras tetas que yo veía en la vida.

Fue una engolosinada frenética. Ya no importaba a dónde anduviera mi pito meñique, acá lo que valía los ocho australes era probar qué se sentía tener frente a la cara una teta. Al menos quería salir de ese infierno con alguna cosa más o menos en claro.

-Bueno, si no vai a terminá, andá iamál amigo tuio que ia van tené quíse-, dijo ella apartándome la cara de su esternón.

Una mezcla de culpa, dolor de bolas y ganas de cagar me habían convertido el cuerpo en una licuadora en la que se estaban deshaciendo todos mis órganos. Me ardían los ojos y quería irme.

Y no quería coger en la reputísima vida más. Si eso era el sexo, pensaba, con gusto me iba a anotar en catequesis y que se fueran todos a cagar. Esto no era para mí.

Me subí el pantalón y recogí como pude lo que había en el piso. Después avancé hacia el cortinado de plástico.

Todo estaba perdido. Mi masculinidad, demolida. Mi técnica para repeler el bullying, desactivada. ¿Cómo iba a salir de ahí? ¿Con qué cara? Tenía la sospecha de que en lo que me quedaba de vida me iban a terminar poniendo una zapatería en el culo de tantas patadas, y que mi fracaso como hombre iba a ser la anécdota del colegio para las generaciones venideras.

Tal vez ese presagio de derrota final, esa ineludible resolución desastrosa, y el whisky con gusto a sobaco fueron los que me hicieron jugar la última ficha.

Antes de salir me volví a mirarla:

-¿Le podrás decir al que viene ahora que yo cojo bien?

La carcajada le ganó en dos decibeles a la canción de La Mona, que sonaba a los pedos. La risa rasposa y flemática me erizó los pelos.

Era la palada final del sepulturero, el escupitajo sobre la tierra de mi tumba, la meada de un perro que fue a parar a mi foto en la lápida.

Salí del cuartito con los ojos rojos. El bullying estaba diciéndole al de la barra que no tenía para comprar un trago, que nos habíamos gastado todo en el servicio y que no iba a demorar mucho, que nos tuviera paciencia.

-¿De qué se ríe? –quiso saber cuando me vio salir.

-No sé, preguntále a ella –contesté acomodándome exageradamente el pantalón, como si estuviera robándome un matafuegos.

Estaba enojado, con una sensación de abandono total. Me había desconectado. El resto del mundo me importaba tres carajos, la vida que me esperaba iba a ser horrible. ¿Cómo hacía la gente para tener hijos? ¿Cogían en los sillones así? ¿Cuánto demoraría para borrarme este episodio de la cabeza? ¿Qué apodos horribles me pondrían antes de recontrarrequetecagarme a trompadas?

Salí a la calle. Iba jugado, entregado. Había hecho la última apuesta a una posibilidad ínfima y peligrosa, y no había vuelta atrás, la suerte estaba echada.

Afuera estaban todos y preguntaron a la vez:

-¿Y?

Me prendí un cigarro y me senté en la vereda. Otra vez la depresión pasaba por aplomo y se sentía bien. Adentro de uno mismo, donde el caldo de los temores nos cocina la voluntad, yo ya no tenía nada. Estaba vacío como no lo había estado en la vida. Lo de sacarle el plástico a los asientos del mundo no era para mí.

Pero si algo mágico ocurrió esa noche fue que descubrí la sensación tántrica de que todo te chupe soberanamente un huevo. Esa noche, en la vereda de La Rioja, comprendí a los perdedores, a los que renuncian, a los apaleados. Y comprendí que lo único que salva a los desesperados es el sopor, la desconexión.

Dejar que fluya. Que desbarranque.

Soplé la brasa y sin mirarlos les dije:

-Medio medio la vieja.

La metralla de preguntas no me hacía mella. Me dediqué a fumar y a contestar cosas puntuales, muy específicas. Mientras me obligaban a inventar, empecé a sentirme raro. Los tenía en la palma de la mano gracias a mis mentiras y ellos, lejos de desanimarse, pedían más.

Yo era el que se había echado un polvo en calle La Rioja por ocho australes. Yo la tenía clara.

Me limité a retacear información, a usar palabras del libro de biología que me sabía casi de memoria porque me parecía muy interesante.

-El clítoris es lo más difícil de encontrar, está justo en la parte de arriba, donde se unen los labios menores. Con eso las minas se vuelven locas, las sobás ahí y les da un orgasmo.

-La parte rosadita –dijo uno.

-No, más arriba, donde no hay agüita.

-¿Qué agüita?

Y justo salió mi compañero de primer polvo.

Hasta que llegó hasta donde estábamos, transcurrieron los segundos más pesados en el reloj de mi resistencia. Ahí estaba el desenlace. ¿Saldría corriendo como en las películas, llorando hasta mi cama? ¿Me romperían un pómulo por boludo?

La pregunta coral hacia el recién llegado me sacó de mis cavilaciones.

-¿Y?

El bullying me miró y yo le sostuve la mirada.

-Este no sólo que se la culió y la hizo acabar -dijo señalándome con el pulgar-, si no que la mina se cagó de risa porque dice que es gracioso.

No terminé de entender y guardé silencio. La calle estaba vacía. A lo lejos se veían pasar las luces en la avenida y empecé a estar muy a gusto en el cómodo traje del engaño. Era lo mejor que me había pasado en la vida. Esa venerable anciana me tuvo piedad.

El alma me volvió al cuerpo mientras todos me palmeaban la espalda. Si no abría la boca, esto iba a ser leyenda.

Caminamos unas cuadras más pateando tachos y golpeando las persianas de los negocios mientras hablábamos de sexo y de las cosas que se pueden hacer sobre una cama.

Y de pronto llegamos a una esquina y empezamos a saludarnos.

-¿Y eso del botoncito que hay adentro? –quiso saber uno antes de irse.

-Eso no existe, es un mito, como lo de las chinas que dicen que tienen la concha horizontal –expliqué.

Era una noche de calor y cuando me quedé solo, me puse a fumar sentado en un cantero de la peatonal. Estaba consternado y la cabeza me hervía de pensamientos. Después volví caminando a casa entre asqueado y borracho, con la boca llena de gusto a teta y a engaño.

Me metí al baño sin hacer ruido y me puse en bolas despacito.

Todavía tenía el forro puesto. Y empecé a llorar.

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14 respuestas a Ocho australes

  1. NS/NC dijo:

    No, negro, uno no remueve dentro de este tacho lleno de gusanos y moscas donde uno guarda este tipo de cosas. Y menos en público, que hace que al resto también le salten recuerdos horribles como Jack-in-the-boxes. Me cagaste el día, espero que estés contento 🙂

  2. Fefon dijo:

    Moooooy bueeeeno!!!!
    Exquisita descripción Playo de lo que sentimos los que alguna vez nos pusimos el “cómodo traje del engaño”.
    Abrazo de atrás y beso en la nuca.

  3. Carlitos dijo:

    “-Todavía no la metistei, bebé” sublime….

  4. Sandra C. dijo:

    Excelente , como siempre , qué valentía la tuya José , por lo que se ve la terapia te hizo muy bien!

  5. ELROBER dijo:

    como siempre, lográs que se crean(que nos creamos) que todo eso que escribís, realmente te sucedió.Ésa es tu magia, sos el mejor mago que he tenido la dicha de leer

  6. Marina dijo:

    Joder que leerte es adictivo. No se puede dejar… y vas saboreando a la par el asco y el dolor en las tripas, y el olor, y lo sórdido y lo nervios. Sos groso y cojonudo. Y el título… la primera vez que ahorré, fueron 8 australes para comprarme un monito de peluche… claro que tus 8 australes son para la mierda más memorables.

  7. Isidoro dijo:

    Sublime, no tiene desperdicio.

  8. nana dijo:

    “Adentro de uno mismo, donde el caldo de los temores nos cocina la voluntad…” Hacía tiempo que no tenía tiempo para leerte. Hoy me lo hice. Gracias.

  9. Ignacio dijo:

    A ver si le sacás más chispa a los dedos para encajar letras seguido en esta página. Merecen ser leídas.

    Lo que es saber escribir.. (y cuán jodido es..)

    Gracias por compartir tus textos, no lo dejes de hacer jamás.

  10. alberto baru dijo:

    El tema del debut adolescente con putas es muy trillado, pero su literatura, su forma de narrarlo lo eleva varios escalones arriba.
    Escriba mas seguido, por favor.
    alberto de San Luis

  11. Lo que es haber tenido una infancia medianamente interesante…

    Yo no hice ni la mitad de todo eso, me quedé con los almanaques

    J.

  12. Nico dijo:

    Gran historia, muy bien escrita.
    Ahora, contá cuando descargaste todo lo acumulado, porque la vieja te dejó los huevos repletos!!

  13. José Luis Quaino dijo:

    Estimado José Playo: estoy atravesando un momento similar al que vos ya superaste unos años atrás. Ayer, 20 de abril, el Dr. Papalini y su equipo me extirparon un tumor intramedular benigno (hemangioblastoma) a la altura dorsal. Te escribo estas líneas para agradecerte fundamentalmente tus expresiones vertidas en un vídeo grabado creo en el Teatro Real. No te imaginas la notable inyección de fe, confianza y esperanza que me diste y lo identificado que me siento escuchando lo que pasaste y viendote ahora tan bien. Muchísimas gracias y felicitaciones por haberlo hecho público.

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