Tiempos modernos

–Dedicale este chupadón de pija a lo muchacho del grupo.

Ella se corre el pelo de la cara, se quita el glande de los labios, y balbucea sin mirar a cámara:

–Al grupggo.

Acto seguido, engulle el pene casi hasta los testículos.

–Ay, cómo te guta la pija, nena –dice una voz en off, a la que ella responde haciendo una burbuja de baba sobre el frenillo.

De pronto la imagen se sacude y aparece en primer plano un rostro regordete y blancuzco, quemado por la luz. La boca se abre y el audio se satura:

–Eta e para vó, Tutuca culiauuu…

En seguida la mujer vuelve al cuadro. Ahora su rostro sube y baja hasta que la nariz se le entierra en un abdomen fofo.

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El traje del entrenador

Desde pequeño me preocupó sobremanera cómo contestar a la pregunta “¿Qué querés ser cuando seas grande?”. La respuesta que siempre quise dar es una especie de rulo que me habría salvado de quienes realmente añoraban una contestación esperanzadora (por caso, mis padres): “Me gustaría ser chico de nuevo”. Esa es la respuesta justa para abolir un cuestionamiento tan determinante a una edad en la que la noción de los oficios es algo confusa. Pero la respuesta que hubiera hecho colapsar el universo se me ocurrió de grande.

El tiempo pasó y las herramientas que pude hacerme en los primeros años de vida me ayudaron a tener en claro que un plan B ante el desconocimiento era optar por cualquier cosa menos las carreras tradicionales, a las que mis progenitores apuntaban con más fruición: creo que estamos condenados a ser abogado, médico o algo con números, desde los cinco años.

Cuando aprendí a leer y a escribir, encontré en las palabras una herramienta de peso y fui consciente de que, detrás de los libros, había gente que se dedicaba a escribirlos. Aunque no tardaría en descubrir con tristeza que no había una carrera para ser escritor. Así que me aboqué por cuenta propia a una formación marcial que brotaba del apetito propio de quien descubre un mundo nuevo: las casas de revistas usadas y una biblioteca en la calle Deán Funes, en el centro de la ciudad de Córdoba, fueron mis antros de perdición.

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Mi amigo, el doctor

En 2003, mi estado físico llegó a un grado de decrepitud tan deplorable que un día, recién levantado, tuve frente al espejo del botiquín del baño una epifanía: me quedaba una única oportunidad para poner mi cuerpo a tono por última vez.

Después de eso, por la ley de la gravedad y por los avatares del crecimiento, lo que me esperaba era una lenta e inexorable cuesta abajo, que sólo podía terminar en una triste papada mórbida o en un piadoso infarto miocardial por correr un colectivo.

Había superado las tres cifras de peso y gran parte del sobrante adiposo se acumulaba en la zona abdominal y en la cintura. Además, por vicios posturales, una giba incipiente me había doblado en dos la espalda.

Pero el principal problema era mi estado anímico. Una ruptura amorosa reciente me había sumido en una profunda depresión, que combatía a duras penas con golosinas y bebidas alcohólicas. Esa era mi dieta básica en aquellos primeros años de la década de 2000.

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Mala suerte en el juego y en el amor

La primera vez que lloré por amor fue en un clásico que jugó Belgrano en Alberdi, allá por la década de 1990. En ese momento, mi tío Victorio Nicolás Cocco era director técnico del equipo celeste y Córdoba bramaba ante la expectativa por el resultado.

Mientras a mi alrededor todo eran papelitos y cornetas, yo caminaba por la Colón comiéndome las uñas, sin importarme nada del resultado. A mí me preocupaba el encuentro con quien en ese momento era mi novia.

Era mi primer amor y mi corazón estaba más embargado que el de ella. El amor, se sabe, es una partida en la que uno de los apostadores siempre tiene más fichas en juego que el otro.

–Te amo –le dije después de nuestro primer beso, juntando coraje.

–Callate, ¡qué vas a amar! –me contestó ella.

Me había tocado probar por primera vez un montón de experiencias con ella y todo me indicaba que aquella pequeña mujer de 1,50, que besaba como si quisiera curarme la sinusitis, que me hacía escuchar canciones de Ricardo Montaner hasta darme náuseas, que me llevaba los fines de semana a darle tutucas a los patos en el Parque Sarmiento, era el amor de mi vida.

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Desliz

Antes de terminar, no dijo “Mariana”, dijo “Ana”. Ella se lo sacó de encima con un empujón.

–¿Quién es Ana?

–Quise decir Mariana – contestó él enjugándose la frente transpirada.

–Pero dijiste “Ana” –agregó ella mirándolo fijamente a los ojos–. Dijiste “Ana”.

Se quedó pensando. La noche anterior Mariana le había leído un artículo en una revista. En el artículo, una psicóloga decía que a partir del momento en que uno de los integrantes de la pareja empieza a pensar en un tercero para excitarse, la relación está terminada. Se miró entre las piernas, justo para captar el momento en que la erección se le iba al piso.

–El artículo de mierda ese –dijo él mientras se sentaba y buscaba el paquete de Mogul de la mesa de luz.

Ella eligió fumar.

–¿Ana es Anita? ¿Tu compañera de trabajo?

–Sí –reconoció con un tono severo, bastante poco frecuente para dirigirse a Mariana–. Es Anita. Mientras cogíamos, se me cruzó la cara de ella y me confundí. Ahora no me vengás con que nuestra pareja está terminada como dice esa revista pedorra porque me parece una pelotudez.

Mariana se limitó a mirarlo dejando que el cigarrillo humera en su mano.

–Bueno –rotomó él con tono de conferenciante exageradamente paciente–, pero es que ustedes las mujeres no entienden: todos los tipos pensamos en otra mujer cuando estamos cogiendo, no soy sólo yo. Si hacés una encuesta, te aseguro que el 99,9% te dice que piensa en otra mu…

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