Festejos moderados

Mi compa y yo cumplimos años la semana pasada. Se me ocurrió ir al Centro a comprar un regalo. La ocasión lo ameritaba. También quería algo de ropa para mí, aunque detesto los probadores porque les ponen unas luces como para cocinar un pollo al espiedo. Me molesta tener que sacarme y ponerme ropa que me queda chica y mantener la cortinita cerrada para que no vean la vejez de los calzones.

Tampoco me hace gracia salir en medias a caminar por las tiendas como si fuera Iván de Pineda en un desfile. Y me cae definitivamente mal que me digan que me queda bien algo que a todas luces me queda como una patada en los huevos.

Pasé por lugares donde vendían bolsos, otro donde vendían todo por no sé cuántos pesos. Por fin me detuve frente a una zapatería. El calzado femenino viene cada año más feo, unas cosas con plataformas para rengos. ¿Qué pasó con los tacos y las sandalias?

Descarté enseguida la batea para mujeres y me concentré en la de los hombres. Había cosas de gamuza, de charol, con hebillas arriba y a los costados. Ahora parece que se usan los zapatos puntudos como si fueras Aladino. Un chico que atendía se me acercó.

–¿Tendrás algunas zapatillas que no sean así con estas puntas?

Me indicó un estante de calzado más deportivo. La mayoría eran de colores estrambóticos, bien para hacer deporte. Me toqué la panza y me deslicé hacia el sector de sport elegante. Sigue leyendo

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Burocracia y bienestar

Aprendí a ponerme inyecciones a mí mismo para calmar el dolor de una enfermedad medio chota que me agarró hace unos años. La aventura dejó como secuela una significativa disminución de las capacidades de mi mano diestra, por lo que aplicarme yo mismo una inyección en la actualidad no es una opción, a menos que me dé igual si el pinchazo queda en el cinturón o en la pantorrilla.

La aguja siempre es el último recurso, lo que te sugieren cuando los demás tratamientos van mal, y para muchas personas es el horror mismo; aprendemos a temerle al pinchazo desde pequeños.

De todos los procedimientos médicos quizá sea el que menos innovaciones tuvo desde que se inventó. Pudo haber variado el grosor de las jeringas, pero sigue siendo un punzón que horada la carne.

Si bien la ficción colaboró bastante con el desarrollo de adelantos tecnológicos (en Viaje a las estrellas inventaron los celulares, las tablets y unas pistolitas con las que te daban un chute de medicina sin que te dieras cuenta), hay aspectos de la vida cotidiana que parecen inmunes al progreso y algunas prácticas médicas suelen ser un ejemplo.

Pensemos si no en un consultorio odontológico en el que las muelas todavía se sacan con pinzas y a los tirones. Sigue leyendo

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Policía de la moral

El oficial me pide otra vez que le explique cómo fue.

–Yo estaba en la mesa junto a la ventana, pero no alcancé a escuchar bien cómo empezó la discusión –repito.

–Ajá. Usted no conocía a los dos sujetos –me pregunta, y le digo que no, que eran clientes del bar como yo.

–Bueno, la cosa es que empecé a prestar atención cuando uno de los dos golpeó la mesa y dijo “negro choriplanero kirchnerista”.

–¿Se lo dijo al otro que estaba con él en la mesa?

–No sé quién se lo dijo a cuál. Yo me hice el distraído para escuchar mejor, pero no vi quién dijo qué.

–Prosiga.

–Bueno. Parece que discutían de política, porque de otra forma no se explica que le haya dicho eso –reflexioné mientras el agente tomaba nota–. Entonces el otro le contestó “vos votaste la dictadura, macrista hijo de puta”.

–¿Cuál era el kirchnerista y cuál el macrista? –quiso saber el oficial.

Dudé. Según recordaba, ninguno tenía rasgos distintivos como para ubicarlos en uno u otro bando. Sigue leyendo

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Compras al pedo por internet

Hola, mucho gusto; yo soy el que compró el reloj por internet. Ya sé, ya sé, un tipo universitario, con familia a cargo, formado en trabajos cercanos a la publicidad, y de todas formas… Mucho gusto. Soy el que metió la gamba hasta el muslo. Pero la culpa es de los publicistas que saben cómo acordonarte cuando no te la estás esperando.

Esto pasó hace más de un año. Algunas páginas raras debo haber estado navegando porque cuando empecé a cerrar todo, quedó flotando una ventanita más chica que el resto en la que aparecía un reloj que si lo ves te caés de culo. Sobre todo por el precio. “Eshte reló pué sé tuio por un euro”, dijo una voz española y sensual en la soledad de mi living en esa madrugada.

Ya me estaba por ir a dormir, pero la voz como que me dio intriga. Y el precio, y que decían que te lo llevan a cualquier lugar del mundo.

Trabajé un tiempo en agencias de publicidad. Incluso tuve que hacer proyectos con creativos publicitarios en otros momentos de mi vida. Estudié una carrera que un poco te habla de eso. Y no cabe duda, la publicidad es la más sutil de las manipulaciones para que abramos las manos y dejemos caer las monedas. Y, sin embargo…

¿Querés que te diga más? La historia de la modernidad es un combate contra la seducción ficcional mal usada por la publicidad: el relato épico para que compres tampones, la apelación al golpe bajo para que te decidas por un mueble ideal para empotrar el tele. Los creativos publicitarios son los responsables de que necesitemos cosas que no necesitamos. Sigue leyendo

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Los gatos van a dominar el mundo

Cae la tarde y las loras se desgañitan para competir con el tango que escupe la radio. Me dispongo a fumar un cigarro después de terminar algunas tareas de jardinería. El cielo fundiendo a negro tiene algo de magia india y no puedo dejar de mirarlo.

Mi hija me llama desde la casa para que ayude a poner la mesa y me pregunta si sé algo de la gata.

–¿Ya tuvo, pa?

–No, hija. No tuvo todavía.

La gata apareció el mismo día en que nos mudamos, atraída por la luz, los ruidos y el olor de un guiso que quedó en la mesa de afuera y que se terminó comiendo hasta hacer brillar el plato. Tiene el pelaje como el de un tigre pasado por barro.

Acepté que nos rondara porque gracias a su presencia desaparecieron los roedores, y mantuvimos –hasta hace unos días– una relación respetuosa y distante.

Pero todo cambió cuando notamos que le había crecido la panza.

–¿Qué corno se supone que vamos a hacer con un bicho todo embarazado? –le dije a mi compañera.
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