Pistas para saber si llegó tu hora

A mediados de los ’90, y por motivos que no vale la pena aclarar, las vueltas de la vida me hicieron coincidir para una cena en la misma mesa del restaurante donde estaban el entonces presidente del club de fútbol Belgrano, el actor Tristán y una bruja. La presentaron así: “Y ella es tal, que es bruja”. Me llamó la atención que todos tomaran con naturalidad el hecho de que una persona tuviera como profesión la hechicería y la magia, pero como suelo mirar el mundo de una manera infantil, ese plantel que formamos, digno de las películas de Narnia, me pareció simpático.

Había más personas en la mesa, pero los detalles escapan a mi memoria. Además, en esa velada el vino corrió parejo y sin pausa, y lo que en un comienzo era camaradería y lenguaje cuidado no tardó en convertirse en un aquelarre en el que los frenos inhibitorios se fueron al tacho.

Esa iba a ser mi primera borrachera fuerte. Hasta entonces era del chorrito de blanco en vasazo de soda con hielo, apenas uno que otro sodeado liviano. Pero acá el vino tenía color jeringa de análisis y todos lo tomaban natural (tibio) y sin rebajarlo con nada.

Al tercer brindis me puse a contarle chistes a Tristán. Jamás sabré qué le pareció mi rutina, porque entre los efectos etílicos y la mala iluminación del lugar, la verdad es que me costó leer en su mirada otra sensación que la del hastío por tener que aguantar a un cordobés borracho con aspiraciones de artista.
En esa época era lo que más quería, me parecía el camino natural. Hasta creía que era cuestión de elegir la rama y que después el árbol de la vida se acomodaba. En mi ingenuidad pensaba que alcanzaba con “evitar” las empresas y los empleadores para ser feliz. Sigue leyendo

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Ventajas de tener a mano una casa abandonada

Cuando veo algo que me emociona, me dan ganas de ir al baño. No me refiero a que si engancho Cinema Paradiso en la tevé termino descompuesto; hablo de que algún extraño mecanismo en el interior de mi cuerpo reacciona de manera espástica ante ciertos y determinados estímulos. Tres estímulos para ser más precisos. Los que me embargan el aparato digestivo son: los paisajes, los museos y las casas abandonadas.

Es uno de los pendientes que me quedó en terapia, entender qué conexión existe entre esas cosas y mis movimientos peristálticos. Porque resolvimos más o menos bien el tema de las fobias, erradicamos casi por completo los ataques de pánico y redujimos a su mínima expresión un complejo de inferioridad enorme.

Pero con esto no llegamos muy lejos que digamos.

Tras varios años de terapia escuché todo tipo de explicaciones nacidas en los senos de distintas corrientes, escuelas y sistemas. Algunos terapeutas de pipas fumar relacionaban mis complicaciones intestinales con episodios no resueltos en la infancia; otros profesionales de la rama del sahumerio apostaron por la somatización; y los que trabajan por Daspu redujeron todo a un temita de colon irritable.

Lamentablemente, conocer las posibles causas no me libera del yugo de la corrida apremiante hacia los baños. Ya dejé terapia, ya me cambié de barrio y acá sigo, con un paquete de toallitas húmedas en el bolso por si acaso. Sigue leyendo

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Todos los vecinos del mundo y el mío

La obra está por cumplir un año y capaz que ahora se detiene. El vecino quiere armar una especie de complejo urbanístico a la medida de su divorcio, entonces tumbó paredes, destruyó canteros, construyó encima del resto de las propiedades, se hizo dos locales comerciales y le armó un nidito de amor a su ex medio cítrico para ahorrarse tener que mandarla a vivir lejos.

Todo esto ocurre en un PH muy viejo de cinco departamentos, uno de los cuales temporalmente ocupo yo por esas cosas de la vida.

Siendo las 13 de mi día franco, me desayuno con dos trabajadores de la construcción asomándose por un hueco flamante donde al vecino ahora se le antojó que tiene que haber una ventana.

Es un tipo de setenta y pico, muy poco adepto a consensuar con el resto. Desde que arrancó jamás se dignó a tocar un timbre para avisar nada de todas las cosas que hizo, que incluyeron tumbar la fachada del condominio para poner en alquiler su living como negocio de ropa y quiosco.
El hueco nuevo que aparece en el patio del vecino me da lástima. No es estrictamente mi patio, pero sé que esa propiedad está subalquilada, entonces la dueña real ni debe estar enterada.

–¿Estás enojado? –quiere saber mi pequeña.

–Hija, el papá nació enojado.

Los niños tienen ese sexto sentido que los mayores queremos olvidar cómo usar. Eso es quizá la parte más asombrosa de la experiencia de la paternidad, tratar de entender cómo ven el mundo, qué cosas les llaman la atención. Aprender de la inocencia. Sigue leyendo

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Rebalsar la copa del más allá

Juro por todo lo que quieras que cuando prendimos la luz, sobre la mesa se leía clarito, escrito con cera de vela y en latín: “Espiritum diabolicum”. Fue la primera vez que jugué al juego de la copa y todavía estaba en el colegio secundario. El mío era un colegio de varones así que no veíamos jamás a personas de otro sexo que no fueran parientes o personal educativo.

Un poco por eso elegimos juntarnos en la casa del santiagueño, ya que tenía una hermana algo mayor que nosotros y a todos nos gustaba.

Pero en lo personal también debo reconocer que abogué para que hiciéramos contacto espiritista en su domicilio por si algún diablo se ponía loco: no quería saber nada con llevar esos quilombos a casa.

Esa noche también estaban las amigas de la hermana del santiagueño, y había una chica en particular con la que no pude generar un buen vínculo: mi avidez por una experiencia sobrenatural chocaba de frente con su formación ultracatólica.

–Vos sos boludo, nene –me dijo ante mi insistencia–, te va a aparecer un fantasma en serio y te vas a arrepentir toda tu vida, ya vas a ver.
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La magia de los buenos vendedores

Voy cada tanto porque tienen como unos vigilantes raros que están para chuparse los dedos, pero la verdad es que también me cae muy simpática la chica que atiende la panadería. Hay algo en su inocencia rural cálida que me da paz. Supongo que su alegría natural me hace disfrutar por contagio.

Tenemos estrictos diálogos comerciales que se han vuelto una rutina que hacen más llevadera la transacción y la locura de los precios. En esa rutina yo arranco pidiéndole que me repita el nombre que le han puesto a esas facturas, que no se puede creer lo que están. La chica me dice algo así como “Churrinchas” (por alguna razón jamás lo retengo).

–Muy bien. Metamé todas las churrinchas en la bolsa, m’hija –le ordeno, solemne, cada vez.

Ella se ríe, murmura algo sobre cuidarse de peso mientras pesa la mercadería y me pregunta si quiero algo más.
Siempre digo que las churrinchas deberían estar declaradas como artículo de primera necesidad y a ella le parece gracioso. “Chocho él con sus churrinchas”, comenta para sí con irreverencia coparticipada. Y ese comentario alcanza para que el clima de la panadería se vuelva luminoso.

Me gusta comprar churrinchas por las churrinchas en sí mismas y por el ritual de hablar con la chica que atiende la panadería. La conversación es trivial pero ella ostenta la habilidad de los entrenados a diario, esa agudeza hecha a base de memorizar respuestas automáticas, salidas graciosas, juegos de palabras oportunos y hasta frases hechas que riman con el monto a abonar. Sigue leyendo

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