Jorge Cuello

Genial entrevista de Pablo Ramos a Jorge Cuello. Podrán encontrarla en versión impresa en el libro de los Diez años del Centro Cultural España Córdoba, junto a otras 25 conversaciones entre gente de acá y de todas partes. Hago la salvedad: es una entrevista larga, pero me parece que es al pedo cortarla. Para qué, me pregunto, si está bueno leerla completa.
Inviertan cinco minutos; cinco minutos no es nada.

CUELLOPOLIS

Jorge Cuello por Pablo Ramos // 19 de diciembre de 2007 - Córdoba

Es un día por demás sofocante. El sol castiga el cemento y a sus habitantes. Cuello me espera en lo que sería su oficina. Una mesa de plástico junto a una de las barras de la Vieja Usina. Este lugar cambia según la hora, el día, el espectáculo y el público. En la siesta de un miércoles, la enorme panza de este gigante mutante parece el interior de un templo abandonado y saqueado. Cuello destapa la primera cerveza y pide que descargue la primera bala de una metralla temática que vaciaremos sin pausa durante más de tres horas.

– El humor es una parte intrínseca de tu obra y además es característico de la idiosincrasia cordobesa.

-Sí. Pero pienso: Cagarse de la risa, ¿es humor? ¿O el humor tiene que ver con la sonrisa? Eso es algo que me ha inquietado muchísimo. Tiene que ver con que yo no enmarque la obra. Una obra efímera para mí es una humorada. La más grande que se le puede hacer a la humanidad, porque en realidad yo siento que la humanidad todo el tiempo espera, y los artistas esperan, que perduren hábitos, a partir de alquimizar la acción de cada época. Yo me empecé a cagar de la risa desde muy chiquito, porque me crié en Oliva, y en Oliva hay un asilo de locos y los locos andaban sueltos, porque este lugar es open door.

Todo el pueblo siempre estuvo estigmatizado con la locura.

-Imaginate el que construyó el garaje de la casa de mis viejos, “el Ingenieri Farina”. El tipo llegaba gritando con el trajecito de lana. Un día se nos cayó al otro lado de la tapia por mirarle las tetas a la vecina que colgaba la ropa. Me crié justamente donde no se puede esconder eso. Me tocó ser parte de la época del “culo ilustrado”, como dijo mi compadre Bam Bam Miranda. Entiendo que tiene que ver con lo fruncido, más que con lo tatuado. Tiene que ver con que me tocó un momento donde la gente tiene problemas para cagar y no es feliz. Cuando para mí, desde que me conozco, es lo más natural que me ocurrió en la vida. Eso ha perdido la humanidad. Me aconteció nacer en ese pueblo, como a otros artistas, una bocha de gente, incluso un par de desaparecidos, una lista grossa de participación. Sentía que era un privilegiado porque tenía la posibilidad de ser hijo de la decadencia y eso te da un optimismo bárbaro. Sólo hay que mejorar. Todo se cayó abruptamente cuando nací. Eso todavía me mantiene conectado. Sigo haciendo lo mismo. Soy como un artista documentalista de la típica contradicción de lo que decae y de lo que tiene que crecer. Estoy justo ahí, ni chicha ni limonada. Soy demasiado viejo para que hagan un book con mi obra. Lo que agradezco es que no me copo, no me tomo la cabeza, no necesito, ni voy a necesitar que esto justifique mi existencia. A mí me parece que me tocó ésta, y es raro, yo me acuerdo cuando empecé en el CCE.C. Empiezo porque hago una obra para Bersuit Vergarabat en el comedor universitario, unos telones que hicimos con Armando Flores. Hasta ese momento estaba en una situación de bisagra histórica acerca de donde yo me venía a colocar. Ya había trabajado con la Universidad en la revista La Masa. Estaba conectado con editoriales de Buenos Aires. Ya tenía un lugar. Pero socialmente transgredía con mi postura, defendiendo lo efímero. Tenía muchos problemas y el CCE.C contiene esa situación porque voy con la Vivi Pozzebon y un grupo de chicas que me piden que ambiente una presentación. Me doy cuenta que ahí todo era como muy CQC, correspondía a un modelo con el que ideológicamente yo no encajaba para nada. Y eso, volviendo al humor, me hacía ser mucho más sarcástico con lo que venía haciendo, más zarpado. Un día caí con una Puma 200 cc y me metí adentro del CCE.C: brrrrmmm, brrrrmmmmm. Todavía era rebelde sin causa. Después me convocan para hacer una acción. Ahí completo una obra que hasta entonces no había mostrado en ningún tipo de galería, porque te provocan eso de decir: me da hasta vergüenza llevarlo. Eran unas esculturas sobre mitades de ladrillo con la cerámica fría que se rompe. Estabas hechas sobre un libro que escribí para la revista Fierro, un dossier que me pidieron para el suplemento Oxido. Ahí empiezo con una obra que se llama ¿Y Ching? El libro de las mutaciones de los chinitos cursientos. Con esa historia comprobé en Buenos Aires que lo mío no tenía nada que ver con la sensibilidad de los porteños. Fue como una obra que me recontra ubicó en el mapa y agradezco que provocara tanto rechazo. A partir de ahí me siento muy cerca de mis raíces, de algo que es mío. Llego con los ladrillitos y el canje con esta movida que fue que tocaran los Armando. Ahí armamos uno de los primeros recitales que se generó en el CCE.C. Había pedido que se armara un banquete, mantel, platos, vajilla, y hasta fui a comprar un camarón en la Casa China. Y ahí Salzano se copó conmigo. Y me llaman. En ese momento me había copado con una historia, que era el juicio final. Pensaba que tenía que existir. Me lo tomé muy a pecho y empecé a juntar basura durante dos años. En un momento me mudé, con un camión y un container de basura. Llevé un dibujito al CCE.C donde había un elefante, una araña, cuatro caballos y un dragón. Estaban todos, y les digo: éste es mi proyecto. Había una canchita de futbol, con el subtítulo “Si te olvidaste de Cabezas, no te olvides de Cuello”. Estaba muy copado con la historia del olvido. Planté toda esta historia del juicio final en una canchita de futbol. Entonces nos sentamos en una reunión, todo muy cool, y me pongo a dibujar la canchita, y la Gabi Borioli, que veía que me estaba esmerando, dice: “Bueno podemos dejar el pedo artístico y podemos hablar de qué se trata todo esto”. Ahí a mí me dio un ataque. Salzano levantó los pies de la mesa. Agarré una escultura que le había regalado, se cayó y se hizo pedazos. Le dije: “Acabo de aprender que la gente que dice que hace cultura y convoca a un artista, y ni siquiera conoce su casa, no merece que ese artista lo tenga en cuenta”. Y al otro día fueron Salzano y Marchiaro a mi casa. Salzano nunca fue a otro lado. Fue la primera crítica que escribió Salzano sobre una exposición plástica que se había hecho en el CCE.C. Porque fue y le mostré toda la basura que tenía. Todo fue cobrando una intensidad muy impresionante. Hasta el día de hoy es como si fuera para mí el único hecho que me adjudico desde la inocencia. Yo perdí la inocencia después de ir a contramano por la General Paz. Llegué al otro lado del río. Que es inhóspito como uno se puede imaginar el otro lado del río. Es decir, nunca hay mejor que lo que uno es, eso se aprende cuando cruzás al otro lado y te das cuenta. El asunto que siempre me quedó a mí, era si existía un formato de política cultural que comprendiera y sobre todo bancara, el acto antes de que se consume. Millones de veces es más bonito el flirteo que el polvo. Hay algo en la preparación de algo, que tiene un tamiz fino, donde uno conecta con algo. Decís: esto es de alguna manera diferente y es posible de gustar. La situación que está planteada en la otra margen, donde no anecdóticamente, sino muy realmente, comienzo a laburar con La Luciérnaga, que es mi próximo espacio de comunicación. No es que yo abandoné el CCE.C como quien huye del feudo. Agradezco a cada uno de los chicos que está en ese lugar, y a los que se incorporen. Pero es como si fuera la cultura de una margen del río. De la otra margen ni se conoce. Es algo que un poco en mi historia personal me colocó en el lugar de apólogo de la autogestión. Está todo bien, pero está todo bien porque no hay que poner dinero. No se sigue resolviendo. Porque no hay política cultural que vea que puede ayudar a esa parte. Salir de donde uno es. No hay política cultural que baje a ese sitio. Tiene que ver con lo que decimos que es la libertad de expresión. Es un eufemismo. Expresarse es una estupidez total. Es como llorar, gritar, aullar, reírse. Pero el tema es la trascendencia. Lo que yo acoto a lo que decía antes, porque no quiero que quede como que yo necesito plata para hacer algo. Tiene que ver con la capacidad de contener la trascendencia. Ver el futuro. Dónde está el futuro. ¿Una gran fiesta rave? Todos extasiados. O de pronto una situación de conciencia con problemas como el agua, la superpoblación o hasta la anorexia. Es la cultura.

– La cultura, la política y la economía. Pensaba en algo que habías dicho sobre eso en relación al arte: “Cuando atrapás un ganso tenés comida”. Y cómo se sobredeterminan estas cuestiones…

-A mí me tocó ser artista, pera aprendí de gauchito. No tenía referentes, antecedentes. Eso fue cuando yo dejo Medicina y me pongo a estudiar arte. Encima de todo eso queda embarazada la novia que tenía. A mí se me quebró la vida. Fui marginado. Hasta ese momento tenía 10 de promedio en Medicina, era un prometedor científico, estaba en la cátedra de Anatomía. Y dije no. Yo soy artista. Cuando mi hijo cumple dos años, yo me planteo que a mi hijo no le puedo mentir más, porque está recibiendo un doble mensaje. Porque ser artista para mí es ser algo diferente. No todos son artistas. Hay gente que tiene temperamento artístico, hay gente que tiene una sensibilidad artística. Pero hay gente que tiene el don. A los 50 años puedo decir que lo tengo. A los 30 me decían que lo tenía. A los 40 me empujaron a tomar decisiones, gente que decía: Tomá, y me tiraba un billete. A esta altura para mí no tiene nada que ver con la plata. Por eso me quería rescatar de lo que había dicho. Tiene que ver con el contexto. Después de tanta guerra. Nací con ese segmento de Canal 12: “El mundo en guerra”. Y después conocí a Jim Morrison, a Jack Kerouac. Dije: ¡Epa! Acá hay algo que se movió en este planeta. Pero desde entonces al 2007, todavía, si te agarran con un porro te meten preso. Hay todavía una situación de mucha contradicción. Hay mucho maltrato. Y no veo salida a eso. Todos nos estamos acomodando o estamos procurando que nos permitan mínimamente conservar a una compañera al lado, antes de quedar solo y cuidar los chicos. Es inevitable. Me siento en un crepúsculo maravilloso. Porque cuidé eso. Es mi vida. Pero ya tampoco siento que tengo energía para volver a mover 1.000 personas en contramano por la General Paz.

– El rocanrol. Hablaste de Morrison. Como parte de la cultura siempre ocupaste ese espacio, te sentiste muy cómodo ahí.

-Siempre sentí esa cosa de la piedra que rueda. Empecé leyendo a Kerouac y terminé leyendo a Burroughs. Los curtí. El rocanrol desde el planteo de los beats tiene que ver con la alteración de la percepción. Y a mí encanta alterar la percepción. Me parece un don. Sentir que a partir de un ritual -que acá era el cevil, antes de que aparecieran los españoles, o en otro lugar la ayahuasca, o Pedro Juan Caballero- existen situaciones o sustancias que hacen que el humano conecte con una visión, que ya no es psicológica, en el sentido de ampliar tu visión, sino que antropológicamente nos da la posibilidad de ver a dónde pertenecemos: uno se puede ubicar, entrar en contacto. Como el dicho: “No es bueno que el hombre esté solo”. Porque en realidad hay una necesidad de comunión, que va más allá de culear, es la posibilidad de que los seres humanos se conecten y visualicen situaciones que ordinariamente no fluyen. Para mí el rocanrol significó eso desde siempre. La posibilidad que de pronto la historia como venía siendo contada tenga esa cosa de caleidoscópica. Afectó no sólo en general, sino en lo particular. Ver los viejos hippies con todo ese amor que tenían por el rocanrol, y que ahora están teniendo familias, huertas. Veo el después, o el final de esa historia, y es mucho más copada que la historia de los abogados, de los bancarios, y toda esa gente que se copó con el libre comercio, y que se convirtieron en referentes. Yo pienso que es lo mejor que le pasó al humano, de onda, el rocanrol.

La cuestión de lo efímero, que mencionabas antes, está relacionada con el consumo como norma social dominante…

-Leí algo que me rompió la cabeza. Si yo rescato algo de la humanidad es la inteligencia. Walter Benjamin dice que después de la Segunda Guerra Mundial el ser humano adoptó el formato de la prostitución como ejemplo de libre comercio. La pauta era agradar y obtener el mayor beneficio por brindar placer. Y de pronto pensé: qué pasa si yo lo saco de contexto. Porque esta historia del arte tiene estas sentencias bíblicas que te sacan de contexto y te exigen mucho más de lo que da el cuero. Yo lo veo en mis hijos. Y suponete que lo que dice Benjamin tenga que ver con los ojitos del gato de Shrek 2. Puesto en los ojitos es como: ¡qué hermoso! Tiene que ver con una gran situación social de necesidad de consumir placer. Cuando vos tenés placer autogenerado, por más que seas un pajero, obtenés una conexión con una situación que es muy placentera. Que no te da la prostitución. Si vos entrás en el negocio de vender obras de arte para lavar dinero, seguramente eso tiene una carga que te va afectar. Si vos hacés tu obra en función de aparecer en los salones o en lo museos, también. Pero si vos sos como yo que laburo al día… Acá hay cola de gente esperando originales. Primero no cobro tanto porque si no con uno ya estaría hechito. Y después es que en la historia se ha perdido esa naturalidad. Vuelvo al culo ilustrado, hacer pis y caca. Es elemental. Yo no veo mejoras en cómo está planteado. En esto de que todo el mundo está subvencionado, todo sostenido porque alguien subvenciona la moneda. Gente que subvenciona, por ejemplo un libro de poesía, y el chabón que escribió el libro no ganó una puta moneda, de pedo si le dan como premio publicarle el libro. Sin embargo, los funcionarios ganan cuatro o cinco lucas por mes durante esos cuatro años que dura el mandato. ¿Cuántos libros se publicaron en esos años? En el arte eso siempre me impresionó. Si vos te ubicás al centro o en la periferia de algo. Por ejemplo, a mí me llaman hace 12 años acá cuando están armando la Vieja Usina, porque Bertona ve en Suecia un astillero abandonado que habían convertido en museo. Cuando negocia esto, Epec le pide a cambio, por una concesión de 20 años, que haga algo que funcionara para el público en general. Y me dice: “Tengo el trabajo de tu vida”. Que fue hacer el Museo de los Niños. Me tocó. Si yo no hubiera estado acá no hubiera tenido acceso a muchas cosas. Un día viene un empleado de acá y me encarga un telón para Trulalá, un Partenón me pide. A la salida del baile se murió Manolito Cánovas. Así hasta hoy piden todos los viernes un telón de doce metros para mañana. Ahí aprendí a pintar. Y me compré un R 12. Así es el centro.

Y la periferia, ¿como es?

-Tiene que ver con algo que todavía está supeditado al centro. Es la gran tristeza que conservo. Yo me imaginaba otros centros. No reniego de donde estoy. Pero tuve muchas expectativas. Yo soy, en este momento, como el antagónico. Porque la estructura donde vivo, me plantea un ritmo, en mi casa en Villa Las Rosas. En ningún momento podría estar sentado en las vitrinas. Es un costo físico que todo el mundo paga. Es increíble que la gente haya aceptado entregar su sangre a cambio. ¿Por qué? No sé.

Irán a parar al Hogar Para Huérfanos de Información

-Nunca antes había visualizado algo que tuviera un formato tan prosaico pero a su vez tan dinámico. Fundamentalmente necesita una calesita, tirada a caballo. La realidad es como una calesita. Una situación donde la posibilidad de ir hacia adelante es la única que queda. No hay retorno. Lo pienso como una alternativa cultural. Yo encuentro un lugar en el mundo que es Villa Las Rosas. Lo que no es poco por todo lo que anduve. Pero había en esa elección una actitud frente a este problema de la falta de contención de políticas culturales. Estuvimos en bolas durante dos años. Vivía de un telón que hice en el CCE.C, una story-board del Submarino Amarillo. Lo recorté y vendía los pedacitos, como si fueran los del muro de Berlín. Caía a Córdoba y los vendía. Acá me encontré con realidades muy inmediatas. Por ejemplo, la escuela primaria de mi hijo, con doble escolaridad, sin materias especiales. Era como un campo de concentración, como un abandono de persona. Me di cuenta que estaba esta otra parte que era embrollarse con el pueblo. Entonces caí y les grafité un día los derechos de los niños en una pared del patio, sin pedir mucho permiso. A la vez, me meto en un proyecto que atiende problemas puntuales del lugar donde vivo. Situaciones familiares de mucha promiscuidad. El acoso sexual y el maltrato a los niños. Y sacamos un libro. Justamente Huérfanos de información tiene que ver con eso, con que hay muy poca información de cosas muy elementales, que son esencialmente culturales. Depende de cómo uno las trate pueden llegar a ser obras de arte inclasificables. Se tendría que replantear eso con respecto al arte. Hoy el arte tiene el carácter de estampillado, de una historia curricular, un eslabón a la jubilación. La posibilidad de manifestarse es, además de muy elemental, algo que está desestimada por la mecánica actual de vivir. Se ha distraído mucha energía en hacer brillar. Seguimos dependiendo de los cuentos de las abuelas. Y esta historia que alguien dijo: “El arte es el reflejo de la realidad”, ha hecho perder mucho tiempo a muchos artistas puliendo lo que tendría que haberse dejado en estado natural.

Siempre tuviste una relación muy cercana a la música. Hablabas sobre llegar al oído a través de la imagen.

-Pasa que hay una gran ceguera. Pero todos están bastante abiertos de oídos. Como que todo ciego escucha bien. Por eso Bam Bam Miranda es lo que es. No hay ningún plástico que se le ponga a la par. Hay un bombardeo visual que está ligado a la pornografía, que copó los ojos. Que tiene que ver con la estimulación, el caño de Tinelli, lo triple X. Y es algo hasta natural. “Ojos que no ven corazón que no siente”.

– Dijiste que el arte no puede ser malo. ¿Y el valor estético de lo feo y lo lindo?

-Si uno tiene que pagar por placer, y obviamente puede elegir, el común elige la más linda. Eso es lo que me parece que está inducido. Estuve pensando mucho en la guerra, lo que sucede en Medio Oriente. Qué impresionante. Porque yo tenía plata para comprarme un cajón de birra y un asado. Qué fatal, qué horrible que nos toque. Acá por el agua o porque le pisaste el pie al de al lado, en algún momento va a haber una excusa y nos van a mandar a los Johnis. No hay escapatoria de eso. Eso es lo feo. Algo que no tiene que ver con la vida. No aceptar que otro chabón sea de Boca o de River. Los fundamentalistas que están en el poder son muy oscuros. Después de la invasión a Irak tuve una sensación terrible. Porque yo anduve por ahí, por Turquía, las mezquitas, conocí a esa gente que no tiene nada que ver con nosotros. Van a rezar cuatro veces por día. Tienen otro cuelgue. Y este culiao por sacarles el petróleo… Acá por el agua va a pasar lo mismo, van a caer del cielo. ¿Y ahí qué hacemos? Ése es mi gran temor. Me siento muy lejos de modificar algo tan estructurado, tan armado, con una proyección tan elocuente. No sólo en términos de poder económico. La supervivencia del planeta. En el valle donde vivo, en Merlo, superpoblaron un lugar a expensas de las napas y en diez años no tienen más agua. Queda un pueblo fantasma. A no ser que traigan aviones para que les llenen las piletas. Están construyendo castillos en el aire. Y todo el tiempo se está construyendo eso. Hay movimiento, situaciones de reacción. Pero yo no tengo ninguna herramienta para luchar contra eso. Ésa es la realidad. Los europeos les venden esas bombas para que rompan las tormentas, para que no llueva o granice cuando están cultivando la papa o el durazno. Y allá hace años que lo prohíben. Y acá como si nada. Hay una actitud muy dejada. Desde los virreyes hasta ahora no hay nadie que entrevea lo que vendrá.

25 de enero de 2008 – Villa Las Rosas

Cruzo las Altas Cumbres, atravieso el corredor de Traslasierras hasta Villa Las Rosas y me encuentro otra vez con Cuello. Esta vez, no sólo el paisaje cambia la dinámica de la charla, sino que el personaje ha mutado. Relajado y sonriente me ofrece quedarme esa noche en casa de su amigo, Juancamión, para mañana retomar las palabras pendientes. Pero la estadía se alarga inesperadamente durante 5 días compartiendo su rutina artística y familiar. Asisto maravillado a su despliegue doméstico cocinando para cuatro críos y a su pulsión creativa pintando 2 ó 3 obras cada tarde. Instalado en su atelier, al costado de la ruta que va hacia Villa Dolores, frente a la ineludible presencia del cementerio municipal, forjaremos un entrañable vínculo que no sufre la presencia intimidante del grabador. El último día, después de vender un cuadro a un turista sorprendido y encantado, Cuello me dice: Poné REC.

Cómo viviste toda esa historia de la movida cordobesa, esa pregunta sobre si existió o existe. Y esa sensación de frustración cultural que hay cuando comparamos a Córdoba con Rosario, Buenos Aires por supuesto, o La Plata.

-No conozco mucho cómo se armaron las movidas en otros lugares. La percepción que tengo es que hay una disponibilidad en otros lugares que acá no hay. En Córdoba siempre hay eventos muy personalizados. En todos los ámbitos donde participé. Acá, una especie de pope de la cultura, alguien que tenga unas monedas, adopta a un artista, y arma como una familia. Se crean ahijados de algunas situaciones y se benefician unos pocos. En el sentido que quedan más habilitados. En el caso de la plástica, galeristas que desde los 80, les empiezan a dar premios, hay una situación de jurado, de guiño. En vez de capitalizarse frente a movidas que había en ese momento, Arte Fresco, Arte Joven, cada uno quedó solo, no hubo contención ni apoyo a la producción. En ningún caso toma un formato en donde vos podés hablar de una movida. Eso me parece que también les pasa a los músicos. Me acuerdo que en esa época estaban Tamboor o Mouse, que quedaron como fuera de contexto. Al lado de Páez o Baglietto. Tiene mucho que ver con el lugar donde podés crecer. Siento que hay una situación donde muchos artistas se han ido quedando porque no pudieron establecerse en un lugar. Hay falta de información, de educación cultural para los artistas. En ese sentido la autogestión tiene un límite. Hay una orfandad social. Es muy difícil. Alguna vez leí algo de Mujica: “La humanidad es una raza en retirada”. En realidad quejarse frente a una situación que ya no existe, es medio estúpido. La situación es más interesante para ser vivida. Ser testigos de una edad de oro que no va existir nunca más. Pero en plenitud. Porque yo todavía no hice mi obra. Yo venía haciendo el aguante a algo. Pasaban los años y sobre todo las mujeres que estaban al lado mío se cansaron de esa situación y seguía haciendo el aguante. Tal vez por una situación de que estoy en los 50 años, se me cambió el tablero. Y dije ya está, esto no va a cambiar nunca, en el sentido de lo que proyecté en mi vida. A mí me trasciende lo filosófico, y eso me hizo empecinarme en esta historia de producir, que es un arma de doble filo, porque por ahí estoy tirándole pólvora a los chimangos. No sé si lo movida no está o en realidad no se muestra. No trasciende. Los artistas escriben, pintan, pero al no trascender te quedás ahí. Y no está malo eso, si vos te quedás bien. Una cosa es la cocina, y otra cosa es a quién le servís ese plato que estás cocinando. Ante esas elocuencias, me ubico en el lugar donde me toca. Ser un referente de algo, una opinión que no esté condicionada por ningún poder, porque no tengo sponsor. Puedo pintar lo que se me cante el ocote. Pero tampoco puede ser un consejo. Porque creo que en realidad es una situación que yo no he elegido.

– John Berger cuenta su fascinación por los pinturas rupestres encontradas hace pocos años en Francia, en la cueva de Chauvet, que son 15.000 años anteriores a las de Altamira. Decía: “Se diría que el arte surgió como un potro que se hecha andar nada más nacer. La necesidad de arte y el talento para hacerlo llegan juntos”. Veo mucho de eso en tu obra.

-Porque fue lo único que estudié en la historia del arte cuando fui un par de meses a la escuela de arte. Esa parte. Eran artistas de la concha de la lora. De un alto refinamiento cultural. Dejo la escuela porque nace mi hijo. A mí la vida me manda con esa información a la calle. Y entonces es lo primero con que conecto. Y no veía ningún artista que pelara de ahí. Cuando yo rompo con eso, también me alimentó mucho conectarme con el teatro. El teatro tiene esa posibilidad de recrear ese ritual de la caverna. Es el único sitio donde veo posibilidades de que eso ocurra cada vez que se lo realice. La dramatización de un objeto, de un color. A partir de ahí fui acomodándome a crear desde lugares así. Me involucré con los Armando Flores y La Cochera. Los dos tenían problemáticas que me habían superado, que no les veía solución o salida. Decidí despegarme de lo urbano. Lo primero que hice fue romper toda la ropa que tenía en ese momento y la volví a armar como quería, combinar y transformar, sacos, camisas y pantalones. Estuve como tres meses cosiendo mi vestuario y abandonando toda situación de consumo. Y ahí realmente comenzó a aparecer mi lenguaje personal. Pero lo que yo pude hacer, a diferencia de lo que estaba instalado, fue el soporte. Como que cada soporte a mí me planteaba un lenguaje. Yo tenía casi la obsesión de quien hace un logotipo. Por ejemplo para ilustrar un cuento hacía diez variantes de ese cuento. Lo cual siempre funcionaba en contra. Porque se diluía la descarga. Hasta que por ahí aparecía. A lo mejor ya pasaba el libro y yo lo seguía trabajando. No formo parte de ninguna escuela, de ninguna corriente. Y eso me dejo más tranquilo. Porque antes me sentía inferior, me hacían sentir, porque el ámbito de los artistas plásticos es muy putarraquero, se juntan para hablar siempre mal de alguien. Lo veo como algo lúdico, pero que es problemático. Ser espontáneo en medio de una situación de permanente presión y condicionamiento no es una gilada. Porque además el chiste es que no tenga la carga, porque si no sería irónico y no se trata de eso. Se trata de despegar. De poder venir a este lugar y conectar con algo que me va cambiando la ficha. Y yo la sigo. Como empleado del mandato. Y eso crece. Acá no corro más carreritas.

– Ahí aparece la cultura como espacio para despegar la creatividad y al mismo tiempo como limitación. Y en ese conflicto sentir la pulsión de seguir creando a partir y en contra de la cultura.

-Yo antes no sabía para qué lo hacía, si estaba bien hacerlo, si estaba mal. Además los intelectuales, los militantes, los académicos cambian tanto de opinión como si cambiaran de calzones. De pronto uno no forma parte de eso. Yo me acordaba mucho de alguien con quien cada vez me siento más emparentado, Manuel Reyna. Vivía por Villa de Soto. El tipo pintaba lo que veía desde su rancho, una vaquita, un arbolito por allá. Mantenía un realismo y una cosa muy mágica. Y no por lenguaje, mi obra no se parece en nada a la de él. Pero sí por el hecho de que el tipo se quedó ahí cuidando el rancho. Y ésa es una visión donde vos realmente podés ser diferente. Es una posibilidad de trascendencia, aunque sea mínima. Esto es trascender. Es la primera vez que tengo expectativas de que se consuma mi obra. Estoy viviendo en una etapa de libertad. Pero a la vez tengo la sensación de que esto se acaba, como planeta, como formato social. Concretamente con todos los pobres que se marginan en algún momento tiene que rebalsar. O va a haber una gran masacre o algo van a tener que hacer porque ya no va a haber lugares para countries. Y este asunto de lo rústico, tiene que ver con lo que decía Einstein cuando charlaba con Tagore. Eso de que si la civilización occidental sigue así el hombre va a volver a la caverna. Yo, antes que me mandaran, volví solo.

8 de marzo de 2008 – Villa Las Rosas

Vuelvo a cruzar las montañas para mostrarle lo que extraje de las ocho horas de grabación. Como un arqueólogo del sentido, cavé tratando de cuidar el registro de algo que muta, que está siendo… Porque cuando bajo del auto siento que me espera una nueva vuelta de calesita. Cuello tiene la sortija en la mano: “Bienvenido a Cuellopolis”, grita picándome el boleto y poniéndole título a esta crónica…

Biografías

Jorge Cuello:
Cuello condensa algunos atributos que podríamos adjudicarle al cordobés básico: renegado, creativo y perseverante. Conocido como el “loco” Cuello, en la precaria popularidad que puede tener un artista en la feria de vanidades, lleva esa marca en el orillo. En sus obras prevalece lo efímero, todo lo que crea no pretende perdurabilidad. Cada formato sobre el que trabaja le va dictando el camino. Prácticamente no hay materiales vírgenes en el universo creativo de Cuello: Telones, ilustraciones, libros-objetos, cuadros, happenings, esculturas, en lugares y espacios no convencionales, cruzando audazmente otras disciplinas como el diseño gráfico, el teatro, el audiovisual, el muralismo, el video, la historieta y la literatura. Aborda lo lúdico y lo experimental pero desde una plataforma ideológica comprometida con su tiempo y su lugar, y que interpela indistintamente a grandes y chicos. Su vida artística tuvo un carácter nómada que lo llevó a peregrinar por las sierras de Córdoba, Buenos Aires, Chile, Inglaterra, Francia y Turquía. Actualmente se aquerenció en un pueblito de Traslasierra, el último santuario comebirón.

Pablo Ramos:
Parido en la maternidad cordobesa, con mi viejo saliendo de la cárcel de Onganía, en 1971. Con la dictadura nos recluimos en un pueblito de las sierras. La literatura y la música alimentaron mi espíritu adolescente hasta que ingresé en las carreras de cine y comunicación. Me hice periodista por prepotencia de trabajo. Radios alternativas y comerciales le dieron aire a mis deseos: FM A Galena, FM UTN, Radio Revés, Rock & Pop… Crié y lancé un programa radiofónico, Perdedores Hermosos, que se convirtió en una performance que circula por nuevos espacios: CCEC, Cineclub Municipal Hugo del Carril, Ciudad de las Artes… Publiqué dos libros que guardo con cierto pudor. Escribí más de lo que mostré. Y me dediqué a aprender como docente en la Universidad Nacional de Córdoba. Volví a las sierras. Salsipuedes se llama mi destino geográfico actual. Y es todo un designio.

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5 respuestas a Jorge Cuello

  1. elrober dijo:

    Que buena onda que haya tipos así de colgados tan cerca de uno, son inspiración pura

  2. martha dijo:

    me encantó la nota. la leí dos veces, soy gran admiradora de Cuello, y de toda la cultura de la que él se rodea: el CCEC, La Cochera, La pata de la tuerta, Bam bam Miranda., la Luciérnaga etc, etc.– Es un auténtico transgresor y bien cordobés: lo admiro mucho.- y a Pablo Ramos le digo: muy buen reportaje!!! Re buena onda!!! Ah, y buenísimo el juego del botiquín cultural de primeros auxilios., del CCEC y ingeniosísimas las etapas a sortear (para reírse un buen rato).- Me enteré que las escribió Cuello con sus hijos: IMPERDIBLE!!

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  4. Exelente lo de cuello, un loco de otra locura

  5. Belén dijo:

    tan copado dan ganas de sacarle fotocopias! muy bien diez.

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