Fugaz paso por la industria del doblaje

Uno de los primeros trabajos que tuve fue hacer la voz de unos dibujitos animados. En Córdoba el fenómeno de los incendios en las sierras se convirtió en un objetivo político, y entonces comenzaron las campañas de concientización. Un amigo me llamó y me explicó:

–Es una serie de dibujitos animados con capítulos cortos. Los personajes son todos animales autóctonos y vos tenés que hacer la voz del carpincho, que todavía está vacante.

–Nunca hice eso; ¿los puedo grabar en casa y te los paso por mail?

–No, pavote. Esto se hace en un estudio de sonido.

Mi amigo no sabía de cuánto era la paga, y a mí mucho no me importaba porque todavía me costaba creer que alguien estuviera dispuesto a darme dinero por hablar.

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Segunda profesión asegurada

Ya casi no hay monedas en circulación. Parece una nimiedad, pero sumado a los terremotos, los tsunamis, el jopo de Donald Trump y las publicidades políticas horribles de nuestros candidatos improbos, todo me da la pauta de que estamos sobre cuerdas flojas. No es un invento que la plata rinda menos, y eso indefectiblemente me lleva a pensar en la gente que en este momento no tiene trabajo. ¿Cómo haría yo llegado el caso? A veces me pregunto, ¿qué haría hoy si me quedo en la calle? La idea me hace tiritar aunque no haga frío.

Tengo un título genérico de comunicador, disciplina que me faculta para realizar un cúmulo interesante de tareas, todas para nada rentables. Además está el tema de la edad: si viviéramos en el Medioevo ya se me habrían caído todos los dientes y estaría pidiendo pista, todo orinado, en la puerta de un mercado.

Pero en vez de eso vivo en una era moderna acunada por el capitalismo sauvage, entonces tengo incertidumbres existencialistas a mis cuarenta y tantos.

Debo reconocer que dos décadas atrás el panorama era todavía más acuciante. Lo resumiré diciendo que el ingreso monetario al hogar peligraba. Y agregaré que para evitar la catástrofe, necesitábamos a un productor asesor de seguros matriculado. Sigue leyendo

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Mejores versiones de uno mismo

Unos meses atrás, mi compañera se cruzó con una cuenta de Instagram de un tipo con el que éramos bastante parecidos de cara. Él es un fotógrafo, se lo nota refinado y con mucho mundo encima. Para entretenernos un poco, le robé una de sus fotos y la subí a mi cuenta sin aclarar nada. Mi chica tiene por costumbre coleccionar fotos de mi cara cuando estoy embobado frente a la compu o cuando recién me levanto. Mi cuenta de Instagram está llena de fotos en las que salgo horrible. Nos reímos mucho de eso y de que el álbum de los últimos años es una línea de tiempo perfecta para ver la decrepitud de una persona.

La imagen de mi doble era medio en contraluz y no se apreciaban muchos detalles. Para mi sorpresa empezaron a ponerle Me gusta a la imagen de mi sosías y entonces pensé que sería gracioso repetir el experimento. Le robé a mi doble una serie de imágenes que me causaban gracia. En una el tipo estaba en la nieve. En otra, rodeado de mujeres hermosas. Y así. Mientras mi otro yo hacía footing en cueros, yo le robaba las fotos desde mi sofá, en calzones y rascándome un flotador.

El primer mensaje fue de una prima que hacía mucho no veía. “¡Primo, estás mejor que nunca!”. No le contesté. En una imagen en la que el tipo se estaba matando en un gimnasio empecé a poner epígrafes ridículos, al estilo de “Entrenando duro es la única forma de ser feliz. Fuerza. Power. Crossfit feroz”. Sobre la del gym llovieron Me gustas y comentarios. La mayoría ponderaba mi esfuerzo, sin saber que yo leía esas cosas mientras me tragaba un balde de Coca con una bolsa de criollos. Sigue leyendo

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Importar las fiestas

Me gustaría esquivar el tema de las Fiestas, pero será imposible. Son fechas sensibles y, aunque no comulgo con ellas, ya están acá; no hay nada que hacer al respecto. Sin embargo, lo mío no es enojo sin fundamentos, tampoco un resentimiento de índole religioso: se trata de angustia en su más acabada expresión. Me angustia mucho que haya gente disfrazada de Papá Noel con el calorón que hace en estas tierras, y ni hablar de que adoptemos íconos de gaseosa para ilusionar a los más pequeños con la llegada de trineos cargados de bolsas.

También por estos días me bajonea el empacho con los programas de televisión de temática de nieves y norteamericanos enfundados en casacas, botas y gorro de lana.

Pensaba en esto mientras me agarraba la cabeza en la cola de un Rapipago. Mientras avanzábamos como zombis hacia las cajas nos disputábamos con los codos sudorosos el aliento de un aire acondicionado con fatiga. Veía pasar a la gente por la vereda, enajenada por la locura de las compras. Pensé en la romería que tuve que sortear para cambiar un ventilador en el centro.

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Convivir con la parca

En el año 1978, un grupo reducido de hombres desesperados clavó la pala sobre la tierra que cubría el cuerpo de Charles Chaplin, fallecido un año antes. Los profanadores improvisados robaron los restos de la mítica estrella del cine mudo para pedirle rescate a la familia. Convencidos de que habían dado con una modalidad inteligente de conseguir dinero fácil, se quedaron descolocados cuando recibieron la respuesta del entorno del artista: no les iban a soltar ni un peso partido al medio.

Los hombres se vieron entonces en apuros y, apremiados por la avidez de metálico, decidieron conservar el cuerpo y continuar con las negociaciones ofreciendo descuentos y cómodas cuotas, para ver si sacaban algunos mangos. Pasaron 11 semanas y nunca les llegó el premio consuelo. Y como la conservación de los cuerpos profanados no era especialidad de los forajidos post mortem, al final los terminaron agarrando. Desde entonces, el cuerpo de Chaplin descansa cerca del lago Lemán, bajo dos metros de hormigón para disuadir a potenciales emprendedores del desentierro.

Me gusta esa historia por diferentes razones, entre ellas porque encierra nuestra fascinación por la muerte, que convierte a los cadáveres en tótems o amuletos. La muerte es cautivante cuando la parca pasa a degüello a nuestros íconos, y entonces ya no es sólo el morbo quien toma las riendas, sino que hasta las circunstancias de un deceso pueden despertar diferentes pulsiones. O directamente abonar una leyenda.
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