Alguien tiene que hacerlo

El auto está detenido en medio de la noche. Bareb, al volante, mira el mundo difuso del otro lado del parabrisas. Los separan del exterior un par de arcos sucios que las escobillas dibujan sobre el vidrio, dejando un rastro grasoso de vísceras de insectos.

Brrrí, brrrá.

Con cada barrido el semáforo se funde con las luces de freno de los autos. En el asiento del acompañante va Buteler con su enfisema. Ahora que esta ceremonia vial e inútil los ha demorado en esa esquina, aprovecha para desempañar su ventanilla. Bareb se pregunta qué estará pensando el viejo Buteler que contempla las trenzas furiosas de agua corriendo paralelas a la vereda, antes de ser devoradas por las bocas de tormenta.

—Qué noche fulera —dice Buteler.

En el espejo retrovisor el rostro de Marino se vislumbra de a ratos, cuando los autos que van por la calle transversal lo descubren con sus luces.

—Noche para dormir con pierna —apunta Bareb.

Buteler resopla. Un tubito de plástico muy fino descansa debajo de los puentes de su nariz. Por ahí viaja una cuota extra de oxígeno que viene desde un termo que lleva sujeto a la cintura. Bareb se pregunta por la autonomía del aparato. ¿Alcanzará hasta que terminen? Y si no, ¿qué le pasa al organismo cuando la carga se acaba?

Decide que es mejor no pensar en eso. Todavía no lo sabe, pero Buteler sobrevivirá esa noche, aunque dos meses más tarde amanecerá fulminado sobre la cama. Lo descubrirá su nieta cuando abra la puerta de la habitación y deje caer la bandeja con el desayuno.

Faltan todavía sesenta días para eso. Ahora es una noche mucho más atrás, y tienen algo que hacer. El interior del auto huele a miedo, pero conviene no decirlo. Hay acuerdos tácitos que sirven de motor para impulsar fuerzas ocultas, y esa noche ellos necesitarán mucha fuerza.

El semáforo derrama luz verde sobre el parabrisas.

El auto por fin sale de la ciudad y empieza a circular por la autopista. La lluvia se ha convertido en un aire pesado de humedad. En el cielo giran nubarrones densos que cada tanto se rasgan y dejan ver la luna.

No hay muchos conductores en el camino y Buteler tiene que consultar el mapa varias veces para no perderse.

—Hace mucho que no vengo por este lado —se excusa.

Marino se limita a resoplar. Es joven y hace gala de su impaciencia. Lo exaspera el ritmo lento con el que Buteler desempeña las tareas más simples, como consultar un mapa. Bareb no dice nada, se limita a reducir la velocidad. De alguna manera confía en el criterio de su acompañante, e interpreta la parsimonia y los resoplidos suaves como cualidades positivas, sinónimos de una inteligencia y una astucia que sólo pueden dar la edad.

—Es por acá.

Las ruedas dejan de pisar asfalto y se encaminan por un sendero estrecho de tierra, bamboleándose sobre los charcos. La tormenta parece haber golpeado con más fuerza esa zona. Marino sonríe a cada puteada de Bareb, que va dando manotazos al volante para no quedar empantanados.

Buteler baja la ventanilla y asoma la cabeza al exterior. La brisa espesa le da tranquilidad.

—Qué humedad infame —dice Marino—. Es como tener la cabeza metida en el culo de un elefante, pongan el aire, por favor.

El viejo sonríe y explica que para las personas como él, sentir el viento en la cara es una bendición.

—Cuando la brisa te acaricia te olvidás de la mochila de oxígeno y de los cables —dice.

Marino contesta por lo bajo:

—Jódase por fumar.

Bareb está a punto de reprenderlo, pero Buteler pone una mano sobre la suya para disuadirlo. Es una mano grande, tibia y huesuda. El contacto le produce escalofríos, parece la mano de un…

—¿Estás ansioso, Marino? ¿Te molesta que un viejo como yo no demuestre miedo? —interrumpe Buteler.

—Los viejos como vos están al horno. Siempre me ha parecido una estupidez demostrarle respeto a una persona sólo por la edad. Los hijos de puta también se vuelven ancianos venerables —responde Marino.

Los tres guardan silencio otra vez. Se imagina a sí mismo sacando del auto a Marino por la solapa. Cada golpe que da mentalmente en el rostro del joven, lejos de apaciguar sus ánimos, le hace sentir más furia.

—¿Y ahora? —pregunta Buteler.

El camino muere entre un grupo de árboles frondosos cuyas ramas se bambolean con el viento. La madera de los eucaliptus cruje como una advertencia: sólo hay un espacio muy prieto para cruzar al otro lado de la arboleda.

—¿Pasa? —se pregunta en voz alta Bareb. Piensa que si el vehículo queda atrapado entre los dos troncos inmensos que ofician de pórtico, estarán en serios problemas: si eso ocurriera, las ruedas empezarían a patinar y las puertas quedarían trabadas.

Con el auto en punto muerto, Bareb desciende y, tras una breve inspección, determina que deberán correr el riesgo con el vehículo. Seguir a pie sería una locura, porque el sendero que hay detrás de los árboles parece empinado. Los tres saben que una caminata larga con ese clima podría ser fatal para el pasajero que va de acompañante.

—No creo que alguna vez haya pasado un auto por acá —reflexiona Marino—. Creo que se acabó la suerte.

Buteler estudia otra vez el mapa y menea la cabeza.

—La arboleda termina unos metros más adelante —explica Bareb—, después hay que avanzar hasta llegar a la pendiente, ahí empieza un valle de espinillos y arbustos. Creo que el auto puede correr bien por ahí sin pinchar gomas —reflexiona poco convencido.

A lo lejos, sobre la línea del horizonte, la cúpula de la iglesia se erige como un dial sobre la línea oscura de las sierras. Tan lejos y tan cerca.

—Ahí está —dice Buteler—. Allá atrás se ve la iglesia.

—¿Unos tres kilómetros? —calcula Bareb.

Marino ríe y su carcajada se pierde sin eco en la oscuridad. El cono de luces pinta de un blanco azulado la corteza de los árboles:

—No hay forma —dice—. El auto no puede pasar, y si pasa, a mitad de camino va a quedar en llanta.

Buteler inspira una bocanada profunda que suena rasposa y trémula. Después sugiere:

—Deberías retroceder un poco, para ganar velocidad. Si pensás pasar por ahí despacio, seguro que nos trabamos, hay que tomar envión y entrar con todo.

Bareb soba el volante unos instantes antes de dar marcha atrás y poner primera. Por el espejo retrovisor alcanza a ver la silueta de Marino, agachándose para quedar a cubierto entre los asientos.

Al soltar el embrague y pisar a fondo el acelerador, las ruedas giran en falso sobre la arena por un momento y el vehículo mueve la cola hacia un lado antes de salir disparado hacia adelante, a toda carrera.

—Mierda —dice Buteler.

Su voz apenas se escucha debajo del ruido tronador del motor que gana velocidad. El impacto deja tuerto el frente del auto, y tras el golpe que revienta los cristales de las puertas, pasan al otro lado abriéndose camino entre árboles más pequeños, arremetiendo contra las ramas bajas, dejando plásticos y chapas hasta salir de la arboleda.

Se detienen unos minutos a recuperar el aliento. Los daños son considerables, pero deciden no perder más tiempo y siguen adelante.

—Están locos —dice Marino—, están locos, hijos de puta.

Buteler empieza a reír, animado por la mínima victoria. Pronto Bareb se le une y las carcajadas los acompañan mientras van dando saltos sobre los espinillos y los arbustos. Un acceso de tos apretada termina con el clima festivo a los pocos segundos.

—¿Está bien? —pregunta Bareb.

—Estoy bien —contesta el viejo—. Esto es lo mejor que me ha pasado en los últimos diez años.

La iglesia está abandonada. El atrio es un yuyal del que emerge un monolito derruido sobre el que descansa una placa. Cuando la única luz del auto encalla frente a la fachada, observan por un instante el edificio pequeño y ruinoso que todavía conserva intactas las puertas de madera y los ventanales.

—Es hora —dice Buteler, y los tres descienden del vehículo.

Mientras avanzan entre los pastos altos apuntan en todas direcciones con las linternas. Desde la loma donde está enclavada la iglesia la vista domina varios kilómetros a la redonda, pero no hay caminos que conduzcan hasta allí, además del que acaban de improvisar aplastando el follaje con las ruedas del auto.

Marino amaga retroceder, pero Bareb toma su brazo con firmeza y lo conduce hasta la entrada.

—No, yo… —alcanza a decir, pero ya Buteler está empujando la puerta. Para sorpresa de todos, se abre con facilidad.

El interior está habitado por un hedor que los descompone, y siguen adelante abriéndose camino entre los restos de los bancos volcados cubiertos de telarañas.

Por los ventanales de un lateral les llega tímido el reflejo de un refucilo en la distancia. Pronto tendrán tormenta otra vez, es mejor apurarse.

Cuando llegan al altar, las lágrimas corren silenciosas por las mejillas de Marino. Buteler resopla mientras improvisa una mesa con dos tablas.

Bareb busca con la mano libre dentro de su mochila.

—¿Ahora? —pregunta Buteler. El silencio que recibe es una respuesta clara.

Pronuncian a coro las palabras. Cuando la mano baja con furia para enterrar la daga, el grito empequeñece los truenos en el horizonte.

Después se hace otra vez silencio. Los dos regresan al auto limpiándose con un pañuelo las manos ensangrentadas.

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21 respuestas a Alguien tiene que hacerlo

  1. MB dijo:

    Muy Bueno Playo, definitivamente no deja de sorprenderme su habilidad para crear el ambiente necesario en cada uno de sus cuentos.
    Muchas gracias!

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  3. Diego S. dijo:

    Molesto con una pequeña corrección ortográfica? – parSimonia.
    Una palabra que me encanta porque siento que me identifica jeje

  4. José Playo dijo:

    @MB: gracias a vos, che. Tardé un poco en terminar este cuento precisamente por eso, la acción se desarrollaba de día, primero, y no pegaba ni con cola. Hubo otros cambios de ambientación que ayudaron bastante a resolverlo. Abrazo.

  5. José Playo dijo:

    @Diego S.: eso no es una molestia, es un manón. Gracias, corregido. ABrazo.

  6. Frankote dijo:

    Atrapante…. Muy bueno José!!!

  7. Romi dijo:

    Qué bueno che!!! lo que me gusta de muchos de tus cuentos es que me dejás con ganas, terminan tan abrupta y redondamente que no queda otra que quedarse pensando. Dan ganas de, al menos con la imaginación, sacarse las intrigas que quedan, inventar un poco más de historia para aliviar la tensión con la que uno se queda. Muy bueno.

  8. quito dijo:

    no sé cómo habría quedado siendo de día, pero sin
    «Por los ventanales de un lateral les llega tímido el reflejo de un refucilo en la distancia. Pronto tendrán tormenta otra vez…»; el cuento no sería lo mismo…

    buenísimos estos detalles josé, te meten de plano en el escenario y la situación…

    genial como siempre…

    abrazo!

  9. elrober dijo:

    …»Marino amaga retroceder, pero Bareb toma su brazon con firmeza»… a brazon o le sobra la ene o le falta el acento. Siempre me intrigó esto de los turcos de dar la vida por una idea o por un ritual, en ambos casos termina siendo por la esperanza. La esperanza de encontrar ese cielo prometido con siete vírgenes, o la esperanza de hacer cambiar de parecer a su enemigo…la esperanza sigue siendo el sentimiento más movilizador

  10. fedem dijo:

    eutanasia ke onda? re siniestro el final— igual me gustó..

  11. «trenzas furiosas de agua», «puentes de su nariz», «nubarrones densos que cada tanto se rasgan», «brisa espesa», «…se erige como un dial sobre la línea oscura de las sierras», «la única luz del auto encalla frente a la fachada», «el grito empequeñece los truenos en el horizonte»… Por esto me gusta leer tus textos, José: me puedo imaginar claramente lo que contás. Este está redondito, te felicito, che.
    Lo leí dos veces y, con lo de «acuerdos tácitos» me terminó de cerrar la historia. Pobre Marino, qué cagada.

  12. Claudia dijo:

    Qué manera perfecta y magistral de crear clima!!…me encantó…no falta ni sobra una palabra!…Un abrazo

  13. Lucas, desde Pest dijo:

    Bra-visimo Playo. En los dos sentidos.
    El clima, magistral, concuerdo con Claudia. Opresivo, denso, ineludible. Casi como las declaraciones impositivas, vea.
    Me quedo pensando en por que habria aceptado Marino ir tan mansito a ese matadero. Me parece que no tenia ganas de matarlo a Bareb, que se arrepintio del sacrificio del turco. Talvez cayo en la cuenta de que no sabia manejar? O se daba cuenta de que ya no se iba a poder cobrar alguna afrenta adolescente? Talvez le dio lastima la nieta de Buteler (hija de Bareb?) que se quedaria sin padre ni abuelo.
    Historia para un cortometraje Playo, super visual. Para que la gente se quede de cara con el final.
    Abrazo.

  14. Víctor dijo:

    Muy buen cuento José pero cambio de tema: ¿los podcast de peinate van a volver?

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  16. José Playo dijo:

    @Frankote: asumo que sos franco, así que muchas gracias.

    @Romi: qué bueno saber que esos personajes siguen haciendo cosas en la cabeza de alguien, es como pasarle el problema a algún otro, en el mejor de los sentidos. Gracias, Romi.

    @quito: tengo vocación de guionista frustrado. Algún día me animaré a terminar de escribir mi película y entonces… Bueno, eso, habré superado un miedo más. Pensar en imágenes también me gusta un montón. Abrazo.

  17. José Playo dijo:

    @elrober: cuando terminé de leerlo/escribirlo entendí que lo que más me gusta de esta historia es no saber quiénes son los buenos y quiénes los malos. Que no quede eso en claro me parece algo muy bueno para jugar. También, creo que para abonar ese clima, hay una omisión buscada de referencias temporales concretas, no es hoy, no es hace treinta años, no es el mes que viene. Bah, boludeces que me quedé con ganas de agregar. Abrazo y gracias por la sugerencia, está corregido.

    @fedem: graciela. Otra que no se me había ocurrido pensar. Bien ahí.

    @Federico Gauffin: qué lindo que alguien se fije en esas cosas, me gusta mucho poner esos adornos en los párrafos. Antes pensaba que lo interesante era empujar la historia con una buena trama, después laburando con un encadenado original; ahora, cada vez me convenzo más de que el trabajo por párrafos es valioso, y en él, lo que cada oración dice o calla. Estoy medio fundamentalista y medio boludo, yo me entiendo. Gracias y abrazo.

  18. José Playo dijo:

    @Claudia: no hace mucho leí que uno de los errores más comunes es apostar por el clima (climatológicamente hablando) en un relato, porque son datos que no hay que explicitar, es como si la narración perdiera aceite. No estoy de acuerdo con que eso ocurra en todos los casos, a veces la temperatura, la hora y la humedad, son buenos acólitos. Qué bueno que te haya gustado, muchas gracias, Claudia. Abrazo.

  19. José Playo dijo:

    @Lucas, desde Pest: esta misma reflexión sobre el clima le comentaba a Claudia más arriba. Acá, creo, funciona como una analogía, porque en el momento en el que parece que ya pasó la tormenta, se aflojan las tensiones, y el quilombo recrudece a la par del segundo empeñón que pega la tormenta. Me gustó la idea de que una solución también fuera parte de la génesis de un problema. Otra vez, yo me entiendo. Abrazo y gracias, siempre un placer leer sus devoluciones.

    @Víctor: vos no sabés cómo quiero yo que vuelvan. Si me puedo sacar un poco de fobias, quilombos y sobreexigencias, calculo que en breve volverán. No sabía que todavía quedaban interesados, agradezco mucho que lo tengas presente. Abrazo.

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