La música del azar y otras milongas

En el año 1978 mi abuelo se ganó el Prode. Le acertó a todos los resultados que había que poner en el cartón con la definición de los partidos de fútbol.

Por esos años Emilio trabajaba en un bar y revoleó la bandeja y la rejilla a la mierda cuando se anotició de que podía empezar a paladear su repentina vida de nuevo rico.

Era mucha guita.

Calculo que el suyo fue un récord: antes de que hubiera pasado un año tuvo que volver a su antiguo trabajo ya que la fortuna entera se le había traspapelado en el casino.

En mi familia, la ludopatía no es una cuestión que se tome a la ligera. Y el recuerdo del Prode desvanecido entre ruletas, dados y naipes pesa tanto que nunca es tema de sobremesas; mencionarlo hace que broten labios fruncidos y que mi vieja se lamente por la falta de previsión y criterio para administrar el premio.

–Ese dinero, bien invertido, alcanzaba para varias generaciones –dice siempre poniendo la cabeza entre las manos.

Mi abuelo se murió en 1995. Muy pocas veces conversamos de lo que sintió cuando descubrió que la suerte le había sonreído de esa manera.

No le gustaba hablar de eso y cuando alguien lo traía a cuento, el recuerdo de esos meses como millonario le hacía cambiar el gesto por una mueca indefinida que no sabía si atribuirle a la nostalgia o al arrepentimiento.

De toda la experiencia nos quedó un álbum con recortes de prensa de la época. Sigue leyendo

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Una esquina peligrosa

Una vez, justo en esta esquina, me cagué de un golpe. Habré tenido 11 años y me dejaron acá con una misión:

–Te quedás quieto sin joder hasta que yo venga –encomendó mi padre antes de meterse en una quiniela que había cerca.

Como era de suponer, apenas lo vi desaparecer me puse a matar el tiempo subiéndome a una pirca para caminar con los brazos extendidos, como hacen los equilibristas sobre la cuerda floja.

Tal vez el recurso de poner los brazos en cruz funcione, no lo sé. Lo que sí puedo asegurar es que cuando pisás un ladrillo flojo arriba de una pirca las posibilidades de irte de ojete al piso aumentan considerablemente.

Caí –por algún motivo que no puedo explicar– con los dos cachetes al unísono sobre las baldosas e hice un ruido como de aplauso con guantes.

Ese día descubrí la existencia del coxis, que es un hueso que duele más que la primera ruptura amorosa cuando se golpea.

Recuerdo –además de las estrellitas saltándome frente a los ojos– mi propio grito de sorpresa. Sigue leyendo

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Dos cachorras

Hace un mes, alguien nos tiró por encima del alambrado dos cachorras caninas (de raza genérica) recién destetadas.

Descubrimos los regalitos por la mañana, cuando nuestra perra se puso a ladrar como loca mientras iba y venía volteando macetas y sillas en señal de protesta.

–Son hermosas –dijo mi compañera apenas las vio.

Estuve de acuerdo, aunque el diagnóstico estético estaba lejos de calmar la ansiedad que me daba sumar bolsas de alimento al presupuesto.

Me dio por las bolas que nos empujaran así a una adopción forzada, pero a puro movimiento de rabos se terminaron quedando.

Una es flaca como un suspiro y la otra parece un globo con pelos: las bautizamos como BruceLea y Cerdusconi, aunque mi compañera las llama cariñosamente Flacunza y Peluda.

Y comen como lima nueva. Apenas el plato toca el piso se abalanzan con la fruición de los famélicos. Sigue leyendo

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Caza furtiva y escabeches deliciosos

La llegada del invierno auguraba un plan que mi viejo esperaba ansioso: salir a cazar por las Sierras con su amigo Martínez, usándonos a mi hermano y a mí de perros.

La debilidad de mi padre siempre fue la perdiz en escabeche.

Eran los gloriosos años ‘80 y Martínez –aparentemente– conocía muchos dueños de campos donde se podía uno meter para bajar esos bichos a los escopetazos limpios.

El fin ulterior era preparar las aves en aceitosos frascos llenos de cebolla y zanahoria, en los que flotaban por igual los granos de pimienta y las municiones.

Martínez y mi viejo esperaban los meses fríos y entonces ponían a punto unas escopetas del año del upite, se calzaban unos borceguíes de cuando hicieron la colimba y se alistaban para peinar la geografía serrana en busca de algún coto virgen. Sigue leyendo

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Le evolución del monstruo

Inclusive hoy –que ya soy grande y tengo más herramientas–, la bestia todavía me puede ganar la pulseada.

De todas mis obligaciones es la más agotadora, silenciosa y complicada. Y sin dudas a la que más tiempo le he dedicado toda mi vida.

Calculo que por eso siempre le tuve tanto cariño a la criatura inventada por la dupla Stan Lee-Jack Kirby en mayo de 1962. En realidad descubrí al Increíble Hulk años más tarde, cuando Bill Bixby y Lou Ferrigno (hombre y bestia respectivamente) compartían pantalla a la hora de la merienda para mostrar al único superhéroe que no tiene control sobre sí mismo.

Me identifiqué con el personaje de inmediato; a la pulcritud exasperante de Superman, al humor pícaro del Hombre araña y a la facha arrolladora de Batman, se oponía el descontrol total de ese bicho que hacía bosta todo a su paso.

Ahí donde un Iron-Man se quedaba flotando en los vientos huracanados de la duda sopesando soluciones diplomáticas, ahí donde Thor hablaba del poder de los dioses y los conjuros, Hulk arrasaba sin preámbulos, volteaba paredes y hacía volar por el aire los autos. Sigue leyendo

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