Compra y venta, tres estrategias

Le costó convencerlo, pero al fin Vivi logró que Félix fuera a la reunión de tupper-sex. Mucho que sí, que no, pero ahí están, sentados en almohadones, con los ojos sobre el despliegue multicolor en la mesita ratona.

La vendedora es rápida, inteligente, sabe leer que muchas mujeres necesitan márquetin antes de soltarse para explorar el picor del condimento. Félix también lo sabe y la deja hablar, pero no está cómodo. Apenas si suelta una risita nerviosa, un que otro mal modulado.

Le disgusta el desparpajo con que la mina habla de estimulación, penetración y pliegues lubricados. Incluso se dispone a excusarse para ir a fumar afuera, cuando tocan el timbre.

Félix mira a Vivi. La idea de otra gente enterándose qué planean llevar y con qué fines, lo pone nervioso. Ella lo tranquiliza haciendo pendular una pinchila negra de grueso calibre frente a la cara.

—Pasen, chicos —le dice la vendedora al portero eléctrico.

—¿Quién viene? —pregunta Félix por lo bajo.

—No te pongas nervioso, bicho. Esto es una reunión de tupper; seguro que es otra pareja.

Félix traga saliva. ¿Quiénes serán? ¿Y si son conocidos? La ciudad es chica…

—Podría ser algún cliente de la empresa, che. No es joda.

Ella lo mira y le toca el mentón con el miembro venoso y negro:

—Si es un cliente, viene acá por la misma razón que nosotros.

Félix guarda silencio y se acomoda la ropa. La mujer que vende las pijas de goma se sienta otra vez frente a ellos.

—Ahora viene una pareja más. Siempre compran, son divinos.

Vivi suelta una risita nerviosa y Félix se restriega las manos. La situación ahora para él es tensa. Piensa que se está perdiendo el asado de los jueves con los amigos. Que bien podría estar frente al televisor, en pelotas, disfrutando del vientito que entra por la ventana de su habitación.

Pero está viendo pijas de goma y unos cositos que parecen mariposas.

Cuando golpean la puerta, Félix se voltea para enfrentar lo que sea que entre en la habitación.

El hombre tiene más o menos su edad; es alto, con pelo entrecano y viste como si recién se hubiera bajado de un yate. La mujer también es alta y lleva un vestido floreado con un escote generoso. La piel de su pecho está bronceada y entre las dos tetas rebota una letra de oro que pende de una cadenita.

El matrimonio avanza hacia ellos, escoltado por la vendedora.

Vivi se pone de pie y Félix hace lo mismo, aunque lentamente, simulando un esfuerzo sobreactuado que le permite recorrer con la vista las piernas de la mujer.

Le llaman la atención las rodillas armónicas y los muslos lisos y tersos.

El navegante sin yate se llama Horacio, y el mujerón, Analía. No intercambian más información que sus nombres de pila, pero a Félix lo sorprende la seguridad de la pareja, además de la rapidez y decisión sobre lo que hay en la mesa.

—Mmmmm… ¡Qué amoroso el negro! ¿Te gusta? —pregunta ella, sopesando el peceto.

—¿Tiene pilas? —consulta Horacio.

La vendedora le dice que sí. Que además, tiene un dispositivo especial que hace que se abra una cánula por la que asoma otro pequeño pene.

—¡Uau! —dice Analía—. ¡Viene adaptado para dos alegrías!

Horacio asiente como si evaluara las prestaciones de un coche de última generación. A Félix la imaginación se le dispara hacia lugares oscuros, pero no deja de llamarle la atención que el hombre no pregunte el precio. Analía aparta el peceto y lo deja sobre su cartera.

Vivi no ha emitido palabra, pero Félix conoce la expresión de su rostro: está entusiasmada.

—¿Qué más nos podés recomendar? —quiere saber Analía.

La vendedora despliega otros cositos. Unos sirven para poner alrededor del pene y hacer cosquillas, otros —collares de bolas rojas— son especiales para perdérselos en el culo y sacárselos uno a uno. La variedad es abrumadora. Félix imagina una sesión amatoria con todo ese quilombo de adminículos y sospecha que esta gente no tiene idea de lo placentero que es un mañanero de parado, en el baño, antes de la ducha.

Analía aparta para sí algunos aparatos más y los va dejando sobre la cartera. Horacio sugiere, de cuando en cuando, agregar también una bombacha con pompón, un calzón de cuero y una crema estimulante.

Por fin, la pareja se pone de pie y saluda amablemente. El precio exorbitante hace que Félix pestañee dos o tres veces, mientras Horacio garabatea un cheque sin chistar.

Cuando se van, la mirada de Vivi es clara como el agua.

Esa noche, mientras Horacio, Analía y la vendedora brindan con el dinero del matrimonio novato, Félix está esposado boca abajo en la cama, a merced de su mujer.

Ella sonríe, contenta con la bolsa grande en la mesa de luz, llena de juguetes divertidos para probar.

2

La chica se puso el cinturón y sacudió la palanca de cambios hacia los costados varias veces, asegurándose de que estaba en punto muerto; no le gustaba el ruido que hacían las marchas cuando entraban a contrapelo.

El instructor se sentó en el lugar del acompañante, se recogió el pelo con una gomita y sacó un porro del bolsillo de la camisa.

—¿Vos… fumás droga? —preguntó ella.

Era la primera salida a la calle. Atrás quedaban las horas de aula, las pruebas dentro de la playa de estacionamiento volteando conitos.

Ahora el motor bramaba con hambre de caminos. Todo el vehículo era una extensión mecánica y robusta de su propio cuerpo. Los dedos de su pie hundían sin compasión el pedal del embrague. El volante, lustrado por el sudor nervioso de otros principiantes, parecía ahora más rígido e indomable.

—Droga —dijo el instructor barriendo el aire con una mano y con el cigarrito en la otra, mientras buscaba un encendedor—. Dicho así, suena como cosa intravenosa. Esto es lo mismo que el alcohol y que el tabaco, que también son drogas pero que nadie dice nada.

Ella le restó importancia y giró la llave del arranque.

El tráfico de las nueve de la mañana se chupó el autito y la chica aprovechó para chequear los frenos.

—Conservá la derecha —ordenó el acompañante con voz nasal.

—Derecha… —repitió ella y giró el volante.

—La otra derecha.

—Oh, es que estoy un poco nerviosa.

El instructor le pasó el cigarro y ella dudó. El semáforo adelante se había puesto rojo. Entre sus dedos, el canuto parecía blando, húmedo y caliente. Se lo llevó a la boca, lo pitó y empezó a toser.

El interior del vehículo empezó a llenarse de humo.

—¿Abrimos un cachito la ventana? —preguntó ella.

—Nah, se vuela todo el humo y pega menos.

—Ah.

El porro pasó de mano en mano varias veces hasta que la luz dio verde y los autos empezaron a moverse.

—Me siento rara…

—Sí. Pero es normal. Vas a ver que tu nivel de atención empieza a subir, que no se te escapa una.

—Buenísimo —dijo ella antes de tocar el paragolpes del auto de adelante.

—No te hagás drama, es normal.

—¿Deberíamos parar?

—No. Pasalo y sigamos.

—Pero no tengo espacio.

—Metete por la derecha —ordenó él.

Ella lo miró y después aceleró para ganar el lugar para doblar. Las ruedas del autito subieron al cordón y un peatón tuvo que saltar para esquivarlos.

—No pasa nada, es normal —repitió él—. Seguí hasta la esquina y doblá en la avenida.

La conductora volvió a poner primera y aceleró con una sacudida. El instructor volvió a pasarle el cigarro.

—Estoy un poco mareada, no sé si debería.

—No pasa nada. A todos los conductores les doy unas sequitas para que relajen.

La chica chupó el cigarro una vez más y lo devolvió entre toses.

—¿Cuánto hace que salimos?

—No sé. ¿Diez minutos? ¿Viste qué loco el tiempo cuando estás… mareada?

Una vez sobre la avenida, el retrovisor del autito cacheteó todos los espejos de los autos estacionados, hasta que se detuvo en doble fila. Había poco espacio para bajar, así que cuando el instructor abrió la puerta, golpeó la de otro auto sonoramente.

Antes de bajar, le pidió que pusiera las balizas y lo esperara.

—Voy al quiosco a comprar una Coca; pintó la sed.

Ella se puso a ver la hilera de semáforos que se unían en un punto indefinido varias cuadras más adelante. No hizo caso al policía que le golpeaba con insistencia la ventanilla.

Como entre sueños, ensayó la conversación que tendría con el instructor para pedirle que le vendiera más de esos cigarritos.

Para nada la molestaba la orquesta de bocinas.

3

La gente que tiene cactus no nació para cuidar plantas. Lo deberían tener prohibido. En mis épocas de estudiante tenía una novia con el departamento atestado de esas macetas de mierda. Cactus chiquitos, cactus medianos, cactus con forma de pija, cactus con forma de dos pijas, etc..

Los tenía de todos los modelos y de todos los tamaños. Algunos, incluso, terminaban con una flor en la punta. Cuando iba a visitarla, tenía que fijarme bien dónde me sentaba.

Además, era muy desordenada.

Como al comienzo de toda relación, estos detalles resultaban pintorescos, excitantes. Pero tres semanas después de nuestra primera vez juntos, el envoltorio del preservativo abierto a dúo seguía frente al sillón. Entonces comencé a sentir una punzada lejana de incomodidad.

Pamela era hippie. Vale decir, sus padres tenían dinero y ella podía experimentar el hippismo desde la comodidad de un departamento propio con heladera llena.

Desde el primer momento en que la vi, me cautivó su discurso desfachatado. Fue en un plenario de la universidad. Yo llegaba tarde y los gritos de Pamela se escuchaban desde los pasillos de afuera. Cuando entré al recinto, una marea de alumnos colmaban los bancos y la miraban embobados; ella, de pie sobre el escritorio, los arengaba explicando la resistencia, la entrega, y con las manos se sobaba lascivamente una teta.

Pamela sabía besar. Lo hacía de un modo irreverente, animal. Nunca había besado a alguien así.

Degusté sus ósculos por primera vez en el cumpleaños de un compañero. Tras una fugaz escapada al quiosco para reponer cerveza, regresamos y me atacó en la escalera. Ocho pisos más arriba todos brindaban, y ella, entre el primero y el segundo, me estiraba el labio con los dientes hasta hacerme sangrar las encías.

Los besos en las escaleras no se olvidan jamás.

Yo siempre he sido un tipo más bien cuidadoso. En una reunión, soy el que deja el vaso en un lugar apartado, para saber que es el mío. La pasión que destilaba Pamela se veía en esas pequeñas cosas, como servirse en el primer vaso que encontrara. A mí eso me ponía incómodo. ¿Cómo arriesgarse tanto a contraer un herpes mortífero, o una hepatitis?

No voy a negar que aproveché esa pasión para desentramar secretos de alcoba que no olvidaré nunca: Pamela me instruyó sobre la presión justa para una caricia en la entrepierna, o el vaivén rítmico de una sucesión de embestidas calculadas, así como sobre los placeres ocultos en la estimulación de ciertas zonas reservadas sólo para necesidades fisiológicas.

Antes de ella, yo era de los que raspaban entrepiernas y serruchaban como epilépticos. ¡Cuánta ingenuidad!

Sin embargo —aprendí después—, las mujeres pasionales como ella no conocen horizontes en materia sexual. Nuestra relación cambió cuando la rutina empezó a encorsetarla. A mí me ganó la desesperación, y empecé a preguntarle cómo cambiábamos eso.

Un consejo: nunca preguntes algo cuya respuesta no quieras escuchar.

La solución que planteó Pamela fue la de incorporar a un tercero en nuestra intimidad. Yo al principio reí, pero la fantasía se instaló de manera obsesiva. Nuestra frecuencia disminuyó sensiblemente. Y ella sólo funcionaba si gritaba frases irreproducibles para convencerme.

Dudé mucho, pero al final accedí. ¿Cómo no iba a hacerlo? ¿Qué otra mujer como Pamela se fijaría en mí?

Rápidamente me vi envuelto en el armado de una compleja estrategia para convencer al profesor de estadística. Era un tipo retacón, pisando los cincuenta, cuya materia —hedionda— estábamos recursando. Ni Pamela ni yo podíamos embocar un examen.

“Me lo voy a tener que coger, no hay otra manera de aprobar su materia”, sentenció ella un día. «Así matamos dos pájaros de un tiro, ¿no?», dijo pasándome un mate.

Optamos por el plan simple: invitarlo a un falso cumpleaños. Pamela lo recibiría compungida por una supuesta pelea conmigo, motivo por el cual se habría suspendido la fiesta. Yo debía, mientras tanto, apostarme en el bar de la esquina y esperar su llamada para incorporarme y oficializar el trío.

Debía aguardar a que ella lo convenciera. E hice eso.

Y esperé. Y lo vi entrar a este hombre. E imaginé a Pamela, con sus piernas largas, vestida sólo con mi camisa, con uno de sus pezones como feta de salame asomándole entre la tela.

Nunca llamó.

Una parte de mí, que duele un poco, todavía está sentada en ese bar.

La otra, cada tanto, piensa en ella, casada con el pelado retacón, llevando hijitos al colegio, y loca de contenta con su nuevo teléfono celular.

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24 respuestas a Compra y venta, tres estrategias

  1. MR dijo:

    Volviste!!

  2. Xam dijo:

    Muy Bueno! Queremos continuación!!

  3. Con dijo:

    Si estuviéramos en tuiter te favearía el de Pamela. Abrazo!

  4. Alegrion que volviste José. Una cosita en el primero pusiste pinchilanegra así todo junto y por respeto a la diversidad de las porongas me parece que debe ir separado.

  5. ¡Bienvenido, cordobé! Extrañaba leerte.
    ¡Abrazos desde Salta!

  6. Vagina Way dijo:

    Presente!!
    jajja me divertí mucho José! Extrañaba los textos con el sello Playo registrado, estos son de esos!!
    Compra y venta?? tres estrategias jajaj

  7. Marce dijo:

    Buenisimo, que suerte que volviste a publicar! Mi favorito es el primero (te lo digo aunque no preguntes, je)

  8. Nippur dijo:

    Me alegra saber que estás vivo.

  9. Taro dijo:

    Grande Jose! soy mudito que lee hace como un año y extrañaba tu gracia cotidiana.
    Abrazo

  10. Talita dijo:

    Me mató el primero: «pregunta ella, sopesando el peceto».
    Justo hace poco leí una nota sobre los mitos del sexo anal. Quien la escribía decía con soltura que le encantaba ver cómo las parejas compran cada vez más dildos «para él». Cuando yo le pregunté al hombre que duerme en mi cama si le gustaría que me pusiera un arnés y le metiera un troncho por el culo me miró con cara de pocos amigos. Sí, nosotros también somos chapados a la antigua.

  11. Nacho M. dijo:

    Joseph, buenísimo leerte de nuevo. El de Pamela, es ssselente.
    Cuchame, tus libros se venden en formato digital? Si la respuesta es «no», Orsai Bar sigue teniendo libros tuyos en papel? Si la respuesta es «no sé», puedo suponer que es porque estás enseñando a manejar?

    Gracias, abrazo grande!

  12. luis dijo:

    que bueno leerte de nuevo Playo!!!!
    alegron
    =)

  13. Pancho dijo:

    Tres bien lubricados! Lo tuyo es orgiástico. Gracias por el degeneramiento.

  14. Javierito dijo:

    uelcom bac, se lo extrañaba. Buenas historias

  15. La curiosa dijo:

    El último es genial, muy Playo. Un gusto tener material nuevo tuyo!

  16. nana dijo:

    Pamela ¡¡hijjjjjjaaaaadeputaaaaaa!!! O no. Bueno, no sé.

    Lindo leerle nuevamente. Encantáronme.

  17. elrober dijo:

    todo aquel que leyó y se enamoró del Quijote sabe acerca de lo importante ques no tentar al destino como lo hizo El curioso impertinente, ahora, la hippie cochina es como el ex de Sally, no se jugó a decirle que el problema era él y no la fantasía. cosas…

  18. federiquito dijo:

    alucinante como siempre lo suyo, Don José. No se nos pierda, quiere?

  19. Nacho dijo:

    ¡Qué bueno que estés de vuelta, Playo!

    Lástima que yo haya tardado tanto en darme cuenta. Hacía mil que no me pasaba por acá. Pero tiene su punto a favor eso: ahora, en lugar de leer una sola entrada del blog, voy a leer tres 😀

    Lamentablemente y no pudiendo evitarlo, debo sacarme de dentro las ganas de decir cuánto asquete me produce la palabra «favear» usada en lugar de «marcar como Favorito». Vamos, gente, un poquitito de compasión con el idioma castellano.

    Por cierto… No entendí el final del cuento nº 1. Es decir, lo entendí a medias. No entiendo a qué viene esto:

    […]Esa noche, mientras Horacio, Analía y la vendedora brindan con el dinero del matrimonio novato[…]

  20. Gaston dijo:

    Excelente retorno José!!!
    Respondiendo a Nacho y su duda: la pareja que entró a comprar eran socios de la vendedora, simulan una venta exhuberante para contagiar a los otros compradores.

  21. R4UL dijo:

    Gracias x el triplete !

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