Los cielos del centro

Lo mejor era que mi vecina se podía robar la llave de la terraza. Subíamos a ver la tarde suicidándose contra las ventanas de las oficinas del centro, veíamos al sol mordiéndole la silueta a las antenas, a los pilares rematados en bollos de cable.

Y la luz de esos días de otoño le ponía a ella la piel como un durazno, y yo le hubiera dado, con todo gusto, un mordisco.

No hacía falta decir mucho. Uno que otro “mirá allá”, cuando las palomas planeaban sobre la peatonal y se perdían en la sombra de los balcones.

El centro desde arriba era un túnel de hormigas con un techo de telarañas negras.

Nunca me animé a decirle que me gustaba. Nunca atiné a tomarle la mano. Y lo pensaba. Y hasta calculaba el momento en que algo en la forma en que se quebraba el día sirviera para darme valor. Nunca lo hice. Todavía me queman los labios los besos que no atiné a convidarle.

A veces estábamos ahí arriba hasta que nos tapaba la noche. Y sentados sobre las membranas calientes, seguíamos observando en silencio. Abajo el mundo bullía ensayando el regreso y nosotros mirábamos el agua de los tanques de los otros edificios, donde moría de vez en cuando una luciérnaga.

A veces me recostaba sobre el piso de plata y usaba las manos entrelazadas para apoyar la cabeza. El cielo todavía no había terminado de rasgar las nubes y ya se veían las estrellas.

En el cielo del centro, comprobamos en esos atardeceres, las estrellas no titilan. La ciudad entorpece hasta a las estrellas.

Ella me enseñó a hablar metiendo la cabeza en las chimeneas. Y mientras nuestras palabras se precipitaban en la oscuridad, mientras las tonteras que decíamos se repartían por entre las ventilaciones de las cocinas de otros, yo barajaba un final feliz. Con el cuero cabelludo lleno de piedritas, tenía su cabeza tan cerca de la mía que me mareaba. Y aguardaba, cobarde, un indicio de que era el momento de estirar el cuello, de entrecerrar los ojos y besarle la boca.

Ella podía caminar por la cornisa. Yo no. Me mareaba con sólo verla extender los brazos en cruz. Ya era de noche y yo me ponía a revisar las puertas de los tendederos oxidados para distraerla. Nunca ninguna estaba abierta.

Me hubiera encantado robar para ella una remera.

Su presencia en la oscuridad me hacía tropezar el aliento. Por eso me callaba. Ella se sumaba a ese silencio y en la noche, sobre el techo de un edificio céntrico, nos volvíamos mudos y ajenos.

Odiaba no saber qué gritaba ese silencio, y lo quebraba tirando pedacitos de escombros al tanque de agua del edificio vecino. Las piedras no siempre entraban y a veces rebotaban y caían sobre un techo de chapa y el ruido era como un trueno.

Era el sonido de la campana que decapitaba nuestro recreo.

Nos sacudíamos los pantalones y las manos antes de volver. Y sin hablar aguardábamos también el ascensor, escuchando traccionar la máquina del otro lado de una puerta. Yo me apoyaba en la pared y me miraba los zapatos, y cuando sentía que no me estaba viendo, la observaba. La miraba en ráfagas el tiempo que demoraba la luz del pasillo en agotarse.

Sospecho que ese era el momento indicado, que cuando en la oscuridad brotaba la luz de la puerta del ascensor que venía a buscarnos, yo debía avanzar furtivo.

Poner una mano en tu hombro, hacerte girar para tenerte de frente, ladear la cabeza, acercarte la boca a la cara y morirme mientras te probaba que había sido una buena idea.

Nunca lo hice. Y cada repetición de esa inacción sepultaba todavía más profundamente el valor para intentarlo, hasta convertirlo en poco más que un estúpido anhelo.

En esos otoños que ya se perdieron, podríamos haber sido cómplices de terrazas, sombras amalgamadas sobre el concreto.

Fuimos poco más que dos casualidades que coincidían cada tanto entre las antenas antes de cenar.

Fuimos poco más que una travesura muriendo dorada, bajo una ciudad que saltaba hacia el cielo.

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21 respuestas a Los cielos del centro

  1. Lucas, desde Córdoba dijo:

    Pucha, qué tristeza familiar y boludona. La cantidad de besos que uno se ha guardado en el bolsillo de la cobardía…
    Luego uno quiere creer que se ha reivindicado, pero eso nunca es demasiado claro.
    Dió en el centro del silencio, Playo, lo felicito mientras me quedo rumiando azoteas y arroyos.
    Abrazo!

  2. Natushka dijo:

    Ah, qué bueno volver a tropezar con tus letras por acá, José. Cuántas imágenes llenas de nostalgia y de esa magia inocente de la infancia que empieza a quedarse atrás…
    Gracias por las sonrisas robadas.
    Un abrazo, señor.

  3. Hola, José. Al igual que Natushka, celebro tu regreso. Hace falta leer de vez en cuando un texto que te devuelva las ganas de creer.
    Abrazo
    Liliana

  4. Sandra Montelpare dijo:

    Qué lindo pero qué lindo desayunar unos amargos en silencio y un texto tan delicioso. Me quedo con esa decripción de la tarde que se suicida en las ventanas y la ciudad que entorpece hasta las estrellas.
    Una alegría leer por acá siempre.
    Saludos van, Playo.

  5. gachi dijo:

    Que bueno empezar la mañana leyendote. Este desayuno tendra olor a nostalgias de mis épocas d estudiante en la capital y de algunos instantes q no fueron.
    «La ciudad entorpece hasta las estrellas»… Es verdad, pero cómo se extraña a veces!!!!

  6. Pancho dijo:

    Qué bueno su retorno, Playo! Y con cuántas imágenes maravillosas!
    Ja! Si me veré retratado en esos quieroynopuedo tan boludos e inútiles!

    Pensar que hubiera sido tan sencillo… lo peor que podría haber pasado era recibir un «No», pero cómo podíamos saberlo en aquellos momentos? Que un «no», no era para tanto…

  7. Flor dijo:

    Bellísimo texto, me llevaste a espiar a esa terraza, a sentir esa ansiedad. Sospecho que ella también estaba esperando ese momento…

  8. Javierito dijo:

    Gracias Jose, un placer leerte, como siempre. Muy lindo relato lleno de imagenes y trayendo a la mente oportunidades que me gustaria volver a tener.
    Abrazo

  9. Adriana Ortiz dijo:

    A quién no le ha pasado esto alguna vez? Muy lindo texto.Me alegra volver a leerte José!

  10. mariano463 dijo:

    Playo vuelve a hacer lo que mejor le sale, muchas gracias!!!

  11. Mónica dijo:

    Qué placer volver a leer un texto tuyo, aunque esta vez, me hiciera brotar una lagrimita nostálgica.

  12. saynomore dijo:

    Che, este me gustó.

  13. elrober dijo:

    testrañaba

  14. elrober dijo:

    y pensar que ayer nomás, la más grande me dijo que le recomendara una historia de amor inconclusa. Le dije que vea Dulce Noviembre. Haber sabido..

  15. sugus dijo:

    Así se vuelve. Muy bueno Playo.

  16. kari dijo:

    El otoño tiene ese tinte… No hay que guardarse los besos, las caricias, las palabras…
    Me encantó aunque me llenó el alma de recuerdos con sol de otoño ♡

  17. IRMA BEATRIZ FERRAMONDO dijo:

    Da nostalgias leerlo, muy bueno

  18. Ale Drallny dijo:

    Que hacé José? No se por que conexión del cerebro algo de tu cuento me recordó esto
    http://www.loscuentos.net/cuentos/other/3/10/99/

  19. nicobonder dijo:

    Muy buen cuento. Lindas metáforas para describir la ciudad desde arriba.
    Lo único que me llama la atención, es que ningún comentario diga que es un cuento un poco maraca comparado con lo que se suele leer por estos lados.
    Abrazo y gracias por volver!

  20. Sandra C. dijo:

    Playo:mis felicitaciones, este relato es tan lindo !, es tan romántico y dulce lo que escribís que tus palabras van derecho al corazón y no podemos dejar de recordar todos los besos que no dimos porque fuimos unos críos a los que les faltaba un poquito de coraje y nos sobraba demasiada timidez. Otra vez…chapeau!,, es un placer leerte.

  21. alberto baru dijo:

    Por fin volvió a lo nuestro(el blog, digo)y de la mejor forma, don Playo. Muy lindo texto, sentimental y poético. Me gustó.
    Y me reprocho soberanamente que al leerlo me haya venido a la memoria este escrito de Hernan Casciari, disculpeme y disculpenmé:

    http://editorialorsai.com/blog/post/instrucciones_para_la_masturbacion_del_hijo
    Abrazo desde San Luis

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