Oh, esos guasos que eran

Ahora los adolescentes impusieron la moda de terminar las frases con un “Ah, re” (abreviado “ahre”), que es una especie de latiguillo que enfatiza de manera sintética la ironía de una afirmación.

Pero el recurso no es para nada novedoso. Me lo hizo notar un compañero de trabajo:

–Nosotros hacíamos lo mismo cuando éramos jóvenes, sólo que usábamos la terminación “Osoguasoqueran”, que es una contracción de la expresión “Oh, esos guasos que eran”.

Y es cierto; casi todas las observaciones que hacíamos terminaban así, apelando a la exageración con el amague de una explicación más amplia que se quedaba trunca.

–Me acuerdo –rememoro–. De hecho, a fuerza de economizar la cantidad de letras, el original “ohsoguasoqueran” terminó siendo un “osoguaso”, o directamente “osoqueran”.

Pero el destino de los términos de moda es el de los cueros secos que las víboras abandonan en la banquina de la comunicación.

Palabras como “caquero”, “falluto”, “pijotero”, “regio” y “macanudo” están ahora secándose bajo el sol del olvido, y otras nuevas entran en vigencia con fuerza, a veces para reemplazarlas, otras para nombrar fenómenos que no existían.

Y en esto tiene mucho que ver Internet, que promovió un intercambio cultural como no se ha visto jamás en la historia de la humanidad.

Mi colega sostiene que Internet es la fábrica de mutaciones lingüística más grande del universo. Sigue leyendo

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Señora en la banquina

Cada vez que ingresamos a Córdoba por la ruta 5 –a los bostezos y apurados para no llegar tarde al colegio–, vemos a la misma señora que corre por la banquina. Es una mujer mayor, vestida de equipo de gimnasia naranja, rematado con una gorra deportiva.

–¡Ahí está, ahí está! –señalan mis hijas cuando la descubren.

La mujer corre todos los santos días entre –calculo yo– las 7 y las 8 de la mañana. Y combina su trote rítmico con un saludo general a los automovilistas.

–Saludala, pa –me piden las chicas y yo toco bocina tres veces.

Jamás alcanzamos a verle bien la cara. La mujer aparece unos segundos en el parabrisas, se muda fugazmente a las ventanas del costado y en un santiamén empieza a hacerse chiquita en el espejo retrovisor, agitando los brazos al viento.

–¿Por qué corre? –quiere saber la más pequeña.

–No sé hija. Supongo que porque es sana.

–A vos no te vi correr nunca, pa.

–Ni me verás jamás, hijita de mi corazón; algunas personas no nacimos para desplazarnos con rapidez, a menos que vayamos en auto.

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Muerte a los autores y a las novelas

Las sillas son un indicador de jerarquía. El señor del otro lado de la mesa se acomodó en la suya y estiró las piernas. Su asiento se lo permitía porque era una butaca digna de Juego de tronos, mucho más cómoda que la mía, que no tenía ni apoyabrazos.

–Y novelas no escribiste ninguna –me dijo mientras revisaba mi currículum.

Dije que no con un carraspeo. Mi negativa quedó flotando en el aire como un globo listo para estallar.

Siempre odié las entrevistas laborales, me ponen nervioso, siento como si estuviera bajo sospecha de un delito grave.

–Te explicó la secretaria por qué te llamamos, ¿no? –me preguntó sin mirarme.

Le dije que sí. Pero la verdad es que no había entendido nada. La chica me dijo que el dueño de la empresa estaba buscando alguien que escribiera una biografía. Cuando pregunté de qué, me dijo “A eso tenés que hablarlo con él”. Y antes de cortar me pidió que llevara un currículum.

–¿Pero tenés idea más o menos de cómo se escribe una novela? –quiso saber el hombre del sillón, y yo me removí incómodo en mi asiento.

Es una pregunta muy compleja. No sé responder preguntas complejas.
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El primer cronista

La humanidad evolucionó; se inventaron la rueda, la imprenta, internet y las vacunas, pero todavía no podemos superar el flagelo de empezar una conversación con el cliché: “Qué tiempo loco”. En estos días la frase rebota con más frecuencia porque estamos en los meses jodidos para Córdoba y cada dos por tres el cielo se llena de nubes que parecen salidas de un cucurucho gigante de helado.

De pronto ocurre que sobre el lomo de las sierras crecen hongos inmensos con la panza cargada de truenos, y entonces la gente se apura y pone el auto a cubierto.

Según mi tío Oscar, todo es culpa de las acciones del hombre.

–Hicimos pelota el planeta –suele reflexionar en las sobremesas antes de quedarse irremediablemente solo–, tenemos los días contados.

Cuando empieza a divagar sobre el clima y la finitud del hombre, los parientes salen huyendo. A mí me da un poco de pena, así que lo escucho.

En cierta forma suscribo a su teoría. Las tormentas vienen cada vez más intensas, y en las noticias son muy frecuentes los reportes de desastres naturales aberrantes.

No creo que sea algo casual, pero siempre sobre un tema hay dos bibliotecas y así como están los tíos Oscar, hay también gente como María, una amiga que vive en las sierras y que en 2015 perdió casi todo tras el tormentón que hubo en el mes de febrero.

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Autoridad y pugilismo

Voy saliendo de una tienda que está dentro de un shopping. Por todas partes se respira la opresión de los tiempos navideños: la gente se congrega en estas versiones modernas del infierno a reventar los aguinaldos en la previa de las celebraciones religiosas y yo me uno al peregrinaje.

Por fuera los aires acondicionados bufan como animales prehistóricos y por dentro las escaleras mecánicas nos suben y nos bajan para que podamos orear la mufa.

Hay adornos por todas partes. Hay carteles que anuncian promociones. Somos una fauna organizada y previsible. Si hubiera estudiado filosofía se me ocurriría algo interesante para decir, pero apenas me da el marote para buscar la salida.

Después de varias vueltas sigo sin saber qué comprarle a mis hijas y decido que mejor es irme a casa. Por eso me sorprende la voz del guardia que me detiene en la puerta.

–La mochila –me dice.

Hace poco leí que un signo de vejez es empezar a aplaudir cuando suena una canción que antes bailabas. Agrego que también es signo de vejez ponerse práctico. La sensación de que el tiempo es valioso me ha hecho poner en la balanza cada segundo que transcurre, y a estas alturas odio perderlos en discusiones bizantinas.

Pero viste cómo es, algunas cosas te superan.

–¿Perdón?

–Necesito que me abras la mochila –me dice el guardia.

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