Nena, trátame suavemente

Fui a ver a Soda Stereo la última vez que visitó Córdoba en formato banda. A pesar de que nunca me gustó lo que hacían, a pesar de que no me sabía el nombre del baterista y de que me había negado sistemáticamente a escuchar sus hits desde los comienzos y hasta que colgaron los guantes. Mi negación venía un poco porque las letras me parecían vagas y pretenciosas; y otro tanto porque la gente que me crucé en la vida que escuchaba esa música, me caía decididamente mal.

Acompañé a un grupo de personas que me habían garantizado que la pasaría bien. Accedí por eso y porque alguien prometió ir a cenar sushi después del show y yo no había comido nunca peces crudos hasta entonces. Fui a ese Chateau con la duda engrillando mis motivaciones, con pánico por la cantidad de gente y con dos algodones en el bolsillo por si había que taparse los oídos: el sonido es criminal en los conciertos y el zumbido dura a veces más que las postales cosechadas en la comunión artística.

Ni bien sonó el primer acorde y la gente a mi alrededor pegó el salto, casi me da un síncope. A los treinta segundos, un latigazo de chivo me cruzó la cara: venía del pelo sudado de un muchacho con larga cabellera que sacudía al ritmo de no sé qué canción.

Luego sentí algunos empujones, me pisaron seis veces y me cantaron en la cara estribillos que no conocía. Me sentía más un inspector de Sadaic que un melómano. Y mientras Cerati y compañía hacían temblar el estadio, yo me fui dejando empujar por la marea de gente. Ligué un vaso de cerveza en el muslo antes de llegar a la periferia de la concentración humana, asustado como un bambi en la guerra.

¿Mis mayores miedos? Ver algún ex compañero de colegio y que me quisiera abrazar como si fuéramos siameses reencontrados. O que hubiera una estampida de fans: tanta gente junta, siempre pienso, es perjudicial para mis fobias.

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El abominable flagelo de la música del otro

Compatibilizar los gustos musicales puede ser una tarea sencilla si dos personas, por ejemplo, comparten una ida al supermercado en auto. En esos tramos cortos, por lo general, nos rendimos a la programación heterogénea de una radio, que funciona como telón de fondo para conversaciones triviales. El problema real se suscita cuando el tramo a recorrer es extenso y las personas que comparten el habitáculo se antojan con ciertas músicas, en las antípodas de lo que nosotros disfrutamos.

Ocurren cosas curiosas con la memoria musical. En cierta forma, las melodías, las canciones y los discos, funcionan a vecer como accesos directos hacia un pasado con el que disfrutamos dialogar. La canción que bailamos alguna vez antes de dar un beso; el disco que sonaba en un grabador junto a una pileta en esa semana de vacaciones; el folklore macho y de bombachas que nos lleva de las narices a un fogón de la infancia. Con la música generamos vínculos sólidos y personalísimos, al igual que con los olores.

De Córdoba a Tilcara el viaje iba a ser largo, pero entre mi amigo y yo podíamos meterle pata si nos turnábamos agarrando el volante. Los viajes en auto atravesando geografías de vegetación tupida, serpenteando en rutas que se recuestan sobre banquinas selváticas, suelen ser relajantes. Y acepté porque mi amigo quería cumplir una promesa a no sé qué santo, y yo justo tenía un período corto de vacaciones.

Todo iba bien. Yo servía mates aguados y él se quemaba hasta las muelas. Hablamos los primeros 400 ó 500 kilómetros, pero de a poco comenzamos a quedarnos sin pasajes ni tópicos que abordar y nos vimos envueltos en un silencio contemplativo. Pronto aparecería la jungla Tucumana, y luego el desierto.

Iba a comentarle lo que nos esperaba justo cuando mi amigo empezó a contarme que en los últimos años había volcado su fe en un movimiento algo sectario y pagano, que pensaba que la banda sonora de la vida debía ser esas músicas lánguidas con cantantes pálidas que se lamentan como si les hubieran matado el perro.

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El último latido de Los Cóndores

Soy libanés por parte de madre. Le digo “esfijas” a las empanadas triangulares y me puedo embutir medio kilo de quepe sin que se me mueva un pelo. Mis bisabuelos vinieron del Líbano cuando eran apenas unos adolescentes y fueron a parar a Los Cóndores, un pueblo que está cerca de Almafuerte y de Río Tercero. Allá nacieron mi abuela y sus hermanos, cuatro hijos en total, todos con personalidad y carácter bastante particular. Por ese lado de las venas me vienen los trastornos obsesivos compulsivos, el gusto por las escenas dramáticas y las ojeras.

Una de las características distintivas de mi parentela “otomana” es el humor negro y la incorrección política. Las anécdotas y los chistes fueron el telón de fondo de nuestras relaciones. Calculo que esa forma de ver la vida viajó con mis parientes en el barco que los trajo a la Argentina. Don Salim y doña Chafía treparon a un buque escapando de la guerra cuando todavía no tenían la mayoría de edad, y apenas pisaron la tierra del dulce de leche, un notario dejó constancia de que, a partir de ese momento, tendrían un apellido más castellanizado. Cultores del trabajo hasta que sangren las manos, los bisabuelos superaron las desventajas y amasaron, con tremendo sacrificio, una pequeña fortuna proveniente del campo, fortuna que los hijos no tuvieron buen tino para administrar.

De esos años paleolíticos de bonanza quedaron algunos resabios, como por ejemplo el camión de mi tío Abdón –con el que viajaba por el país–, y los autos que mi otro tío, (en adelante “el” Chehede), usaba para despuntar su pasión por las carreras.

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Nippur, Gilgamesh y Dago

Me resulta difícil explicar qué era lo que me atraía de las revistas Nippur Magnum y D’Artagnan. La imaginación me hace enfocar sólo el ocio, aunque si tuviera que ahondar en las razones de mi devota lectura habría que tener en cuenta dos aspectos fundamentales, además del entretenimiento.

Por una parte, algunos de los personajes vivían sus aventuras en geografías y tiempos remotos; de esas historias empecé a nutrirme de datos que, invariablemente, me llevaban al diccionario o a las enciclopedias. Luego (a esto lo descubriría mucho tiempo después), la forma de desmenuzar un guion y adaptarlo al formato alimentaba mi pasión por dedicarme al dibujo, vocación que creí mía y definitiva cuando todavía no había transitado la adolescencia.

Los personajes de esas revistas se volvieron un norte para mi pasión por contar historias. Me encantaba la conjunción caprichosa de eventos que se unían para darle forma a la trama, en la misma medida en que me seducía la representación gráfica que terminaba de pintar el panorama que hiciera falta: primeros planos, batallas épicas, duelos y amoríos.

En la época en que empecé a embriagarme con la lectura, lo primero que me cayó en las manos fueron algunos números heredados de mis primos, que pasaron a formar parte de mi biblioteca magra, en la cual todavía no había estacionado ni un libro.

Entre mis favoritos estaban Dago; Morgan; Gilgamesh, el inmortal; y Nippur de Lagash, el tuerto cuyo brazo de combate doblaba en tamaño al otro brazo de tanto empuñar la espada.

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Los hijos, los padres, y las mejillas enrojecidas

Intento por todos los medios darle libertad a mis hijas. Es una misión compleja cuyo objetivo es no sobreprotegerlas, ya que mi experiencia como hijo de cuidados extremos no fue satisfactoria. Pero me doy siempre con que en el mundo tan extraño en el que vivimos, hay muchas posibilidades de meter la pata hasta las rodillas en materia de crianza.

El famoso descubrimiento de los padres primerizos, que entienden su propia historia cuando empiezan a mensurar en retrospectiva lo complicado que es criar seres humanos, también me atacó. Y aunque mi madre me auguró más de una vez que en la vida todo vuelve, que fui un niño molesto y un adolescente complicado y que con mis hijas padecería mi karma, hasta ahora no ha sido fatal. Sobre todo porque mis niñas viven con la madre.

Supongo que todos los progenitores nos enrulamos pensando que lo que hacemos posiblemente conmine a nuestra descendencia a un diván de psicólogo con pipa, pero yo me mantengo firme en mi método: no interferir en los procesos de las pequeñas, no condicionar sus gustos y elecciones, no generarles incomodidad ni molestias y no ayudarlas en matemática porque no entiendo nada. Después de nueve años casi ininterrumpidos del ejercicio de figura paterna, sé que funciono en modo rústico, la más de las veces tanteando en la oscuridad y rogando no romper nada dentro de la psiquis de mis pequeñas. Pero es inevitable: una de las cosas que se descubren es que la vergüenza por los padres se hereda. No importa qué hagan ellos, siempre los hijos sentirán que se les queman las mejillas.

Mis niñas me clavan las uñas en el brazo si hablo en voz alta. Se esconden debajo de la mesa cuando entablo conversaciones con algún mozo. Y hasta llegaron a pedirme, con las caritas serias, que no sonriera demasiado delante de los demás padres del colegio:

–¿Por qué no, hijitas?

–Porque tenés un diente amarillo y queda mal.

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