El baño, la última frontera

Debí sospechar que algo no andaba bien porque no es normal que una persona se pase 25 años seguidos con descompostura de vientre. Le atribuí el problema durante mucho tiempo a los embates del colon irritable, cuando no a la alcalinidad del agua (por no mencionar la radiactividad de las empanadas del delivery al que me había abonado en mis épocas de estudiante).

Hasta que por fin descubrí que se trataba de un inconveniente con la digestión de las harinas.

Ahora que me incorporé al bando de la gente que hace sus necesidades en tiempo y forma, la perspectiva del mundo ha cambiado rotundamente, y lo comentaba por estos días con un colega, que escuchó con atención los pormenores escatológicos de mi epopeya a lo largo de un cuarto de siglo.

–Es que no hay peor discriminación que la que se ejerce sobre una persona que se hace encima –sentenció él y me dejó pensando.

Su diagnóstico me remitió de inmediato a la cantidad de veces en las que me sentí rehén de los excusados, la incontable sucesión de anécdotas producto de una vida condicionada por la proximidad de un baño.

–La situación de las personas con tendencia al desarreglo –analizó mi colega– es comparable a la que padecen otras minorías subyugadas por cuestiones de credo, raza o ideología. Sigue leyendo

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Paseos accidentados

Suelo elegir las horas del alba para sacar a la Fanta a que dé una vuelta. Creo que en el fondo también lo hago para no sentir tanta culpa por mi sedentarismo. Pero no voy a negar que hay algo de terapéutico en el acto de pasear un perro, incluso si cada tanto hay que agacharse a embolsar un sorete.

Las primeras caminatas fueron complicadas: un animal joven con semejante chasis no es fácil de controlar. Pero con el correr de las jornadas, el can fue adquiriendo cierto autocontrol y ya no hacía falta tironear tanto para que siguiera el ritmo.

Ahí, creo, comencé a disfrutarlo. Y calculo que ella también, pero andá a saber qué piensan los perros.

Lo que empezó como tortuosas caminatas como si estuviera domando un caballo con la correa, no tardó en volverse un paseo a velocidad crucero y paso firme, hasta relajado.

Desde la primera salida –una vez que las vacunas estuvieron en regla–, hicimos un mapa mental de zonas que hay que evitar, entre las que figuraban los domicilios habitados por perros con los que Fanta no iba a poder socializar nunca por incompatibilidad de caracteres. Sigue leyendo

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Somos la selfie que borramos

Esta semana estaba por bajarme del auto para entrar al trabajo y me agarró un ataque de llanto culpa del Petete Martínez. Pero para ser justos debo decir que la responsabilidad no fue suya sino de la entrevista radial que el conductor le hizo al changarín que dijo haber encontrado un bolso lleno de plata.

Una vez leí que la noticia de alguien que devuelve dinero es casi tan frecuente en los medios como los informes que hablan del boom del tango. Pero aun sin motivo aparente para quebrarme como una espiga, me brotó un nudo enorme en la garganta cuando escuché que el tipo había devuelto medio palo verde.

Y para cuando contaron que encima, en un gesto de honestidad brutal, también rechazó una casa como recompensa, yo ya venía con la vista acuosa y se empezaron a deformar los autos de adelante.

El Parkinson en la pera me agarró cuando el periodista dijo que el changarín sólo había pedido a cambio un trabajo en blanco.

Para entonces me encontraba en el último semáforo. Tuve que mirar a los costados para cerciorarme de que no hubiera conocidos entre los demás autos, básicamente porque agarro una cara de pelotudo indescriptible cuando lloro. Sigue leyendo

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Esto no lo va a leer nadie

Es fácil imaginar la escena en un futuro no muy lejano. Mi hija más grande habrá crecido lo suficiente para poner los puños en la cintura, resoplar y sacar a relucir la practicidad heredada de su abuela.

–Qué manera de juntar basura, pobre viejo –le dirá a su hermana.

Por su parte la más pequeña –que en ese porvenir imaginario será una mujer también bastante dada a las soluciones rápidas– se lamentará por la tinta derramada y dirá que no hay lugar para guardar tantos libros, pero que tiene una idea.

No me alcanza la proyección para saber quién de las dos estará de novia con un melenudo que sugerirá hacer un gran asado con los libros.

Pienso en esto mientras contemplo la biblioteca de mi casa. Una cantidad infernal de ejemplares que fueron el ariete con el que abrí las puertas de cada domicilio al que me mudé en el último cuarto de siglo. Sigue leyendo

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La huerta de los Ingalls

Y un día, por fin, estuvieron listas para la cosecha. Mi compañera había preparado la tierra en invierno, luego sembró todo lo que encontró a mano (incluso esponjas con formas fálicas que dicen que son muy útiles para la exfoliación).

Yo acompañé el proceso de hacer nacer verduras como si me hubieran contratado de veedor.

–Acá habría que poner una guía; ahí falta más abono; esos plantines están muy juntos.

–¿No te dan ganas de participar más activamente? –quiso saber más de una vez ella entre jadeos mientras le daba palazos al suelo.

Y la verdad es que no. Me gusta ver cómo se bate a duelo todos los días con la tozudez de la tierra, y mientras ella mete rastrillo, pico y azada, yo siento que soy un Charles Ingalls que le da ánimos.

Es nuestro pacto: ella consigue que comamos orgánico y yo paso la máquina de cortar pasto.

Después de lluvias torrenciales, de algún que otro golpe de sol generoso y de sacar cagando a las liebres hambreadas, conseguimos presenciar el milagro.

–Jodeme que eso es un zapallo –dije cuando descubrí que de la planta colgaba, efectivamente, un zapallo. Sigue leyendo

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