Senos, cosenos y un binomio inconveniente

Conocí a Marco en un departamento enorme sobre la calle Santa Rosa, manejado por una madre y sus dos hijas. Las tres eran luminarias en matemática, química y física, y preparaban alumnos con dificultades de aprendizaje o problemas de conducta. Marco era callado y tenía un ligero retraso, rasgo que se acentuaba al verlo caminar llevando a cuestas un cuerpo grande y desfasado. Tendría 15 o 16 años, pero su contextura física se correspondía con la de un buda erguido hasta los dos metros. Fue la única persona con la que trabé relación en el departamento de las maestras particulares.

Terminé ahí porque necesitaba prepararme cuando las asignaturas que me cargué en la mochila a fin de ese año hacían peligrar mi continuidad en ya no sé qué colegio. La situación se había vuelto límite ante la inminencia de marzo y las evaluaciones recuperatorias. Yo tenía que embocar las materias para evitar terminar fuera del sistema otra vez. Por su parte, Marco tenía que aprobar materias de la primaria y venía muy rezagado.

Le costaban terriblemente las cuentas, y su cuaderno parecía un cementerio de tachones. Creo que en los tres meses que compartimos, jamás pudo resolver ni un ejercicio. A veces yo aprovechaba para ir a fumar a la calle en un recreo, y entonces Marco me seguía y se paraba a mi lado sin decir nada, mirándome soltar el humo mientras repetía el molesto gesto de acomodarse los anteojos sobre el puente de la nariz una y otra vez. Y cuando yo no le prestaba atención, se ponía de espaldas a la pared y recitaba la biografía de Vincent van Gogh.

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Lo echamos a suertes

Hacía mucho que no iba al casino. Diez años por lo menos. Con mi chica tuvimos la idea de probar suerte, incluso sabiendo que los casinos están hechos, fundamentalmente, para que la gente pierda. Y es extraño, porque aunque la realidad golpee a los jugadores como un bife en la cara, no la ven.

En mi familia hubo quienes cayeron en la trampa; los reconocés porque con sólo pronunciarles cerca “casino” o “ficha”, los ojos les dan vueltas como una ruleta. Pero era domingo a la noche y yo tengo franco los lunes, así que partimos. El plan era sencillo: no tirar guita a la basura. Nos prometimos comportarnos como dos personas adultas y dividimos el dinero.

Mientras viajábamos, contábamos historias conocidas sobre el casino: gente colgada por los pies en un puente prometiendo que conseguiría el dinero. Gente que se pasaba la noche entera hasta que quedaban secos, para luego volver a su casa, buscar más billetes y regresar con la esperanza de recuperar algo.

Ya no se puede fumar adentro. Miré con nostalgia la sala de bingo, donde una vez me encontré a mí mismo con un cigarro en cada mano, cantando a los alaridos un cartón lleno mal chequeado. Ahora el lugar se amplió y dejó apenas un sector discreto para las ruletas y las cartas: todo lo demás es ocupado por las tragamonedas.

La fila de juegos electrónicos para gente grande me recordó mis épocas de fichines, cuando metíamos monedas de plomo con un hilo para ganar más créditos.

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Oda a Bach, los ríos, la felicidad y el olvido

El calor del verano azota las ventanas. Por entre las persianas se cuela un tufo denso y sofocante. El ventilador gira fatigado y las sábanas parecen arpilleras. Cuando llega esta época, añoro el pasto sin fronteras, las arboledas reverenciando el lado opuesto al viento norte. La ciudad no me dio nunca el respiro que me dan las sierras, sus senderos de tierra, sus ríos chocolatados y tibios.

Ahora que camino la ciudad con el asfalto hasta las rodillas, cierro los ojos y evoco esos veranos en los que no había obligaciones. La infancia, creo, tiene que ver con no tener cosas de qué preocuparse.

Con mi familia vivíamos en un departamento céntrico bastante prieto, del que nos escapábamos cuando el período escolar llegaba a su fin. Durante un tiempo íbamos en colectivo mi abuelo, mi viejo y mi hermano hasta Anisacate, pasando Alta Gracia. Llevábamos heladeras portátiles cargadas de alimentos y bebidas. Por ese entonces habíamos vendido un Fiat 128 blanco y estábamos en un paréntesis ahorrativo para comprar un Dodge Coronado amarillo que tenía el motor de un tractor. Con ese auto volteé un portón de cemento intentando aprender a manejar.

Cuando la temperatura pone en jaque a los termómetros, pienso en veranos pasados. El más lindo fue el del año 1986. Por empezar, fue el verano del despertar sexual. Yo recién venía de soplar doce velas en la torta y no estaba preparado (¿quién lo está?) para el tropel de sensaciones que me inundaron cuando me asaltó el erotismo sauvage de los cueros sin ropa a la vera del río.
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La tiranía de la salud y otros males menores

La Pantera Rosa fumaba. Lo vimos todos en la tele. También había fumadores entre otros personajes entrañables de nuestra infancia. Cuando yo era joven, recuerdo, fumaba en la cola del banco con los impuestos hechos un cilindro en la mano. Hasta recuerdo cuando pedía asientos para humientos en el avión, y de acá a Buenos Aires daba varias caladas sobre las nubes.

En las revistas de historietas que leía de chico, cuando se quería graficar la expectativa por la llegada del hijo, se ilustraba con un padre pisando colillas en una sala de espera. Pertenezco a la última generación que se pudo tomar un café con el diario en la mano, mientras en el cenicero humeaba lentamente el tiempo.

Lejos estoy de salir en defensa del tabaquismo –al que reconozco como un flagelo–, pero sí tengo necesidad de emanciparme de ciertas persecuciones de las que somos blanco. En lo que mal llamamos “primer mundo”, la prohibición de fumar abarca ya hasta los espacios abiertos, y no me parece mal. Aunque trasladar esas medidas en aras de la salud a ciudades en las que los colectivos lanzan bocanadas negras en los semáforos, o en donde las fábricas comparten nubes con el cielo, a veces, parece un contrasentido.

Independientemente del tema del hábito nocivo de fumar, día a día somos bombardeados por campañas publicitarias vigorosas para adoptar ciertos productos (también en pos de “aumentar la salud”).

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Nadie avisa cuando se muere un Chinaski

Cuando la década del ‘90 empezó a armar el bolso para darle fin al siglo 20, irrumpió en la escena mundial el invento más increíble de la historia de la humanidad después de la rueda, la imprenta y el dulce de leche: internet. Los jóvenes de aquellos años fuimos rápidamente seducidos por flamantes cafeterías con dos monitores, que colgaban el cartel en la puerta anunciando el maridaje del futuro: cibercafé.

Yo me hice habitué de uno que había sobre la Chacabuco. Era un antro en el que la conexión era pésima y el pocillo venía aguado. El hijo del dueño le había recomendado al padre que conectara el servicio y comprara computadoras. En ese reducto oscuro saqué mi primera cuenta de correo para que no me escribiera nadie. Y empecé a vislumbrar una manera totalmente nueva de palpar el mundo: en el monitor había colores, textos con palabras subrayadas en azul que te llevaban a otros lados.

La primera cosa que busqué en la red fue una imagen subida de tono que, a la manera de un almanaque de gomería, apareció en la pantalla bajando en cuotas. Para cuando ya no quedaba del café más que la borra, terminó de cargarse: me avergüenza decir que lo primero que navegué en internet no fue la biografía de un escritor ruso ni la situación política en Medio Oriente, sino la foto de una modelo californiana en una playa, boca abajo en la arena.

Si bien el contenido para adultos resultaba atractivo, había que esperar mucho para ver resultados concretos. En aquellos años no abundaba el porno borrascoso que hay disponible hoy, así que lo más fácil era buscar contenido que tuviera sólo texto.

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