On the rocks

Para buscar hielo había que subir, apoyando las manos en los muslos, hasta la casa. Estaban al final de una pendiente pronunciada, en dos sillas enfrentadas al lago, desde donde bebían contemplando el atardecer. Era una playita privada, en la superficie del agua se quebraba el reflejo de las montañas.

Felipe y el Coco, sin ganas de trepar como cabras a cada rato, se habían armado de una heladera portátil.

El cielo derramaba tonos dorados sobre la coronilla de las sierras. Frente a ellos se abría la bahía con casas repartidas a lo largo de la costa. La mayoría estaban construidas en terrenos que acababan en rampas para hacer descender las lanchas y los veleros. Felipe fue el primero que tuvo ganas de mear.

—Voy a vaciar acá —dijo desabrochándose el pantalón cerca de la orilla.

—No seas sucio, viejo, tengo vecinos que me conocen, puede pasar alguien navegando, ¿qué van a decir?

—Coco, tengo 60 años, ¿vos creés que me importa si un par de navegantes me ven las bolas a esta altura? —ironizó Felipe—. ¿Vos creés que a un tipo al que le meten el dedo en el culo para revisarle la próstata cada seis meses le importa si un marinero le ve la pija?

Su amigo gruñó y Felipe comprendió que no era buena idea arruinar el momento. Hacía mucho que planeaban pasar unos días en el lago, sin mujeres, sin chicos, recordando viejos tiempos. Miró hacia la casa, suspiró y se abrochó el pantalón.

—¿Necesitas algo de arriba? Voy a subir a dejar la meada en el baño, como la gente civilizada.

—Traé más hielo. Y unas cervezas.

Felipe se llevó la mano a la frente imitando un saludo militar, eructó y empezó a subir tambaleándose.

El Coco se quedó mirando las piedras de la orilla. De vez en cuando una carpa saltaba del agua y caía otra vez plagando el lomo pardo de la superficie con ondas. Metió la mano en la heladerita, sacó un par de hielos, llenó el vaso hasta la mitad y se lo puso de un saque.

Primero pensó que la vista lo engañaba, hasta que comprendió que era real. Intuyó que se trataría de un nuevo tipo de esquí, algún sistema de propulsión de esos que inventan los pendejos para huevear sobre el agua. Pero no, lo que venía corriendo desde parador del club de pesca a la izquierda, era un hombre.

Sin dispositivos de navegación, vestido con un traje de neoprenne y descalzo, un flaco corría sobre el agua.

Lo vio pasar de una punta a la otra, a unos diez metros de la orilla donde estaba. El pibe lo saludó con la mano y siguió corriendo hasta perderse detrás de unas rocas a la derecha.

El Coco se refregó los ojos y se acomodó en la silla. Miró el vaso que tenía en la mano primero y la estela que había quedado en el agua después. «Estoy más chupado que la pinchila de Julio Iglesias», pensó.

Felipe regresó con las cervezas, las acomodó en la nevera portátil y se sentó.

—¿Qué te pasa? —preguntó al ver la palidez de su amigo.

—Acabo de ver pasar a un tipo corriendo por arriba del agua —contestó, aturdido, el Coco.

—¿En qué venía? ¿Esquí?

—No. A pata.

—Te dije que el whisky era bueno —dijo Felipe.

—En serio te digo. El tipo salió de allá —el Coco señaló hacia el club de pesca, unos cien metros a la izquierda sobre la costa—, pasó por acá, me saludó, y se mandó por allá —señaló otra vez, ahora a la derecha, donde había unas rocas.

—¿No venía con túnica blanca y usaba barba y pelo largo? A lo mejor es Jesús persiguiendo un apóstol.

—No me hagás caso. Me parece que estoy lacio del pedo.

—El alcohol te pierde, Coco, ya te lo dijo tu primera mujer. Y creo que también te lo dijo tu segunda esposa, y ahora te lo debe estar diciendo la pendejita que te saca la plata; sos un viejo que chupa whisky desde la mañana, no es raro que veas gente corriendo en el aire, o elefantes rosados con flores en el culo…

—No me vengás con boludeces. Debe ser que estoy cansado. Hoy hizo mucho calor y estamos tomando desde temprano…

—Puede ser eso, o algún pato de los grandes hinchando las bolas —dijo su amigo ensayando una explicación—. Hay un bigüá que mide como…

—No, Felipe. No era un pato, te digo que lo vi bien: pasó de allá para allá, a unos diez metros de acá, no hay forma que me confunda un tipo con un bicho, estaré chupado pero no soy pelotudo.

—Bueno, parece que es hora de que pasemos a las cervezas, algo más liviano, para bajar. Y te juro que la próxima meada la tiro acá, tengo la vejiga como un menudo de pollo, próstata de mierda.

—Me parece que le tendrías que mandar flores a tu médico, te mete el dedo en el culo dos veces al año y después ni se hablan. Y vos me venís a hablar a mí de relaciones de pareja…

Los dos rieron. Destaparon sendas botellitas, brindaron y se acomodaron en las sillas.

El ruido de un chapoteo rítmico rompió el silencio del atardecer unos minutos más tarde. Ante la mirada incrédula de Felipe, el tipo pasó corriendo de vuelta. De derecha a izquierda esta vez. Estaba descalzo y apenas rozaba la superficie. Levantó la mano y volvió a saludar.

El Coco sonrió.

—Era un tipo corriendo sobre el agua —dijo Felipe.

—Te dije que no estoy tan borracho. ¡El flaco corre arriba del agua!

Los dos se miraron en silencio y se asomaron un poco hasta que el corredor se perdió de vista.

—Nadie nos va a creer esto —dijo Felipe.

—Ni yo me lo creo —dijo el Coco empinando una botellita.

A los cinco minutos escucharon el chapoteo otra vez. Se pusieron de pie, avanzaron hasta la orilla y esperaron. Cuando el tipo apareció desde la izquierda, empezaron a llamarlo. El corredor los observó pero no detuvo la marcha, hizo un par de círculos y se dirigió a la misma velocidad hacia donde estaban.

Continuó corriendo hasta que los pies dejaron de pisar el agua y entraron en contacto con la arena de la playa. Estaba un poco agitado cuando llegó hasta ellos.

—Buenas —jadeó.

El Coco y Felipe contestaron superponiendo los saludos.

—En qué puedo ayudarlos —preguntó el joven recuperando el aliento.

—Mirá —empezó el Coco—, yo hace mucho que vengo al lago, pero es la primera vez que veo… bueno… a alguien haciendo esto…

—¿Corrida Superficial? —preguntó el muchacho.

—¿Así se llama? —intervino Felipe.

—Sí, es una disciplina muy antigua. Yo vengo de una familia que practica esta actividad desde hace mucho tiempo.

—Pero, ¿cómo es que no te hundís? —indagó Felipe.

—El secreto está en no dejar de correr… y bueno, en que ninguno de los Corredores Superficiales sabemos nadar, claro.

—¿Cómo que no saben nadar? —preguntó el Coco.

—Es fundamental para esta disciplina, si no sabés nadar, el agua te da miedo, entonces no te queda otra que correr por arriba —explicó el muchacho.

El Coco lo invitó a sentarse con ellos. El chico lo pensó un rato, miró el cielo, dijo que todavía tenía un poco de luz para volver sin problemas y aceptó.

Era un tipo con un cuerpo envidiable, bajo la tela del traje se dibujaban músculos largos fortalecidos por el ejercicio. A pesar de haber pasado un buen rato en el agua, lo único que se había mojado eran las sienes, pero por la transpiración. El resto estaba seco.

—No me sorprende que no nos hayan visto nunca —continuó el muchacho—; por lo general entrenamos de noche, es difícil si la gente te para a cada rato para preguntarte cómo hacés.

Felipe le pasó una cerveza. El pibe dudó unos instantes y después se la bajó de un trago.

—Esto de entrenar es una cagada —explicó—, para poder competir tenés que estar en estado físico. Ya tengo los huevos llenos de ir a la cama temprano y comer como si fuera un pajarito.

Los viejos rieron. El Coco le pasó otra cerveza. El chico lo dudó, pero finalmente la abrió ante la insistencia del dueño de casa.

—Ahora, ¿cómo es eso de correr por arriba del agua? ¿Cómo hacés? —preguntó el Coco.

—Es medio complicado de explicar. Se trata de un deporte milenario, creo que lo inventaron los griegos —empezó a explicar el chico.

—Estos griegos, qué hijos de puta —acotó Felipe.

—La cosa es que para ser Corredor Superficial hay que entrenar mucho. Por ejemplo, esta es mi primera cerveza en cuatro años. A mí me enseñó mi viejo, y a él le enseñó su padre y así. Es como una tradición familiar, un entrenamiento que empieza desde que sos chico y que es muy riguroso.

—Pero vos decís que estás entrenando, ¿entrenando para qué? —preguntó el Coco.

—Para competir —dijo el chico—. Ahora se vienen las Olimpíadas No Convencionales y yo voy representando al país en la categoría Corrida Superficial de seiscientos metros.

—¡Estamos con un campeón! —acotó el Coco.

—Mirá vos —dijo Felipe—. ¿Y en qué canal lo pasan?

—No, mi amigo, estas cosas no se televisan. Son muy selectas, las competencias se hacen en ambientes muy cuidados, con tipos de afuera que organizan todo. Este año yo voy esponsorizado por una gaseosa de acá.

—Estos hijos de puta de la Coca están metidos en todo —dijo Felipe.

El chico no paraba de sobarse los pies y las pantorrillas. Comenzó a soplar una brisa fresca que erizó el lomo del lago.

—Se está poniendo fresco —comentó el muchacho.

El Coco sacó la botella de whisky y le sirvió un vaso bien cargado.

—No debería…

—Pero hijo, en mi casa todos toman cuando yo tomo. Y el whisky es bueno; te pone en calor como si te hubieras tragado una fogata. Vas a salir corriendo como si llevaras una antorcha en el upite.

Los tres rieron y el joven deportista echó un trago. Después otro. Después otro más y los tres brindaron.

—Por nuestro campeón —dijo el Coco.

—Para que le puedas romper el culo a los alemanes en las olimpíadas esas, seguro que son unos bagres.

La brisa se volvió más intensa y se convirtió en un viento molesto. En el lago nacieron pequeñas olas que se turnaban para desenrrollarse sobre la playita.

—Bueno, va siendo hora de volver —dijo el corredor.

Se saludaron con la camaradería propia de los borrachos. El chico se tambaleó un poco y Felipe lo agarró del brazo para que no perdiera el equilibrio.

—La verdad es que estaba bueno el whisky —reconoció.

—A su salud, maestro —dijo el Coco.

El muchacho pidió permiso para subir hasta la casa y tomar envión. Una vez arriba, estiró los músculos de las piernas, se sobó las pantorrillas y empezó a dar pequeños saltos. Felipe y el Coco volvieron a sus sillas y cargaron otra vez los vasos.

El corredor bajó desde la casa y pasó a gran velocidad junto a ellos. Saludó con la mano y dejó un remolino de arena cuando entró en el agua.

—Cómo corre este hijo de puta —señaló Felipe.

—Hay tipos que nacen para esto —dijo el Coco.

Unos metros lago adentro, el chico tropezó con una de las olas y perdió el equilibrio. Trastabilló varios pasos, cayó de costado y se hundió.

—Che, no sabe nadar —observó Felipe.

—Yo estoy muy chupado para meterme en el agua —dijo el Coco.

—El alcohol te pierde —dijo su amigo—. Y me acabo de mear encima —agregó.

—Estamos viejos, carajo.

—Y bueno, no correremos olimpíadas sobre el agua, pero tiemblan las botellas en las góndolas cuando nos ven venir con el carrito, ¿no?

—Brindo por eso.

—Sí señor. Salud, amigazo.
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Update: el lector Marcos Dione me manda este video linkeado en un comentario.
Me reí muchísimo, no se me ocurrió el detalle de las zapatillas “repelentes de agua”.

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25 respuestas a On the rocks

  1. José Playo dijo:

    Relato publicado originalmente en el libro de Peguelé. Lo tuneé un poco porque estaba medio áspero al párpado.

    Con el cariño de siempre,

    José.

  2. Pingback: Bitacoras.com

  3. elrober dijo:

    VEO LA TUNEADA, LE BAJASTE LOS AMOERTIGUADORES Y FLAMAS A LOS COSTADOS ¿LA NOVELA?

  4. José Playo dijo:

    En una pausa aletargada por trabajo y compromisos que no sé para qué asumí. Estoy jugando rigurosamente al quini y a otros cosos para ver si consigo que el azar me dé beca. Ya lo dijo el filósofo Álvarez: cómo será de feo trabajar que te tienen que pagar para que lo hagas.

    Abrazo y gracias por preguntar, Robert.

  5. Matías dijo:

    Está genial José. Un saludo desde Paraguay.

  6. elrober dijo:

    sé buen chico, yo se que es dificil, pero se que no es imposible, ya lo decía mi tata… “sé un buen niño… o te reviento”..

  7. ¡¡Eheee, este era uno de mis favoritos!! Qué bueno que lo hayas posteado de nuevo.
    Suerte con la novela, che… Y con el Quini también.
    ¡Abrazos!

  8. Lucas, desde Pest dijo:

    Valio la pena esperar, bienvenido al pago.

  9. Despeinada dijo:

    Cuando yo escribo, mis personajes generalmente tienen sentimientos intensos (hasta los eggs de miedo, tristeza infinita o alegría desorbitante)… y los tuyos viven campantemente presas de las sopresas que da la vida … Será cosa de sicoanálisis?

    Muy bueno!

    Gracias!

  10. vagina way dijo:

    También me encantaba este cuento, no me doy cuenta de los cambios puntuales, pero me siguen simpatizando mucho estos dos personajes ja ja

  11. Claudia dijo:

    Ya estoy prevenida pa’cuando tenga unos 60 y pico y vea unos locos corriendo sobre el agua…ya voy a estar tranquila que no es nada que haya consumido…ni alzheimer…Saludos Playo!

  12. mac dijo:

    Muy bueno!, me cagué de risa. Ja, y pensar que yo compré el libro hace como 2 años y se lo regalé a un gil que aún no lo leyó.

  13. Lucas, desde Pest dijo:

    Marcos, esta buenisimo! Hay que organizar el maraton “Isla de los Patos – Barrio de las Ponce” yaaaaaa!!!

  14. José Playo dijo:

    @Matías: gracias, che, cariños a los lectores paraguayos. Abrazo.

    @elrober: como le decía a mi tía: “bueno, te lo prometo”.

    @Federico Gauffin: siempre me ha parecido sospechoso esto de no conocer a NADIE que se lo haya ganado. En fin…

  15. José Playo dijo:

    @Lucas, desde Pest: gracias, extraño mucho cuando no estoy por acá.

    @Despeinada: no me cabe duda. Pero ya no creo en nada que tenga que ver con la psiquis, salvo la farmacopea. (también es una declaración para el diván, ya sé).

    @vagina way: hay muchos cambios, creo que para mejor. Pero, otra vez, uno nunca sabe…

  16. José Playo dijo:

    @Marcos Dione: ¡¡¡Me colgué con agradecerte!!! Es genial ese video, GENIAL. Lo compartí con mucha gente, muchas gracias, Marcos.

    @Claudia: ver el video de Marcos me produjo una sensación muy difícil de calificar. O sea, es gente corriendo sobre el agua, posta. Fuá.

  17. José Playo dijo:

    @mac: ¿se dio cuenta de lo penitenciaro del gesto? Gracias por animarte a comentar, mac. No sabía lo de la inversión, repito el chiste que me encanta en estos casos:

    -Compré tu libro.
    -Ah, fuiste vos.

    Abrazo.

  18. Gallo dijo:

    Fuera de joda, que video! Toma de ahi Cris Angel!

  19. Pingback: Borrachos Online

  20. Gallo dijo:

    Lo primero que pensé es que alguno de los machaos (perdón, soy del norte) iba a terminar cayendo por la cornisa. Es que ya me estaba acostumbrando a la tragedia con la pizca de sal de José.
    El video me recordó a Richard Bach en el libro “Ilusiones.” Si uno hace algo creyéndose por completo que puede hacerlo, lo logrará.

  21. Jesus dijo:

    Genial tu cuento viejo! Me encantó.
    Esos 2 personajes, un cago de risa.

    Saludos, y felicitaciones.

  22. davis dijo:

    Curioso: tu apellido, Playo, y este tipo que corre por el agua (¿está playito?)

  23. Pingback: Peinate que viene gente » Blog Archive » Algo tuyo

  24. Damian. dijo:

    Me hace acordar a lo que hace alguna gente corriendo en piletas llenas de agua y maicena. Si paran de correr se hunden, pero si siguen corriendo y “rebotando” en el agua, no.

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