Apuntes de una selva

El primer error que cometieron fue meterse en la selva sin un guía. Caprichos de su mujer, romántica incurable ella, empecinada en pasar el aniversario en contacto con la naturaleza. Roberto es un tipo serio, a él las aventuras le parecen una proyección infantil de un deseo reprimido, una boludez sin pies ni cabeza.

El segundo error (suyo, sólo suyo) fue intentar limpiarse el culo con una extraña planta de la familia del helecho. Sus hojas enormes y brillantes escondían una savia corrosiva que se desprendió cuando las plegó para usarlas, abrasándole la entrepierna. Instintivamente, corrió en busca de un río o una vertiente con la cual pudiera quitarse esa molestia y así se separó de Gabriela.

Lleva dos noches sin pegar un ojo, la picazón es intolerable, y se encuentra en una geografía indómita llamándola de a ratos, puteándola por momentos. Se ha prometido que si sale de ésta, pedirá el divorcio. Tumbado de costado junto a un fuego que le tomó más de cuatro horas encender, maldice las costumbres urbanas, la manía burguesa de preservar los cachetes del culo pulcros y despejados.

En esta selva no se admiten esos lujos y su práctica trae, cuando menos, mala suerte. Maldice también, ya que está, a Gabriela, su mujer aventurera.

—¿Quién me manda a seguirle la corriente a esta loca?

Pero. Momento. Escucha ruidos. Levanta la cabeza y ve destellos a través del follaje. ¿Son ojos?

Sí. Son ojos. Varias docenas. Lo auscultan. ¿En qué se ha metido? ¿Qué miran esos seres? ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? Allá ellos. El cansancio lo vence. Duerme poco, arrebujado en un sueño inquietante.

Lo despierta el canto de un tucán de lomo negro y mirada sabia. Está varios metros por encima de su cabeza. Imagina la sorpresa del ave. Desde la altura, el dueño de las ramas descubre al intruso que ha pasado la noche al pie del árbol.

—Hola, amigo —dice Roberto, y levanta la mano en un ademán de paz y comunión natural con los habitantes de la selva.

Desde donde está, la diarrea cae como un regaderazo. Si hay algo que los pájaros han aprendido en estas latitudes es a cagar en son de protesta. Parte de la evacuación cubre por completo la calva de Roberto. Otros salpicones ensucian su camisa, sus pantalones, la mochila donde lleva el instrumental. Hiede. Es una deposición pestilente que se derrama sobre su rostro ofuscado.

—¡Pájaro y la reconcha de tu hermana! —grita blandiendo un puño en el aire.

Todavía agitando, advierte el movimiento de las plantas a su alrededor. El tucán grazna y se marcha con aire desafiante y las hojas vuelven a quedarse quietas.

No está solo.

Se incorpora y apoya la espalda contra el árbol. Los dueños de los ojos que destellaban anoche todavía están acá, siguen mirándolo.

Mandigdá —dice Roberto.

Aprendió algunas palabras en el dialecto local. Se las enseñó un tipo que vendía rebenques en el puerto. «Mandigdá», si mal no recuerda, es «Hola amigos del bosque». Al menos eso cree.

A juzgar por la respuesta (las cerbatanas acá reemplazan a las escopetas), ha pronunciado el saludo de manera incorrecta. Uno de los dardos entierra el aguijón en su mejilla. Puede ver las plumas de colores sobresaliendo de su cara. Duele. Puta si duele. Levanta los brazos para protegerse y le llueven un millar de agujas más. Es indescriptible la sensación de ser acribillado de esta manera. Tiene dardos hasta en las botas.

Es un veneno fuerte y huele a almizcle. Empieza a desvanecerse y con los ojos entrecerrados advierte una carita pequeña y negrita, de pelo rizado y dientes filosos, que se asoma sobre su cabeza.

Mandigdá —repite Roberto para reivindicar el pacifismo.

Por toda respuesta lo patean.

Despierta en una aldea, maniatado. Lo primero que ve es un fogón alrededor del cual un grupo nutrido de pequeños seres carnea un jabalí. Son pigmeos.

¿Son pigmeos? Nunca ha visto uno. Quiere creer que son pigmeos, por lo que ha leído en las enciclopedias.

Ha viajado hasta este país para cumplir el capricho de su compañera, pero, en el fondo, su verdadero interés era estudiar las propiedades curativas de una planta que detiene la caída del cabello. La vanidad del pelado, la combativa resistencia contra la calvicie que ha sentenciado la naturaleza. Una causa noble: el anhelo de una frondosa cabellera.

No se lo ha dicho a Gabriela. ¿Para qué? De cualquier manera, no se merece esto que le pasa. ¿O sí se lo merece? ¿Quién lo manda a dejar su país, sus libros, sus amistades y su seguridad para trocarlos por un paisaje inestable donde no hay ni siquiera una antena?

Uno de los enanitos se separa del grupo y avanza hacia donde está. Se ha percatado de que ya no duerme. Camina agazapado, con sus genitales pequeños al descubierto. Al llegar hasta él, profiere un grito llamando a los demás. Pronto lo rodean. Ríen a carcajadas, palmeándose unos a otros. Dos de ellos caen al suelo y giran sobre sí, con las manos cruzadas sobre el vientre, desternillándose.

La calva es motivo de mofa, al igual que la hinchazón de su rostro aguijoneado. El cuerpo le pica, pero tiene las manos atadas y no puede rascarse.

Seres viles, diminutos. No le llegan a los talones. Pequeños y malignos, despreciables. Esta tribu se destaca, efectivamente, por su bajeza.

Ahora los putea. La diplomacia es un recuerdo remoto que yace debajo de un manto de odio y resentimiento.

—¡Enanos de mierda! —grita.

De pronto las burlas cesan. Las cabecitas se vuelven para ver la entrada de una de las chozas. La tela se abre y de adentro emerge una figura femenina.

Es Gabriela.

A juzgar por la vestimenta, se ha convertido en una deidad local, en un espíritu viviente. Aquí, en esta selva remota, las mujeres rubias son oráculos o chamanes.

Los indiecitos abren paso para hacerle lugar y Gabriela avanza con paso firme, con aire solemne, con el rostro baldío de muecas. ¿Qué son esos aros? Parecen huesos, ya no lleva los que le regaló la semana pasada para su cumpleaños.

Con lo que costaron esas alhajas de mierda.

Roberto en ese momento se tranquiliza. Ahí está su mujer, que de alguna manera se las ha ingeniado para mezclarse con los seres pequeños. Un rostro familiar, el primero que ve en días. Roberto piensa y lo invade la necesidad alocada de cantar una copla, algo que le traiga el sosiego del recuerdo de su tierra. Piensa en Atahualpa Yupanqui, en caballos, en vacas. Tal vez si pudiera aflojar las ataduras y tomar la piedra que hay allá. Con un arma podría romperle la cabeza a los enanos y rescatar a su mujer.

Cuando Gabriela ya está cerca, le comunica el plan:

—Gaby, quedáte tranquila, ahora me desato y agarro la piedra, vamos a salir de acá, ya vas a ver, no tengas miedo, yo… —alcanza a decir antes de que ella lo escupa en la cara.

—Sos más pelotudo que las palomas —le dice su mujer.

Con los ojos confundidos, Roberto la interpela:

—¿Por qué me echaste semejante gallo, Gabriela?

—Estaba asfixiada con vos, Roberto —explica ella.

—¿Asfixiada? ¿Qué pasa? ¿Qué es todo esto?

—Me hartaste, Roberto. No tolero más tus ronquidos, tus berrinches, tus caras de culo, tus, tus, tus…

—Gaby, mi amor —dice él, intentando contenerla.

—Las pelotas, Roberto. Las pelotas —repite ella—. Hace rato que nuestro amor se terminó, hace rato que el fuego de
la pasión se extinguió entre los dos.

Mientras tanto, los pequeños se han acomodado junto al fuego y los miran. Roberto piensa que para ellos, esta escena
es como una película. Eso pasa en los lugares donde el cable no llega. La gente se aburre, y el aburrimiento es una condena.

—Gaby, no sé qué estás pensando en este momento, pero ya es hora de terminar con esta payasada…

—¿Ves? ¿Ves? Para vos esto es una payasada, y para mí es la mejor oportunidad que tuve en la vida. Voy a quedarme
acá con mis nuevos amigos —le comunica ella.

—¿Nuevos amigos? —pregunta Roberto con una sonrisa burlona en los labios—. ¡Esto parece una guardería!

La respuesta es una pedrada sobre el arco superciliar. La ha lanzado un enanito gordo que, además de tetas, tiene una
excelente puntería.

—Una cosa más, Roberto —dice ella.

Él no quiere escucharla. Ahora todo su pecho es un motor embravecido que regula en la línea de partida de una
carrera contra la muerte. Total, ¿qué puede perder más que la dignidad que ya no le queda?

—No podemos dejarte ir, Roberto —explica su mujer, arrodillándose a su lado—. Volverías a la civilización y traerías
un grupo de rescate, romperías el equilibrio que tenemos acá. No puedo permitirlo.

—Sos la mina más boluda que he conocido en mi vida, Gabriela —dice Roberto.

Es lo último que dice.

Así de rápido se resuelven las cosas en la selva.


(Cuento publicado
en La belleza del escándalo
y republicado acá
por el aniversario
del Negro Fontanarrosa)

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44 respuestas a Apuntes de una selva

  1. José Playo dijo:

    Felices los días de los amigos que tienen el power point donde se muestra claramente que el hombre en la puta vida llegó a la Luna.

    Cariños,

    José.

  2. walterio dijo:

    Cómo no olvidar ese encuentro surrealista del nombre de Atahualpa con la palabra «pigmeos».

  3. walterio dijo:

    Ah! y lo de las conspiraciones lunares, ya salió un libro dedicado a refutar cada una de las refutaciones sobre el lunático alunizaje.

  4. Nicasius dijo:

    Una discusión sobre el alunizaje es como una discusión sobre dios: infinitas las dos.

  5. ely dijo:

    FELIZ DÌA PARA TODOS!!!. Bueno cambiando de tema, este relato me hace acordar, por partes, a las anècdotas de mis padres cuando eran jòvenes.Mi madre lo llevaba a mi padre a visitar a su tìa que vive en Villa Dolores(en medio del campo)y seguramente el viejo(asì le digo a mi papà) sentìa lo mismo que Roberto,pero se podrìa decir que peor, por que es muy miedoso,no dormìa, no comìa,por que cuando no lo asustaba mamà,aparecìan vìvoras o algùn otro animal que lo aterraba, era una tragedia para èl ir a lo de la tìa,pero, se lo merecia.bueh, sin nada mas que decir, me despido con muchos besos y abrazoss!!!

  6. Lucas, desde la Republica dijo:

    Ahhhhh, que buen relato! Me he vuelto a cagar de risa con la misma intensidad enferma que cuando lo lei en papel.
    Nuevamente, abrazos desde mi metro 68…
    Y feliz dia che.

    L

    Nota: segun associated press el hombre nunca llego a la luna, simplemente a los ‘astronautas’ se les quedo el Citroen tuneado en plena Pampa de Achala y pelaron la camara para entretenerse mientras esperaban la grua.
    Las palabras de Buzz Aldrin en realidad se traducen «te dije, cara e pito mirando el calzoncio, que vinieramos en mi Rambler y no en tu paraguas con chirimbolos, que encima taba flojo de aros».
    Por eso llegaron tarde a la gomeria donde iban a hacer de muniecos de Michelin, se quedaron sin laburo y entonces decidieron mandar el videito a la Nasa, donde estaban preocupadisimos porque los rusos mandaron una perra al espacio y volvio un churrasco. Los de la Nasa los conchabaron a cambio de que se quedaran canuto. El Citroen no aparecio mas.

  7. walterio dijo:

    @Lucas, desde la Republica: Todo acaba de pasar por mi mente como en una delirante película.

  8. walterio dijo:

    Además Gustavo Tobi fue testigo y hay que creerle.

  9. Mónica dijo:

    Yo también pertenezco al grupo de los incrédulos, por lo que me cabría la expresión: ¡Mujer de poca fé!
    En reallidad, el motivo por el que hoy paso por aquí es saludar a José (si se mepermite la confianza) porque en el último tiempo se ha convertido, junto con su blog, en un amigo que me hace reir, me emociona, me instruye, me acompaña…
    Saludos desde el sur

  10. sabalero dijo:

    Me sentí levemente identificado con el principio del cuento, cuando era pibe vivia en el campo y a veces me agarraban ganas de cagar en medio del campo y habia que ahcer lo que habia que hacer, y después limpiarse con yuyos. Como uno era conocedor nunca me pico, de todos modos no era algo «agradable».
    Buen cuento, Feliz día para todos.

  11. nucklon dijo:

    largo, lo tuve que leer en dos partes…..
    pero frape, frape loco…..

  12. Maria dijo:

    Voy a tener que comprarme tu libro porque no me alcanza con lo que leo acá!!! genial!!!

  13. jorge dijo:

    ni Ricardo Arjona, hubiera concebido un gancho marketinero mas efectivo para captar al público femenino,

    como siempre muy bien narrado, me hizo cagar de risa,
    feliz dia de la NASA.

  14. El_Agustín dijo:

    Muy bueno… Roberto me hace acordar a alguien.
    Un abrazo a todos.

  15. vagina way dijo:

    ja ja Impecable este cuento José, hay frases y párrafos que son geniales, cuando lo cagan los pájaros… jajja qué narrativa, papá!! La narrativa Playo.
    La verdad es que a muchas mujeres les gustaría tener la oportunidad de Gabriela.
    Es verdad, este relato, una reivindicación a la mujer.

  16. Rox dijo:

    Cuando lo empecé a leer se me hacía conocido, claro, hace tanto que leí La Belleza del Escándalo que ya me había olvidado…

    Un detalle que le cambiaría es: «con sus genitales pequeños al descubierto.».. ¿Porqué tienen que ser pequeños? Debería ser algo como «Camina agazapado, con sus genitales desproporcionadamente grandes al descubierto.»… Así Grabriela se la pasa mejor.. 😉

  17. José Playo dijo:

    @ely: ¡qué tortura, pobre hombre!

    @walterio: lo dije con ironía, no me caben mucho estos festejos plásticos; anoche unos vecinos se la pasaron de festejo con guitarras, canciones de fogón y batería. Nosotros, chochos.
    No sé si habrán llegado o no a la Luna. Calculo que sí, no tiene mucho sentido mantener esa mentira tanto tiempo, y los rusos o los chinos ya les habrían sacado la ficha de no ser verdad, aunque viste cómo es con la gente que anda en la luna…

    @Mónica: ¡Eh! ¡Muchas gracias!

    @Maria: gracias, qué bueno.

    @Rox: la última frase de tu comentario es demoledora para los que tienen el pito corto, ja.

    ¡Gracias a todos por los saludos y de igual manera!

  18. Karmakiller dijo:

    Jaja, me zarpó la atención el fragmento que los destaca por su bajeza.

    Es muy tranquilizador pensar en el invariable designio de la muerte, que nos lleva atados al cuello.

    Cuando ella quiera, tira del cordel. Y nosotros aullaremos.

    O cuando quiera la patrona , y nos lleve a un viaje así.

    Un abrazo amigo, excelente como siempre…

  19. ¡Me cague de risa! (Comentario fontanarrosesco si los hay)…

    Saludos!

  20. BoyCordoba dijo:

    Un abrazo amigo José! El relato, como siempre, supremo. Que tipa boluda esa Gabriela. No sabe que ya pronto se la van a morfar con la próxima luna llena.

  21. Caminos dijo:

    «Con los ojos confundidos, Roberto la interpela:

    — ¿Por qué me echaste semejante gallo, Gabriela?»

    Todo el cuento, íntegro, me pareció muy bueno. Pero esa interpelación de Roberto me saco una carcajada desubicada.

    Saludos.

  22. Baltazar dijo:

    José:
    El Negro Fontanarrosa no se fue. Se mudó a Córdoba.

  23. jorge dijo:

    por diossss, que comentario pelotudo hice, (pelado, no sabes como te entiendo)
    el hecho de haber nombrado a ese cantante centroamericano me produce nauseas, pido disculpas, voy a autoflagelarme escuchando alguna de sus canciones por ser tan nabo,
    Creo que lo que me lo trajo a colación fué la «heroina» del cuento,
    me pareció el tipo de mujer que gusta de tal cantautor, que no voy a cometer el error de nombrar otra vez, no quiero terminar como el pelado al que ahora entiendo casi como si fuera yo mismo.

  24. walterio dijo:

    @José Playo: Me extraña, yo también lo dije con ironía!

  25. José Playo dijo:

    @walterio: ¡No! ¡Perdimos la sincro!

  26. José Playo dijo:

    @Karmakiller: pegó lo de la bajeza, ja.

    @Modorra Digital: qué bueno, che. Gracias.

    @BoyCordoba: al final siempre me confundo entre pigmeos, caníbales y los reducidores de cabeza. ¿Los pigmeos también te ponen en la olla? Abrazo, Boy.

    @Caminos: dudé mucho con esa línea, no sabía si ponerla. Menos mal que te gustó. Abrazo.

  27. José Playo dijo:

    @Baltazar: Te cuento una anécdota que es muy loca.

    Una noche, con un tubo de tinto encima, terminé El mayor de mis defectos. Estaba chocho, saciado y medio en pedo. A la mañana siguiente, un poco por culpa, decidí retomar el gimnasio. Hacía rato que sentía que tenía menos estado que Palestina. No sé para qué mierda uno va al gimnasio a lavar las culpas, es un arranque de sanidad que nos agarra una vez al año, cuando menos.

    La cosa es que hacía un frío de la gran puta y, por más que busqué, no encontré abrigo deportivo en mi casa, así que terminé tirándome un par de trapos encima, agarré cinco o seis mandarinas para que no se me bajara el azúcar, y salí. Iba con los bolsillos del jogging hinchados por las frutas, que por el peso, empezaron a jalarme la prenda hacia abajo, descubriéndome el nacimiento de la raya del culo. Es muy importante que tomes en cuenta la descripción de cómo estaba vestido yo, que entiendas que era un día de esos totalmente intrascendentes en los que te importa tres carajos tu propia dignidad humana.

    Iba fumando, metiéndome el cigarro entre los huecos de la bufanda. Tenía la cabeza protegida con una gorra tejida hecha mierda que me gustaba, y para no morir congelado, me ponía las manos en los sobacos, debajo de los dos buzos y el cardigan que llevaba.

    Iba mal dormido, concentrado en la génesis de los cuentos, pensando en lo hermosa que es la inspiración cuando una idea se cierra sola en la cabeza. Esto me había surgido por algo puntual del libro de Fontanarrosa, ya no recuerdo bien qué, tal vez la deconstrucción de algún pasaje, esas cosas que te motivan para intentar verle los hilos y la costura a la redacción, eso que uno hace para aprender, ¿viste?

    La cuestión es que a veces pasaba por una vidriera y me miraba en el reflejo de los cristales, con los pantalones deformados por las mandarinas, con una pinta de roto que volteaba. El gimnasio es de un amigo fisicoculturista que siempre que me ve aparecer se empieza a cagar de risa. Por alguna razón, le causa gracia que yo no tenga ropa para actividades físicas. Entonces iba subiendo por la calle Corro, rogando no cruzarme con nadie conocido para no tener que explicar mi vestimenta, cuando a media cuadra de boulevard San Juan, parado en la vereda, lo veo al Negro Fontanarrosa. A él, ¿eh? No era un doble, ni una alucinación ni alguna boludez de esas; era el Negro, de dorapa, haciendo tiempo frente a una clínica de ojos.

    Imaginate la cara mía, con los pantalones llenos de mandarina, la bufanda corrida para dejar pasar el faso, los ojos encendidos por la resaca y el asombro. La impresión que tenía me dejó mudo.

    Imaginate cómo te impacta que algo así suceda. ¿Cuántas posibilidades hay de que algo así ocurra?

    Totalmente embobado, faltando un par de metros para alcanzarlo, tiré el faso y me le fui arriba. Quería saludarlo, palmearlo, decirle que había leído su libro la noche anterior, pero el Negro, que no era ningún boludo, se debe haber imaginado que yo era, por lo menos, un lunático (cuando no un caco) y retrocedió a gran velocidad hasta el interior de la clínica.

    No lo culpo, yo hubiera hecho lo mismo (tal vez a los gritos, por el susto). Yo tengo en mi haber, entre otras cosas, haberlo asustado en la calle a Fontanarrosa.

    Fue, sin lugar a dudas, la casualidad más extraña que haya vivido. En líneas generales, digo. Recuerdo esa experiencia como algo muy fuerte. Estuve varios días muy impactado.

    Bueno. Era eso nomás, contar la anécdota.

    Abrazo.

  28. José Playo dijo:

    @jorge: no te amargues. A todos alguna vez en la vida se nos escapa algo que no queremos que se note, ja. Abrazo.

  29. Baltazar dijo:

    José:
    Gracias por la anecdota del Negro Fontanarrosa. Y despues de eso…¿acaso queda una duda de que se mudó a Córdoba?
    Excelente.
    Saludos santiagueños van.

  30. Cuando comencé a leer me resultaba conocido, y sí, lo había leeído en tu libro.
    Muy muy bueno.
    Saludos.

  31. De tu primer libro me fascinó la historia del pupo (ombligo) y las peluzas. Espectacular.

  32. lucila dijo:

    gracias por este relato, no pude dejar de reir imaginandome mentalmente la escena…. buenisimooooo!
    saludos.

  33. Muy interesante y apropiado el cuento. Coincido con esa línea del «gallo o garzo»porque le dá todo el tono de dislate al cuento. Funciona como un diapasón…
    José, a ver si te inspirás en esa línea y hacés uno sobre la intromisión de la comida «macrobiótica, vegetariana o lo que las pelotas sea» en una familia constitiuida y que se convierte en un monstruo tipo cienciaq ficción que los desarticula y se fagocita a todos.
    Dale, mirá que sino, agarro el bochín y me largo yo, eh!.
    Gracias

  34. Despeinada dijo:

    Recién desempacada de la playa…7 gloriosos días de no hacer nada lucrativo … así que aún no comprendo si el tuyo es un texto de fontanarrosa muy conocido o tuyo inédito en la web…. de aquí al lunes fijo lo averiguo …aún no corre prisa XD

  35. José Playo dijo:

    @muchasmiradas: algún día voy a juntar fuerzas para reeditar ese libro como corresponde. Será una versión «Director’s cut», hay muchas cosas que me gustaría cambiar y ajustar. Primero tengo que convencer a la editorial de que vale la pena hacer todo el despelote de modificar los originales. Mientras, coincido con vos, el de la pelusa es uno de mis favoritos, junto a este. Pondría algunos ya corregidos acá en el blog, pero son un poco largos. Abrazo y gracias.

    @Baltazar: abrazo, B.

    @lucila: qué bueno, che. ¡Me alegro mucho!

    @Fernando Terreno: algo así tiene Bioy en un relato que, creo, se llama El poder de la farmacopea. Igual, la idea suya es muy buena. Yo le pongo una ficha para que lo redacte. ¡A los gustos hay que dárselos en vida! Abrazo.

    @Despeinada: es un homenaje. Y que conste que envidio su vacación, por más corta que sea, ja.

  36. José Playo dijo:

    Acá está el cuento de Bioy, Fernando. El título correcto es Margarita o el poder de la farmacopea.

    Saludos.

  37. Despeinada dijo:

    @José Playo:

    Y que conste que envidio su vacación, por más corta que sea, ja.

    Era la idea… generar envidia…aunque me mataste con lo de corta 😛

  38. @José Playo: Gracias José, acabo de leerlo. ¡Ahijuna con la lobuna! No lo había visto en mi vida, o quién sabe… porque el remate es demasiado parecido.
    Gracias de nuevo.
    Fernando

  39. elrober dijo:

    soy Roberto, pero desde que lo leí aquella vez sentí que debería ser Gabriela, me identifico más con ella, excepto porque me gusta Donata

  40. Oia! Leí el libro pero no me acordaba de este!

  41. José: el relato del ciervo es impresionante, al principio creí que era una hombre el que corría desesperado.
    por qué modificar los relatos del primer libro???
    Saludos.

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