Cuando mueren los poemas

Los domingos son así, fríos y peligrosos, como preludios para una llamada que te avisa que tu mejor amiga ha muerto. Los domingos de setiembre son un repaso de diez años de locura, una metáfora de tu amiga pegando saltos para asomar la cabeza sobre el muro de la demencia. Los domingos son para evocar con cariño los momentos en los que ella lo conseguía y entonces no te confundía con muebles, fantasmas, animales o instrumentos. Los domingos son así, para recordar que una vez fuiste, por ejemplo, una guitarra.

Tu mejor amiga llevaba diez años en un geriátrico, se había encogido dentro de un planeta inventado y alucinante que funcionaba como una orgía balsámica de recuerdos resucitados que la protegían. Sabías del mundo que se construía en esa pequeña habitación por conocidos y familiares que pasaban el parte; fuiste cobarde amparándote en la excusa de los que no resisten la decadencia, la barranca abajo, el derrumbe, y vas pensando en todo esto camino al velatorio.

Los domingos son un amague de llovizna en el frío de un mediodía gris y empañado. Los autos avanzan lentos, la gente se hornea la nariz en los semáforos.

Hay mucho lugar para estacionar, los parquímetros están apagados y los naranjitas pegaron el faltazo en este domingo suicida sin gente apiñada en los dinteles. Estás solo en la vereda de General Paz, a metros de La Casona, frente a una puerta vidriada. Apenas entrás te recibe un señor de bigotes escondido debajo de un mostrador que advierte, como si hiciera falta:

—No hay nadie, arriba. Se fueron todos a comer.

Te dan ganas de contestarle con una palmada en el hombro y un guiño cómplice, porque sabés que así y no de otra forma tenía que ser este reencuentro mal programado, pero no decís nada. Esas son líneas que quedan bien sólo en los libros; soltar frases así al pie de una escalera con los anteojos en la mano es una boludez altisonante.

La persona que me dijo “nunca en la vida va a dejar de escribir, muy a pesar suyo” está en la segunda puerta a mano izquierda. Hay una mesa con café, dos o tres rollos de papel para soplarse los mocos y una iluminación deprimente. El féretro es angosto y descansa entre la rigidez estúpida de dos candelabros que imitan velas. Es una sala pequeña con sillas incómodas y una puertaventana entornada que conduce a un balcón amplio con cenicero.

Al pie del cajón cerrado me propongo ensayar un monólogo, pero no soy bueno dialogando con los muertos y entonces me callo. MERT, mi amiga, ochenta y seis años después de nacer, vuelve al polvo replegándose en el corazón de un cajón que nadie en este instante está velando. Tanto hemos respetado a la madera entre nosotros cuando servía de mesa para apoyar los papeles, los libros y los diarios, que encontrarnos separados por lo que antes nos unía parece la sentencia imperfecta de un epitafio.

No lo digo. No digo nada y salgo al balcón. El viento me apaga el encendedor en los dos primeros intentos ahora que las cortinas ocupan mi lugar dentro de la sala. Había un poema de Becquer, o una rima, no sé:

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
«¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!»

Los domingos se construyen de esperas, de la posibilidad de coincidir con otros que irán llegando sobre la hora del traslado, rostros familiares que se precipitan en preludios para un abrazo y que reconfortan. La muerte es un acto discreto, murmurante, intrincado. Por la misma razón por la que no he ido a verla en diez años, ninguno de los que hemos llenado la sala de a poco se atreve a levantar la tapa y dejarle el beso postergado. Podemos prescindir, por suerte, de algunos gestos mecánicos y absurdos.

Salimos de ahí masticando caramelos y en la vereda los sobretodos y las carteras se desperdigan hacia los autos. La calle es una postal de Rusia, una simulación de continuidad necesaria e indispensable. Los motores arrancan y emprenden el viaje al cementerio. Pienso otra vez en Becquer, que por haber bajado a papel ese poema se merece mi respeto. Yo también pongo la llave en el arranque y vuelvo al edificio. Al final de un lúgubre pasillo veo a dos personas acomodando en la parte trasera de un auto a la mujer que me enseñó a disfrutar tanto esto que hago. «No importa que ahora piense que es una boludez, lo que importa es que entienda que no va a poder dejar de hacerlo y tiene que empezar a disfrutarlo».

Va a ser su último paseo por esta Córdoba doctoral y mágica y me pongo a pensar en las caminatas que dábamos por el centro recorriendo librerías tomados de la mano. Todo parece quedar tan lejos de este Peugeot en el que viaja hoy, conmigo detrás, semáforo a semáforo. Llevo los ojos clavados en la madera lustrosa y robusta, en las manijas, en su nombre escrito a los costados. Nada hay más absurdo que este cortejo unipersonal con las balizas encendidas, que los bocinazos que cosechamos en las esquinas concurridas, que la mano del chofer fuera de la ventanilla sosteniendo un pucho largo y blanco. Recorremos La Cañada hasta la Julio A. Roca. La noche anterior el cielo se encapotó y parió mil rayos. Mi mejor amiga le temía a las tormentas. Pienso en los finales mágicos, en la necesidad de cerrar los ciclos, en las palabras que ya no saldrán nunca más de sus manos. En la radio están poniendo, por esas putas casualidades, una canción que dice: “Where ever you go I’ll follow you”, así que pellizco la rueda del dial y cambio.

Rotonda de la Ruta 20, estamos a diez cuadras de mi casa y voy siguiendo a mi mejor amiga mientras el viento nos enfría los huesos y los labios. En una parada de colectivo hay una pareja chapando. Se comen las cabezas en una rotación desesperada, babosa y caliente. La vida es una erección a la siesta, una pierna mojada, el temblor de la mano que busca por primera vez una teta; la necesidad recurrente de penetrar y ser penetrado. Todos vamos a terminar tapados de tierra, lo que importa es qué hacemos hasta que nos echen encima el primer puñado. Cuando no sé qué pensar, me pongo pesimista y existencialista. O me tiro pedos. Voy tirándome pedos por la autopista en un día helado. Nunca sé qué cara poner para llorar, así que no lloro. Creo que aprendí a eludir la tristeza a fuerza de esgrimir excusas ingenuas. El cielo es una mancha gris que nace en la línea de una geografía montañosa y lejana. Nadie nunca nos enseñó a entender la muerte. ¿Por eso le tememos tanto? A mí me aterra la falta de naturalidad en todos estos gestos artificiales y plásticos. No hay glamour en los panteones, en los obituarios, en las esquelas, en los pañuelos recargados. La memoria de las cosas se abre camino por terrenos innobles. Mi amiga escribió mucho sobre esto. Si algo aprendí de ella es que los muertos son la mitad del peso de nuestro crecimiento, vivimos gracias a ellos y tienen que doler. Los buenos muertos tienen que doler como bambú debajo de las uñas, no podremos vivir bien hasta que no entendamos eso.

Le cobran peaje al chofer que lleva a mi amiga bajo la llovizna; la barrera no se levanta hasta que la moneda no cambia de mano. Yo pago con un billete de veinte y me dan por vuelto una catarata de monedas que se me caen sobre los huevos y ruedan al piso. Son muchas monedas. Yo le calculo diecinueve. Pienso en la metáfora de sacar los muertos de la ciudad, llevarlos lejos, enterrarlos, perderlos. ¿Quién quiere aferrarse a los jirones, a la pulpa, a la ceniza? Es mejor trocar la carne corrompida por buenos recuerdos.

Estoy desabrigado y el viento ahora es una fricción gélida y áspera. No se podría haber elegido mejor día para un entierro. Abro la puerta del auto y meto la pata en el barro, pero no puteo. Caminamos todos sobre el césped esquivando placas y nombres. Un campo verde sembrado de fechas y oraciones. Las manijas del cajón están frías y húmedas, pero entre todos llevamos a nuestra amiga hasta la carpa improvisada sin mucho esfuerzo. La metáfora de repartir el peso, la serenidad de los entendimientos mínimos. Cuánta suerte tenemos de tenernos, de que estén estos otros seres con una misma sangre ahí latiendo.

Mis primos me dan un papel con un poema fechado en julio del 99. La letra de mi amiga me golpea los ojos y me nubla la vista un instante.

Digo casi para mí:

—Por esas casualidades, me toca ponerle voz a las últimas palabras de MERT, en forma de poema.

No es uno de sus mejores poemas, pero cobra peso el verso que por fin se encuentra cara a cara con la musa nefasta. Leo mal, tiritando de frío. La mujer que me enseñó a escribir empieza a descender entre cuatro paredes de tierra y todos guardamos silencio en la inmensidad de un campo a merced del último coletazo del invierno.

[…] otros dirán que sólo
he recogido
los granos más pequeños
del tiempo que me
dieron por testigo
y después de tanto
andar por los caminos,
mi nombre será
el fruto del olvido […]

Así le ponemos final a la distancia, a la espera de una resolución lenta y tortuosa. Los granos más pequeños del tiempo. Yo sé que ella no estuvo ni un segundo en todos esos años. Yo sé que ella murió la tarde que compartimos el último café, cuando me dijo:

—Creo que me estoy volviendo loca; ha comenzado el principio de mi decadencia.

Las gotas frías nos golpean la frente y las mejillas, como si una voluntad sobrenatural nos empujara hacia los autos de nuevo, de regreso a nuestras casas y a nuestros duelos chiquitos y rutilantes.

Estoy otra vez en la ruta. Mi mujer y mis hijas se han ido a un cumpleaños y yo he preferido que hoy no estuvieran acá. No he almorzado nada y voy soñando con un café caliente, tonificante, mientras pienso en el valor de la amistad, en la generosidad de los escritores que admiro. El mundo sigue girando bajo nuestros pies y nuestras ruedas. En la radio las noticias hablan de la crisis norteamericana, de los mercados internacionales patinando en el barro de la incertidumbre mientras yo vomito un llanto corto y nasal frente a una panadería con las puertas cerradas.

Antes de llegar a casa hablo con mi mujer. Las chicas están bien. Por la mañana nos trenzamos en una pelea con Niki, que no quería ponerse los zapatos. Ahora tengo ganas de verla y de hacer las paces. Luigi no se despega ni un segundo de la teta, quiere crecer, a como dé lugar, ganar peso, empezar a caminar, a hablar, a soñar despierta, a programarse una vida de logros y desaciertos.

Nada detiene al mundo. Pienso en esto frente al último semáforo que me separa de mi casa, con la nariz pegada a la manga.

A este domingo todavía le faltaba una carta de despedida para mi amiga, recién entonces estará completo.

Rebuscando en mis papeles encontré el poema que más me gusta, el mejor que ella ha escrito:

Noche…
Virgen taciturna,
la túnica de tus
horas largas
me envuelve en la
penumbra…
descalza y con sigilo
penetras en mi
alcoba
y ensanchas mi
soledad
hasta saciarte…
No quiero concederte
un instante
de mi pensamiento;
pero tu duración
sobrepasa
mi espera…
porque estoy atenta
a la llegada del
alba
que derrota tu paso
medroso
junto a mi lecho…
Y cuando alcanzo
la bienhechora luz,
te espantas,
virgen hechicera…
Y sólo así descanso
y duermo
sobre los cojines
de mis sueños…

A tu salud, María Esther. Gracias por enseñarme el valor de la amistad, esa cosa que es un nervio enquistado bajo el mentón y que sirve para romperle las paredes a la tristeza.

José.
Córdoba, 28 de septiembre de 2008.

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18 respuestas a Cuando mueren los poemas

  1. Eli dijo:

    José. estoy profundamente emocionada por tus palabras.
    Así como Mert te llevó de la mano en tu nacimiento como escritor, así la llevaste de la mano en su momento final. Un canto profundo a la amistad, un reconocimiento humilde y sincero, un relato hermoso.

  2. José Playo dijo:

    @Eli: gracias, Eli. Ojalá este post sirva para enterrar otros poemas y no para regar todo con lágrimas. Es una crónica que me debía, aunque sé que es medio pesada para un lunes, por eso no quise publicarla hasta que no hubiera otro post que equilibrara las cosas, como el que le sigue. Abrazo.

  3. Martín - Aquende Libros dijo:

    Te mando un abrazo.

  4. Jackie dijo:

    Hermoso y conmovedor.

  5. Liliana dijo:

    Un poco de silencio para acompañarte, José.
    Pocas palabras pueden agregarse a tu bellísimo poema.
    Un abrazo

  6. Lucas, de regreso dijo:

    Que densidad la del absurdo de nuestros movimientos en esos momentos… ¿Qué otra cosa puede hacerse, mas digna que el silencio?
    Abrazo che.

  7. madre dijo:

    José, esto que escribiste es hermoso y conmovedor.
    MERT habría estado muy orgullosa de su pupilo.

  8. juan dijo:

    culiado, no sabía nada, que raro que nos enteremos de estas cosas tarde. pobre vieja, calculo que va a estar mejor. me hubiera gustado estar.-

  9. Fledermaus dijo:

    Respiro profundo, imagino el momento… la pera empieza a temblar.
    Un abrazo, de los grandes.

  10. Walterio dijo:

    La muerte de quienes han venido al mundo para revelarnos la belleza o señalarnos las miserias de la vida nos hace sentir más solos de lo que estamos…

  11. Gabriel dijo:

    Hermosas palabras Jose.

  12. El_Agustín dijo:

    Me hiciste llorar pelotudo…

    Aunque no lo creas yo siempre la recuerdo y me ha dejado muchas mas enseñanzas de las que vos crees.

    Un abrazo.

  13. nene dijo:

    Qué se puede hacer en estos casos, si no es un silencio profundo?
    Se nota que hubo mucho amor del bueno entre vos y tu maestra.
    Un abrazo, José.

  14. Eugenia dijo:

    Estoy atrasada con tus post. Pero agradezco no haberme perdido este que es tan bello y conmovedor al mismo tiempo. La muerte, esa cosa rara de la vida…

    Un abrazo bien fuerte.

  15. Raposa dijo:

    Recalo en este blog y me quedo leyendo, no es frecuente. Me gustó mucho este post y no tengo idea de quien eres ni quien era tu amiga, me gustó. Por algún motivo me sale mandarte un abrazo y pedirte que sigas contando, que no pare el blog, que no pare nada.

  16. Alejandro dijo:

    Se me pianta un lagrimon….
    Muy bueno y con mucho sentimiento, de verdad me encanto…

  17. nanablanca dijo:

    Anduve saltando de blog en blog, paseando en un universo que no existe más que en letras… y me quede aquí, leyendote, sintiendome parte de tus palabras… Dicen que un texto vive cada vez que alguien lo lee… Esa es la vida del que escribe, se plasma en sus palabras, tal vez de papel, hoy ciberneticas…

    Que bellas tus palabras…

  18. Pingback: Peinate que viene gente » Blog Archive » Para escritores cachondos

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