La resaca de los concursos literarios

Publiqué mis primeros textos en una antología de una editorial que estaba en Bahía Blanca. Llegué ahí por un aviso en el diario y la mecánica sencilla (vos ponías plata y ellos juntaban a muchos como vos en un libro) me entusiasmó. El resultado fueron cuatro páginas dentro de una antología horripilante. El responsable de la edición, un porteño bicho y de mucha labia, nos embaucó a todos los participantes y nos sacó unos buenos billetes.

En esa época no había ni mail ni celular, así que “los originales” se enviaban por correo tradicional, y al cabo de unos meses recibías el paquete en tu casa: 10 ejemplares con una tapa y una tipografía que te licuaban el alma. Pero de pronto algo tan mal diseñado y con tan poco empeño se convertía en tus primeras páginas encuadernadas: era lo más cercano a la felicidad que te podía brindar la escritura.

Yo quería ser escritor. Desde el momento en que descubrí que había gente que firmaba las historias que leía, supe que yo también quería contar historias por escrito. Pero lo supe cuando todavía no estaba listo para escribir nada, así que me dediqué mayormente a leer. En mi casa había muchos libros, pero todos malos. Best sellers tediosos o novelas primerizas que se desmoronaban a medida que les ibas pasando las páginas.

Opté por el cómic y la novela gráfica, y durante mucho tiempo abrevé en las cenagosas aguas de la pelotudez aventurera con dibujitos musculados. Me gustaba leer historias del espacio exterior y de superhéroes, pero no junté coraje para escribir lo mío hasta mucho después, ya terminando el secundario. Mientras tanto, escribí kilómetros de poemas de poca monta y bien edulcorados: la poesía era el único terreno en el que uno decidía cada cuánto apretar el “Enter” y nadie podía decirte nada. Sigue leyendo

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Gusnabo y su emprendedurismo

El quiosco estaba frente a la Plaza de la Intendencia y lo atendía Gustavo, un muchacho al que todos cargaban porque tenía un apellido difícil de pronunciar que terminaba en “chila”. Le decían “Gusnabo” y dejó el colegio justo antes de entrar al secundario, cuando la madre invirtió los ahorros y comprometió su jubilación en el alquiler de un local chiquitito que vendía puchos, vino “suelto” y pebetes.

Nunca hubo un quiosco tan minimalista ni tan lleno de gente haciendo maldades en toda la zona de Tribunales. Porque apenas se supo de su nuevo emprendimiento, empezamos a caer todas las tardes después del cole: los más traviesos, decididos a joderle la fuente de trabajo. Para nuestra edad sonaba raro que alguien tuviera esas responsabilidades, ya que todos éramos mantenidos.

Encima Gusnabo se tomaba su tarea con seriedad, y eso a algunos de la barra les caía mal; supongo que porque para ellos el Gusnabo entrepeneur era un espejo en el que descubrían sus propias limitaciones.

Fueron muchas maldades las que le hicieron, como la de robarle paquetes enteros de sánguches o destaparle las botellas de gaseosa sin que se diera cuenta, para que los clientes después vinieran a putearlo. La mayoría de las chanzas eran crueles y me empalagaban: no disfrutaba para nada de su desesperación, ni de sus ojos cristalinos por la angustia. Me molestaba que una gavilla de chiquilines se ensañara con la Pyme de Gusnabo. No era justo.

El bullying tocó techo en un día cercano a la Navidad, cuando uno de los facinerosos que integraban la comitiva estable en el quiosco vio que era buena idea acercarle un encendedor al estante donde Gusnabo tenía la pirotecnia para las fiestas. Sigue leyendo

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La vocación por el canto, el heavy y los tatuajes

Más por conveniencia de ambas partes que por sincera amistad, con el Gordo Torres habíamos formado una sociedad. Éramos jóvenes y yo sabía algo de inglés, materia en la que él derrapaba indefectiblemente. El Gordo era grandote y le encantaba agarrarse a las piñas, así que le propuse hacerle las evaluaciones escritas a cambio de que evitara que me rompieran la cabeza los mayores que nosotros cuando íbamos a fumar al baño.

De aquel acuerdo de doble conveniencia quedó algo parecido a una amistad. Seguimos viéndonos cada tanto cuando dejé ese colegio, y así fui testigo de su transformación. Le gustaba fanfarronear: probó con boxeo, artes marciales y pesas. Una vez me lo crucé en el Centro y casi no lo reconozco:

–Gordo, parecés un novillo que se retuvo todo el líquido.

Me contó que estaba en su mejor momento y que quería probar en el ambiente artístico.
–Quiero ser cantante –me dijo esa vez–. Y esta noche voy a probarme con un grupo de acá de Córdoba que se llama Hammer.

Nos pusimos al día y me ofreció acompañarlo a la prueba con la banda.

–Se van a quedar de cara cuando me escuchen cantar –dijo antes de mostrarme su registro barítono electrocutado en la peatonal, mientras la gente de traje nos miraba como si fuéramos contagiosos. Sigue leyendo

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La lección de Gregorio

Me pusieron el título universitario en la mano un par de años después de terminar de cursar. Hubo una demora predecible: terminar el trabajo final, que había decidido hacer junto con un compañero. Elegí a Gregorio porque trabamos amistad al comienzo de la carrera y en el transcurso de los semestres, nos volvimos compinches, a pesar de que casi no teníamos cosas en común. Gregorio era “dejado”, le gustaba vivir sin preocupaciones y disfrutaba muchísimo de pasarse horas frente a la computadora. Cuando le pregunté si quería hacer el trabajo conmigo, no dudó:

–Má Valeria que Lynch.

–Nos tenemos que poner las pilas –le marqué–, necesitamos el diploma para buscar mejores laburos.

–En dos semanas lo cocinamos –dijo con seguridad impostada.
Gregorio consiguió trabajo en una cárcel y yo en una institución educativa. Los meses que siguieron nos los pasamos juntándonos a comer criollos, tomar Coca y fumar como dos polacos en la trinchera. Cada vez que yo quería abrir un documento en la compu para escribir aunque fuera el título de la tesina, Gregorio encontraba la forma de distraerme; sino mostrándome trucos en la compu (se le daba naturalmente la informática), contándome historias de su vida. En esos meses nos reíamos mucho con las canciones de Alfredo Casero, sobre todo Pizza conmigo y Puto a escondidas, porque nos parecían muy graciosas las letras. Sigue leyendo

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Cuando la anécdota se vuelve literatura

Recordamos bien el invierno de 1994 porque se nos rompió el calefón. Llamamos a Jesús, nuestro factótum, un señor muy discreto que hablaba siempre en voz baja.

–¿Qué le pasó? –quiso saber, al tiempo que dejaba en el piso la caja de herramientas y se quitaba los guantes y la bufanda.

–No sé, hizo blam, puf y se apagó –explicó mi viejo (que no se mide con el vocabulario técnico).

Jesús quitó la tapa blanca con el isologo de Orbis y ante nuestros ojos cayó un cascarudo negro y enorme, medio momificado, probablemente muerto meses atrás. El bicho quedó tendido patas arriba sobre la piedra de la cocina y todos lo miramos.
–Claro –dijo Jesús–, ¿cómo va a funcionar si se le murió el maquinista?

Ese chiste en particular, que hizo que estuviéramos riéndonos todo el día, fue una obra maestra de la construcción literaria de la oportunidad. ¿Qué probabilidades existen de que Jesús llevara ese chiste listo por si algún bicho muerto caía de las profundidades de nuestro Orbis?

Pocas. O ninguna. Seguramente a Jesús lo iluminó un rayo de inspiración divina que le puso en la cabeza la idea (genial, por cierto) de que los calefones tienen maquinistas diminutos, y él, un tipo inteligente, tiró el comentario con una precisión quirúrgica. Sigue leyendo

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