La lección de Gregorio

Me pusieron el título universitario en la mano un par de años después de terminar de cursar. Hubo una demora predecible: terminar el trabajo final, que había decidido hacer junto con un compañero. Elegí a Gregorio porque trabamos amistad al comienzo de la carrera y en el transcurso de los semestres, nos volvimos compinches, a pesar de que casi no teníamos cosas en común. Gregorio era “dejado”, le gustaba vivir sin preocupaciones y disfrutaba muchísimo de pasarse horas frente a la computadora. Cuando le pregunté si quería hacer el trabajo conmigo, no dudó:

–Má Valeria que Lynch.

–Nos tenemos que poner las pilas –le marqué–, necesitamos el diploma para buscar mejores laburos.

–En dos semanas lo cocinamos –dijo con seguridad impostada.
Gregorio consiguió trabajo en una cárcel y yo en una institución educativa. Los meses que siguieron nos los pasamos juntándonos a comer criollos, tomar Coca y fumar como dos polacos en la trinchera. Cada vez que yo quería abrir un documento en la compu para escribir aunque fuera el título de la tesina, Gregorio encontraba la forma de distraerme; sino mostrándome trucos en la compu (se le daba naturalmente la informática), contándome historias de su vida. En esos meses nos reíamos mucho con las canciones de Alfredo Casero, sobre todo Pizza conmigo y Puto a escondidas, porque nos parecían muy graciosas las letras. Sigue leyendo

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Cuando la anécdota se vuelve literatura

Recordamos bien el invierno de 1994 porque se nos rompió el calefón. Llamamos a Jesús, nuestro factótum, un señor muy discreto que hablaba siempre en voz baja.

–¿Qué le pasó? –quiso saber, al tiempo que dejaba en el piso la caja de herramientas y se quitaba los guantes y la bufanda.

–No sé, hizo blam, puf y se apagó –explicó mi viejo (que no se mide con el vocabulario técnico).

Jesús quitó la tapa blanca con el isologo de Orbis y ante nuestros ojos cayó un cascarudo negro y enorme, medio momificado, probablemente muerto meses atrás. El bicho quedó tendido patas arriba sobre la piedra de la cocina y todos lo miramos.
–Claro –dijo Jesús–, ¿cómo va a funcionar si se le murió el maquinista?

Ese chiste en particular, que hizo que estuviéramos riéndonos todo el día, fue una obra maestra de la construcción literaria de la oportunidad. ¿Qué probabilidades existen de que Jesús llevara ese chiste listo por si algún bicho muerto caía de las profundidades de nuestro Orbis?

Pocas. O ninguna. Seguramente a Jesús lo iluminó un rayo de inspiración divina que le puso en la cabeza la idea (genial, por cierto) de que los calefones tienen maquinistas diminutos, y él, un tipo inteligente, tiró el comentario con una precisión quirúrgica. Sigue leyendo

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Intercambio cultural en la isla de Fidel

En el año 1996 se alinearon los planetas turísticos y pude conocer la isla de Cuba. Llegué a la tierra de Fidel colado en un congreso internacional de abogacía que ofrecía una promoción imperdible para los inscriptos y acompañantes. Era la primera vez que salía del país y el destino me entusiasmaba en muchos sentidos.

Visitando esa geografía es lo más cerca que estuve de viajar en el tiempo. Lo descubrí ni bien me embutí en una de las butacas del avión de la aerolínea cubana. La aeronave en sí parecía recién salida de un desarmadero: todo estaba sucio, roto o rajado. Supongo que para abaratar costos, en el interior del vuelo había más hileras de butacas que las que uno suele encontrar, de manera que apenas te sentabas, las rodillas te subían hasta el mentón.

También era una de mis primeras veces en avión, y la idea de ir durmiendo en el aire por sobre Sudamérica me parecía de lo más extravagante. Recuerdo que esa noche, entre sopores, atisbaba la ventana y veía la piel renegrida del mar bajo el peine de las alas.

De acompañante me tocó un señor voluminoso, muy sudador él, que nos despertó a todos a eso de las 3 AM con un estentóreo escape de gas natural, que además dejó en evidencia que los filtros de aire de la nave no daban abasto.

En el aeropuerto nos esperaba un pequeño colectivo en el que un hombre tomó un micrófono, se presentó como el organizador del tour del congreso, y empezó a darnos instrucciones: “Les recomendamos no tomar agua del grifo; no darle nada a quienes piden en la calle y, por sobre todas las cosas, no contratar los servicios de prostitución que se ofrecen”. Más tarde comprendería que el ejercicio de la prostitución en esa época era la forma más rentable de subsistir, ya que por un servicio las mujeres podían obtener el equivalente del salario profesional de algún universitario. Sigue leyendo

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Los hijos y sus preguntas

Se había hecho de noche y mis hijas tenían hambre, así que tiré unas milanesas sobre la asadera y me puse a lavar una ensalada. Hicimos pacto de no ver tele, para conversar un poco. En estos casos, suelo tener extremo cuidado, porque las temáticas que sacan para debatir son casi siempre controversiales. Hay una cantidad de preguntas que me hacen y que me dejan bastante desencajado.

El tema de esa cena fueron las malas palabras. Esa misma tarde, y en una maniobra que amerita cuando menos un telebeam, un taxista y yo casi coincidimos en una esquina. Mi hija más pequeña quería saber por qué aquel hombre había sacado medio cuerpo para sugerirme que me dirigiera hacia la zona genital de mi progenitora.

–¿Cómo la conoce ese hombre a la abuela?

La hermana más grande se sumó para aclarar el panorama:

–No la conoce a la abuela, era para hacerlo enojar al gordazo (que vengo a ser yo).

Expliqué de manera rústica qué significaba aquella frase y a mis hijas les resultó inexplicablemente inútil mencionar las partes íntimas de la abuela de alguien para ofender.

La más pequeña arremetió:

–¿Y por qué no dijo nada del abuelo?

–Por el patriarcado, pequeña –le contesté, apostando a que la obra social me cubra el día de mañana la terapia de mi descendencia. Sigue leyendo

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Instrucciones para arruinar recuerdos

Necesitaba un trabajo y cuanto antes, mejor. Por eso repartí currículums en lugares de lo más disímiles, buscando siempre sobresalir y convertirme en una persona digna. Pienso en eso mientras me recuerdo a mí mismo en oficinas y salas de esperas abrazando un cilindro de papeles sudados, en el que el 80 por ciento del contenido era mentira y el otro 20 estaba tuneado con descaro.

No hace muchos años, era complicado hasta imprimir la hoja con la foto porque no entraba en un disquete junto con los certificados escaneados. Y los que te entrevistaban podían ser “de una consultora” (una especie de agentes de la Matrix que te ahogaban con la baranda a perfume) o “de recursos humanos” (por lo general, una chica bonita que te hacía dibujar gente parada en la lluvia y con eso se daba cuenta si tenías el perfil del que se sube al techo con un rifle). También quise timar con el currículum a un par de gordos de camisa blanca dueños de “una empresa” en el garaje de la casa.

Tal vez porque me quedaba la cara muy colorada tras afeitarme para las entrevistas (después de pasarme la track me lleno de granos), en la mayoría de los casos no pude pasar el proceso de selección, así que me decidí a probar suerte en la actividad independiente. Trabajé en un par de agencias de publicidad sin nombre que funcionaban en departamentos, en ellas redactaba avisos para radio, y todo fue bien hasta que se disolvieron los emprendimientos dejándonos a “los creativos” sin un peso y en la calle.

Por ese entonces conocí la fotografía y quise ser el mejor, tipo National Geographic. Aunque el manejo de las cámaras y los procesos de la imagen me vuelven loco, mi destreza es pavorosamente limitada. Y gracias a ella, arruiné una entrega de diplomas importantísima. Sigue leyendo

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