Variaciones sobre una ansiedad demoníaca

Esta es la historia de un señor que dejó el alcohol cuando dudó —escalpelo en mano— qué riñón tenía que extirparle a su paciente. Los hijos se habían cansado de esperarlo en la puerta del colegio mientras él abrazaba los inodoros. Sus relaciones sexuales eran anodinas, desganadas.

Y vomitaba cada vez más seguido.

Todo eso no alcanzó. Faltaba el episodio del escalpelo, las miradas sobre los barbijos, la pausa en el entrechocar del instrumental. Entonces sí este señor puso su vida en vereda y se curó. Y ya curado se volvió la persona más aburrida sobre la Tierra.

Es sabido que a los adictos se les mueren las plantas, los bebés y las mascotas. No es noticia que la cabeza de algunos artistas de los setenta rebotan todavía con desesperación en las paredes acolchadas de los manicomios a la espera de un jeringazo que les arrulle las venas. Tampoco nos asombra escuchar cómo se licuan el hígado con vinos agrios los veteranos de guerra.

Pero poco se dice del aburrimiento fatal que aguarda a la salida del infierno, cuando los recuperados amanecen frescos como una lechuga. Nadie habla de quedar limpios como una mañana de primavera y así tener que batallar las adversidades sin una pizca de ayuda.

Este señor, por ejemplo, cuando tomaba, era un tipo alegre, locuaz, entrañable. La magia brotaba y su corazón vibraba al ritmo de los desafíos; era magnánimo, resistente, tenaz. Tenía las bolas bien puestas.

Ahora es una sombra quejosa que echa de menos el valor, que debe esforzarse todo el tiempo para alejar las tentaciones y los demonios.

Los velorios, los cumpleaños, las misas y las rebajas de sueldo: todas excusas perfectas para cachetear la botella, poner a rodar dos hielos en el fondo de un vaso y hacer que las penas vayan a morir moño abajo.

Un vicio es la respuesta a cualquier pregunta, la anestesia, la gloria y la infamia.

Este señor era de los que podían anclarse una semana frente a las tragamonedas, de los que fumaban hasta el asma en las sobremesas, de los que comían lo suficiente como para arañar el pre infarto. Como todo médico, intuía que el problema venía de familia. Y lo tranquilizaba imaginar un gen saltando de polvo en polvo que predispone a buscar refugio en la pérdida de los frenos inhibitorios.

Si era así, no había nada que hacer.

Su bisabuelo terminó atado a una cama, insultando a sus hijos porque no querían ponerle una damajuana en vez de un urinal. El pobre viejo —consta en relatos familiares—, comenzó con las medidas discretas de fernet (puro y digestivo) antes de la siesta. Para cuando quiso apretar el freno, ya tenía la habitación invadida de elefantes rosados.

Su hijo —el abuelo del señor del escalpelo— corrió suerte parecida: tras ganar una fortuna con el PRODE, puso billete por billete en el mostrador de un casino, donde le cambiaron un futuro promisorio por fichas de colores que se agotaron minutos antes de que lo pusieran, de una patada, en la calle.

Este señor se consuela paladeando el aburrimiento monacal, sintiéndose un vegetal soso. Duerme, come, caga, lee, y lleva una vida sin adrenalina, en una llanura de mierda. Pero bien.

El andamiaje de su estabilidad, sin embargo, peligra.

Decide que cuanto más lejos de los destilados y los fermentos, mejor. Que tiene que beber mucha agua, dar paseos reflexivos por las granjas de rehabilitación, ir a terapias grupales, llorar frente a psicólogos inexpresivos, leer testimonios de otros alcohólicos y aceptar, con resignación impávida, que el resto de su vida será un parque yerto en invierno.

De nada serviría el compromiso para recuperar su familia si trocaba un mal por otro, ergo: nada de casinos, de cigarros ni de drogas. Dieta mental. Trescientos sesenta y cinco días llevando a la carga cien kilos de ingratitud rehabilitada.

El señor cumple una condena pasiva y silenciosa.

A veces, mientras su mujer corta los tomates, la mente se le escapa hasta una tarde imaginaria frente al mar, donde se ve a sí mismo con una cerveza en la mano. La lata transpirada parece más real que el ruido de la pelota rebotando en el patio. Los bordes del metal brillando bajo la luz del ocaso son reales, los colores intensos como el sabor que el paladar anticipa, fantásticos. Y mientras su mujer le comenta algo sobre la tensión arterial, el señor sonríe y la besa en un acto mecánico.

Ese beso es la continuación de lo que hace en su fantasía al estirar los labios para recibir el trago.

El sabor —la ausencia de sabor— está ahí, amargo y áspero, latiendo en un descenso intenso, con burbujas enloquecidas reventándose sobre las encías, con la catarata espumosa que baja por el garguero.

Ahora el señor come. Más que antes. Compra chocolates, caramelos, chupetines. De pronto se descubre entrando en el espejo de un ascensor, vestido con ropa formal y haciendo girar un palito blanco entre los dientes. Se ve grandote, desproporcionado, como fuera de registro; las mangas del saco hasta los nudillos, el nudo de la corbata prieto, los pantalones con la cintura para dos personas.

El señor gana giba y culo mientras va acercándose —inexorablemente— a un futuro de bastón y pañales, a un mañana con hijos indiferentes y enfermeras lavándole las bolas con desgano.

Comprende bien que fue demasiado cuando los tragos de la medianoche comenzaran a madrugar con él antes del trabajo. Pero.

Sabe que debió haber parado aquel día en que se encontró a sí mismo exprimiendo limones para vermut en lugar de naranjas para el desayuno. Pero.

Lo mortifica el recuerdo de los embates de su mujer pateando botellas vacías y amenazándolo con irse con los chicos. Pero.

Recuerda cuando desde el sofá (o desde la alfombra, o desde el piso del baño, o desde cualquier lugar adonde amaneciera luego del cachetazo del bourbon), se excusaba restándole gravedad al asunto:

—Tengo todo bajo control, sólo estoy pasando un momento complicado.

Pero.

Entonces decide espantar a los fantasmas con la llama del deporte.

El señor va y contrata un entrenador personal. La gimnasia —se ha cansado de recetarla— soluciona muchas cosas. También comienza una dieta.

La primera semana el cuerpo se resiste y de los músculos parecen brotar navajas. Siente, por primera vez en mucho tiempo, que algo entre la piel y el hueso empieza a cobrar vida. Le duelen lugares olvidados, articulaciones dormidas, colgajos firmes por años.

A la segunda semana empieza a correr. Primero son pasos rápidos, con el entrenador a su lado obligándolo a mantener la respiración equilibrada. El entrenador es fornido, rebosa salud. Él, en cambio, es un terremoto de adiposidades.

El señor se esfuerza. Lleva toallas alrededor del cuello, compra ropa deportiva y se ajusta todavía más la dieta.

La mujer le sugiere redoblar la apuesta, y el entrenador personal, una semana más tarde, empieza a buscarlo a las siete de la mañana por su casa. La mujer, con instrucciones del deportista, prepara desayunos frugales. El señor, después de ingerirlos, empieza a correr.

Los paseos son cada vez más largos. En todos y cada uno de ellos se siente desfallecer. Y sólo entonces el entrenador lo deja descansar antes de pasar a trabajar las abdominales. Es un proceso tortuoso, pero en breve comienza a ver los resultados. Vuelve al hospital. Retrocede un par de huecos en el cinturón. Lleva los pantalones y el saco al sastre.

Después se inscribe en un gimnasio. Con la ayuda del entrenador, arma un plan progresivo para deshacerse de la flacidez. Ejercicios con los brazos, las piernas, la espalda. Un día, los músculos chicos. Al día siguiente, los músculos grandes. La grasa truca en fibra dentro del cuerpo. El corazón responde bien. El sudor se lleva los vestigios del sedentarismo. La tos va limpiando con esfuerzo los pulmones empetrolados.

Pide más repeticiones. Estudia con entusiasmo el número que semana a semana va decreciendo en la báscula. Tiene la primera erección y puede verla sin ayuda de un espejo. No es una erección de piedra, pero es la primera que tiene en meses. El pene late en casi toda su extensión, asomando por debajo de la riñonera de grasa. Se entusiasma. Se exige con más ejercicios. Incorpora pelotas, palos, poleas. Toma té. Mucho té.

El señor, al cabo de un año, es otra persona. Ahora corre a la par del entrenador. Ahora usa remeras ajustadas. Ahora algunas mujeres le devuelven la mirada en los semáforos.

Una mañana el entrenador le avisa que no podrá buscarlo. El señor se viste de gimnasia lo mismo. Desayuna frutas y queso. Le da un beso a su mujer, se cuelga la toalla alrededor del cuello y sale de la casa.

El asfalto se convierte en césped al llegar a un parque. Corre ligero, inhalando un aire fresco y revitalizante. Ve pasar a la gente a su lado y se siente bien. Ve a dos borrachos amanecidos en un banco, pasándose una botella de plástico, y corre más fuerte.

Siente que cada zancada lo pone un poco más lejos de ese lugar sombrío que antes creía un refugio.

Como médico que es, sabe exactamente qué está ocurriendo en el interior de su cuerpo. Avanza imaginando la sangre fluir velozmente intercambiando células. Imagina que sus pulmones queman impurezas, que sus músculos rebalsan de ácido, que las células grasas se desprenden para morir en los riñones y en el hígado.

A mitad del recorrido pautado, pisa una piedra. El pie se le tuerce y cae. No es una caída aparatosa, puesto que también ha ganado destreza. Se incorpora, se sacude la tierra y se acerca a una calle, rengueando, para pedir un taxi.

En todo el viaje de regreso ve por la ventanilla los edificios. Piensa en la gente dentro de ellos, en las vidas de todas las personas, en las experiencias.

Imagina lo que sentirán las putas al abrir las piernas. Imagina el valor necesario para que un policía se interne en un barrio peligroso.

Llega a su casa sintiéndose bien, pensando en usar hielos envueltos en una venda para cubrir el tobillo.

Abre la puerta. Los encuentra.
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43 respuestas a Variaciones sobre una ansiedad demoníaca

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  2. José Playo dijo:

    Me informan por Facebook que hay problemas para comentar este relato, ¿a alguien más le pasa?

  3. José Playo dijo:

    Qué boludo, si no pueden comentar, ¿cómo van a comentarlo? Qué día hoy, dios.

  4. Lucas, desde Pest dijo:

    Que bueno Playo, pero que bueno.
    El final me dejo con la boca abierta como en los mejores momentos, me imaginaba cualquier final, menos este.
    Una trompada de ginebra al amanecer.
    Ahh, que buen momento me ha regalado…
    Abrazos.

  5. fechi_cba dijo:

    Playo vos sabes (o no) que siempre me encanta lo que escribis acá y en el face y te digo que sos genial, pero esta vez fuiste muy predecible, apenas leí que contrató al personal trainer (o como se escriba) supe que lo iva a gorriar ja.
    Espero no te enojes pero es lo que sentí y soy sincero, de todos modos segui escribiendo en peinate que me encanta (obvio que por la critica de un boludo no vas a dejar de esrcibir no?)

    abrasos

    fede

  6. Desert69 dijo:

    Playo, no se si llegará a dimensionarse usté la subliminalidad del instante en que me descubrí viendo las imagenes relatadas en estas lineas al ritmo del mágico Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

    Haciendo el recuento de la situación, no puede venirme a la cabeza más que las escenas de La Naranja Mecánica (en versión fílmica, me refiero) en que todo transcurre con el viejo Ludwig al taco.

    Mágico momento, de esos que generan una eterna deuda de unas rubias espumantes heladas al responsable del mismo…

    Al margen, cursiosisimo notar que la inmensa mayoría de los “Post más consultados” del blog de un escritor de la san puta hablen de publicidades, tapas de discos, artes gráficas y/o porno.

    Saludos, caballero!

  7. pedro dijo:

    1) Muy bueno. Excelente.
    2)

    (…) y enfermeras lavándome las bolas (…)

    .
    Hubo un acto fallido de autobiografía ahí o demasiado compenetrado en el personaje?
    Saludos

  8. Chuleta Pelada dijo:

    Por qué en lo mejor del relato nos dejas asi???, es como ver un peliculón y que se te corte la luz en la mejor parte.
    Genialmente atrapante…

  9. Mac dijo:

    Un cuentazo José, un lujo, sobre el final me confundí un poco con el “Los encuentra” porque venías hablando de “los hielos”, pero el resto es excelente.

    He conocido personas con adicciones, y debo decirte que la frase “Un vicio es la respuesta a cualquier pregunta, la anestesia, la gloria y la infamia.” es perfecta. Un abrazo y felicitaciones

    Mac
    PD: pensé que el tipo, que por fin estaba recuperado, se iba a ir con una mina joven abandonando a la flia que simpre lo había bancado en la enfermedad

  10. Damian. dijo:

    No podía terminar bien!

  11. Nahuel dijo:

    José, muy bueno….”Espetacular”….. Pero debo decirte que, al contrario de Lucas, y coincidiendo con Damián, a partir del párrafo “En todo el viaje de regreso ve…” intuí el final…. Exactamente, que justo ese día su entrenador no pudiera ir y que fatalmente ocurriera el incidente con la puta piedra, dan noción sobre el muy posible final…. Ahora bien, se podría continuar, como sugiere “Chuleta Pelada” (no me quiero imaginar un personaje con ese nick…) Por ejemplo, haciendolo emborrachar al personal trainner y cortándole las bolas… y ponérselas dentro de una copa con un martini dry…..
    José, como siempre, un espectáculo descriptivo a fondo, pero en este caso, un poquitin previsible… Tal vez la vida nos vaya preparando para lo “inesperado”…. Por las dudas, hoy no salgo a correr…..
    Abrazo!!!

  12. Calandria Osorio dijo:

    Uhhhhh asi me dejaste, no imaginé para nada el final de todos modos creo q no tendria importancia, me pareció un cuentazo. por otro lado muy real y triste lo que decis de las adicciones. Saludos.

  13. Gabriela dijo:

    Coincido con Nahuel, hay una cuota de final anunciado pero no opaca el ritmo del cuento. A mí me fascinan tus imágenes filosas como “El señor gana giba y culo mientras va acercándose —inexorablemente— a un futuro de bastón y pañales, a un mañana con hijos indiferentes y enfermeras lavándome las bolas con desgano”. Maravilloso.
    Un pequeño aporte: no corresponde la tilde en licuan, se acentúa igual que el verbo averiguar.
    Felicitaciones, cariños, Gabriela.

  14. Eduardo dijo:

    Que buen contacto con la existencia

  15. José Playo dijo:

    @Monsieur Côtelette: a vos.

    @Lucas, desde Pest: la figura de la trompada de ginebra al amanecer hubiera dignificado muchísimo el texto, es buenísima. Abrazo y gracias, Lucas. De corazón.

  16. José Playo dijo:

    @fechi_cba: todo bien, fechi. Es el riesgo de poner el punto final. De todas formas, en ningún lado dice que lo pasan como a un poste. Ni siquiera dice qué es lo que ve cuando llega a la casa. ¿Lo declaramos empate? Ja. Abrazo y gracias (y no, ni por la de un boludo ni por la de nadie de los que comenten acá).

  17. José Playo dijo:

    @Desert69: qué linda postal que regalaste. La naranja es una de mis películas favoritas, me sé la música de memoria (de ahí me hice fanático de Walter Carlos, el señor que hace arreglos con organitos psicóticos a la música de Beethoven, Bach y algunos más. Ya que estamos, te cuento que también lo podés googlear como Wendy Carlos, ya que se sacó el pito y se puso tetas en algún momento después de Kubrick). Gracias, Desert.

    Y sobre los posts más consultados, es mejor así, si a alguien no le gusta leer, que encuentre algo que valga la pena. Porno, por ejemplo.

    ¡Abrazo!

  18. José Playo dijo:

    @pedro: 1) Se agradece, posta.
    2) Corregido, pedro. Efectivamente, fue un error de tipeo con metida de uña del subconsciente. Parece que tengo que poner las bolas en remojo. Abrazo.

    @Chuleta Pelada: es un vicio que arrastro igual que el señor. Soy fan del interruptus. Gracias y abrazo.

  19. José Playo dijo:

    @Mac: Lo voy a revisar, por ahí “refalé” con el envión.

    Te agradezco mucho que marques así, sabés que esas cosas viniendo de gente como vos, son una caricia pixelada.

    PD: no estaba mal como giro en U, ¿eh? Se agradece.

  20. José Playo dijo:

    @Damian.: así es la anorgasmia. Ja. Abrazo!

    @Nahuel: Lo mismo que le respondí, en honor a la verdad, no hay final. Quizá lo que se intuye es lo que se imagina, al primer lugar -alucinante aunque común-, algo que tira más que una yunta de finales. La intención fue un poco eso. Yo también atiné a pensar que algo así debía pasar, porque estaban los personajes pidiendo pista para echar el moco. Pero. Por ahí le habían organizado una fiesta sorpresa, andá a saber. (Cuando divago, podrás comprobar, me pongo bastante pelotudo). Abrazo grande. El final con personal capado también me re cabe.

  21. José Playo dijo:

    @Calandria Osorio: recibí algunos mensajes en privado haciendo referencia a lo delicado del tema. Ojalá se entienda que es ficción, que no se trata de una experiencia trasladable.

    Es muy jodido lo de las adicciones. De hecho, tengo un cuento largo que me gusta mucho que habla de eso, y que al final convertí en novela que necesita muchas correcciones. Por estos días me debato entre terminarla en algún momento o utilizar el relato para el nuevo libro de cuentos que quiero sacar. En fin, aprovecho para comentar esto porque me siento como en casa y los imagino a todos con un vasito en la mano, mientras charlamos boludeces.

    Abrazo.

  22. José Playo dijo:

    @Gabriela: se agradece muchísimo la corrección. No saben lo alucinante que es que otros te marquen cosas que no has visto. Es una de las cosas que más disfruto de tener un blog, esa relación increíble con los lectores.

    @Eduardo: salió raro, pero bué. Abrazo!

  23. Tom Finn dijo:

    Decidido: Vuelvo al pucho oloroso incrustado en la pizza grazosa del día anterior, a la cerveza con whisky, al dolor de cabeza, al aliento avinagrado y a las papilas pastosas de vino tinto. Ni un minuto más, vuelvo ya! Lo que no mata engorda… o deprime.

  24. Jorge dijo:

    buenísismo!. Te cuento de que lo terminé de leer con una sed terrible. Ahora necesito una cerveza bien fría, transpirando. Lo del mar y la costa pasó a ser un accesorio.

  25. elrober dijo:

    Live fast, die young and leave a good-looking corpse.

  26. elrober dijo:

    un amigo mío muy querido se pegó tal cagaso con la muerte de Bam Bam Miranda(a quien conocía personalmente) y con la del gordito-cumbiero-santafesino-que-no-recuerdo-su-nombre, que se levanta todas las mañanas y le da dos horas a la bici fija, le cambió la vida, los findes chupa y fuma como un culiau, pero algo es algo

  27. Pancho dijo:

    Me hiciste cagar hasta las patas, José.

    La primera mitad de tu texto es espeluznantemente buena! Me dio como un chucho todo a lo largo de la espalda y pone a pensar sobre mediocridades y cuesta abajos varios.

    El final es ligeramente predecible, pero yo hubiera sido incapaz de hilvanarlo de esa manera.

    Como de costumbre, un placer.

  28. fechi_cba dijo:

    @José Playo: ningun empate playo, me tapaste la geta! porque sera que me llevo apensar que lo pasaban??? mejor no indagar jajaj
    ahora me doy cuenta porque vos escribìs como escribis y yo soy un simple lector, no fui capaz de mirar mas allà.
    muy bueno y gracias por abrirme los ojos!!!!

    abrazos y me voy a cagar de ris con lo que pones en face jajaaj

  29. Lucas, desde Pest dijo:

    BTW, la frase que se refiere a la perdida de los frenos inhibitorios la volvi a leer despues de este cuento en el blog del profesor Bovino, que es algo asi como el Dr. House de los abogados.
    El tambien contaba de algun episodio de perdida de frenos inhibitorios. Estoy en buena compania.
    Abrazos.

  30. Mely dijo:

    Hola Jose.; me encanto esta historia…. nunca lei nada sobre el después de las adicciones y tu frase “Pero poco se dice del aburrimiento fatal que aguarda a la salida del infierno” me dejo encantada y me atrapo por completo……..Yo imagine todo el tiempo que al tipo al final le daba un paro cardiaco , como una ironia de la vida……….
    Besos Jose y segui con este tipo de relatos que me encanta!!………
    Mely.

  31. Marcela dijo:

    Me gustó, gracias!

  32. Dave dijo:

    Buenísimo! Gracias José, yo escuché de uno que en vez de sacar el ovario sacó el riñón… tremeeendo.

  33. nana dijo:

    ¡Genial, José!!! Tristemente genial, por momentos.

    Pero nunca vi la obviedad del final. Para mí volvió a caer. Me pareció leer eso sutilmente en:

    ‘Llega a su casa sintiéndose bien, pensando en usar hielos envueltos en una venda para cubrir el tobillo.

    Abre la puerta. Los encuentra.’

    Lo lindo de la lectura. Ud. sabrá lo que quiso decir, el lector interpreta lo que quiere o puede.

    ¿Leíste algo de Terry Pratchett? Hace poco de casualidad cayó en mis manos Ritos Iguales, y cuando leía sus geniales analogías me acordaba de ud. Léale si no lo hizo.

  34. sabalero dijo:

    Muy bueno Jose, y nada de predecible, todavía estoy pensando que se encontró.
    Gracias por escribir.

  35. Luciano dijo:

    Muy bueno, como para sentirse identificado, aunque sea en parte. Hoy día, la mayoría tomamos, y no poco.

  36. nicasius dijo:

    yo también, intuí un poco cuando apareció el personal trainer como podía terminar la cosa, pero en el final me pareció (y para mi para mi queda mejor) que encontró los hielos para la venda, pero terminaron en el fondo de un vaso.

    Cuentazo la verdad.

  37. Nacho dijo:

    Sublimemente espectacular, José.

    Me encantó en su totalidad.

    Y no carece de la magia que suelen tener tus finales, porque…

    (…)Los encuentra

    …puede sugerir al lector tanto que el tipo encontró a la mujer y al entrenador dándole a la matraca, como que encontró los cajones de birra que compró la mujer para una fiesta y se los bajó de un saque.

    P.D.: Tu respuesta a Desert69 motivó que busque en Wikipedia el argumento del cuento al que hacés referencia. Me sabe a bueno, voy a bajar la peli de Internet y mirarla.

    ¡Seguí escribiendo así de genial!

  38. Gustavo dijo:

    Yo lo pense como nicasius, el tipo encontro los hielos para emborracharse otra vez, es bastante ambiguo el final, por lo menos para mi.
    Che, quiero comprarte el libro, que libreria lo consigo??? o solamente por internet?

  39. Carlitos dijo:

    José, muy bueno che, una sola correción estúpida:

    Donde dice: “Este señor era de los que podían anclarse una semana frente a las tragamonedas, de los que fumaban hasta el asma en las sobremesas, de los que comíaN lo suficiente como para arañar el pre infarto.”.

    Abrazo!

  40. Gustavo dijo:

    Jose, una alegria encontrarte .

    Comparto la precision de que “Un vicio es la respuesta a cualquier pregunta, la anestesia, la gloria y la infamia.”

    El abrazo de siempre

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