013: treinta metros para el insensible

La recuperación es franca y se siente. La punta de los dedos de la mano boluda me devuelven un cosquilleo discreto pero estimulante. Lo mismo la pierna y los pies. Todavía no puedo destapar una botella -ni usando ambas manos-, pero ya puedo prender un encendedor con los dedos cosquilleantes.

En las primeras sesiones descreía de los efectos de la estimulación. Ayer mismo se lo comentaba a la Gise, mi terapista ocupacional:

-Esto de levantar los deditos y jugar con banditas elásticas me parecía una estupidez al principio -le dije apuntándole con un encendedor en la mano boluda-, pero mirá cómo prendo ahora mis fasos.

Nos alegramos por el progreso y chocamos los cinco. Pero entonces hubo algo; una sensación extraña, la premonición de un contratiempo.

No le di importancia en ese momento. Error.

En el último tiempo he recibido muchos correos, todos alucinantes, de gente que me cuenta sus propias experiencias. Estos desconocidos rompen las distancias a fuerza de compartir sus trances y sus emociones.

Los problemas de esta índole tal vez te dejen el cuero insensible, pero por dentro sos un peluche. Después de ver jóvenes de anatomía rota por accidentes de moto, después de compartir gimnasio con chicos y chicas menores de treinta que reeducan sus voces y sus extremidades para burlar un ACV, los problemas diarios te parecen una pelotudez.

Los otros días conocí a un chico en silla de ruedas. No llegué a preguntarle si su estado actual lo había empujado a escribir, o si ya tecleaba desde antes. Tiene una novela, editada por Tinta libre, que compraré en cuanto pueda salir a la calle sin patear los postes. La novela se llama El valor de una mirada.

El caso de Maximiliano es uno de tantos. A veces me toca compartir gimnasio con gente joven y me quedo pensando. La fatalidad es la madre de muchas reflexiones. Y cuando recupero el aliento después de un ejercicio, pienso cosas.

Pero los devaneos -ojo- pueden ser la madre de un accidente.

En la rehabilitación hay dos gimnasios. Uno está en el edificio principal, una vieja casona con muchas habitaciones acondicionadas para usos múltiples. El gimnasio de ese edificio es el que más me gusta. Después está el otro, a treinta metros calle abajo, sobre la misma vereda.

La Ceci suele llevarme a ese porque ahí está la cinta para trotar con el arnés que te zipea los huevos.

Con ella salimos a la calle y caminamos como si no pasara nada. Yo voy sin el cuello ortopédico mirando los autos pasar, o mirando culos y piernas. En esos treinta metros me siento libre, y si no fuera porque el gimnasio está ahí, yo seguiría viaje hasta algún bar para tomar un café y fumar.

Pero no puedo tomar café. La vesícula extirpada en estado necrótico me obliga a una dieta estricta. Y no siempre lo tengo presente.

Entramos al gimnasio y el mal presentimiento de la hora anterior seguía ahí. Me tumbé sobre la camilla y empezamos a laburar el cuello. Mentón sobre un hombro, mentón sobre el otro. Todo parecía ir bien, hasta que incorporamos las piernas. El ejercicio consiste en abrir los brazos en cruz y cruzar una pierna lo más lejos que pueda hacia el lado opuesto.

-Llevala la pierna para allá -me indicó la Ceci, mientras me apretaba el costado derecho del torso dormido.

-Mmmm.

-¿Estás bien? ¿Duele?

-No. Mmm.

-¿Descansamos un rato? -ofreció.

-No, pero evitemos presionar el torso -pedí-. Creo que podemos tener un accidente.

La noche anterior me salí de la dieta, seducido libidinosamente por unos ñoquis con salsa que estaban para chuparse los dedos. Pero la salsa… La porción generosa…

-Bueno, vamos a sentarnos -ordenó la Ceci-, descansá un poco así trabajamos abdominales.

Como buen conocedor de mi colon irritable, sé que lo primero que debo hacer en un lugar desconocido es ubicar el baño por las dudas, además de calcular la distancia en taxi hasta mi casa. Me hice el boludo y aproveché el descanso para inspeccionar el habitáculo: el baño del gimnasio no tiene ventana. Tampoco bidet.

Como testigos de la desesperación solo había toallitas húmedas y un Lisoform en aerosol.

Yo era de los que solo podían hacer sus cosas en el baño de casa, ese espacio sacrosanto en el que pasás del inodoro al bidet con un saltito automático, o alcanzás el papel higiénico de memoria. Un lugar perfectamente conocido en el que manejás las corrientes de aire para una ventilación exitosa, y en el que las paredes presurizan los truenos dentro de la taza de losa.

A no ser que me gane una necesidad extrema -como me pasó en el Pabellón Argentina, donde tuve que cagar en el baño de mujeres-, siempre me las arreglo para volver a casa con los cachetes del culo apretados.

Pero con estas operaciones y la sensibilidad alterada, no siento el asterisco, y por mucho que apriete, no contengo nada. Vale decir que cuando me llama la naturaleza no puedo quedarme de brazos cruzados, tengo que actuar.

“Desarreglo” y “descompostura de vientre”, de por sí, son eufemismos que por sonoridad me dan ganas de cagarme encima.

-Ceci -dije con los ojos varicosos- tengo que decirte una cosa…

-¿Qué?

-Estoy con “desarreglo”.

Y ni bien pronuncié la palabra, aparecieron las contracciones.

-Ahí está el baño -indicó, amablemente, mi terapista.

Conté mentalmente el intervalo entre una contracción y otra.

-No, dejá; creo que ya se pasa.

-Ok, dejemos las abdominales y trabajemos piernas.

Moví una gamba para el primer ejercicio sin problemas, pero al levantar la otra, se me nubló la vista. El dique de mis fuerzas comenzó a poblarse de fisuras.

Ya he dicho en otras crónicas de este tipo que la dignidad, después de que un hospital entero te vio el pito es un lujo que no puedo darme, pero de ahí a cagarme en un gimnasio hay un trecho. Estas cosas me pasan por confiar demasiado en mi resistencia; una cosa es ejercitar las fuerzas para mover bien un brazo y otra muy distinta es convertir el upite en un cepo inexpugnable.

-Mmmm -dije casi para mí-, creo que me cago encima, Ceci.

Los terapistas son, antes que nada, seres humanos que se ponen en el lugar del otro. Agradecí cuando ella me dijo que el inodoro de la planta baja del otro edificio tenía un bidet de esos como un cañito que aparece mágicamente.

-Vamos, terapista, siento que estoy por parir una escopeta con el gatillo fácil.

El mundo puede cambiar de un momento a otro sin que nos demos cuenta. Los treinta metros que antes me parecían sinónimo de libertad ahora eran la antesala del infierno. Los caminé como un pingüino, con la certeza absoluta de que no llegaría a buen puerto.

La puerta del instituto estaba cerrada.

-Rogá que nos abran rápido -dijo, solidarizada, la Ceci.

Yo apreté los cachetes del culo con la fuerza suficiente como para romper una nuez o doblar un clavo. Fueron los segundos más largos de 2013, hasta que el picaporte giró.

Entré a los manotazos, y agradezco que en el camino no hubiera viejitos con andador o jóvenes con muleta, porque los habría empujado a todos a la mierda.

La proximidad del baño, se sabe, estimula todavía más los peristaltismos. Cuando más cerca estamos, más el cuerpo interpreta que es hora de dejar salir los vagones. La anatomía humana es, en esencia, animal. Y al intestino le importa tres carajos la convención de que hay que cagar a puerta cerrada.

Cuando empiezan a desbarrancarse los vagones, no hay nada que hacer.

Entré al baño rechinando los dientes y luchando con el botón del short. Trepé al inodoro para discapacitados -alto, imponente-, me aferré con ambas manos a unos caños que hay a los costados y, como los borrachos que le prometen a una habitación giratoria no volver a tomar, le juré a los azulejos no volver a comer boludeces hasta el año que viene.

La vida del hombre es un vaivén de urgencias y descansos, de preocupaciones acuciantes maridadas con uno que otro remanso.

Afuera del baño me esperaba la Ceci, estoica, firme como un soldado. Me dejé caer sobre una camilla para recuperar el ritmo cardíaco. Sentía que había perdido un órgano. Así como hay ángeles en el inframundo, hay gente que sabe que treinta metros es una distancia mortal para algunos y deciden acompañarte.

En las últimas semanas entendí que puedo, en breve, volver a ser yo. Lo sabe mi mano lenta y lo sabe mi pierna que hormiguea.

Lo sabe también la gente que tengo cerca.

He superado años de locura, trastornos obsesivos compulsivos y fobias paralizantes. He sido malo y he aprendido que no era yo cuando lastimaba. He dejado que me rompan los huesos de la espalda para dejar salir el gusano de la manguera. Y he rodado sobre una camilla hacia ese quirófano con una vesícula necrosada.

He discutido con psicólogos y he forzado mi cuerpo hasta extremos que no sabía que se podía.

Sé perfectamente quiénes han estado en cada tramo, a quiénes les debo y cuánto. El olvido es un lujo que no puedo darme. Olvidar ciertas cosas, a veces, es deshonrar los treinta metros que nos separan de una buena vida.
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26 respuestas a 013: treinta metros para el insensible

  1. elrober dijo:

    NUNCA DESCREAS DE LOS EFECTOS DE CUALQUIER ESTIMULACION

  2. Marcos Dione dijo:

    Hablando de cagadas:

    http://evopropinquitous.tumblr.com/post/42302051530

    José, te desearía fuerza en esta etapa jodida y de descubrimientos,
    pero capaz, justo ahora, justo eso, no es lo que necesitás. Un abrazo lo mismo, pero no muy apretado…

  3. matias dijo:

    Playo querido!!
    Me hiciste escupir la comida de la risa, ahora llene de arroz la compu del trabajo!!

    Ya mandaron un sequito de exorcistas para el baño en el cual realizaste tu ultimo sacrificio!

    Te mando un abrazo grande !

  4. Magui dijo:

    Te juro q hice fuerza con vos, renglón tras renglón, jajajaja. Hace poco releí las primeras “Peinate” y ésto me recordó a cuando te cagaste volviendo del campo… ahí… en la entrada del edificio, esperando el ascensor… jeje. Pero, por lo visto, tus “desarreglos” merecen capítulo aparte, jajajaja.

  5. Natushka dijo:

    Suena como que ya estás de vuelta, qué querés que te diga, jajajaja. Gracias por compartir hasta los más mínimos momentos, José, todavía me duele la panza de reírme, y así y todo no me puedo terminar de imaginar cómo la pasaste.
    Aplaudo cada avance, es un logro gigantesco.
    Un abrazo, señor, a cuidarse mejor.

  6. Lumbri dijo:

    Cuando terminé de leer me di cuenta que tenía los cantos cerrados con fuerza. Puede resultar gracioso, pero también demuestra que gente que no te conoce como yo está haciendo fuerza a la distancia para tu recuperación.
    Vamos Playo carajo.

  7. Dayana dijo:

    Vengo leyendo desde el post 001 de la saga y recién paso a comentar.

    De más está decir que espero que este “nuevo normal” en tu vida se vaya acomodando.

    Abrazo!

  8. Esteban Jose dijo:

    “… no siento el asterisco…” jaja que culiáaaaaaaaaaa

  9. Liliana dijo:

    Ay, te quiero tanto, Playito querido.

  10. Cecilia dijo:

    jajajjajajaj!!! siempre estoica!! cuando lo necesites jajajaj!!

  11. Mara dijo:

    Vamos Chechu!Esa es mi amiga, siempre acompañandote en los momentos de mierda (literales y no tan literales).
    Señor Playo, debo decirle que gracias a mi amiga Cecilia empecé a leer su blog y me encanta por el humor y la simpleza con las que hace grandes las pequeñas cosas cotidianas! Muchas gracias y Buena vida!

  12. Desert69 dijo:

    La semana pasada veía a mi cuña amamantando a mi sobrino recientemente parido, y me recordaba la publicidad de tu pito.

    Como diría el gigante Peña, “la vergüenza no es que un hospital entero te conozca el pito”…

    ¡Abrazo, Playo!

  13. Pancho dijo:

    Groso, Playo!
    Varios con todas las funciones motoras a full no pueden aguantar una carrera de 30 metros cuando llegan las de apretar!

    Y al final, la diarrea es más rápida que la velocidad de la luz?

  14. ¡Volvió el Playo escatológico!! ¡Síííííííííííííííííí!!!!!!!!!

  15. Miquita dijo:

    Al parecer hasta tu colon empieza a ser el mismo y a reclamar por su salud. Qué bueno que puedas hacerle caso a tus instintos y caminar hasta el retrete!

    Un abrazo!

  16. quito dijo:

    todos los dramas de la vida se resuelven en esa tasa de porcelana…
    sos groso josé…

  17. Ale Drallny dijo:

    Jose Luis querido, no se porque razón, algo de lo que escribís me entrechoca las neuronas y me lleva a recomendarte que busques y leas “El mago de Lublin” de Bashevis Singer.
    Como siempre, los mejores deseos y un abrazo
    Alejo

  18. Gachi dijo:

    José: Fui al colegio con Maxi, el autor de la novela que mencionas… es un tipo que la pasó realmente feo feo y tiene una fuerza impresionante! El libro está bueno, yo lo leí hace poco.
    Me alegra muchísimo que todo vuelva a su lugar. No aflojes.

  19. Diego Lada dijo:

    Playo querido , todo va a salir bien , antes eras una version base , cuando te den el alta vas a ser una version full.
    Abrazo con letras , comas , mayusculas y sobre todo con afecto.

  20. elrober dijo:

    por hacer pri dejé un comentario bastante pelotudo (más aún que los habitualmente hiperescróticos) el que iría sería: ¡¡¡no arrugués chunchula que la parrilla es grande!!! al no poder decirte ¡¡fuerza José!! dado el inconveniente intestinal te digo ¡¡¡valor Josecirijillo!!!

  21. marcos dijo:

    Maldito genio. Dale que ya falta menos.

  22. MR dijo:

    Lo que me reí con esto no tiene nombre. El Playo de siempre está volviendo. Y me encanta.

    Fuerza, groso. Seguí así que se nota que vas muy bien.

  23. elenitap dijo:

    Hola José, la verdad soy una especie de añeja lectora silenciosa, pero en los últimos post me fue viniendo el envión para escribirte. Esa mezcla de emociones que logras transmitir, eso de estar riendose de tus ocurrencias y haciendo fuerza porque superes el nuevo escalón es mágico.
    La verdad en más de un momento feo lograste arrancarme sonrisas, y esta vez no te quedaste atrás : ), asi que todo lo mejor para ud señorito, que tiene un grupete de silenciosos mandandole la mejor de las ondas 🙂

  24. Nany dijo:

    Playin, dos cosas :

    1 – me hiciste acordar de tu anécdota en que te cagaste en el ascensor jajaja
    2 – a mi me paso hace unos findes atrás… Sucedió que convertí el baño de un camping en el Big Bang de mi trasero, la cantidad de acordes que lanza un estomago son impresionantes… música para los oídos del inodoro ! La cosa es de que sin dar detalles de la desesperación que me agarro cuando me acorde de que no tenia papel, caí en lo que nunca pensé que me sucedería : SACRIFIQUE UN PAÑUELO, uno que me había regalado mi papa.
    Bueno sirvió para una buena causa jajajaja. Un abrazo !

  25. fabi dijo:

    Jose: siempre fui una lectora silenciosa, hoy te escribo con alegría por tus progresos, deseándote voluntad y fuerza. Tenes la capacidad de hacer llorar con tus textos, llorar de tristeza y principalmente de risa, tu mano chota no afecta a tu cerebro privilegiado y, mientras eso ande bien, todo lo demás solo requiere mucho esfuerzo, del que estoy segura, sos capaz (si podes putearme por el solo). Espero que cuando parpadees todo esto quede atrás y el dolor sea solo un mal recuerdo. un abrazo!

  26. la Gise dijo:

    jajajaajaja!!!! comparto este relato cada vez que puedo con mi gente, hoy me toco leerlo con mi mama, juntas hacemos terapia de la risa que nos hace bien al alma. Segui para adelante en este nuevo camino….el de los 30 metros.

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