Respuestas originales

Para el común de los mortales, el ingenio obra con reacción tardía. Hay casos en los que el retruque a una observación crítica o a un agravio, se nos ocurre cuando ya no tiene ningún sentido que opongamos la réplica. Existen, sin embargo, un gran número de agudos personajes que, a lo largo de la historia y en distintos ámbitos, consiguieron dar la respuesta justa en el momento adecuado.

Sin lugar a dudas, a la corona de las respuestas ingeniosas la tuvo por años el fallecido primer ministro británico, Winston Churchill. Famosa es, por ejemplo, la anécdota del discurso que estaba dando en el parlamento cuando Nancy Astor, representante del partido conservador, lo interrumpió:

–Si yo fuera su esposa, le echaría veneno a su café.

Churchill la miró y contestó:

–Señora, si yo fuera su esposo, me lo tomaría.

También ocurrió una vez que Churchill fue acusado por la laborista Bessie Bradock de presentarse ebrio al parlamento:

–¡Usted está borracho!

–Y usted es fea. Y yo mañana estaré sobrio –contestó él.

Cuando Churchill cumplió los 80, un joven fotógrafo fue a retratarlo:

–Sir Winston, espero fotografiarlo de nuevo cuando cumpla los 90.

–No veo por qué no, usted parece bastante saludable.

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No todos tenemos la piel de Tony Montana

No tengo ni a Gregorio ni a Mariela agregados como amigos en Facebook. Ahí están sus perfiles, brillando sin foto de avatar, con poquitos contactos cada uno; ninguno en común conmigo. En algún momento a lo largo de estas décadas ellos tuvieron dos hijas. Vivían en un departamento en el centro, el mismo donde vi, por primera vez, una película violenta.

Éramos chicos, pero la madre de Gregorio no sabía de qué se trataba Scarface, así que nos preparó una merienda generosa y se fue a hacer unos trámites, dejándonos con la boca abierta frente a un televisor donde Brian de Palma contaba una historia llena de gente que aspiraba azúcar impalpable y se amasijaba a balazos.

Cuando terminó, nos quedamos un buen rato evocando las escenas cruentas y terminamos por retroceder la cinta (estábamos bajo el yugo del VHS) para ver la delantera de Mary Elizabeth Mastrantonio y la desnudez impúdica (para esa edad) de Michelle Pfeiffer a través de un deshabillé color piel.

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Los ovillejos de Nóres Martínez

GUÁUDesde chico conviví con un texto que aparecía cada tanto en las sobremesas de casa. Se trataba de un cuadernito de tapas blandas, caseramente abrochado, con un montón de rimas repletas de malas palabras. Cuando la conversación antes de los postres viraba hacia el humor, los textos del autor cordobés salían para contagiar risotadas.

La información que manejábamos sobre el mentor de esos ovillejos (una suerte de poesía medida en caracteres con tono burlesco) era que se trataba de un hombre de leyes, llamado Alejandro Nóres Martínez, quien dedicó buena parte de su vida privada a crear estas composiciones alucinantes que le valieron aplausos a escondidas y repudio en la vía pública.

Pero en honor a la verdad, es difícil adjudicarle la autoría, puesto que no hay confirmación oficial que lo certifique. De todas maneras, aunque se trate de versos anónimos (no creo que así sea), son una genialidad.

Esta modalidad, en la Córdoba de antaño, causaba molestias en un círculo aristocrático bastante pequeño, así que no es tarea fácil conocer detalles de los aludidos, más de lo que podemos imaginar por el tono de los textos. Y aunque rebosante de curiosidad encaré averiguaciones, sólo pude confirmar lo que dicen los sobrevivientes de esa época: algunos destinatarios se ofendieron, otros no.

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Cuando el cine enseñaba artes marciales

Salíamos del cine y mi primo iba adelante, así que tomé carrera y salté en el aire para darle una patada a la gorra que llevaba en la cabeza. Resbalar en el hall de entrada y caer sobre el pecho tras una cabriola –lo sé por experiencia propia–, te quita el aire. Y te baja el copete. Pero salíamos de ver a Bruce Lee en una función doble en la que el oriental fibroso saltaba, daba vueltas imposibles en el aire y salía airoso de com­bates en los que tenía que enfrentar a un malón de extras chinos en kimono.

No sabíamos que ese muchacho menudo con pelo de Playmobil era un pionero que con mucho esfuerzo había instalado un género a los patadones limpios: las películas de artes marciales.

Diseñado para repartir sopapos quirúrgicos a sus adversarios, para nosotros se convirtió en un fetiche apenas lo vimos ponerse en guardia. Y pronto comenzó entre los jóvenes de nuestra edad un hambre terrible por ver todo lo que hubiera filmado el ninja de ojos fijos. Bruce Lee compartió con delay gran parte de nuestra adolescencia. Lo vimos meterse a edificios en los que lo esperaban luchadores distintos a cada piso que ascendía: un basquetbolista con afro y piernas larguísimas se comía un biabón más o menos por hacerse el langa. Y así. Al final todo terminaba en el último piso: una lucha hastas la muerte con un viejito que tenía las uñas afiladas y se moría de ganas de acabar con nuestro héroe a los zarpazos.

Pero no importaban los muñecos que le ponían adelante, Bruce se limpiaba la sangre del labio con el dorso de la mano, trababa el cuerpo hasta que se le veían los tendones y pegaba unos alaridos que te hacían caer los calzones.

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Folclore para citadinos y veganos

Hasta ese día, ni sabía qué era una “yerra”. Luego de la invitación al campo, supe que se trataba de una ceremonia campestre mediante la cual se le remueven los testículos a los terneros para luego marcarles a fuego en la piel el sello del campo al que pertenecen. En resumen, la pesadilla de un vegano.

Me había invitado el administrador del campo, y como ese fin de semana no tenía otros planes, partimos al alba hacia la ruta que va a Jesús María. El viaje fue largo y tedioso, porque era invierno y a esa hora la ruta parecía enmantecada por la escarcha.

Llegamos a eso de las 9 de la mañana. Nos esperaban los caseros, encargados de cuidar el lugar en ausencia del propietario. Otros peones de campos cercanos, algunos curiosos y muchos niños se habían congregado esa mañana. Para la gente de las zonas rurales las yerras son un acontecimiento.

Lo primero que vimos al cruzar la tranquera fue a una vaca enorme colgando de un árbol por las patas traseras. Tenía media lengua afuera.
–Otra vez, carajo –dijo mi anfitrión–. Siempre que hay yerra me hacen el mismo verso: que el animal se murió en un accidente.

Cuando descendimos del vehículo, el encargado se acercó para dar los pormenores:

–Fue un accidente –comenzó–. Se acogotó con un alambrado. ¿Qué hacemos, don, con el bicho?

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