Sigo con Seguí

Desde hace un tiempo medio que me hago el periodista para colaborar con el suplemento cultural Ciudad equis, del diario La Voz del Interior. Eso me ha hecho descubrir una pasión oculta, algo que estaba latente como el amague de una erección y que acabó por fin sobre las hojas impresas.

Superé el cagazo inicial de la mano de algunos periodistas y editores en serio y me solté para mezclar dos formas de escritura que me cautivan: la entrevista y el relato.

Por lo general me doy estas panzadas de gusto en una sección en la que hago retratos hablados de vez en cuando. Iré colgándolas tal y como salieron en papel, para quienes tienen ganas de ir conociendo algunos artistas de Córdoba.

Voy a comenzar con una que disfruté bastante. Estuvimos buscando la casa de Antonio Seguí un buen rato. Al final dimos con ella. Para preparar un colchón en la charla leí los archivos del artista en el diario, hablé con algunos entendidos y después le toqué el timbre.

Se abre un portón automático y al fondo de un sendero está Seguí. Es un día de esos en los que la lluvia parece un soplido de gotas que se pegan a la ropa. La casa es grande y amplia. Una propiedad antigua y remodelada que luce imponente en medio de las dos hectáreas del terreno parquizado. El interior está decorado con austeridad exquisita. No sobra ni una obra de arte por ningún lado. Predomina lo precolombino; ánforas, estatuas africanas en madera, cuadros con bocetos.

Hay un Carlos Alonso abrumador. Hay telas en marcos. Hay una mesa con un cenicero y un mate. Del otro lado, Seguí le pone azúcar sólo al primero y ceba con paciencia, sin perder la calma ante la pereza de un termo que trabaja a cuentagotas.

Antonio una vez se cayó de un techo y quedó con una pierna más corta, de ese accidente heredó su forma irregular de caminar. Tal vez su andar cansino le quita el vigor necesario para seguir el destino de sus obras, que están repartidas por todo el mundo. “Ahora, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires me pidió una donación y les di 500 y pico de cosas; para el museo está bien y para mí también porque es un lugar donde tengo toda la obra protegida –explica–. Acá en mi casa de Córdoba no tengo nada, apenas lo que me ha quedado de muy joven y algunas cosas de las bienales que hice”, cuenta.

Seguí nunca planea lo que va a hacer, prefiere armar mientras va trabajando. A veces tiene una idea muy clara de lo que busca y cuando la termina, no tiene nada que ver con lo que había pensado. Hay piezas suyas de gran porte en espacios públicos de Colombia, Marruecos, Brasil, Perú y Bélgica, por enumerar algunos lugares. Su producción parece una usina explosiva cuyas esquirlas se enclavan en destinos siempre (o casi) lejanos. Desde sus primeros días en Francia y hasta la fecha, los escáners de los aeropuertos se aprendieron de memoria la anatomía de Seguí: “Viajo mucho, me encanta hacer turismo. Conozco muchos países, pero me falta conocer la Patagonia argentina –relata–. Mi viejo me decía que tenía que ir porque es lo más parecido a Suiza que hay en Latinoamérica. Ese fue mi argumento para no ir nunca, Suiza es el país más aburrido del mundo”.

Color local

Antonio Seguí

Pero el lazo con Córdoba es todavía más fuerte que con otras geografías. Por ejemplo, una vez un intendente de la ciudad fue a Bogotá a ver si se traía una obra de Botero. El presidente Gaviria le recomendó en su lugar que buscara a un coterráneo, y así nació la idea de las esculturas de Seguí que caminan sin moverse desde que fueron plantadas en el camino al aeropuerto y en los nudos viales del Cerro de las Rosas y Mitre. Los Niños Urbanos, La Mujer y El Hombre, respectivamente. “La gente por ahí cree que Tersuave es un señor –se ríe–. Pero cuando vengo a Córdoba miro las esculturas y si están mal pintadas, lo digo”.

La actual gestión municipal de Córdoba le encargó un nuevo trabajo, el telón del teatro Comedia, tristemente célebre luego de que un incendio lo sacara de combate. “La Municipalidad me encargó el telón el año pasado, pero todavía no inauguraron el lugar. Me divirtió hacerlo, porque fue un teatro popular y pensé en personajes que han sido parte de la mística cordobesa. Lo pensaban terminar hace rato pero no sé qué pasó que se pararon las obras”, agrega.

Seguí es un observador intransigente de su lugar de origen. Ve, por caso, que todavía Córdoba está en deuda, sobre todo con sus artistas y sus espacios: “La gente joven acá debe tener muchísimas dificultades para sobrevivir pintando. Tarde o temprano, el que quiere hacer cosas se tiene que exiliar en Buenos Aires, no hay más remedio. En Córdoba hubo ayuda a los artistas pero hasta el año 20, después se acabó. Hay tipos a los que nunca se les ha dado pelota, tipos que se murieron sin reconocimiento y sin poder vivir de su arte, con obras que se vendieron por dos mangos –afirma–. Y respecto a los museos, el Caraffa es el único museo que es museo. Me pasa un poco que las casas adaptadas como museo, para mí, siguen siendo casas. El Genaro Pérez, por ejemplo, es una casa donde hay cuadros. Fui un domingo a mostrárselo a dos amigos uruguayos y no había nadie. Ni secretaria ni un carajo, podríamos haber salido con los cuadros bajo el brazo y nadie se habría dado cuenta”, grafica.

París era una fiesta

Antonio Seguí

La historia personal de Antonio Seguí está escrita y compilada entre las tapas de un pasaporte. “Acá no se podía vivir de lo que yo quería, que era pintar –recuerda–. La pintura no se puede hacer a medias, es decir, no podés hacer decoración de interiores o publicidad y pintura. Llegué a París porque representé a la Argentina en la Bienal de Jóvenes en 1963. Lo mío era una salita con 10 cuadros y el primer día los vendí a todos; a los cinco días, dos galerías importantes me propusieron exposiciones para el año siguiente”.

Las hizo y le fue muy bien. El sueño de todo artista es vivir de lo que hace y París le dio esa posibilidad. Los primeros meses trabajó en el taller parisino de Antonio Berni, hasta que se hizo de su propio lugar, en el que todavía, medio siglo después, sigue ensayando.

Pero esa capital furiosamente romántica dejó de ser el epicentro bohemio que ambicionaban los artistas de antaño. Un buen día se disolvieron las tertulias, Samuel Beckett se evaporó como el humito de un café y Sartre con Simone de Beauvoir se llevaron sus discusiones de pareja a la tumba. Hasta la década de 1970 la ciudad era un hervidero intelectual, después se terminó la fiesta. “París dejó de ser centro cuando los artistas pop latinoamericanos ganan la Bienal de Venecia. El mercado, que estaba muy alimentado por los grandes coleccionistas norteamericanos, se da cuenta de que los que estaban de moda allá eran tipos que ahora les quedaban más cerca, y entonces dejan de comprar en Europa”.

Seguí sin trabajo

Quizá en algunas bibliotecas los términos disciplina y libertad figuren en las antípodas, pero eso no ocurre en el universo de Seguí. El artista se impone jornadas intensas en su taller porque siente que lo que hace no es un laburo sino un disfrute. En su espacio la pasa bien 12 horas al día. “Creo que el arte, si no tiene libertad, no sirve para un corno. Si le ponés algún límite a la creatividad estás jorobado, yo he hecho siempre lo que he querido”, cuenta. “En mi tiempo y en mi lugar hago lo que me gusta”, agrega.

El cordón umbilical con los hitos históricos salen naturalmente plasmados en sus trabajos, nada de eso es premeditado. “También el humor está presente, sobre todo en mi obra gráfica. Yo creo que de esa manera podés pasar mensajes de forma más sintética. A mí me interesó siempre la historia –dice–. Creo que el arte es un vehículo para pasar esos mensajes; inclusive, si es ambiguo también es útil, porque la gente debe saber leerlo. Mi trabajo generalmente deja que el espectador se construya una historia para todos distinta”, resume.

El joven que comenzó vendiéndole obras a su abuela y a su tía, hoy es un nombre que resuena en las galerías prestigiosas, en las escuelas de arte, en los libros y en los espacios públicos de muchas ciudades. “No sé dónde están esas obras, no sigo mis cosas, una vez que se van de mi taller, se fueron –explica–. A todas mis novias les he regalado un cuadro, por ejemplo. Y por ahí me ha llegado en un catálogo una obra mía, donde figura que al dorso tiene una dedicatoria. Y he tenido varias novias”, se ríe.

El joven que se hizo a la mar hasta conquistar Europa, no cree en las epifanías creativas, le alcanza con el trabajo sin pausa, en sábados, domingos y fiestas de guardar. “Por eso cuando vengo acá me paso un mes sin hacer un carajo. Siempre he laburado así”.

Costumbres argentinas

El mate se marea sobre la mesa. La bombilla apunta a quien se pone a tiro, mientras Antonio Seguí fuma con voracidad. La voz y el humo le salen peinados debajo del bigote tupido. “Soy dócil para las fotos”, se ríe mientras recorre las habitaciones dejándose bañar por el flash. Su voz cavernosa da precisiones sobre el cuidado del jardín enorme y manso como el paño de una mesa de billar.

Una galería –para nada angosta– rodea con sus brazos la casa. Antonio señala las macetas donde hay plantas carnosas y una variedad nutrida de cactus, de todos los colores y formas. La contemplación de las macetas lo lleva a reflexionar sobre los caprichos del mundo del arte hoy: “Yo era profesor en una escuela donde había un chico chino, que ahora tendrá 38 años –recuerda–. Bueno, se acaba de vender un cuadro suyo en un remate a 26 millones de dólares. Mi generación no se propuso nunca llegar a eso. Hay países europeos donde los chicos que están de moda, si a los 25 no se compraron un castillo, son unos boludos. Es un fenómeno raro al que no le doy bola, porque todo lo que pasa en el mundo es raro”.

El hombre que eligió ser un latinoamericano en París y no un cordobés en Buenos Aires tiene los ojos cansados. Si alguien le pregunta de qué trabaja, no podría decirlo: “Decir que trabajo es poco serio, estoy gozando como un loco”, explica.

A horas de subirse a un avión que lo pondrá de nuevo en su taller lejano, algunas plantas carnosas caen vencidas por el peso de las gotas de lluvia. Los cactus no.

Por algo son las únicas plantas que pueden sobrevivir durante prolongados períodos sin cuidado humano. Las macetas de Seguí se acostumbraron a esperarlo.

Antonio Seguí

Datos duros:

Casa-museo y jardín secreto

El taller de Antonio Seguí en París está junto a su casa, que es un monumento histórico. El artista cuenta que fue la casa de François Raspail, político socialista francés, médico y naturalista, inventor de la asepsia. La compró hace 25 años, tiene 900 metros cuadrados, y está repleta de piezas de arte primitivo africano y precolombino, exhibidas e iluminadas como corresponde.

Actualmente un grupo de técnicos se encuentra armando un libro con todas esas obras, porque al artista se le complica ya manejar a las visitas. Disfruta, sí, del placer de quienes van y descubren los tesoros. Antes de venir a Córdoba, tuvo un contingente de 30 personas. Esto pasa dos o tres veces al mes. A veces hasta van colegios. Ya no le gusta tanto, dice. A esta altura ese espacio ya es su jardín secreto.

El telón para el Comedia, sin bordar

La “Pelada de la Cañada”, el “Dientudo”, el “Cabeza Colorada” y “Jardín Florido” son algunos de los personajes míticos de Córdoba que Antonio Seguí incluyó en su diseño del telón que tendrá el nuevo teatro Comedia.

La obra, donada por el artista a la Municipalidad de Córdoba, tendrá 6 metros de altura por 9 metros de ancho, y está pensada para ser un atractivo en sí mismo: la repetición de personajes generará movimiento y ofrecerá una panorámica de la ciudad a partir de la singular perspectiva de Seguí y su imaginario urbano.

Si bien el Teatro Comedia tenía fecha de reapertura para su centenario, el año pasado, la inauguración quedó en suspenso hasta nuevo aviso por razones presupuestarias y problemas de los prestatarios que tenían a cargo la obra. La fecha para devolver a la ciudad uno de sus espacios más emblemáticos es incierta. Las autoridades municipales retomarían la discusión para fijar día en el calendario recién a mediados de marzo, pero adelantaron que la estructura edilicia estará lista para el segundo semestre de 2014.

Mientras tanto, se complica la adquisición de uno de los materiales necesarios para la confección del paño. Los telones se confeccionan en capas de tela, y además de las máquinas para coserlas, falta una de esas capas que, por sus características, sólo se consigue fuera del país. Desde la Municipalidad explicaron que culminar el armado del telón dependerá en gran medida de las restricciones respecto de las importaciones impuestas por el Gobierno nacional. Hasta que esas condiciones no estén dadas, no se puede convocar a quien se haga cargo del bordado de los dibujos del artista.

Fotografías y video: Javier Cortéz.

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