Un dolor de la gran puta

No sé cómo es en España o en Portugal. En el barrio de Alberdi, Córdoba, cuando vos cortás con una mina vas de frente, la sentás en un café que hay sobre la Colón, le agarrás la mano bien fuerte, le pasás unas servilletas para que se limpie los mocos, ponés cara de poker y después la llevás a la casa.

Es costumbre también que esperes a que entre y cierre la puerta. Recién entonces arrancás el auto y te tomás el buque. Podés darte el lujo de aceptar una o dos llamadas durante la semana subsiguiente, como para prestar la oreja a posteriori; fingir que estás mal también vos, que la cosa no funcionó por tu culpa, o lo que sea, cualquier cosa con tal de que el corte sea limpio como tajo de bisturí y que después no haya segundas vueltas o escenas en un supermercado o en la lavandería de la esquina.

A esto medio como que lo venís planificando con tiempo, despacito, bien de canuto. Te diría que ni siquiera lo hablás con tus amigos; te preguntan cómo van las cosas y vos decís «todo bien, todo bien», siempre dos veces. Y cuando se enteran que cortaste, del asunto no se habla.

Es una cuestión de respeto. Tu vida es tu vida, nada de andar contabilizando los polvos ni los picoteos ni las miserias. Cada uno hace la suya, y los vagos de la barra lo respetamos, porque es como un código. Es lo que hace que seamos como somos.

En Alberdi, por lo menos, creemos que tiene que ser así.

Una vez que cortaste, la mina queda vedada. Nada de tirotearte a la ex de un amigo. No señor. «Ex novia ya no existe como mujer», decimos en Alberdi. Te la podés cruzar en la panadería, charlar un rato con ella, pero nada de preguntar cómo está ni cómo viene superando la cosa. Hola qué tal, cómo anda la familia y te dejo porque estoy apurado.

Ante todo, respeto y lealtad por el amigo, que es el que te acompaña en las buenas y en las malas.

Las minas van y vienen, eso es sabido en Alberdi. El Cacho hizo así cuando la largó a la Lucía. El Pupo hizo así cuando cortó con la Marta. Y yo ya me veía venir que con la Sonia no quedaba más remedio. También tenemos eso de bueno en Alberdi: nunca se hace el pase para salir bien parado. Es una cuestión de honor lo que hacemos en el barrio. Si sale una novia de tu vida, tiene que pasar un tiempo hasta que entre la otra. Y nunca, pero nunca de los nuncases, una mina empuja para que salga la otra.

Eso dejáselo a los chetos. Nosotros no. A las minas hay que respetarlas, loco.

Me acuerdo que lo charlé con el Cacho un día cuando terminamos de jugar al fútbol. Los chicos estaban arreglando lo de la guita para pagar la cancha y nosotros nos habíamos quedado en uno de los arcos sacándonos los botines.

Yo con él tengo confianza, es el más grande del grupo, tiene más experiencia. Su viejo tiene la Ferretería más antigua del barrio, toda su familia es como fundadora, los primeros en instalarse. Así que lo que dice el Cacho es palabra autorizada.

Estábamos ahí desatándonos los nudos y le digo:

—Voy a cortar con la Sonia, Cacho.

El Cacho —prudente como todo buen vecino de Alberdi— me mira un rato y vuelve a trabajar sobre el botín izquierdo. Lo tenía anudado con un par de vueltas alrededor de la pata, entre el arco y el empeine, y de ahí subían los cordones dando dos giros en los tobillos para culminar con un nudo medio marinero a la altura de la tibia. Es un procedimiento que todos empezamos a copiar, porque el Cacho mete unos cañonazos bárbaros y jamás en la reputa vida perdió un botín. Todo gracias al nuderío que se arma, sobre todo en la zurda, que es con la que suele hacerlo doblar las manos al Pipo, el arquero oficial.

El Cacho te dice las cosas serias sin mirarte.

—Te enteraste, veo —me dijo esa noche junto al arco.

Yo me quedé medio confundido al principio. Creí que había escuchado mal ¿Viste cuando te dicen algo que no te esperás y que te mete miedo? Es como si te prendieran un puñado de fósforos fríos adentro del pecho. Qué sé yo, es una sensación medio rara. Y vos te quedás un rato haciéndote el boludo porque no querés que te caiga la ficha. Como si alargaras ese momento el tiempo suficiente como para que el corazón te vuelva a latir despacito de nuevo. Pero ya perdiste, te acaban de poner una paralítica en el pecho y no hay vuelta atrás, te vas al piso de jeta y con las manos en la espalda.

—¿De qué? —pregunté haciéndome el distraído.

Y ahí el Cacho me miró. Largó el botín y me miró mordiéndose el labio de abajo. Era un gesto forzado pero necesario, indispensable. En Alberdi, el que no se muerde el labio para decir algo pesado es porque la juega de Fray Mamerto Esquiú y no tiene corazón.

—Qué cagada que te lo tenga que contar yo, pendejo —me dijo.

Y ahí me di cuenta que venía pesada la ficha. Era un fichón, un bombazo, una torta de casamiento con los muñecos de yeso, con las bolitas plateadas, con las flores de tela y la crema chantillí, todo derechito y en picada sobre la cabeza. Fue como si me hubieran apoyado una bolsa de rolito en la nuca y el agua me goteara por la espalda hasta la raya del culo.

Una pausa que se termina para que empiece otra pausa, ahora ya no de duda, sino de dolor.

Lo que el Cacho me iba a decir dolería más que una patada de Fonseca. Y mirá que Fonseca cuando juega mete cada guadaña que te deja mordiendo el alambrado con los ojos llenos de estrellitas. Esto iba a ser peor.

—No entiendo —dije, queriendo posponer el machetazo final.

El Cacho me miró con aire compasivo. Como quien mira a un hijo que se está por mandar una cagada. Me miró así primero y después bajó la cabeza. Ahí se me cayeron las medias —en Alberdi decimos que se te caen las medias cuando queremos decir que te desarmás por algo—. Yo estaba ahí sentado sobre el césped sintético, la camiseta transpirada, en medias, con un botín en cada mano y un cagazo que me trepaba por las pantorrillas y se me alojaba a los costados de cada huevo. Sentía que los huevos se me iban achicando, erizados, retorcidos, duritos.

Sentí que el pito ponía reversa también.

El Cacho terminó con su botín, metió la mano en la mochila y sacó los fasos. Me pasó uno y yo lo acepté. Todavía lo miraba con cara de propaganda de shampú para los piojos, desorientado y con el ceño fruncido. No quería entender.

Primero prendió su pucho y después me acercó el encendedor a mí. Apenas si pudimos coordinar para que el faso no se quemara por la mitad en lugar de por la punta.

—Qué pasa, Cacho, me estás preocupando, culiado —dije con la voz trabada por un freno de mano invisible.

—Bueno… —empezó el Cacho— … Sonia… —vaciló.

Y el Cacho no vacila nunca. Es como si lo oyeras llorar a Aldo Rico. No encaja, no te cuadra. Como si te dijeran que Mike Tyson se puso de novio con el Polaco Goyeneche. No da. El Cacho vacilando no da. Imaginate que es de esos tipos que en una barra de amigos salta primero si hay quilombo, porque con el tamaño que tiene, seguro que los rivales se van al mazo.

A eso lo sabíamos todos. Tuvimos un par de amagues con una bandita de Juniors, en un baile de La Mona. Fue un toque nomás, alguien empujó a no sé quién, hubo un par de puteadas y salimos todos para la calle. Uno de los de Juniors peló una botella y la rompió como para dejar en claro que la cosa iba con sangre. Nosotros nos quedamos poniéndoles el pecho, tirando puteadas y preparándonos para el despelote. Entonces se abrió la puerta del baile y salió el Cacho. Nosotros nos abrimos para darle lugar (tuvimos que corrernos bastante). El Cacho se venía sacando la remera. De atrás el negro parece un mapa de África. Mide como dos metros y labura descargando camiones de carne en el mercado —de ahí su apodo, “cacho ´e carne”—, tiene unos brazos del tamaño de una gamba.

Con el Cacho no jodés, te lo puedo asegurar. Visto de frente, con la cara desencajada por el encule, es como un toro que se te viene encima, como una F100 sin frenos a cien kilómetros por hora en un jardín de infantes. El negro tiene más carne y más músculos que Terminator. Nada de inflado con inyecciones ni esas boludeces de los chetos, nada de gimnasio ni 3 de 10 ni esas giladas; músculos endurecidos y criados de tanto laburar.

Esa noche los de Juniors tiraron la botella a la mierda y se fueron despacito, medio de coté, mirando para atrás para ver si el Cacho los seguía. Y el Cacho se quedó parado ahí fumando en cuero. No hizo falta nada más. Así resolvía la bronca el Cacho. Era cuestión de pelar la remera y listo. Una ventaja, pienso yo, porque no se tiene que hacer romper la boca para salir parejo. Pela la remera, se la vuelve a poner y listo. Y desde que lo conozco, jamás perdió una sola. Creo que todavía no ha nacido el muñeco que lo pueda sentar al Cacho de una piña.

Por eso cuando el Cacho me titubeó ahí en la cancha de fútbol cinco, fue como si de repente las luces giraran para alumbrarnos a nosotros dos y a nadie más. El resto de los vagos estaban allá en el asador arreglando la guita, tomándose una Coca lejos de nosotros, como metidos en la oscuridad. Sólo nosotros dos estábamos iluminados.

—No le des vueltas, Cacho —le pedí con impaciencia—. Ya me conocés, somos amigos de chicos, loco, ¿qué pasa?

—Bueno —se sinceró de repente el Cacho—. La Sonia te está metiendo los cuernos, Manuel.

Fue una frase sola. Pero se me clavó en la panza como un flechazo. Creo que un tincazo en la oreja me hubiera dolido menos esa noche fría de mayo.

—No puede ser —alcancé a decir, pero el Cacho me interrumpió.

—Mirá, Manuel, la cosa es así, no hay mucho que entender. Vos a la Sonia la venís descuidando, y la mina se cansó. Vos te la pasás chupando, tratándola como el culo. Y la Sonia es una mina bien, de buena familia. El viejo de la Sonia tiene la verdulería pegada al negocio de mi viejo, yo le conozco la historia. No es una mina para hacer sufrir así porque sí. La Sonia es de esas minas que uno cuida y va apuntando para el casorio. Y me dijo que vos estabas pensando hacerle un pase, que le habías echado el ojo a la flaca del quiosco de la esquina del colegio. Que la venís cagando. Que no te sorprenda esto, loco, era fija que pasaba algo así.

—Pero Cacho —empecé a explicarle, sin saber por qué—, ¡si la pendeja del quiosco no tiene ni 15 años! ¿Qué voy a hacer yo con una pendejita tan chica? ¿Vos creés que puede ser así? —pregunté confundido.

No terminaba de entender por qué el Cacho estaba tan al tanto de cosas de mi pareja, cosas íntimas, charlas y quilombos que yo había tenido con la Sonia.

—A mí no me digás nada —simplificó—. La cosa es como es. Vos sabés que en Alberdi a las cosas no las hacemos así. La cagaste, Manuel. A las mujeres hay que respetarlas. Vos sos buen pibe, pero me parece que con 24 años todavía estás en la edad del pavo. O no has aprendido un carajo de cómo hacemos las cosas de este lado de la Colón, cabeza.

Ahí fue que me vino de algún lado, dentro de la cabeza, la certeza absoluta de que había algo más en todo esto que me decía el Cacho. Algo turbio, algo raro.

Dolido y con un nudo en la garganta, se lo pregunté:

—¿Y vos cómo sabés todo eso?

El Cacho le pegó una seca larga al faso y miró para donde estaban los chicos que nos hacían señas para que fuéramos antes de que se terminara la Coca.

—Bueno —dijo mientras apagaba el pucho en el sintético llenándonos de olor a poliéster quemado— la Sonia me contó.

Eso no me cerraba. Eso quería decir dos cosas, las dos igual de fuleras. Una, que la Sonia hablaba de nuestras intimidades con el Cacho, y a mí no me había dicho nunca que con el Cacho hablaba. La otra, la que era peor, que el Cacho estaba rompiendo con uno de los códigos primordiales: había estado calentándole la cabeza a la mina que estaba conmigo, y sabía cosas de ella que yo ni enterado.

—¿Vos cómo sabés, Cacho? —pregunté—. Vos no podés saber… —acoté.

—Es que la Sonia está curtiendo conmigo, Manuel.

El pucho se me cayó de la boca. Me vino como una oleada de naftalina en el naso, como una borrachera que me duró 3 segundos y se fue, dejándome con resaca, calentura, furia asesina. Me puse de pie.

El Cacho me miró desde abajo, todavía sentado.

—No te pongás indio —dijo—, aceptá las cosas como son. Ya lo hablamos con la Sonia. Ella no se anima a decírtelo, así que me pidió que hablara yo. Iba a esperar hasta el jueves, cuando salieras del laburo, te iba a invitar a tomar un café para contártelo. Pero bueno, al tema lo sacaste vos, así que mejor que te lo diga ahora.

De repente el mundo se me puso morado. El universo se vació y quedamos nada más que el Cacho que estaba sentado y yo, que lo miraba de pie. Empecé a pensar en que el Cacho, con esas manos enormes me la había estado abrazando a la Sonia, o me la había estado besando. Y la Sonia, el cuerpito de la Sonia todo toqueteado y chupeteado por la boca enorme del Cacho. Me quería morir, quería llorar, quería gritar, quería agarrar un palo y partírselo en la cabeza.

Pero me empecé a serenar, porque el Cacho se paró también. Se paró y me miró de frente. Estábamos cerquita, los dos ahí, a un toque.

Se me cruzó por la cabeza fugazmente la idea de ponerle un gancho en la boca, pero… ¿Y si no lo volteaba? ¿Y si lo hacía encular y me agarraba a trompadas ahí en la canchita? Hasta que los chicos vinieran a separarnos, el Cacho me habría dejado ciego a sopapos.

Pero esa sensación, loco, ese dolor en el alma, esa impotencia; algo tenía que hacer. Para colmo, el hijo de puta me quería citar en el bar de la Colón y hacerme el corte él a mí ¡Él a mí!, como si yo fuera una mina, loco. En Alberdi esas cosas no se hacen. En Alberdi no es así. ¿Cómo no me iba a poner indio? Ma’ qué indio, loco; era un Ninja, loco, era un Samurai recién levantado de la siesta.

El Cacho me miró fijo y me dijo:

—Si querés peliar, peliemos ahora. Si te la bancás como viene, nos quedamos piolas y no decimos nada y se terminó acá. Vos hacé la tuya, quedáte con la pendejita del quiosco y yo me quedo con la Sonia y cada uno a su casa.

—Es mi novia, Cacho —le dije—. ¿Cómo quedo yo delante de los vagos? ¿Como un cagón? ¿Qué van a decir cuando te vean a vos de la mano con la Sonia? ¿O cuando la besuquiés en el baile?

Yo estaba desencajado. Me sentía como el chofer del Mazinger Zeta. El cuerpo se me movía solo, no lo podía manejar. Veía cómo las manos se me abrían y cerraban, cómo las piernas daban un paso para el costado y después volvían.

¿Viste cuando dicen «no sé qué me pasó, no me pude manejar»?, bueno, así. No sabía qué me pasaba, no me podía manejar.

Yo estaba en patas, descalzo en el arco de la canchita de fútbol 5. Y dolido. Un dolor de la gran puta, como un dolor en el alma. Algo que está más allá de la piel. Como si se me hubiera encarnado una uña en el corazón, loco. Y lo peor eran las ganas de llorar.

Yo desde arriba apretaba el botón del Mazinger para que no llorara el muñeco. Lo único que faltaba era humillarme así, delante del Cacho y de los demás vagos. No podía. Estaba en una posición de mierda y el muñeco no me funcionaba.

—Te la bancás —dijo el Cacho—. Eso hacemos. Te la bancás y calladito la jeta.

Lo pensé unos segundos. Ahora era indiscutible; el Cacho se había convertido en una pirca que me separaba del mundo que yo conocía, de lo que me resultaba familiar.

Empecé a pensar en las cosas que la Sonia le habría contado. Seguro que el Cacho sabía que yo tenía el pito chico, por ejemplo. O que cuando nos encamamos con la Sonia, a mí no me gusta sacarme las medias. Detalles de una intimidad que vos pensás que no van a trascender nunca, que son cosas que quedan entre vos y tu pareja. ¿Y si la Sonia le contó que cuando vengo del baile medio chupado no se me para?

Estaba entregado. El Cacho me ganaba por dos cuerpos y no sólo en el plano de lo físico, también me aventajaba con las cosas de mi intimidad, cosas que yo no sabía si él conocía o no, pero que era mejor callar. Ponéle que nos agarrábamos a trompadas. Encima de cagarme a palos, cabía la posibilidad de que empezara a los gritos ventilando mis secretos delante de los demás. Y eso no daba. Me quería morir, loco, me quería morir ya.

Me tomó unos segundos entender qué era lo que tenía que hacer.

Seguramente el Cacho había pensado en todas las consecuencias posibles, y había pensado que a todas las iba a manejar. Por eso me preparé para una salida que lo tomara por sorpresa, que lo desencajara.

Me adelanté unos pasos y lo abracé. Y con la cabeza debajo del mentón del Cacho, lloré, loco. Lloré de impotencia. Era un dolor de la gran puta, y no quedaba otra que llorar. El muñeco se me había chiflado y ahora se manejaba solo. Yo arriba, desde la cabeza, le apretaba los botones, le movía las palancas y nada. El hijo de puta del Mazinger no respondía.

El Cacho me apartó con un empujón.

—Pará, culiado ¿Qué te pasa? No es así, acá quedan dos cosas por hacer, o nos cagamos a patadas o te das media vuelta y te tomás el buque. Qué me venís a llenar de mocos, qué te pensás, ¿que te voy prestar una servilleta?

La mirada del Cacho era rara. Daba vuelta la cabeza y los miraba a los vagos que se habían quedado como congelados con la botella de Coca a medio empinar. Yo lloraba fuerte, como lloran las minas, medio ahogándome, medio tosiendo.

El Cacho medio como que me separaba, pero yo volvía y largaba otro «buaaaaá» todo atragantado y moquiento.

Por primera vez en la vida, noté que el Cacho estaba nervioso. Me pegó un empujón y se limpió los mocos de la remera. Los demás vagos se pararon y enfilaron para donde estábamos nosotros. En ese momento no lo supe, pero había hecho lo único que se podía hacer para salir bien parado.

Agarré mis cosas, metí la remera chivada en la mochila, me puse el buzo y lo miré al Cacho por última vez. Los vagos ya estaban ahí nomás, cerquita.

—Cuidála, es buena mina —le dije en voz alta—. Cuidála mucho a la Sonia, porque aunque te haya elegido a vos, es una buena mujer.

—Tomatelá —respondió inflado el Cacho. En el fondo, creo que hubiera preferido cagarme a trompadas. Pero en Alberdi, vos no le pegás a un amigo así porque sí. Si vamos al caso, ése era mi derecho dadas las circunstancias. Y al Cacho no le quedaba ninguna oportunidad.

Aunque mi accionar implicara una humillación terrible, no quería darle el gusto a este hijo de puta. Saltar con la bronca ahí hubiera sido como entregarle la milanesa servida. No, ni en pedo, ni por puta. Ahí fue que entendí que el Mazinger no estaba descontrolado. El muñeco en piloto automático había resuelto las cosas mejor que yo.

Delante de la barra el Cacho quedaba como un tipo en el que no se podía confiar. Uno que venía y te soplaba la mina. Los demás vagos ya no se animarían a confiar en él. Todos tendrían miedo de que el Cacho, arrebatado por el impulso de sus hormonas, se tirara encima de sus mujeres.

Y con la novia de los amigos en Alberdi no se jode.

Me fui. Y camino a casa lloré. Cuando te sacan la mina no es igual. No importa que vos hayas querido cortarla. Es cuestión de orgullo de hombre, loco. El hombre es el que decide cómo y cuándo. Y no viene un gil y te la agarra a tu mina y te la besa y te sienta en un bar y te dice que la cosa se terminó.

Cuando llegué hice el bolso. Después la llamé a mi tía y a las 11 de la noche me tomé el bondi para barrio Güemes.

Al otro día, con la cabeza todavía empañada, llamé por teléfono al laburo y renuncié. Lo llamé a Fonseca y le conté, le dije que la Sonia me cagaba con el Cacho y que por orgullo y vergüenza, no volvería a pisar mi querido Alberdi del alma. Fonseca lo pensó un rato y me dijo «Hacés bien».

Aunque los extraño mucho, hay cosas de las que puedo prescindir sin problemas.

Al baile no voy ni en pedo. No quiero cruzármelo al Cacho todo chivado agarrándola de la cintura a la Sonia. Tampoco verlos a los vagos y que me inviten a ir con ellos, como si fuera un sapo de otro pozo. No da.

Los partidos de los lunes ya no existen más. Estoy saliendo con una pendeja que reparte folletos en el semáforo de la Julio A. Roca. Son folletos de una pollería. No es nada serio, pero por ahí vamos a tomar un helado y la pasamos bien, a veces nos pegamos unos besos en La Cañada. Son unos besos largos. Ella hace como un molinete con la lengua y a mí eso me pone al palo.

A veces la extraño también a la Sonia, pero más por orgullo que por otra cosa. Me hubiera gustado sentarme con ella en el café de la Colón y decirle un par de cosas. Calculo que la primera hubiera sido «puta». Pero no da. Las mujeres también deciden, loco, a eso lo aprendí a los golpes. Aparte, ella es la novia del Cacho, y con eso no hay que embromar.

El tiempo compensa las cosas.

Ya no me duele tanto el alma como esa noche en la canchita de fútbol cinco. Y al Cacho, por suerte para los dos, no me lo he vuelto a cruzar.

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Cuento publicado en 2006 en este libro.

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47 respuestas a Un dolor de la gran puta

  1. ¡Jajajaaaa! Ya le veía cara conocida a este cuento. ¡Es genial!

  2. boris dijo:

    Delicioso… qué grande el cacho!, jaja

  3. Noel dijo:

    Buenísmo, como siempre.
    Lo importante de todo esto es que haya triunfado el amor. Y que la que la chica se haya quedado con el negro musculoso que la tiene mas grande. Así hacemos en Alberdi.

    Una preguntita ¿cómo demonios hago para conseguir tus fáquin libros que no venden en las librerías? por lo menos en las librerías decentes que yo frecuento.

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  5. sandra dijo:

    La puta madre eso dolió.

  6. Cintia dijo:

    esto es de “Peinate…”, no??…ya lo lei antes…muy bueno…me encanta jose..un genio !!

  7. Manuel dijo:

    Más que un poco me gusta. Gracias por escribir desde Chaco y Santa Rosa. Son deliciosos los detalles del cordobés profundo.
    Es al pedo a todos los Manueles nos dejan las minas en Alberdi.

  8. Rafael dijo:

    Me lo aventé completito casi sin parpadear. Esta bueno. Son de los cuentos que hacen que se te seque la mierda en el culo cuando estas en el baño.

  9. RamiroJC dijo:

    El momento de “te enteraste…” es tremendo, hasta senti el fresquito corriendome por la espalda, una puñalada al pecho!

  10. Dayana dijo:

    Excelente!

    El único “pero” que encontré fue este: “después no haya segundas vueltas o escenas en un supermercado o en la lavandería de la esquina.”

    La lavandería de la esquina me sonó a un negocio de tercera o cuarta línea como referencia de barrio Alberdi. Me sonó más a referencia de película yanki donde en un barrio de Nuevo York está Joe, el de la lavandería de la esquina.
    Si le preguntás a un cordobés donde hay una lavandería, a menos que sea un estudiante de Nueva Córdoba, me parece que va a pensarlo un rato largo.

    Como en el cuento se nombran otros típicos negocios barriales (panadería, verdulería, kiosco, ferretería, la canchita de fútbol 5, la carnicería donde trabaja el Cacho me parece que también leí), inferí que la idea era dar un pantallazo de lo que era el barrio y nada más. Por eso no me parece que sea tan importante, tan sólo algo llamativo para mi.

    La otra cosa que se deduzco de esto es que esto que el personaje repite todo el tiempo como “Esto se hace así en Alberdi”, tiene más una cosa más de inconsciente colectivo que de asociado a marcas referenciales espaciales o a un algo “especial” concretos. Por por ahí el Alberdi descripto en el cuento podría ser casi cualquier otro tradicional barrio de Córdoba (desde Alta Córdoba a San Vicente, por decir algo). Y lo que el protagonista imagina como “de Alberdi”, sea algo que más o menos pasa en cualquier barra de varones. O no, por ahí es un código solo de él que se imagina que tácitamente los demás comparten.
    Es como si el personaje explicara el código en base al barrio de crianza y en el desenlace del cuento resultara que la miseria humana (que un amigo te cague la novia y te humille, en este caso) fuera obviamente algo que no sabe de seccionales y que las reglas de lo que supuestamente “debe ser” siempre pueden romperse porque es algo inherente a los hombres, inclusos los hombres de Alberdi.

    El otro análisis que puedo hacer es el que siempre mencionaba mi profe de literatura en la UNC: los autores escriben un cuento y los lectores solemos imaginar cualquier boludez que no tiene nada que ver con lo que él tenía en mente. Y para peor, nos hacemos los profundos!

    Pero igual está piola meter la cuchara un poco más en el texto.

    Abrazo, José!

  11. josefina dijo:

    sos un capo!!!!!!!!!!!!!! es básico cordobés….definitivamente pasa y muy a menudo….me gustaría saber como la pasa ella…. 😉 besos!!

  12. Despeinada dijo:

    No sabía que pesaba más el orgullo que el ventear “Por fin me la quité de encima” jajajaj. Me has contaminado con tus espantos…casi juraba que iba a encontrar la forma de matarlo al Cacho… así, como dijo Miguelito…con una Gilé y despaccciiiiittttooooo 😉

  13. Mariace dijo:

    Una joyita. Me encantó 😀

  14. fechi_cba dijo:

    Genial, genial, genial, yo tambien tube que dejar de ir al baile por algo similar, me llevaste casi al mismo instante en el que me sucedio y mazzinger por dios mazzinger!! yo tenia el muñequito que tiraba el puño cuando era chicooooo jaja

    gracias jose muchas gracias.

  15. profe dijo:

    Me gustó leerlo de nuevo. Muy bueno. Felicitaciones.

  16. Alfre dijo:

    Groso, José!.
    Vivo por San Telmo, pregunté en Yenny y no te tienen en las librerías, cómo hago para conseguir un libro tuyo?. Saludos y felicitaciones al Cacho, qué tanto.

    • José Playo dijo:

      Hola, Alfre. Gracias por el interés. La verdad es que la distribución de Yenny & Ateneo es bastante extraña, en catálogos les figuran los libros, pero como tienen todo muy centralizado, no consiguen los ejemplares que están en las distintas sucursales. Son los que manejan Tematica (acá tienen todos, por ejemplo, pero no he probado si funcionan bien solicitándolos online). Si no es mucha molestia, seguramente tendrás más suerte pidiéndolos a la editorial, directamente, escribiéndoles un emilio acá.

      Abrazo y gracias, macho.

      Cariños,

      José.

  17. José Playo dijo:

    @Noel: algo de esto le respondía a Alfre, acá arriba. Si estás en Córdoba, andá a las librerías no decentes, como Rubén, Maidana, Yenny y Ateneo, o a los Dinos. Ahí los tienen. Si no los conseguís, avisame y veo cómo hacemos.

    Abrazo.

    @Cintia: es del primer libro, Peguelé hasta dejarlo morado. ¡Gracias!

  18. José Playo dijo:

    @Manuel: qué bueno, che Manuel. Aunque no es estrictamente futbolero, tiene la intimidad de una canchita de fútbol cinco, que siempre garpa. Abrazo y me alegro mucho.

    @Rafael: amén. Misión cumplida. ¡Abrazo!

  19. José Playo dijo:

    @Dayana: lo de lavandería es una muy buena observación. Hasta da para corregirlo (cosa que en un rato haré). Muchas gracias, en serio. No lo había pensado nunca de esa forma, compro la sugerencia.

    La segunda parte de tu análisis también es cierta, de hecho, jamás viví en Alberdi, aunque, como pasa con San Vicente, General Bustos, Bella Vista, etc., el sentido de pertenencia siempre está presente, y de ahí el refuerzo. Quiso ser un juego más o menos como lo explicás, solo que a mí esas explicaciones no me salen, así que las agradezco.

    Decíle a tu profe que la banco a muerte. Los otros días un alumno me pidió algún texto con definiciones sobre qué es la literatura y qué es el cine. Le dije que, en mi humilde opinión, desde que se inventaron ambas cosas que hay gente llenando libros para tratar de definirlas, y que elegir sólo una me parece bastante injusto. Creo que va por el mismo lado, hay cosas que están hechas como están y poco pueden hacer para responder las inquietudes de un lector que decide interpretarlas a su manera. Esa, creo, es la famosa magia de la literatura; uno que escribe, abre el juego, y otro que lee, e imagina lo que le da la gana.

    Gracias otra vez por el cuchareo, me resulta muy bueno.

    ¡Beso!

  20. José Playo dijo:

    @fechi_cba: menos mal que se entendió lo del Mazinger, en la versión impresa de este cuento hubo gente que quedó medio en bolas con la referencia al muñeco. Abrazo y ojalá vuelva a las pistas muy pronto.

  21. José Playo dijo:

    @josefina: ja. Me cuesta muchísimo ponerme en el lugar de las mujeres, pero creo que es un ejercicio maravilloso. Las veces que lo intenté, creo, estuve muy cerquita del fracaso. Ya habrá revancha. Abrazo.

    @Despeinada: lo que más me gusta de esta historia es la exposición del mundo masculino. Aunque está un poco caricaturizado, me sirve para entender cómo funcionan esos códigos extraños, tanto en Córdoba como en muchos otros lugares del mundo. El machismo no tiene nacionalidad, me parece. Abrazo.

  22. Leandrù dijo:

    MAESTRO.
    Sos lo mas mejor. Con una historia sencillita y clara me moves la cabeza como cuando voy en colectivo y me dejas flasheandola como 5 dias. El parrafo de la novia que reparte folletos me saco una de esas sonrisas grandes.

    Si eso, tienen el libro de Belen Frnchese y no los tuyos? igual las poesias de Belen son la posta, jajaja

  23. Pancho dijo:

    Qué tremendo!

    Esperaba un remate, ya fuera cómico o trágico… y al final me estampaste de jeta contra la vida de todos los días.

    Muy, muy bueno. Jodido, de esos que te dejan la jeta como después de morder papel de aluminio, pero buenaso.

  24. La curiosa dijo:

    Excelente….che…soy la única que se ha dado cuenta que nos encanta poner “Códigos”..?Reglas a seguir..?Nos fascina limitarnos..jeje igual esta bien que se yo..hay una que otra regla pelotuda pero no importa…nos gusta sentir el sabor a lo prohibido… MUUUUYYYYY bueno el cuento che..
    Besos..!
    Lari

  25. despeinada dijo:

    @José Playo: @José Playo:

    Decía una escritora local que cuando le criticaron a sus personajes masculinos, ella siempre se defendía argumentando que toda la vida los hombreshabían creado pésimas mujeres (citó por ejemplo a Ana Karenina… a ver quién diablos le cree a Tolstoi que la mujer deja a su hijo, a su vida cómoda y al final se vuelve loca… eso es cosa de hombres )… en fin, que lo saco a colación porque me parece que va a ser mal de todos.. y que justamente cuando algo sale bien hecho (Friends por ejemplo) es porque metieron mano ambos géneros… Moraleja… a ver si te haces un experimento de conjugación con escritora a ver qué sale 😉

  26. Marcos dijo:

    Ayer me compré la Peinate II (en la librería Aforismos, el mismo lugar donde se consigue la Orsai de Casciari). Estoy teniendo el cuidado de disfrutarla de a poquito, porque siempe me queda la sensación de que los libros que me gustan se me terminan muy rápido.
    Ya tengo la Peinate I y ”La Belleza…”.
    Y en algún momento voy a tener ”Péguele…”.
    Trato de evitar un poco este cholulismo (cholulaje, cholu…) de avisarle al tipo que me gusta cómo escribe (o cómo canta, o cómo hace lo que hace) que yo lo leo (o lo escucho, o lo…), pero lo hago porque entiendo que debe estar bueno saber que alguien valora mucho lo que hace.
    Siempre está bueno leerte José.

    Un abrazo grande.

  27. Ernesto dijo:

    Me gusto mucho el relato,, muy bien logrado y ese cacho un hijo de … no?

  28. Gallo dijo:

    CORDOOOBÉS!
    “Atención alumnos, la semana pasada hemos visto literatura mercedina, hoy estudiaremos literatura cordobesa.” Calculá eso! Grande José.

  29. @fvidiella dijo:

    Pa… fue como un cascotazo en los huevos.

    No, peor.

  30. Rod dijo:

    Esa mezcla de ganas de vomitar, con rabia, impotencia, ganas de llorar y pegar la pared (o lo primero que encuentres, como la ventanilla de tu auto) es horrible… un mal trago Playo, tu saliva se convierten en 1500 alfileres herrumbrados y calientes, como al rojo vivo… y asi no mas, uno se abre del mundo que conoce, “dejar ir, desprenderse” dice el amigo Coelho, pero como cuesta carajo…

    Saludos

  31. Omar Billoni dijo:

    El otro día mientras esperaba en el dentista, para disipar el horrible ruido a torno, me puse a leer. Entreverado con las revistas encontré los restos de un libro tuyo (estaba hecho bosta), pude arañar un cuento, en donde el tema era los amigos y los pedidos de favores. Estoy de acuerdo, los amigos no deben pedir favores, para eso son amigos, para no pedir nada, en todo caso que nos den algo y de valor, esos son verdaderos amigos. Bueno lo que me intrigo es el final, que paso en la fiesta que te prepararon ?.

    Pd1: se que el comentario no tiene nada que ver con el cuento, pero no tengo los vidrios para leer en la pantalla, cuando es largo me mareo, me gusta mas el papel.

    Pd2: Te deje el link de mi blog, no soy escritor, soy un agrimensor devenido bloguero, donde escribo pequeñeces con el objeto de olvidarme.

    Pd3: “No pedir nada, no esperar nada y aceptarlo todo” Anthony Hopkins, a propósito de favores

    Pd4: Saludos y ahora te linkeo en mi blog ta bueno me piace!!

  32. Ale dijo:

    jajajajaa qué maestro el Cacho!! buena lección para el otro, que se joda por pelotudo! 😉

    Muy bueno como siempre, un abrazo

  33. agustina dijo:

    jajajajaj muy bueno, muy buena la descripcion, las palabras, qué grande los personajes, muy bien! tal real..

  34. Tinchoº! dijo:

    No te das una idea la cantidad de tiempo que este cuento me acompañó el año pasado cuando lo llevamos al ‘tíatro’.
    Cuando lo leí por primera vez, lo leí con muchísima ingenuidad y tomando mucha distancia de aquella historia. El tiempo pasó y he conocido a varios Manueles, Cachos y Sonias que se han cruzado por mi vereda y ahí descubrí que lo que realmente me enamoró de este relato es el Manuel, lisa y llanamente. Y en este descubrimiento amoroso (que ojalá no salga mañana en los titulares de los programas de chimentos) entendí el sentido de mis idilios posteriores. ¡Qué golazo el cuentito, Playo! ¡Qué fulero que todavía haya Cachos y Sonias rompiendo corazones y botellas en Alberdi! ¡Qué bonito paisaje elegiste para poner al príncipe de los pelotudos (al Manuel, obvio)!
    No sé si lo entenderás como es en realidad, pero lo cierto es que me encanta el escenario de la canchita de fútbol 5 (aunque confieso que jamás lo frecuento), lo de Fray Mamerto, los amagues de masculinidad del Manuel… y el Manuel.
    Es muy disfrutable para mí contar este cuento de la gran puta (aunque RV diga que yo lo leo con un atril porque no lo sé). Y está bueno hacer del Manuel (medio catamarqueño y medio cordobés) en Alberdi.
    Un abrazo grande y gracias por recordarlo.

    Tinchoº!

    PD- Cuando regrese Sofi de Brasil volvemos con el ‘chow’. Nos debemos una juntada con fernet antes de eso. ¿No?

  35. José Playo dijo:

    @Tinchoº!: qué alegría este comentario, Martín. Nos debemos esa juntada. No la olvides, Manuel; no la olvides.

  36. Guido dijo:

    Buenisimo! La sensación de Manuel cuando Cacho le tira el “que cagada que te lo tenga que decir yo” es tal cual

  37. adrifff dijo:

    asi que andas escribiendo estas mariconeadas??? ya te vua encontra!.
    Cacho

  38. Es la primera vez que llego a tu espacio, y te juro que estaba a punto de darte una especie de pésame, fuerza, y curserías por el estilo… ajjaa
    Excelente lo tuyo!
    Saludos

  39. Germán dijo:

    José,

    Primera vez que llego a tu blog, increíble tu talento para hacernos sentir sensaciones a través de las palabras. Felicitaciones!

    Saludos!

  40. pedro dijo:

    Buenísimo!!! Y lo del samurai recien levantado de la siesta es definitivo.

  41. Pingback: Review de la revista Orsai #3 | Todavía sirve

  42. Joana dijo:

    Lo que mas me gusta de vos, ademas de tu forma de escribir es que contestes todos los comentarios de tus fieles (o No ) lectores. Te sigo hace 5 años y no comento mucho. Pero ahi estoy. Muchas gracias por ser mi compañero de oficina y de tiempos muertos.
    Saludos desde los Buenos Aires (no tan buenos ultimamente)
    JOANA

  43. fernando87 dijo:

    muy buenoo!!tuve el placer de leer este libro gracias a un amigazazo de tus pagos q luego de prestarmelo me regalo el libro Peinate que viene gente II y la irrupcion de los finaditos quiero saber como consigo mas letras impresas tuyas?? soy de san antonio oeste

  44. Luana dijo:

    Esta mortal el cuento culiado… jajajaj somos lo mas los cordobeses wacho 😉 Che pobre chabon. Y encima el negro hijo d puta era cmo el mejor amigo y lo cagó que mierda :l ,y la sonia una puta. jajajaj
    Muy bueno el cuento jose segui escribiendo asi que vas bien ! 😀

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