Anselmo Pérez y la imagen del cazador

Creo que este fotógrafo fue la segunda persona que entrevisté para Ciudad equis. Anselmo es un reconocido fotógrafo y tiene un estudio en su casa, uno de los estudios más lindos que hay, con un archivero empachado de negativos. Es, además, el padre de la fotógrafa Susana Pérez.

El encuentro duró un buen rato y el hombre me tuvo paciencia. Hablamos de técnicas, situaciones, pasado, presente y futuro. Y su señora nos preparó unos sanguchitos como para chuparse los dedos.

Esta es la nota como salió impresa, llena de anécdotas y experiencias de la gran siete.
Anselmo Pérez A Anselmo Pérez una vez casi se lo comió un oso. “Me metí en la jaula del zoológico y saqué esta foto”, cuenta. Es la imagen de un fiero animal que tiene entre las garras un pedazo de pan y mira con desconfianza a la cámara. Es una foto de cerca. Una foto muy buena. “Pero ya no corro riesgos como este”, dice.

Los buenos fotógrafos, además de pasión, tienen curiosidad. En el derrotero del cazador de imágenes también se cuentan disparos certeros en las manifestaciones, tomas inmaculadas de fachadas de viejos edificios de Córdoba. Y rostros. Con sus retratos también dio siempre en el blanco. Le gusta hacerlos y con razón: sus resultados son exquisitos. Tiene cientos de ellos en prolijos sobres negros de papel de copiar, y a medida que avanza la charla va desplegándolos en el estudio. Catarata de nombres y gestos se mezclan con anécdotas. Las fotos de gran tamaño se derraman sobre la mesa y van ganando el piso, trepan por las patas de las mesas y las sillas y terminan revistiendo los zócalos. Desde todos los rincones nos miran hablar las caras en blanco y negro, decenas de ojos detenidos en el tiempo. “Al hacer un retrato todo es nuevo. Es lo que más me gusta, que sea así de complejo, porque todo varía según la relación que se da con el modelo, qué quiere uno y qué quiere el otro.

El retrato es un instante en la vida, una circunstancia de una centésima de segundo que no se repite. Antes hay pasado y adelante no se sabe. No hay reglas, nada es absoluto y todo cambia”.

Le brilla el mate A los 78 años, todavía lo seducen los desafíos. “Imaginate que cada foto es distinta. Yo ya sé la que quiero sacar cuando levanto la cámara, lo encuentro enseguida. Pero no deja de ser un oficio en el que siempre estás pasando las páginas de un libro gordo para elegir en qué hoja frenar con el dedo, detenerte en un instante. Ahí tenés tu foto, que nunca se va a dar igual”.

Anselmo disfruta muchísimo de encerrarse en el cuarto y hacer magia bajo la luz roja. Revelado y copiado casero. Ahí dentro, los rollos emulsionan y las imágenes brotan bajo el agua. Es la parte artesanal que maneja con la pericia del maestro. “A las fotos me gusta revelarlas y copiarlas, porque el mecanismo digital es pobre, y el resultado no entona. Adams decía que el negativo es la partitura y la copia es la ejecución”. Así, a fuerza de barrer sombras a cuentagotas con dosis de luz medidas a ojo, ejecuta la melodía de sus resultados: las fotos de Anselmo palpitan. “Los clientes ahora piden digital y he tenido que trabajar en ese sistema también, pero no me gusta, en digital te perdés lo mejor, que es hacer la foto, sin tanto mecanismo automático. La cámara termina haciendo el trabajo y el fotógrafo sólo tiene que apuntar, sin usar la cabeza. Si llegan a inventar una máquina que además apunte y dispare, ya el fotógrafo no tendrá razón de existir”.

Anselmo está sentado delante de un mueble con un montón de cajoncitos, cada uno rotulado según el contenido. En ese archivo tiene casi un millón de negativos, clasificados prolijamente. Rollos y rollos disparados a lo largo de 60 años. Hasta tuvo que inventarse un sistema alfanumérico para poder rastrear las imágenes que quiere pasar al cuarto oscuro. “Empecé a los 14 años. Yo trabajaba en una carpintería y compré mi primera máquina para ver qué se podía hacer”. Con el juguete nuevo se fue a ver una procesión de santo en la calle y agotó su primer rollo. “Cuando fui a la parroquia a mostrarlas, me ofrecieron plata para que se las dejara. Gané en un día lo mismo que me costaba ganar en una quincena en la carpintería, así que me largué”.

Luego fabricó su primera ampliadora, rústica pero noble. “Me hice en el blanco y negro. Y fui comprando equipos hasta que me armé y empecé a probar cosas nuevas”. Placas, 35 milímetros, 6 por 6, formato medio, gran formato, más grano, menos grano. Sociales, paisajes, industria, publicidad. Vecinos y famosos. Parientes y artistas. Políticos y empresarios. Es incontable la cantidad de cosas que han pasado delante de las lentes de Anselmo. Pero su foto favorita es la de un Ford Falcon viejo enrejado por sombras. Todo un símbolo de una época. La estudiamos un rato, es una imagen ominosa. “Yo al principio calculaba a ojo el diafragma y velocidad, hasta que me envicié con el fotómetro”, confiesa.

Purista y respetado en el ambiente por sus colegas, todavía siente que su destreza no ha tocado techo. “Todos los días se aprende algo nuevo. En mi familia somos muchos fotógrafos; mi mujer, mis hijas…”. Es divertido pensar en el despliegue de cámaras sobre la mesa en el festejo de un cumpleaños.

Más que mil palabras En la antesala de su estudio de barrio Matienzo hay una exposición casera de imágenes de Bella Vista y Güemes. El registro es de una época en la que el río que hoy viaja por la Cañada corría salvaje entre calles de tierra. En las fotos hay escenas cotidianas de vereda, esquinas emblemáticas, caballos y casas que se desvanecieron bajo el peso del tiempo. Embriaga comparar el ayer en grises y el hoy en colores vivos.

El estudio de Anselmo es prolijo y limpio. Hay sobres con fotos por todas partes. Hay estantes con extraños adminículos. Y cámaras que parecen haber venido de un mundo antiguo en el que todo era complicado de manipular. “He leído muchísimo la historia de otros fotógrafos: Henri Cartier Bresson, Franz Cappa, Ralph Gibson, el argentino Saderman, Eugene Smith. De todos aprendí y aprendo”. Las pruebas son las hojas amarillas de viejas revistas que ha ido cortando y encarpetando para tener a mano.

Anselmo también tiene gatos. Y los gatos en la casa de Anselmo saben abrir puertas. Entran a su estudio y se restriegan contra las imágenes apoyadas, como si les tuvieran cariño. En este tiempo moderno, sale cada tanto con su vieja Nikon por el barrio, aunque poco y con algo de miedo. “Creo que a todas las fotos que tenía que sacar, las saqué; no tengo deudas con eso”.

Se termina el buen rollo Vamos atravesando el pasillo para despedirnos. En eso Susi, su mujer, nos ataja con dos sánguches en una bandeja. Tomamos uno cada uno sin dudarlo. Entre bocados seguimos desandando su historia: en la época en la que colaboraba con diarios y revistas de Buenos Aires, a los negativos no te los devolvían. “Había que mandar los negativos por correo. A esas imágenes se las tragaron los archivos. Desde entonces tomé la costumbre de salir con dos cámaras, para no perder nada”.

Desde que llegué a su casa, las manos de Anselmo no han dejado de temblar. “Tengo Parkinson”, explica. Me pregunto cómo hace para seguir trabajando. “Por esta enfermedad he tenido que dejar de tocar el violonchelo, con lo que me gusta la música clásica”, dice casi en un lamento.

Los vecinos de la familia Pérez saben que cada tanto pasan cosas raras en la cuadra. Una fila de ataúdes espera en la vereda hasta que Anselmo, dentro de su estudio, arma un catálogo de funeraria. Un camión descarga frente a la casa cantidades industriales de helado, o de fiambres.

No me atrevo a preguntarle cómo se puede sacar una foto si falla el pulso. Anselmo se da cuenta. Toma su cámara y me enfoca. Y sus manos dejan de sacudirse. “Aunque parezca mentira, cuando voy a disparar, las manos no me tiemblan”, dice.

Seguramente en el retrato que me hizo Anselmo salgo con gesto de sorpresa. Mi cara debe estar en perfecto foco sobre el negativo. Si algún día la veo, el pulso preciso en la imagen le dará al fotógrafo toda la razón.

Perfil:
Anselmo Pérez nació en Córdoba en 1934. Se inició en la pintura en la Academia de Bellas Artes, pero abandonó atraído por la fotografía artística. Trabajó como laboratorista en la Óptica Ideal, y luego montó su propio estudio. Entre 1962 y 1968 integró el Departamento Fotográfico de la Planta Automotriz IKA. A partir de 1963 intervino en numerosos festivales y concursos nacionales e internacionales de la especialidad y obtuvo numerosos premios. Fue el fotógrafo particular de la actriz Jolie Libois. Trabajó como fotorreportero para los diario La Nación, Tiempo de Córdoba y Córdoba, y se dedicó a la fotografía publicitaria, industrial y de arquitectura. Colaboró con artistas y en catálogos de la Segunda y Tercera Bienal Americana de Arte en Córdoba. Sus archivos fotográficos fueron digitalizados por el Centro de Documentación Audiovisual de la Universidad Nacional de Córdoba para que formen parte de su colección. Su fotografía Doña Fermina y su padre forma parte de la colección del museo Caraffa.

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