Excursión a Villa Moriarte

Zurita va al volante, lleva un palillo en la boca, el brazo izquierdo fuera de la ventanilla y un cigarrillo apagado detrás de la oreja. No puede fumar más, pero no parece molestarle.

—¿No te dan ganas de prenderlo?

—Si ya no podés, no podés y listo. Llevo este para recordármelo.

La ruta principal queda atrás y atravesamos un sendero asfaltado que serpentea entre lomadas salpicadas de helechos. El sol muere entre los huecos de las nubes, derritiéndose en cataratas que salpican el follaje.

El cielo brilla en una paleta de colores irreales; una tonalidad drogona que empieza a romperme soberanamente las pelotas.

—Esto parece una novela, es muy deprimente —observo.

—Seguro preferís cachetearte el ganso en la habitación del fondo de tu casa —apunta Zurita.

—Toda la vida.

Vemos aparecer el cartel de bienvenida tras una curva con lomada, cuando ya casi no hay plantas en las banquinas. El auto circula ahora sobre un camino de tierra reseca. En el arco de hierro oxidado se lee:

“BIENVENIDOS A VILLA MORIARTE.”

—Lo que me temía —dice Zurita antes de tirar el palillo por la ventana—: el lugar es una mierda.

Villa Moriarte parece un pueblo que se ha caído de entre las páginas de un libro para niños. El camino por el que transitamos se convierte en la calle principal que lo recorre hasta donde alcanza la vista. Sobre las veredas hay negocios con fachadas de ladrillo y madera. Destacan los carteles luminosos y estrafalarios. Lo que más nos llama la atención son los nombres.

De pronto me encuentro recitándolos en voz alta:

—“Barbería Pelumortten”; “Florería Petalostallantes”; “Tienda Golosinosa”…

El auto avanza despacio y yo sigo fascinado por las marquesinas:

—¿A quién se le ocurre ponerle nombres tan estúpidos a los negocios?

Zurita señala el parabrisas. Unos mil metros más adelante el camino muere frente a una iglesia. La cúpula se yergue como un dial sobre la línea del horizonte.

—El opio de los pueblos… —digo.

Mi compañera se limita a responder con un gruñido. Se le ha borrado la sonrisa y ahora los labios sellados forman una línea fina y pálida. ¿Qué hace falta para poner incómoda a una mujer como ella? Juntos hemos trabajado en algunos casos difíciles, y hemos vivido cosas que le romperían el corazón a cualquiera.

La he visto en acción, tiene más huevos que la mayoría de los hombres que conozco, incluido un servidor.

—Algo anda mal —dice—. Algo no está bien en este lugar.

Zurita es el tipo de mujer que desenfunda para sumarse sonriente a un tiroteo, la clase de chica que le dobla los brazos a los informantes y aplasta los cuellos de los malhechores con una bota: está hecha para este trabajo.

Mi compañera ausculta los negocios con recelo, aminora la marcha. Esto de voltear la cabeza a uno y otro lado sin dejar de consultar el espejo retrovisor, me da mala espina.

Saco el papel donde tengo anotada la dirección: “Aquarium Onitsed”.

—¿Para qué mierda quieren un acuario en un pueblo como éste? —digo antes de que mi compañera clave los frenos.

***

Miro instintivamente hacia adelante y luego a mi compañera, que se limita a señalar el techo de la “Farmacia Farmaciadora”. Observo usando la mano de visera. En el techo hay dos bultos a contraluz.

—¿Mirones? —aventuro.

—No sé. No me gusta este lugar. Podrían ser francotiradores. Nos falta el moño de regalo con el auto quieto.

Su preocupación me parece excesiva, pero años a su lado me han enseñado que la suerte depende, en muchos casos, del instinto para torcer el rumbo a tiempo.

—Zurita, el capitán dijo que en el acuario nos esperaba una tal doctora Legna. Vamos hasta allá y terminemos con esto de una buena vez. Quiero volver a la ciudad, este lugar me saca de las casillas.

No termino de pronunciar la frase cuando en mitad de la calle veo un ayudante de tránsito escolar que lleva una señal de Pare en la mano. Los dedos de Zurita, noto, se deslizan hacia la funda del arma.

El click del botón que libera la culata se escucha con claridad.

—¿Por qué lleva una máscara este hijo de puta? —digo, confundido.

El hombre esconde su rostro detrás de una careta de chancho. Estamos detenidos bajo los últimos rayos de sol, esperando que el tipo nos indique qué hacer.

Pasan unos segundos hasta que el enmascarado hace señas a un costado, entonces aparecen los enanos por la bocacalle de la izquierda.

—Van vestidos como niños —observa Zurita, extrañada.

Uno detrás del otro, con graciosos pantaloncitos cortos y medias blancas hasta las rodillas, algunos con remeras con volados, otros con camisitas a rayas. Unos usan sombreritos de marinero, otros, boinas de colores chillones.

Verlos desfilar de una punta a la otra de la calle es un espectáculo rarísimo. Paso firme y constante, una marcha militar con zapatitos de charol que levantan una mínima polvareda.

—Voy a bajar —digo. Pero mi compañera me detiene poniéndome la mano en el brazo.

—Ya terminaron, mirá.

Cuando el último enano aparece en la bocacalle, el ayudante de tránsito se une a la fila india y el trencito desaparece al otro lado de la calle.

—Me voy a tomar una cerveza del tamaño de un tambo cuando volvamos —digo en voz baja.

***

Detenemos el auto frente a un galpón derruido. Hay un portón de gruesos listones de madera sobre el que pende un cartel de fondo azul desteñido en el que flota el nombre del lugar:

«Aquarium Onitsed»

Mi alarma interna se dispara amortiguada por la confusión y no le hago caso. Lo que siento bien podría ser producto de un cóctel a base de curiosidad y sorpresa. Villa Moriarte es un lugar muy extraño.

Antes de que nuestros nudillos lleguen a la madera, el portón se abre con un chirrido.

Adentro la oscuridad es compacta, pero alcanzamos a vislumbrar una silueta. Zurita no ha quitado la mano del arma desde que nos bajamos del auto.

—¿A quién buscan? —pregunta una voz aguda, como si alguien hablara con un cepo apretándole las pelotas.

—La policía —responde, seca, Zurita. No se molesta en aclarar que somos detectives y todo ese rollo. Mujer de pocas palabras, las justas y necesarias para conseguir un efecto.

La puerta se abre por completo y la luz de la tarde barre la sombra sobre la cara.

Es un hombre encorvado, con la cabeza de pelo gris y ralo, como un chupetín que vive debajo de una cama. Nos mira a los dos a la vez con ojos divorciados por el estrabismo.

—La doctora los espera —se limita a decir. Y empezamos a seguir el cuerpo maltrecho hacia el interior del acuario.

Nuestros ojos demoran un par de parpadeos hasta acostumbrarse a la penumbra. Lo primero que vemos es que estamos atravesando un pasillo cuyas paredes son peceras. El agua adentro es verdosa y turbia. Algunas siluetas flotan en esa densidad como sombras. Me da la impresión de que van siguiéndonos. Me dispongo a advertirle a Zurita, cuando veo que ella todavía lleva la mano sobre la cartuchera del arma.

Me tranquiliza saber que la incomodidad es compartida.

—Es por acá —dice otra vez la vocecita aflautada antes de abrir la puerta al final del pasillo.

El interior es muy fresco. Una frescura de humedad hedionda que huele a pescados podridos. Ahí adentro hay más luz. Se trata de un recinto oval con algunas puertas de heladera industrial empotradas en la pared, por intervalos de cuarenta centímetros.

En el centro de la habitación hay cuatro camillas de metal, similares a las que se usan en una sala de autopsias.

La mujer está de pie entre dos de ellas. Lleva un guardapolvo blanco manchado con un líquido negruzco que refulge bajo los tubos fluorescentes. Cuando ingresamos y saludamos, se voltea hacia nosotros y se quita el barbijo.

Zurita se percata de que ya no avanzo.

Estoy petrificado, con una ceja visiblemente más arriba que la otra. Ella, previendo que algo sucede, también se detiene y me mira. Por unos instantes, nadie dice nada. Ni siquiera nos percatamos de que el hombre cabeza de chupetín abajo de la cama se ha ido.

Mi mente ha volado treinta años atrás, hacia la mitad de una adolescencia sepultada en el recuerdo.

Yo tendría quince años. Habíamos ido a pasar un fin de semana largo a la casa de mis primos, junto al lago.

Mi tío había trabado amistad con un matrimonio español, que cada tanto venía de visita. El hombre, alto y siempre bronceado, la mujer, tremendamente atractiva, con aires de institutriz germana.

Rosario, se llamaba. Y tenía las mejores piernas que yo haya visto nunca. Esa calurosa tarde de verano que compartimos me sirvió para entender que a la mujer le gustaban los deportes de agua. Se pasó toda la jornada con un chaleco, trepada en la lancha o haciendo equilibrio en los esquíes.

La casa estaba alejada del lago, al término de una subida empinada. Desde las ventanas de los dormitorios se podía ver la playa y la gente que disfrutaba del sol hirviente de enero.

Ya no recuerdo bien por qué subí. Tal vez iba a buscar algo que me habían encargado. Sólo tengo en claro el momento en el que entré por la puerta de la cocina y vi a Rosario, de espaldas a mí, enjuagando la parte baja de su bikini en el lavadero.

Su culo no era el de las revistas. Este era un trasero relleno y todavía firme, a pesar de las estrías que empezaban a coronarlo. Pero era un culo real, apetecible, el primero que yo veía desnudo por completo.

Rosario giró y me descubrió de pie en el marco de la puerta, atribulado, sin saber qué decir, con los ojos fijos en la mata de pelo entre sus piernas. La visión de sus caderas adultas era hipnótica y perturbadora.

Me escapé hacia la habitación con la voz embargada por la excitación, sin saber qué hacer.

En ese momento ella apareció en mi puerta.

La pieza inferior del bikini colgaba de una de sus manos y todavía goteaba. Vino hacia mí con una naturalidad pasmosa. Todavía recuerdo su cuerpo pegándose contra el mío, su voz grave diciéndome «eresh un zerdito» en el oído.

Esa tarde no se me olvidará nunca. La forma en que ella descubrió sus senos, la piel fría de aquellas tetas, la dureza de los pezones, el sabor salado de la piel sudorosa.

Y su mano tocándome. Su mano bajándome la malla y descubriendo mi erección liberada como la pata de una liebre. Su mano tocándome y los chorros blancos salpicándole el ombligo y goteando hasta sus pies.

—Zerdito. Eresh un zerdito.

***

La única explicación posible: la mujer es hija de Rosario. Pero las posibilidades son remotas. No alcanzo a comprender el parecido, la misma mujer de tantos años atrás, inexplicablemente de pie en ese acuario, en ese pueblo insólito, mirándome, tal y como lo había hecho en una tarde disuelta en el recuerdo.

Es Zurita la que rompe el hechizo:

—Somos los detectives que llamaron.

La mujer sonríe y nos hace señas para que nos acerquemos. Se presenta como la doctora Legna, y nos señala las camas. Hay cuerpos debajo de unas sábanas. El olor es insoportable.

—El primero apareció hace dos días —empieza a explicar—. Por eso llamamos a la policía de la ciudad, porque acá no hay comisarías y esto fue, claramente, un asesinato. Tuvimos que trasladarlo acá para poder refrigerarlo y que no se lo comieran las comadrejas.

Destapa la sábana de la primera cama y el miasma nos da un cachetazo dulzón que nos obliga a tragar saliva y entrecerrar los ojos.

Sobre la mesa yace el cuerpo de un hombre desnudo, de unos cincuenta años. Tiene los párpados abiertos y sobre sus ojos secos caminan algunas hormigas.

—Es un maestro rural que da clases del otro lado de las sierras. Lo descubrió un grupo de nuestros alumnos. El hombre estaba de pie, y lo habían rodeado de piedras. De lejos parecía un monolito.

Me pregunto por qué ha dicho «el primero apareció». Entonces levanta las sábanas de las camillas restantes.

—A estos tres los encontramos hoy.

Me dispongo a revisar el cuerpo que tengo más cerca, porque, de alguna manera, la cara me resulta inquietantemente familiar. Otra alarma se dispara en mi interior, y estoy apunto de abrir la boca para preguntar algo, cuando Zurita me pone una mano en el hombro.

—Necesito que hablemos en privado —me hace saber.

Su voz suena extraña, y la veo salir de la habitación con prisa. Me disculpo torpemente con la doctora y me dispongo a seguir a mi compañera.

Antes de abandonar la habitación, escucho una frase que me hiela la sangre. La mujer de guardapolvo dice:

—Eshperaré que vuelvash, zerdito.

***

Zurita me aguarda con la espalda apoyada en una de las peceras del pasillo. A pesar de la luz escasa, noto que su rostro está lívido.

—Tenemos que irnos ya —dice.

No sé qué contestar. En mi cabeza resuenan frases, visiones. Un puzle arremolinado que no me permite fijar la vista en un punto y concentrarme.

—Pero la doctora… —balbuceo—. Y el hombre de la camilla. El segundo…

Zurita me mira y noto con sorpresa que sus ojos brillan de humedad.

—Tenemos que irnos —repite—. Tenemos que llegar al auto y pedir ayuda.

Yo no puedo salir de mi trance:

—Rosario. Y el hombre, el segundo hombre…

La cachetada me espabila. El golpe suena metálico en el pasillo. Mi compañera, tras abofetearme, me ha puesto las manos en los hombros. Tiene los ojos fijos en mí. El temor que veo en ellos me da escalofríos.

—No sé cómo, no sé por qué. Creo que tampoco quiero saberlo. El primer hombre que destapó la doctora es mi padre —Zurita traga saliva—. Mi padre, que lleva muerto más de quince años, está ahí adentro, desnudo, con los ojos llenos de hormigas. Tenemos que salir de acá ahora mismo.

Empiezo a seguirla por el pasillo, hacia la salida, todavía confundido. Ella ha desenfundado su arma y yo no. Yo todavía intento que el sentido común no se desactive por completo, que el caudal informativo encuentre un orden y me permita pensar.

«Eresh un zerdito».

Contrario a lo que suele ocurrir con los caminos de regreso, el pasillo en la retirada se nos antoja larguísimo, casi interminable. Noto que la humedad se ha condensado mojando el suelo que pisamos. Eso, o los estanques vidriados están perdiendo agua.

Apenas llegamos al portón principal, descubro que tengo mojados los zapatos y las medias.

Zurita se detiene antes de abrir la puerta. Recupera el aliento y se coloca el cigarrillo entre los labios:

—Lo que sea que nos esté esperando del otro lado de esta puerta —dice—, vamos a pasarlo por encima. No me importa si son enanos vestidos de niños, gente con máscaras, o jorobados contrahechos. Tenemos que llegar al auto, ¿está claro? Tenemos que llegar al auto, arrancar y salir de acá cuanto antes.

Yo asiento. Ahora sí ha llegado el turno de desenfundar.

Por entre las maderas del portón se cuelan espadas de sol. Es imposible, porque de acuerdo a mis cálculos, ya debería ser de noche.

Sin embargo el sol está ahí, del otro lado, ardiendo en un atardecer que no acaba nunca. Los goznes de la puerta vuelven a emitir un quejido lastimoso cuando Zurita empuja.

Mi compañera sale primero y la escucho proferir un grito. Es un sonido horrible.

Dudo.

No sé si quiero cruzar la puerta.
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53 respuestas a Excursión a Villa Moriarte

  1. José Playo dijo:

    No escribo una línea desde octubre del año pasado. Es una sensación de mierda, mezcla de impotencia y cansancio. Esto es lo primero que sale. Me digo a mí mismo que las cosas, pronto, irán mejorando.

    Saludos, cariños y respetos a los incondicionales.

    José.

  2. Marcos dijo:

    Jeje, a ser Pri de Orsai no llego nunca, ponele que acá se juega también, je. Grande Playo, saludable que hayas vuelto!

  3. Gaby* dijo:

    Los bloqueos existen, pero pasan. No soy quien para aconsejarte, pero sí te entiendo. Pasan. Y por lo que se ve acá, están pasando.
    Sos groso, Playo. Dale nomás.

  4. nana dijo:

    Ayyyyyyy Playo… Usted y sus finales. ¡Gracias!

  5. diego dijo:

    José, me gustó el cuento, parece el guión de una corto escrito por Hunter S. Thompson, Capusoto y Alex de la Iglesia.

    No soy escritor así que me cuesta entender el karma de la sequía o los bloqueos, pero de última leéte de nuevo el mail de Mairal de Orsai 1. Si te sentás a escribir que sea por catarsis o placer y no por puta obligación, para eso tenemos todo el resto. abrazo y acá estaremos como Crónica TV: «Firmes Junto al Playo !!»

  6. Despeinada dijo:

    Transmites el miedo chamaco…. sigo sin saber por qué diantres me engancho cuando ni por asomo leo suspenso/terror.. Bienvuelto!

  7. novalettres dijo:

    me dejaste con ganas de mas mas mas. esto no puede quedar asi, esta muy bueno, me encantan tus relatos, siempre los leo desde el feed

  8. Daniel dijo:

    Cule! Creo que cada línea que no escribiste desde octubre a la fecha están en este cuento. Es un regreso brillante! Me cague de risa y el suspenso me llevó de las narices hasta el punto final. GRACIAS.

  9. Pancho dijo:

    Bien vuelto, Playo.
    Espero que esté todo en orden y que su misteriosa desaparición no haya sido más que por un insignificante bloqueíto de escritor.

    Muy buen retorno! Eso sí, se me deja en medio de este semejante cliffhanger otros dos meses, se arma despipiole. No se sienta presionado ni nada.

  10. Juan dijo:

    Bienvenido. Pensaba que se me había roto el google reader y de vez en cuando regresaba aunque no tenía avisos de nuevos escritos. Gran regreso. Acá seguiremos esperando. Abrazo!

  11. Nippur dijo:

    Excelente regreso. Gracias por volver a los caminos.

  12. EFB dijo:

    Bien ahí, José!

  13. Menos mal que volviste José!! La interné estaba muy aburrida sin post en Peinate.

  14. cele dijo:

    Impresionante como siempre!! que bueno leerte de nuevo

  15. victoria dijo:

    Me encantó! hasta me fui a buscar golosinas, como en el cine, porque quedé fascinada con el suspenso!
    Amé la descripción del pelado comparándolo con un chupetín con pelusa, es genial, al igual que la descripción del estrabismo (ojos divorciados)
    «La suerte depende, en muchos casos, del instinto para torcer el rumbo a tiempo» es LA frase.
    Muy buen cuento.

  16. Ximena dijo:

    Aleluia!!!! menos mal que volviste a escribir! excelente como siempre…

  17. Nacho dijo:

    Playo, escribís como la reputísima madre. Ha valido la pena tanta espera (hace meses que no publicás nada).

    Excelente, me tuvo en vilo de principio a fin.

    Excelente. Nada más que decir.

  18. POLI dijo:

    Culiaaaaau

    Me quedé estirando el «culiau» un buen rato en mi cabeza, está mortal!

    La sensación que me queda es de estar esperando que descargue el próximo capítulo de LOST o algo así…

  19. Lucas, desde aca nomas dijo:

    Paaahhhhhh… me quede de cara, otra vez, como casi siempre. Me quede con los cojones encogidos por el suspenso, y con una linea de saliva rubricando mi cara de poseido.
    Asi si que vale la pena tener un bloqueo.
    Estupendisimo cuento Playo, a la altura de los mejores. Un gustazo encontrarte de nuevo.
    Abrazo

  20. Un típico Playo en su tinta… hasta con el infalible y característico toque onanista, vea.
    Leerlo, joven Playo, es para mí como fumar un Parisienne entre tantos Virginia Slim.
    Ud sabe que me cae bien.
    Besos.

  21. Nevermind dijo:

    Sos un hijo de puta. En el mejor de los sentidos. Se te extrañaba che.

    Ahora, que sea la última vez que nos hacés la gran J.J. Abrams!! como nos vas a dejar así en vilo! Excelente, me erizó la piel culiaaaau!!.

    Abrazo neozelandés.

  22. Nachox dijo:

    Ya se estaban extrañando esos finales de suspenso… excelente regreso!

  23. Estimado: ya que ud. amablemente se somete al escrutinio me permito señalarle un par de cosas. Siguiendo la escolástica le pongo primero lo que gusta y después lo que no.
    A favor: el clima general. El ambiente extraño mestizo entre Twin Peak y X files. Un buen punto de comienzo. Más parece un borrador de un primer capítulo de una nouvelle que un cuento en sí.
    En contra: cierta excesiva (a mi gusto) adjetivación. Me parece que el ambiente ya es suficientemente lúgubre por los elementos que están puestos en el escenario. No es necesario subrayar.
    Por ejemplo siguiendo esa línea de sentido cae en repetir la expresión «muere» ( El sol muere, el camino muere).
    El uso del «vesre» en Destino y Angel me pareció un poco obvio y no creo que aporten elementos relevantes. Le pasó como a María Estuardo que la pescaron por no esforzarse en la criptografía.
    Suyo
    Drallny

  24. florencia dijo:

    Coincido con algún que otro comentarista en eso de que es un «ferpecto» guion para un corto, ¡inquietante Jose!. Respecto a eso de estar bloqueado es un poco consuelo de tontos decir que nos pasa a todos, aunque real.

  25. Julio dijo:

    IMPRESIONANTE!!!, te venía siguiendo y me extrañaba la ausencia. A medida que avanzaba en el relato se me ponía la piel de «poio». Excelente.

  26. Segismundo Fierro dijo:

    Creia que Playo habia sido secuestrado por un conjunto de cumbia bonaerense en ascenso y a punto de pistola lo obligaban a escribir nuevas letras con muchas frases onomatopéyicas al mejor estilo tic o bum.
    Ahora me quedo tranquilo se que sigue escribiendo por el desbordado rio suquia , remando con un punto y coma .

  27. La curiosa dijo:

    «Nos mira a los dos a la vez con ojos divorciados por el estrabismo.» definitivamente tenes un sello propio. SOS UN CAPPOOOO. Ojalá la gente promedio como yo regresara de una sequía de inspiración con un cuento como este!Simplemente genial!Y aún tengo el saborcito de misterio en la lengua. Salud señor Playo!

  28. Javierito dijo:

    Jose, me gusto el cuento y volver a leer(te) online. Debe ser fea esa constipacion creativa pero, por suerte, parece que ya paso.
    Igual coincido con Drallny en que me senti un poco agobiado por el uso de los adjetivos.A pesar de esto el estilo Playo, el ambiente que logras y sobre todo el final compensan ese detalle.
    Abrazo

  29. elrober dijo:

    me trajo a la memoria el pueblo de Big Fish por lo incoherente de sus habitantes, y también las películas porno españolas que se conseguían únicamente en los videoclubs de los ’90, inolvidables ambas, quién no fantaseó con una gallega que tire el primer chorro blanco. El climax, de cementerio de animales, creo que he visto demasiadas películas en mi vida…

  30. elrober dijo:

    gracias por volver culiau !!!

  31. Pingback: Bitacoras.com

  32. conan dijo:

    @José Playo: Es magistral José! Espero que no sea uno de esos cuentos con final abierto. Loco, esto hay que continuarlo!

  33. Carlitos dijo:

    Buenísimo José, pero ese final es un «coitus interruptus», metele y escribí al menos un par de entregas más.
    Buen regreso.

    Carlitos

  34. diego dijo:

    Cada uno interpreta de distintas maneras pero si por mi fuera le pongo un moño y lo dejo tal cual está. A los sumo de seguirlo sería con dos renglones

    No sé si quiero cruzar la puerta …. apoyo la mano en el picaporte y de repente …… mi mujer que me zamarrea: «dále José, tenés que llevar las nenas al colegio!!! van a llegar tarde el primer día de clases !!!!»

    abrazo

    diego

  35. Felicitaciones José, muy pero muy bueno!!!.. Un abrazo.

  36. Natushka dijo:

    ¡Por fin! No sabés cómo se extrañaban tus letras, los bloqueos son hijos de puta con ganas, pero lo bueno es que se superan, siempre. Es como que algo dentro de uno se empieza a rebelar y termina por atravesarlos a patadas. Bienvenido n_n
    Me encantó el relato, muy tuyo, muy escalofriante, bizarro. Frases que saltan delante de mis ojos:
    «El cielo brilla en una paleta de colores irreales; una tonalidad drogona que empieza a romperme soberanamente las pelotas.»
    «Es un hombre encorvado, con la cabeza de pelo gris y ralo, como un chupetín que vive debajo de una cama.»
    Genialidades.
    Sí me hicieron un poco de ruido los nombres al revés, pero pueden ser boludeces mías, que se yo…
    El final! Casi todo mi ser quiere que continúe, pero una parte mía cree que podría quedar así. Dudo que vaya a ponerme de acuerdo conmigo misma al respecto.
    Una sacada de sombrero para su regreso, señor, y ansiando poder devorar sus letras más seguido.
    Un abrazo grande.

  37. El Mauri dijo:

    Me leí todo el cuento y todos los comentarios, y en un momento me preocupaba ser el único que se había dado cuenta de los nombres al revés (Ángel y Destino).
    Muy bueno el cuento. Coincido con el que dijo que los nombres al revés no aportan demasiado, salvo que en una próxima entrega…
    Saludos Playo! No paso mucho pero paso! Y yo también me cago en los bloqueos!!!!

  38. juan dijo:

    Muy lindo, justo escuchaba Piazzolla mientras leía y me dio un poco de escalofríos..

  39. Marambio dijo:

    Volviste, culiao! Qué bueno leerte. Tu bloqueo me estaba hinchando las pelotas: la interné no es la interné sin los cuentos de Playo.

  40. Mónica dijo:

    ¡Qué bueno que haya regresado, José! Y brillantemente, además.

  41. Roxi dijo:

    GENIAL!!! Me encantó, super bizarro y atrapante.. Pero me quedé super intrigada queriendo saber mas..

  42. juan_agro dijo:

    Excelente José. Se extraño leerte pero se olvido la pena con este regreso. Para mi esta para un «esta historia continuará…»

    Me maté buscando que en alguna lado diga «primera parte» o «Excursión a Villa Moriarte I».

  43. Talita dijo:

    Genial! Lo primero que te leo después de Orsai. Me dejaste con el culo torcío!
    Te sigo leyendo, abrazo!

  44. Nippur dijo:

    Recuerdo las palabras de un Sátrapa que gobernó Sumeria, al ver que sus escribientes demoraban en concretar una idea: POSTEÁ PUTO !

  45. Grecia dijo:

    Hola José, soy una boliviana que descubrió tu blog tarde, justo cuando no escribías, me leí todo todo de una y después me quedé con ganas esperando este momento, buenísimo, me encanto. Gracias por la vuelta!

  46. Marco dijo:

    Confesá Playo, se te ocurrió un día que fuiste de paseo a La Cumbresita!

  47. NOOUCH dijo:

    Me gusto, quiero más!
    Saludos y gracias x seguir escribiendo

  48. elrober dijo:

    te quiero pero te llevaste marzo y te rendiste en febrero PERO IGUAL TE QUIERO JOSE, AUNQUE HAYA ENTRADO 50 VECES A TU BLOG SIN ENCONTRAR NADA NUEVO, TE BANCOOOO!!!! OJALÁ ESTÉS ESCRIBIENDO UNA NOVELA O ALGO, ABRAZASO

  49. elrober dijo:

    O SEA, EN MARZO NI APARECISTE CABEZA, I MISS YOU

  50. Gastón dijo:

    EXCELENTE REGRESO!!! Gracias por semejante deleite!

  51. elrober dijo:

    //DON´T LET ME BE THE LAST TO KNOW IF YOU ARE DEAD/// CELULITIS ZERO// NATURAL VIAGRA // WHERE THE HELL IS PLAYOU?//

  52. vale dijo:

    yo como siempre tarde…sigo sin saber donde es que escribo y quien es el que lee, me río sola en el colectivo..me excito sola por la noche..tarde pero seguro…

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