Algo tuyo

Tomó con delicadeza la pelusa de su ombligo y la observó. Con la otra mano quitó los pelos negros que habían salido con ella, después la puso en un frasco de vidrio del armario. Se bañaba cada tres días con exactitud, tiempo calculado para que la pelusa creciera obteniendo el tamaño adecuado. Había descubierto que en menos días no tomaba consistencia y, pasado ese lapso, la pelusa disminuía en volumen y se apelmazaba.

Tres días hacían falta para estacionarla.

Tenía siete frascos con bollitos de todos colores. Ruly, con más de ciento cincuenta kilos de humanidad, estaba obsesionado con las pelusas… y con las mujeres. Pensaba que la única manera de entender lo segundo era coleccionar revistas porno. Su favorita era Piernas de Infarto.

Trabajaba como guardia de seguridad en un edificio. Cada mañana, de regreso a casa, compraba el diario y dormía después de un potente desayuno. Le pagaban un sueldo para mantenerse despierto. Cuidar la entrada, mostrarse amable con los vecinos, todas eran implicancias secundarias, lo importante era dormir al revés de como dormía el mundo.

A Ruly le gustaba meterse regularmente en el baño y acomodar su enorme cuerpo en una banqueta de madera junto al lavabo. En el suelo desparramaba algunos números de Piernas… . Después hundía las manos entre los muslos y se sacudía metódicamente hasta que, sin poder controlarlo, la boca, el pecho y el corazón se le llenaban de suspiros y respingos.

Todo el baño temblaba; las paredes, la grifería, la cortina de la ducha. El codo golpeaba rítmicamente la puerta, que hacía ñic, ñic al compás de sus orgasmos.

Su vida se resumía a cambiar una silla por otra: baño, cocina, trabajo. En ésta última, con gesto adusto y mirada perdida, escuchaba la radio y el sonido del motor de los ascensores. Ruly aguardaba.

A veces desprendía el botón de la camisa a la altura del ombligo y fiscalizaba el crecimiento de su pelusa. Le gustaba cómo el color de la ropa condicionaba el pigmento del contenido de los frascos.

Todo iba bien. Hasta tenía un amor clandestino.

II

La señora Gutiérrez vivía en Planta Baja y usaba ruleros. A fuerza de repetir a su manera también una ceremonia monótona, Ruly conocía de memoria sus movimientos. Cerca de las once aparecía por el pasillo con una diminuta bolsa de basura en una mano y una correa en la otra. Atado a la cuerda, dando tirones, siempre estaba el perro salchicha.

Noche tras noche la señora Gutiérrez cruzaba frente a su escritorio y depositaba los desperdicios en la bolsa grande del recipiente de recolección: «Buenas noches, Raúl»; «Buenas noches señora Gutiérrez». Ella y el perro salían a la calle y regresaban minutos más tarde. «Hasta mañana, Raúl»; «Que descanse señora Gutiérrez».

Esa puerta escupía y se tragaba cada noche a la mujer de sus sueños.

Ruly interpretaba esta reincidencia no como un ritual similar a los suyos, sino como una señal. Había algo más (tenía que haber algo más): tal y como sucedía en las cartas de lectoras calientes de Piernas de Infarto, a nadie se le podía ocurrir sacar la basura y pasear el perro a esa hora sin pensar en otra cosa que no fuera Sexo.

Lamentablemente esta certeza no tenía utilidad; la idea de abordar a la señora Gutiérrez le resultaba inconcebible.

En los relatos de las cartas de lectoras había guiños cómplices que aquí no figuraban. Los grifos de la señora no goteaban en la madrugada y entonces no se veía obligada a buscar desesperadamente un hombre diestro en el arte de ponerle fin al goteo de la pasión. Ni siquiera una carta obscena para él en el escritorio: Ruly no tenía nada.

En su fantasía masturbatoria, sin embargo, las oportunidades se sucedían implacables.

A veces imaginaba que situaciones disparatadas los empujaban a una infinita variedad de modelos de encamada. Algunas veces, en la mente del guardia, el departamento se incendiaba y la señora corría a pedirle asilo y contención (ñic, ñic en la puerta del baño); otras, el perro se perdía, él lo encontraba y la señora Gutiérrez ofrecía cualquier cosa como recompensa (ñic, ñic en la puerta otra vez).

Como toda fantasía, debía ser abonada, pulida y perfeccionada. Para ello hacía falta información y Ruly terminó convirtiéndose en un detective aficionado a remover la basura de los tachos.

La excitación lo embriagaba noche tras noche (muchos ñics, ñics, y cada vez menos descanso), enturbiándole el razonamiento. Ir a trabajar pasó a ser un peligroso juego sexual enmascarado en obligación por contrato. Desesperado y loco, Ruly pidió que le asignaran más turnos, aceptando sábados, domingos y feriados.

En las mañanas sustituyó el ritual del desayuno por una minuciosa inspección de la basura que traía del trabajo y desparramaba sobre la mesa. Por la noche, en vez de vigilar que los ascensores funcionaran, se pasaba incontables minutos con la oreja apoyada en la puerta del departamento. En su desesperación, llegó a comprar un libro de bolsillo sobre los hábitos del perro salchicha en cautiverio para interiorizarse de la problemática.

Las fantasías crecían y se multiplicaban al ritmo del crecimiento de las pelusas. Mutiló cuidadosamente sus ejemplares de Piernas de Infarto para separar las cartas del lector y armar un compilado. Dormía entre apneas y al galope salvaje del corazón que le bombeaba una confirmación: la señora Gutiérrez era la autora de todas aquellas misivas.

Estar enamorado le parecía una tortura interminable con un sabor amargo.

Un día, por fin, la idea casi lo hace saltar de la silla. Jamás había tenido una epifanía semejante, el mundo entero se alineó delante de sus ojos como un relámpago. Un plan. Sólo necesitaba una acción mínima y sin riesgos para que ocurriera (ñic, ñic) algo: en algunas historias estaba clarísimo que si al paso no lo daba ella, también era potestad del varón mover alguna ficha del tablero…

¡Tan simple que le quitaba el aliento! ¡Rompería el hielo dándole un regalo!

III

Le tomó un tiempo confeccionarlo. Trabajó en horas de vigilia y de sueño. Bordar la carita del perro salchicha había tomado dos semanas. Coser los trozos de tela, agregar volados con hilo color amarillo en los costados y alistar el almohadón para que quedara lo más mullido posible fue una tarea a tiempo completo.

Ahora sólo había que…

La señora Gutiérrez se acomodó en el sofá y desdobló la página del libro. Cumplía con las tareas diarias con celeridad para dedicarse a la lectura, el único placer que la distraía de la monotonía de esperar al marido y con él, algún cambio. Comía con rapidez (a veces de pie), se vestía sin poner mucho empeño en elegir la ropa y se pasaba el día con la cabeza llena de ruleros.

Recostada en el sofá recibía con cariño a Nórile, quien meneando la cola se restregaba entre sus pies. Así como otros viven para cambiar de silla, ella vivía cambiando de postura en el sofá, esperando la antestesia del cansancio: sacar la bolsa de basura al pasillo; saludar a Raúl; llevar a Nórile a la vereda; leer acostada sobre los ruleros hasta que las palabras perdieran el sentido.

Quería otra vida y apostaba al trabajo de su marido para conseguirla. Algún día se mudarían a una casa, tendrían servicio doméstico, organizarían fiestas y les lloverían amigos de todos lados.

Mientras, había que esperar en el sofá…

Ese viernes, desde la mañana, Ruly pensó en todas las posibilidades. Se dirigió al trabajo a la hora de siempre y obvió su incursión al baño por miedo a perder una energía potencialmente necesaria en caso de que todo saliera como lo había planeado. Llegó al edificio un poco antes de las diez de la noche y se acomodó con impaciencia tras el escritorio. A su lado, en el piso, depositó la bolsa con el almohadón.

Aguardó mordiéndose los labios, hasta que, pasadas las once, se abrió la puerta del departamento.

En cámara lenta apareció primero el perro, luego la correa que lo traía sujeto y después la mano. Ahí estaba ella con la bolsa de basura y el portazo. Extrañamente, esa noche la bolsa y el perro parecían mucho más reales que en otras oportunidades. Pero Ruly no dejó que los nervios empañaran la calidad de la fantasía que había construido con tanto trabajo.

—Buenas noches, Raúl… —dijo ella, y él no respondió.

La señora Gutiérrez levantó un poco las cejas y se dirigió hacia el cesto de basura observándolo con curiosidad. Fue la mirada que Ruly necesitaba.

Se puso de pie y avanzó con la bolsa enorme en la mano hasta cortarle el paso. La señora Gutiérrez no alcanzó a entender lo que balbuceó Raúl. Alguna incoherencia sobre cartas (¿correspondencia que se había traspapelado?), algo sobre no confundir las buenas intenciones y lo próximo que supo fue que tenía el regalo del guardia en la mano.

Confundida, agradeció el gesto de Ruly sin entender de qué se trataba. Se disponía a preguntar cuando Nórile, el pequeño salchicha demorado más de lo habitual en su paseo, se orinó en el pasillo a los pies del guardia enamorado.

La literatura canina especializada habla de las costumbres y obsesivos hábitos de esos animales contrahechos: respetan los condicionamientos fisiológicos hasta un extremo suicida. Si se ha acostumbrado a cagar en determinado lugar, probablemente el perro explote por exceso de materia fecal en el cuerpo si se le restringe ese espacio.

La señora Gutiérrez dijo «¡Oh!» y la magia del momento naufragó sobre un charco de meada amarilla en el suelo. Ella se disculpó y Ruly se ofreció a limpiarlo.

—Malo, perro malo —dijo la mujer antes de desaparecer otra vez, como tantas otras veces, tras la puerta del departamento.

El silencio del palier encerraba el eco irreal del «gracias por el regalo».

Ruly se quedó de pie, ridículamente perfumado, contemplando el reflejo de la luz en el charco ámbar que crecía con lentitud hacia los costados. Y la puerta cerrada, la zona vedada, la fantasía hecha añicos dentro de un corazón desgarrado…

La señora Gutiérrez sostuvo el almohadón en sus manos, preguntándose porqué. Lo colocó en el sofá y contempló el bordado que imitaba con hilos la imagen de un perrito. No era del todo feo y hacía juego con algunos colores del decorado. Lo acomodó por fin debajo de su cabeza, puso el libro sobre su pecho y se durmió 18 hojas más adelante, soñando con Antonio, la casa, los nuevos amigos y los picnics en el campo.

Al término del turno Ruly compró el diario, una bolsa grasienta de medialunas y regresó a su casa.

Preparó el café, se quitó la camisa, la remera y se dejó caer en la silla. Se metió una tras otra las medialunas en la boca con la mano izquierda. Con la otra se acariciaba el vientre, rozando con el dedo la curva redonda de su ombligo vacío.

Los ojos se le humedecieron al contemplar los frascos. Llevaría mucho tiempo volver a llenarlos.

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Nota:
Publiqué este cuento en 2006,
en el libro Peguelé hasta dejarlo morado.
Recibí hoy este link loco de Doc. Crowe, lector del blog.
Es el segundo cuento que tiene un correlato involuntario
en la realidad (aquí el primero).
Sé que es una boludez, pero me deja perplejo.

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28 respuestas a Algo tuyo

  1. Jackie dijo:

    Qué asco!!!!!!!!!

    Por otro lado… buenísimo José, menncantó.

    Salutes desde México City, extraño todo!

  2. Alfredo goso dijo:

    muy buen final !

    ” Los ojos se le humedecieron al contemplar los frascos. Llevaría mucho tiempo volver a llenarlos. “

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  5. José Playo dijo:

    @Jackie: ¡Tanto tiempo! Un placer volver a verte comentando. Que vaya un beso bien chido para aquellos pagos.

    @Alfredo goso: me gusta que Ruly quede en ese punto, al menos levanto el punto del final del cuento de terror, que motivó críticas diversas, todas muy buenas. Abrazo.

    @yaquel: se hace querer, el muchacho.

  6. bluekitty dijo:

    Sólo imaginar los frascos me dio mucho asco :s MUCHO.
    Después no me digas que esta historia es verídica!!!

  7. José Playo dijo:

    @bluekitty: la escribí sin pensar que alguien podía hacer semejante animalada. Hoy me pasaron el link a este señor.

  8. Patorucita dijo:

    Excelente Jose. No podrias haber descrito a la soledad de mejor manera. Saludos.

  9. BoyCordoba dijo:

    Esta vez me agarraste dormido y no anticipé el final. Qué gordo culiado jajaj.

  10. juanperse dijo:

    esto es viejito me parece o ya lo lei

  11. maría dijo:

    muy bueno! al final era un romántico el ruly!

  12. Despeinada dijo:

    Juas! Y yo que pensaba que al final se conformaría con el perro… Qué mala cabeza la mía que imagina esas cosas 😉

  13. Despeinada dijo:

    Con respecto a lo curioso de lo que la gente hace… si… también quedé sorprendida… La paciencia de los obsesivos es cosa de cuidado… Y mi padre que pensaba que lo peor que puede pasarte es ser desprolijo. jajaja Le voy a mandar tu relato para que se conforme.
    Besos Playo

  14. bluekitty dijo:

    No te puedo creeeeeeer!!!!!!! Pero debo compartir esa info ya mismo con los que conozco. Era reaaaaal la historia, aaaaaaaaah!

  15. sabalero dijo:

    “llegó a comprar un libro de bolsillo sobre los hábitos del perro salchicha en cautiverio para interiorizarse de la problemática” muy bueno, MUY BUENO.

  16. Martin Oroná dijo:

    Estupendo!

  17. José Playo dijo:

    @Patorucita: gracias.

    @BoyCordoba: eso te pasa por ausentarte tanto tiempo, ja. Abrazo, Boy, un placer leerte de nuevo.

  18. José Playo dijo:

    @juanperse: como dice la nota al final del cuento, el texto apareció publicado en 2006, en mi primer libro (el que tiene nombre alegórico a pegarle al primer libro). El escrito data de 2002.

    @maría: ¿te parece? Yo le tengo cariño, pero no sé por qué.

  19. José Playo dijo:

    @Despeinada: no es mala cabeza, es cabeza de narrador. No quiero hablar de lo que hacemos los obsesivos porque no me alcanza el largor del blog. Saludos y gracias.

    @bluekitty: ¿viste? Yo también me quedé de cara, no pensé que podía ser posible semejante locura.

  20. José Playo dijo:

    @sabalero: tengo un amigo que le puso a su primer perro “Nórile” en honor a esta historia. El bicho vivió dos meses y después quedó como una calcomanía en una calle. Siempre le digo que el pobre animal sabía que le había cagado la vida con ese bautizmo.

    @Martin Oroná: ¡gracias!

  21. tavo dijo:

    quien me mandó a ver el link…..

    muy buen cuento! me encanto la descripcion de los eventos rutinarios…

  22. Lale dijo:

    Ah la mierda!

    Lo que yo, mepa que nunca voy a aceptar nada hilado a mano por algún personaje turbio y pasado de peso en mi vida 😀

  23. La curiosa dijo:

    Jejeje genial..!Estaba con sueño pero la verdad me atrapó y no dejé de leer hasta el final…sé que era medio chancho Ruly pero pobre..jeje
    Como veras nueva en el blog..voy a seguir inspeccionando a ver que onda…pero este relato me gustó mucho…
    Saludos..!
    Lari…

  24. Gonzalo dijo:

    Genial!!!

  25. juan dijo:

    muy bueno el relato y el blog, un saludo desde cba (:

  26. elrober dijo:

    ¡¡¡¿¿¿COMOOOO???!!! Y EL RECORTE QUE TE DI EN LA PRESENTACIÓN DE TU ÚLTIMO LIBRO DEL LOCO QUE SE QUEMA EN EL AUTO DADO VUELTA ¿NO ES UNA CORRELACIÓN? ¡CHE CULIAU! JAJAJAJA EL CHE CULIAU FUÉ INEVITABLE EN EL CONTEXTO, DISCULPAS

  27. Clementa dijo:

    Final sorpresa! Es increible como al leer la oración final la mente me llevó automaticamente al título… MUY PERO MUY bueno Jose. Como dijo @Patorucita una excelente descripcion de la soledad..Felicitaciones!

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