La pastilla de la felicidad

Me contestó que andaba bien. Mucho mejor. Hacía mucho que no conversábamos, años. Y de golpe nos chocamos en la vereda y decidimos tomar algo. Una vez disipadas cuestiones de hipotecas y créditos, entramos al tema de la salud, me dijo:

–Esta mañana pasé a tomar la dosis más baja desde que empecé el tratamiento.

Yo ni sabía que Fede estaba en tratamiento, así que me dispuse a escucharlo, me intrigaba. Más cuando me dijo que estaba en un punto al que no pensó llegar jamás, a metros de conseguir su objetivo de independencia.

–Estoy al borde de no depender nunca más de una receta, de un mostrador de farmacia y de una fábrica de estas pastillitas de mierda, no sabés lo que es.

Mientras dice esto, alcanzo a notar un tic en su ojo derecho en el que no había reparado. Me explica más. Está en proceso de rehabilitación. Le resulta complicado después de una década tragando rueditas para calmar sus problemas mentales.

–En el mercado de los medicamentos hay pastillas para lo que se te ocurra –me instruye–. No te das una idea.

–¿Vos para qué las necesitabas?

–Para dejar de pensar boludeces.

La industria farmacéutica parece haber avanzado y ya no se conforma con levantar ánimos, tonificar humores y facilitar el sueño como se hacía en esas viejas farmacias con estantes hasta el techo y maderas viradas a tonos oscuros. Sigue leyendo

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La velocidad de los días

Es tarde, no creo que lleguemos a tiempo. Le ruego al señor que maneja:

–Por favor, como alma que lleva el diablo.

Le explico que es una misión contrarreloj, que si no llego a la hora pactada, pierdo como en la guerra.

La vida es una conga inmensa orquestada por un montón de gente que no disfruta del bailongo: vamos todos por las calles, las veredas y las rutas moviéndonos al compás de un ritmo grupal que nos obliga a hacernos lugar a los codazos.

El chofer se toma en serio la misión de cruzar la ciudad a los santos pedos; contagiado por mi urgencia se vuelve un Schumacher sin glamour, y comienza a manejar el auto como si fuera un planeador, apenas levantando la pata del pedal cuando ve luces rojas.

Observo que mi apuro le viene al pelo para pegar volantazos categóricos y dar bocinazos cortos. Por la forma en que vamos esquivando las opciones contra las que deberíamos estamparnos comprendo que para él este viaje es una excusa para el manejo temerario: si llegamos a destino sin un rasguño va a ser un milagro.

–¡Hacete a un lado, viejo de mierda! –empieza a gritar con medio cuerpo fuera de la ventanilla. Sigue leyendo

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Las novelas también aprenden a caminar

Hace unos años tuve que pasar una temporada en una clínica de rehabilitación para aprender a usar el cuerpo de nuevo, tras una operación que me convirtió en maniquí.

En mi estancia en esa casona devenida en centro de terapias conocí a varias personas que sufrían distintos padecimientos, y durante los meses que duró mi tratamiento, me dediqué a borronear los apuntes para una novela.

Lo que más me gustaba era que la ficción transcurriera en esa casona y que estuviera protagonizada por los pacientes con los que había compartido tratamiento, a quienes incorporé con sus “impedimentos” a la trama.

La acción comenzaba cuando una gavilla de delincuentes tomaba la casona con fines de robo. Finalmente los pacientes –contra todos los pronósticos– conseguían repeler el ataque.

El grupo con el que me rehabilitaba todos los días era heterogéneo, de edades variadas y con diferentes patologías, pero a todos los hermanaba un instinto de superación y una valentía como no he visto siquiera en personas que gozan de buena salud.

Me seducía trazar una metáfora de esa fuerza en un relato.
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Festejos moderados

Mi compa y yo cumplimos años la semana pasada. Se me ocurrió ir al Centro a comprar un regalo. La ocasión lo ameritaba. También quería algo de ropa para mí, aunque detesto los probadores porque les ponen unas luces como para cocinar un pollo al espiedo. Me molesta tener que sacarme y ponerme ropa que me queda chica y mantener la cortinita cerrada para que no vean la vejez de los calzones.

Tampoco me hace gracia salir en medias a caminar por las tiendas como si fuera Iván de Pineda en un desfile. Y me cae definitivamente mal que me digan que me queda bien algo que a todas luces me queda como una patada en los huevos.

Pasé por lugares donde vendían bolsos, otro donde vendían todo por no sé cuántos pesos. Por fin me detuve frente a una zapatería. El calzado femenino viene cada año más feo, unas cosas con plataformas para rengos. ¿Qué pasó con los tacos y las sandalias?

Descarté enseguida la batea para mujeres y me concentré en la de los hombres. Había cosas de gamuza, de charol, con hebillas arriba y a los costados. Ahora parece que se usan los zapatos puntudos como si fueras Aladino. Un chico que atendía se me acercó.

–¿Tendrás algunas zapatillas que no sean así con estas puntas?

Me indicó un estante de calzado más deportivo. La mayoría eran de colores estrambóticos, bien para hacer deporte. Me toqué la panza y me deslicé hacia el sector de sport elegante. Sigue leyendo

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Burocracia y bienestar

Aprendí a ponerme inyecciones a mí mismo para calmar el dolor de una enfermedad medio chota que me agarró hace unos años. La aventura dejó como secuela una significativa disminución de las capacidades de mi mano diestra, por lo que aplicarme yo mismo una inyección en la actualidad no es una opción, a menos que me dé igual si el pinchazo queda en el cinturón o en la pantorrilla.

La aguja siempre es el último recurso, lo que te sugieren cuando los demás tratamientos van mal, y para muchas personas es el horror mismo; aprendemos a temerle al pinchazo desde pequeños.

De todos los procedimientos médicos quizá sea el que menos innovaciones tuvo desde que se inventó. Pudo haber variado el grosor de las jeringas, pero sigue siendo un punzón que horada la carne.

Si bien la ficción colaboró bastante con el desarrollo de adelantos tecnológicos (en Viaje a las estrellas inventaron los celulares, las tablets y unas pistolitas con las que te daban un chute de medicina sin que te dieras cuenta), hay aspectos de la vida cotidiana que parecen inmunes al progreso y algunas prácticas médicas suelen ser un ejemplo.

Pensemos si no en un consultorio odontológico en el que las muelas todavía se sacan con pinzas y a los tirones. Sigue leyendo

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