Canchero y a la moda

-Te queda bárbaro- dice la chica apenas salgo del probador. En el espejo del pasillo veo mi reflejo. El pantalón es demasiado ajustado, se siente como llevar un calzoncillo largo de tela gruesa.

Mi torso luce grotesco ahora que las piernas se han vuelto dos palos y el resto del cuerpo es una caja tosca.

– Con esto no me voy a poder agachar -le digo.

-Pero te hace más canchero. Ahora se usan así. ¿Querés que te alcance unas botas, así te probás el look completo?

La idea era medirme un pantalón, pero en estos lugares me siento desolado y sin parámetros, estoy a merced de códigos que desconozco.

-No me convence, si me agacho se me va a ver la ray…

-Pero ahora se usa así –insiste la vendedora-, es re canchero.

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Historia de amor, de locura y de muerte: Baron Biza y Myriam Stefford

Cumple 80 años la monumental ala de cemento que Raúl Baron Biza mandó a construir para Myriam Stefford. Un documental sobre los personajes detrás de la historia revela detalles de todas las personas involucradas en esta historia de novela que se volvió tragedia.

La historia del “Ala del avión” parece salida de una ficción y se sostiene sobre dos pilares: la vida y la muerte de sus dos protagonistas. Sobre ellos gravita una nube hecha de verdades y de mitos. Los datos ciertos son que él era millonario, que escribió libros y que no le caía bien a todo el mundo. Se enamoró de una aspirante a actriz devenida en piloto. La mujer se mató en un accidente de aviación. Se llamaban Myriam Stefford y Raúl Baron Biza.

En homenaje al amor truncado por la muerte, el millonario escritor que no le caía bien a todo el mundo hizo construir en medio de sus campos –y cerca de la estancia donde comieron perdices– el mausoleo más grande de Argentina. 82 metros de la base a la punta. Siete metros más que el Obelisco. Pero el monumento del ala no está sobre una avenida, sino en la ruta número 5, que serpentea para unir la ciudad de Alta Gracia con Córdoba.

Es perturbador transitarla cuando cae el sol. El monumento a Myriam Stefford parece el dial de una radio clavada en una emisora que presagia tragedias.

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La mano desconocida

Hace 30 años, las instrucciones con las que yo salía de mi casa hacia el colegio eran simples: tenía que pedirle a alguna persona que encontrara en la vereda que me ayudara a cruzar las calles. A eso se resumía todo el cuidado que había que tener tres décadas atrás para avanzar por la geografía de mi ciudad, camino a la escuela.

En aquel pasado en el que no existía la telefonía celular y en el que, por ende, la vida de nuestros seres queridos era un misterio la mayor parte del día, me da por pensar ahora, o estábamos en manos de inconscientes o los peligros eran apenas una sospecha de imaginarios agoreros y de maldiciones bíblicas.

A la hora en que yo caminaba hacia la escuela, siempre me cruzaba con un señor de baja estatura que me generaba confianza y a quien por lo general apuntaba para pedirle ayuda para sortear las dos últimas cuadras.

Pero entre una y otra calle caminábamos en silencio, como si hubiera una chance de que al llegar a la vereda siguiente, fuéramos a desencontrarnos, como si algún día nuestras rutinas nos depararan caminos distintos que esas baldosas que zapateábamos masticando los restos de nuestros sueños.

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Por cuestiones de salud

Siempre bendeciré la hora en que aparecieron los carteles que enseñaban que para estornudar había que meter la cara en el interior del brazo. Uno de esos tendrían que haber colgado en el quiosco de la esquina de la casa que alquilé cuando me separé. Existe un rasgo que distingue a las personas incluso más que la fisonomía, y es la forma de estornudar.

El estornudo es una firma en el aire, una manifestación única que sólo se puede conseguir con el exacto tono de nuestras fosas nasales al expectorar abruptamente el aire para despejar las vías respiratorias. La forma en que lo hacemos no puede imitarse. Y la forma en que lo hacía la señora Leticia (explosiva, estentórea, siempre galopando una especie de alarido que culminaba en un grito seco que enseguida lubricaba con una lluvia de saliva de comportamiento errático) era impactante.

Cuando Leticia estornudaba no daban ganas de decir “salud”, daban ganas de decir “cuerpo a tierra”. Lamentablemente para muchos vecinos del barrio, el negocio de Leticia era la única alternativa. A mí me alcanzó con la primera temporada que refrescó y Leticia se agarró un resfrío para comprobar que lo suyo era, cuando menos, bromatológicamente objetable.

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Las intervenciones médicas

Era febrero, me había salido algo en el culo y el dolor era insoportable, así que hablé por teléfono con un primo que estudiaba medicina:

—¿Cómo empezó?

—No sé, ayer fui al baño, hice fuerza y me desfondé.

—¿Serán hemorroides?

—¿Y yo qué mierda sé? No doy más del dolor, recetame un calmante, o algo.

—No. Vas a tener que ir a que te revisen, por teléfono es imposible diagnosticar nada.

—Es un dolor de culo.

—Con más razón. Hay que ver qué tenés ahí abajo.

Mi frustración era demoledora. Odio los hospitales, los médicos, las salas de espera, el olor del alcohol. La primera vez que pisé uno fue porque me había roto el brazo en el jardín de infantes. Me enyesaron mal y después tuvieron que operarme y ponerme clavos. El codo nunca me quedó bien, me hace un ruido horrible cuando hay humedad.

—Hoy es sábado, ¿a dónde carajo se supone que vaya?

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