Lecturas de verano

Las primeras referencias del mundo masculino las tuve de mano de un tío que ofició de guía espiritual cuando entré en la adolescencia. Lo veía en los veranos, y para mí era una tortura.

Nuestras conversaciones se parecían mucho a un interrogatorio: él encendía un cigarro, se acomodaba en una reposera y me auscultaba con ojos vivaces, mientras yo con la mirada por el suelo, respondía monosilábicamente a sus preguntas sobre mis avances en materia de cuestiones amatorias.

Tenía entonces 14 años y mi vida sexual se resumía a hojear con fruición las revistas de verano y a soñar con que en un futuro lejano el amor se las ingeniaría para encontrarme.

Pero para mi tío, mi edad era su revancha. Su vientre asomando entre su camisa desprendida y el gesto de la derrota hecho arrugas en su cara, representaban un tiempo perdido que él intentaba recuperar con mi futuro promisorio.

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Sueños de libertad

Siempre tuve una relación de conflicto con la siesta. Tengo un trabajo de escritorio que me obliga a pasar mucho tiempo frente a una computadora y el peor horario es, sin dudas, el que viene después del almuerzo, cuando toda la sangre del cuerpo se va al galope hacia el estómago para digerir lo que haya echado buche abajo.

La sensación que tengo durante las dos horas que le suceden al mediodía es la de una batalla para evitar romper el monitor a cabezazos. A pesar de mi tenacidad, de que pongo mucho empeño para no reemplazar las letras del teclado por mis dientes de adelante, siempre termino haciendo equilibrio en la silla, como los perritos de adorno que suelen llevar los autos y que pivotean la cabeza con independencia del cuerpo.

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Devaneos previos al derrumbe

El otro día me encontré con una conocida. De la conversación trivial, surgió de pronto un dato que para ella era menor: su abuelo, fallecido unos meses atrás, había dejado una casa enorme que sería demolida ese fin de semana.

–Hay una biblioteca con libros. No los vamos a llevar, ¿a vos no te gustaban los libros? –dijo, casi al pasar–. Tendrías que ir a ver si te sacás alguno; no hay dónde poner tantos, así que agarrá los que quieras antes de que tiren la casa abajo.

La idea que me hice de cómo sería esa biblioteca se me instaló con el peso de un ancla. ¿Qué tan grande era el volumen de ejemplares como para descartar de plano trasladarlos? Su abuelo, lo sabía de antes, había sido un lector marcial, de esos que se encierran a determinada hora a enterrar la nariz entre las páginas y no salen del cuarto hasta que sienten la tripa pegada al espinazo.

–¿Podemos ir a ver?

–Yo estaba yendo justo para allá –me dijo ella, antes de empezar a caminar hacia mi auto.

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Canchero y a la moda

-Te queda bárbaro- dice la chica apenas salgo del probador. En el espejo del pasillo veo mi reflejo. El pantalón es demasiado ajustado, se siente como llevar un calzoncillo largo de tela gruesa.

Mi torso luce grotesco ahora que las piernas se han vuelto dos palos y el resto del cuerpo es una caja tosca.

– Con esto no me voy a poder agachar -le digo.

-Pero te hace más canchero. Ahora se usan así. ¿Querés que te alcance unas botas, así te probás el look completo?

La idea era medirme un pantalón, pero en estos lugares me siento desolado y sin parámetros, estoy a merced de códigos que desconozco.

-No me convence, si me agacho se me va a ver la ray…

-Pero ahora se usa así –insiste la vendedora-, es re canchero.

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Historia de amor, de locura y de muerte: Baron Biza y Myriam Stefford

Cumple 80 años la monumental ala de cemento que Raúl Baron Biza mandó a construir para Myriam Stefford. Un documental sobre los personajes detrás de la historia revela detalles de todas las personas involucradas en esta historia de novela que se volvió tragedia.

La historia del “Ala del avión” parece salida de una ficción y se sostiene sobre dos pilares: la vida y la muerte de sus dos protagonistas. Sobre ellos gravita una nube hecha de verdades y de mitos. Los datos ciertos son que él era millonario, que escribió libros y que no le caía bien a todo el mundo. Se enamoró de una aspirante a actriz devenida en piloto. La mujer se mató en un accidente de aviación. Se llamaban Myriam Stefford y Raúl Baron Biza.

En homenaje al amor truncado por la muerte, el millonario escritor que no le caía bien a todo el mundo hizo construir en medio de sus campos –y cerca de la estancia donde comieron perdices– el mausoleo más grande de Argentina. 82 metros de la base a la punta. Siete metros más que el Obelisco. Pero el monumento del ala no está sobre una avenida, sino en la ruta número 5, que serpentea para unir la ciudad de Alta Gracia con Córdoba.

Es perturbador transitarla cuando cae el sol. El monumento a Myriam Stefford parece el dial de una radio clavada en una emisora que presagia tragedias.

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