Fuga

—Démosle la bienvenida a Pam —propone el doctor.

—Bienvenida, Pam —digo, sumándome al coro.

Por fin me ha tocado sentarme junto a Manuela. Desde donde estoy veo sus piernas. Lleva unas sandalias verdes y las uñas pintadas de blanco. Sus pies son la alegoría del escándalo.

Me inclino hacia ella con mi cigarrillo en la mano y le pido fuego. Las uñas de sus manos también van cubiertas de esmalte. Imagino esas manos recorriéndome en la penumbra, el tintineo delicado de sus pulseras.

—Gracias —digo por lo bajo.

Somos quince. Quince almas en ronda que dirimen sus problemas.

Las mujeres son mi problema. El sexo es mi problema.

—¿Querés contarnos por qué estás acá? —le pregunta el doctor a la recién llegada.

Pam es desabrida. Sus ojos no tienen vida. No quiero escuchar la historia de su sufrimiento, no quiero saber qué la ha llevado a recaer en nuestro círculo de sillas y dilemas.

—Mi padre —dice Pam. Y baja la cabeza.

A su lado, alguien le frota los hombros dándole fuerzas. La solidaridad de los desesperados es la única ventaja que tenemos en esta habitación sorda e indiferente. Si me lo preguntan, habría que iniciarla en nuestros encuentros apagándole un cigarrillo en la cabeza.

La muchacha retrae los hombros y se crispa, sorprendida por el gesto amable que le ha dedicado la persona que está a su lado. Nosotros guardamos silencio. Si hemos aprendido algo en estas sesiones, es que hay que respetar el dolor ajeno.

Todos estuvimos alguna vez, por primera vez, en esa silla. Allá ella. Es su problema. Yo tengo mi cigarrillo y mi fantasía con Manuela. Imagino que se quita las sandalias y le beso el esmalte de sus uñas, que mis manos trepan por sus piernas.

—Mi padre me hizo cosas —retoma Pam y esconde la cara entre las manos.

Su voz suena nasal y encajonada. No habla para nosotros, habla para ella, asombrada por cómo suena su propio secreto verbalizado.

Observo el resto de la habitación. En una de las paredes hay una vieja escopeta colgada y me pongo a pensar si todavía funcionará y qué ruido haría si le disparo a esta mojigata una perdigonada en la espalda. Seguro que me lo agradecería. Apuesto a que le daría las gracias a cualquiera que la saque de su miseria.

—Compartir nuestros sufrimientos, alivia —explica el doctor—. No te detengas.

Pam descubre su rostro, se limpia la nariz con una mano y nos mira.

—Mi padre me hizo cosas y mi madre lo sabía —suelta por fin.

A mi lado está el escote de Manuela. La piel de sus pechos pequeños brilla en este mediodía caluroso por debajo del collar de cuentas de piedra. Contemplo el dibujo sugerente de sus pezones abultando la tela con cada respiración.

Doy una pitada al cigarrillo y suelto una nube azulada que se estaciona en medio de la ronda que conformamos, girando lentamente.

Una vez me dijo el doctor que la contemplación del humo es parte del ritual que incorporamos con el hábito de fumar. Me encantan los hábitos. Me encanta fumar.

Tal vez en el descanso acompañe a Pam hasta la ventana y la empuje. No es mucha la altura, pero un buen golpe haría que cambie esa actitud derrotada y sumisa.

Jamás me acostaría con alguien como ella.

—Hay que tener mucho valor para contar estas cosas —dice el doctor—. Te agradecemos mucho que nos permitas conocer tu sufrimiento y hacerlo nuestro —agrega.

Todos dicen «gracias, Pamela». Yo, en cambio, digo «te amo Manuela», pero nadie se da cuenta.

—Quiero que esto se termine —dice Pam, desoyendo nuestras voces.

Ya no nos ve. Su mirada rueda sobre la geografía rugosa de los tablones de madera en el piso. La cabeza gacha, el pelo como una campana, el gesto inequívoco de los que sufren con vergüenza.

Nunca he sentido tanta necesidad de acabar con una vida humana como en este momento. Vuelvo a fumar. Pongo otra nube azulada en medio de la ronda y me rasco la cabeza.

—Que hayas venido acá es un magnífico comienzo —dice el doctor.

Ella levanta la vista y nos dedica una sonrisa lastimosa, imperfecta. Observo sus dientes amarillos, los cuencos oscuros donde reposan los ojos en un marco de ojeras.

Tal vez si le pateara la garganta se ahogaría. Un golpe seco y estaría muerta.

Vuelvo a mirar a Manuela. Lleva el pelo mojado. Siempre toma un baño antes de las reuniones, siempre su cabello huele a manzanas verdes y frescas.

Estiro mi brazo y lo apoyo en el respaldo de su silla. Manuela se vuelve y me sonríe. Los dientes más lindos de esta tierra de muertos y fantasmas, de terapias e intenciones siniestras, asoman por debajo de los labios que yo desayunaría de aquí hasta que me muera.

Tu boca y mi boca, Manuela.

—La voluntad para superar nuestros miedos es indispensable —retoma el doctor—. En este sitio, todas estas personas maravillosas que estamos acá, creemos que si a uno le faltan fuerzas, puede pedirlas prestada a los demás. Vamos a darle un aplauso de bienvenida a Pam —propone—. Mostrémosle que no está sola.

Todos aplauden.

Yo no. Yo tengo el brazo en el respaldo de la silla de Manuela y mi piel roza su blusa y la humedad de su pelo se evapora alimentando las bocas hambrientas de mis poros que claman por ella.

No voy a moverme de acá. Veo su perfil recortado contra la luz potente de la ventana que da a los jardines de afuera.

Podría correr con ella por la escalera hasta ganar la salida.

Fuga con Manuela.

Ojalá por sus venas latieran las mismas ganas que me queman; ojalá soñara recorrer estos bosques sin ropa, dejándonos acariciar por el dedo agreste de las hierbas.

Limpiaría sus pies descalzos con mi lengua.

Antes, claro, mataría a Pam. Le haría un favor a este mundo y a ella. Jamás besaría los pies de una chica como ella. Sus pies están hechos para caminar los senderos amargos de la soledad, el olvido y la intrascendencia.

No merece mi atención ni el aire que le llena los pulmones.

El doctor me mira.

Ha descubierto que no aplaudo, que no me interesan ni Pam ni sus problemas, que tengo la mirada perdida en un punto que no está en esta sala. El doctor ladea un poco su cabeza. Va a hablarme. Lo sé. Y yo voy a contestarle con otra mentira.

—¿Estás enojada, Silvina? —me pregunta.

—Para nada, doc —digo—. Hoy estoy muy contenta.

El resto del grupo enmudece y me observa. Pam me mira, Manuela me mira. Retiro el brazo del respaldo de la silla. Mi piel se divorcia de ella de manera insoportable.

Justo cuando siento que mi paciencia se ha estirado hasta convertirse en una línea difusa que ya no me sujeta, el doctor anuncia que haremos una pausa.

El grupo entero se levanta y nos mezclamos, aturdidos por el murmullo; volvemos a ser anónimos, indiferentes a nuestros problemas. Yo aprovecho para acomodarme la ropa y me dirijo a la ventana. Desde ahí el patio enorme refulge con un verdor irreal, invitándonos a explorar la tierra donde los hombres siembran las fantasías y cosechan mierda.

Vuelvo la vista hacia el salón y busco sus ojos. Ahí están. Ahí está esa mirada.

A veces todo se resume a mirar sin pestañear, o a sonreír un poco más de la cuenta.

Le hago señas y salimos al mundo, donde nuestros pies cruzan el patio y ganan la libertad. Finalmente hay fuga, una apuesta, pasos apremiados hacia el universo que inventamos de los labios para afuera.

Sorteamos la fuente, los bancos, los arbustos y nos adentramos en el bosque. El follaje tupido nos engulle, la hierba azota nuestras piernas que sin pausa nos llevan hasta un claro, donde hacemos rebotar las espaldas una y otra vez contra la corteza de los árboles.

Nos besamos.

Finalmente hay besos.

Besos calientes y enajenados; nos mordemos, nos apretamos, nos olemos, nos jadeamos. El doctor mete sus manos debajo de mi ropa.

Yo imagino que es ella, aunque no lo merezca.

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Cueto publicado en el libro
La Belleza del Escándalo.
Ilustración: Pupi Herrera.

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22 respuestas a Fuga

  1. BoyCordoba dijo:

    La verdad que seguís sorprendiéndome con los twists and turns de la historia. Nunca se vuelve aburrido o previsible. Gracias José!

  2. Nevermind dijo:

    Ah, cómo extrañaba estas historias! Sublime.

  3. MR dijo:

    Excelente Playo, como siempre. Las vueltas que da la historia son una marca registrada tuya.

    Este no es el primer cuento en que (me) hacés creer que el personaje es hombre hasta que tirás así, de la nada, un nombre de mujer. ¿Andás probando con el sexo opuesto? =)

  4. nana dijo:

    Cross de derecha – Cross de izquierda – KO.

    ¿Se consigue La belleza del escándalo? ¿Onde?

  5. Mónica dijo:

    Excelente!! También extrañaba sus historias.

  6. Daniel dijo:

    Hola cúlé. Gracias por recordarme el vicio. Estoy bajando a comprar puchos…y hace un año que no lo hacía!!!
    Muy buen cueto

  7. Lau dijo:

    He quedado anonadada en la fantasía que me construyeron tus palabras. Sencillo, espléndido e inspirador cuento.

  8. La curiosa dijo:

    Si te gusta predecir los finales, no leas Playo. Un capo como siempre..

  9. elrober dijo:

    gracias, memoria por haberme hecho olvidar de ese final que leí varias veces en el libro. todo ok, boló?

  10. Pancho dijo:

    Ta’, qué pendejo! Me cagaste por todos lados, vo! Imposible ganarte un pique, como de costumbre.

    Una gozada de cuento. Gracias!

  11. Rob dijo:

    Fantástico! Genial como siempre… jamás me esperé que fuera «Silvina» jajajaja, tampoco que al final fuera el doctor y no Manuela… y esa frase: «la humedad de su pelo se evapora alimentando las bocas hambrientas de mis poros que claman por ella», la imaginé vívidamente como si fuera la secuencia animada de una película… ah y «sus pies son la alegoría del escándalo» me mató! Gracias, Sr Playo.

  12. Oz. dijo:

    Excelente post, como siempre, el blog está cada vez mejor, muy ameno de leer.
    Felicitaciones y un gran saludo, Oz.

  13. Buenisimo José!! me sorprendiste..
    Fijate que al final dice CUETO, queda un tanto infantil 😉

  14. Ximena dijo:

    Genio…

  15. Silvio R dijo:

    Que leeendo final!!

  16. elrober dijo:

    JOSECIRIJILLO!!!! ¿SABÍAS QUE DON VÍCTOR HUGO MORALES TE NOMBRÓ EN EL PROGRAMA QUE HIZO DSESDE CÓRDOBA Y OARA TODO EL PAÍS POR CONTINENTAL, COMO UN REFERENTE DEL HUMOR EN CÓRDOBA?!!! FELICITACIONES POR ESO Y MÁS .. Y EL BROLI?

  17. Poulette dijo:

    [Aplausos]

    Me encanta de vez en cuando volver por acá y encontrar una perlita como esta. ¡Muy buen cuento, José!
    Beso!

  18. Pingback: BlogESfera.com

  19. elrober dijo:

    come back… come back….Joe…. prrriiiiii prrriiiii (arriba del témpano que es Córdoba en este momento brrrrrr!!!!)

  20. Realmente es un cuento atrapante, En dos oportunidades me confundiste porque pensé que era una determinada persona y es otra, lo que sí, siempre ví una humareda de cigarrillo de color gris jamás azul.
    Excelente cuento. Siempre voy a volver al blog.

  21. Nacho dijo:

    ¡Excelente! Como siempre.

  22. mariano463 dijo:

    buena josé, a ver si te leemos más seguido!!! Abrazo!!!

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