Aprovechar a fondo las pasantías

Mientras cursaba la universidad un día nos avisaron que una agencia buscaba pasantes. No había muchas referencias sobre la tarea, más bien descripciones vagas, eufemismos para que el trabajo pudiera pivotear entre la idea de una rica experiencia y la explotación lisa y llana. Nos anotamos un montón. Además, la paga era buenísima.

Cuando nos entrevistaron la primera vez, nos explicaron que el formato del compromiso había cambiado por no sé qué pedido del “cliente”; ahora sólo nos necesitarían por dos jornadas. La paga era la misma. Firmamos todos sin titubear.

Esa misma tarde un tipo con pinta de profe de gimnasia se presentó y empezó a desplegar una serie de elementos sobre la mesa.

–Estas van a ser sus armas –dijo.

Había walkie talkies, unos cronómetros, dos parvas de folletos y gorritos de color rojo.

–La tarea no va a ser simple, pero van a estar bien equipados y no les va a pasar nada –agregó.

Mi amigo Esteban levantó la mano y preguntó si se podía fumar.

–Ni acá ni en las carpas –fue la respuesta taxativa.

–¿Es como un campamento? –quiso saber una compañera a la que solía extorsionar para que me prestara los resúmenes.

–No, no –contestó el profe en yoguineta–. Es la Fico, en el Chateau; nosotros somos los encargados de organizar las entradas. Sigue leyendo

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Mientras tanto, los ravioles flotan en las casas

Es justo y necesario esperar que en cualquier momento haya un salto evolutivo a la altura de la realidad que estamos viviendo, y que en ese salto podamos superar la existencia del pelotudo que está primero en la caja del supermercado en este momento.

Ya es de noche, hay una humedad como para coleccionar hongos y el tipo discute con la cajera como si la chica fuera la hija del dueño, como si ella estuviera complotada para dinamitarle la economía marcándole equivocadamente el precio de un kilo de papas llenas de tierra.

–¡Me las estás cobrando como si fueran batatas! ¡Me querés estafar!

–Señor, anoté mal el código, son números parecidos, no fue mi intenc…

–¿Con cuántos harás lo mismo? ¿Ah? ¡Y nadie se queja!

Yo estoy tres lugares más atrás, y desde acá me doy cuenta de que la chica está cansada, igual que nosotros, y que la gente cansada a veces puede meter la pata. El tipo ya venía lleno de bronca –andá a saber por qué– y explotó por el lado de los tubérculos. Típico. Sigue leyendo

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Todo es mentira

Más de una vez, como peatón, me ha tocado hacer ese gesto ridículo de amagar con apurar el paso cuando un auto me da prioridad para cruzar una calle. En vez de continuar ejerciendo la tranquilidad de los pedestres, me decido por un movimiento doble: agradecimiento con la cabeza primero y minitrote después, hasta llegar a la vereda opuesta. La educación con la que los caminantes les cedemos el paso a los vehículos es maravillosa.

Algo similar al ejemplo anterior me ocurre cuando, por alguna razón, tengo que desandar el camino que estoy transitando. Inexplicablemente, antes de hacer un giro de 180 grados, me aseguro de poner cara de “ah, me olvidé de una cosa, por eso me vuelvo”, como si alguno de los que caminan las veredas pudiera estar preocupado por la dirección en la que voy yo.

Los seres humanos estamos repletos de automatismos como estos, que se relacionan con las conductas aprendidas y todo eso de lo que habló Pavlov, el señor ese al que se le babeaban los perros.

Claro que hay buenas costumbres y en pos de ellas solemos actuar, pero también influyen en nuestras acciones la imagen que queremos dar de nosotros mismos. Ya lo dijo no sé qué psicólogo: nuestra personalidad es una mezcla de cómo nos ven los demás, cómo nos vemos nosotros, y cómo somos realmente sin darnos cuenta. Sigue leyendo

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Te sonará la anécdota si sos de Córdoba

Diego Capusotto es el que más clara la tiene con el tema. De alguna manera, tanto él como su socio creativo, Pedro Saborido, consiguieron sacarles la ficha a las impostaciones de los melómanos aficionados y de los artistas reputados. El gran mérito de la dupla fue poner en pantalla los efectos residuales de la pasión musical, que nos lleva a límites insospechadamente ridículos.

Con sketches como el de “Están hablando del faso”, o el del tipo que tiene mil técnicas para disimular que no se sabe la letra de una canción, consiguió mostrar una cara vergonzosa de la relación que a veces tenemos con la más antigua de las artes.

También en el programa de Capusotto hay un constante juego de palabras con las letras de las canciones y con los nombres de las bandas y solistas. Roger Kosher es un judío que hace música de Pink Floyd con palabras en hebreo. Bombita Rodríguez es un cantante montonero, y así.

Las canciones que escuchamos a lo largo de nuestra vida ejercen efectos químicos sobre nuestro cerebro. Así ocurre que se nos pega como caca al zapato la letra de Des…pa…ci…to (suerte sacándose ahora la melodía de la cabeza). Y así también es como algunas piezas quedan asociadas a momentos que evocamos cuando volvemos a escucharlas. “La música transporta”, dicen. Y de eso no cabe la más mínima duda.
Aunque, hay que decirlo, a veces el viaje puede ser confuso. Sigue leyendo

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A las puteadas con otros automovilistas

Hubo un bocinazo pero ni miré. La maniobra se me pasó por alto. Pudo haber sido una falla de cálculo en la esquina, tal vez pasé demasiado cerca; igual no era para tanto. Levanté la mano en señal de disculpas, pero para mi sorpresa el auto aceleró y se me pegó a un costado sacudiéndose como si estuviéramos filmando una escena de una película policial.

El conductor del otro vehículo hacía chirriar las gomas cada vez que yo me adelantaba y cuando se me ponía a la par, me tiraba el auto para que yo reaccionara. El suyo era un coche moderno, todo brillante y polarizado: si me chocaba, a él le iba a costar bastante más caro el chapista.

La persecución con bocinas y puteadas siguió por varias cuadras en las que no había semáforos. Yo venía escuchando un disco de folklore y, por increíble que parezca, de los parlantes empezó a salir Coplas de un payador perseguido, en la voz de Jorge Cafrune. Me sentí un caudillo en fuga, un renegáu, un Chacho Peñaloza. Le hice señas a la sombra que manejaba el otro rodado de que ya había entendido el mensaje y me concentré en mi camino, restándole importancia al episodio. Pero el otro conductor estaba molesto y no iba a parar hasta aleccionarme.

Ofuscado, mi perseguidor se comió un par de badenes en su intento por hacerme pagar la falta. El paragolpes y la patente sacaban chispas, pero el conductor ni se inmutaba.
Desde donde estaba distinguía dos siluetas dentro del vehículo, una en cada asiento. Podía tratarse de un fisicoculturista loco, de un asesino serial que se levantó cruzado o de un psicópata entusiasta con ganas de mejorar el mundo a tiros. Cualquiera de las opciones me daba temor. Sigue leyendo

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