El miedo de noche

El velador parpadeaba con cada trueno. En las sierras siempre parece que la luz le tiene pánico a las tormentas.

Mientras yo leía, el viento afuera desparramaba las hojas que no alcanzamos a poner en bolsas de consorcio. Barrimos como unos descosidos toda la mañana pero nunca es suficiente para mantener a raya el otoño.

Aproveché que mi compañera estaba en la ciudad y me puse a tomar limonada con la firme intención de terminar de leer un libro de cuentos terroríficos.

Estaba justo disfrutando de una historia de fantasmas cuando por fin la electricidad se dio por vencida y me quedé mirando la lámpara convertida en un globo de ceniza que se fundió a negro.

–Ta que lo tiró de las patas –dije ante el repentino cambio de ambiente.

Cuando se va la luz es como si el mundo se detuviera.

Me di cuenta del quilombo que mete la heladera apenas se quedó muda, y estaba reflexionando sobre cómo nos habituamos a ciertos sonidos cuando escuché afuera el gruñido de la perra. Sigue leyendo

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Siga el baile, siga el baile

Jamás en la perra vida pude aprender a bailar lentos. Era una costumbre en mis años mozos y celebro que ya no esté de moda, porque las dos o tres veces que intenté los resultados fueron desastrosos.

Las “americanas”; los “asaltos”; las fiestas con “propalador”; todos padecimientos que sobrellevé con pánico.

No me gusta bailar.

Expresarse a través de los movimientos del cuerpo está muy bien, salvo para alguien como yo, que parece una momia con la verija toda paspada.

Me pongo nervioso en los casamientos, le tengo terror a las primas desatadas por el alcohol que se empeñan en arrastrarte hasta la pista para hacer un trencito. Por eso sufrí tanto cuando mi hija terminó el jardín de infantes y a las seños se les ocurrió la genial idea de que los padres hiciéramos un número de baile en el acto de fin de año.

Todavía no me explico cómo me engancharon, pero de buenas a primeras me vi yendo a “ensayar la coreo” una vez a la semana. Sigue leyendo

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Desenterrando misterios

En las piernas debo tener alguna especie de hormona irresistible, porque el perro de este buen hombre no dejó ni un momento de practicarme movimientos amatorios en los flancos.

Mientras conversábamos con el señor, el animal embestía sin tregua, inexplicablemente atraído por la dupla poco sexy de mi tibia y peroné.

–Se ve que le caíste bien –me dijo él sin soltar el detector de metales.

Me llamó la atención el aparato y la curiosidad me hizo improvisar una entrevista, la única forma que conozco de relacionarme con extraños.

Estábamos cerca del río, sobre uno de los caminos de tierra que llevan hasta las playas turísticas. Y como no había visto nunca a alguien con un coso de esos (una especie de escopeta con un plato en el extremo y con un tablero de comandos con luces y números digitales en el mango), decidí indagar.

Habremos charlado una media hora y en todo ese tiempo el bicho no paró un segundo de pistonearme las extremidades inferiores con una energía que no he visto ni en la más vergonzosa de las categorías triple x. Sigue leyendo

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Furor por «El Principito»

Con nombre de cantante melódico africano y pinta de recién egresado del colegio, hace pocos días un tal Nayib Bukele asumió la presidencia de la República de El Salvador.

“Ajá, ¿y?”, dirá usted, tal y como dije yo cuando leí la noticia.

Pero no es el nombre (que en rigor es de origen musulmán) ni el récord etario (con 37 años, se convirtió en el presidente más joven de toda Latinoamérica), sino las cosas que está haciendo las que llamaron la atención de un colega que me mandó la noticia.

La primera medida de gobierno de Bukele fue despedir vía Twitter a los parientes acomodados del gobierno anterior.

–Vos que escribís sobre series y películas, mirá esto y decime si no es un personaje de ficción –me puso mi amigo.

Con mensajes escuetos y sin vueltas, el flamante presidente empezó a mandar a funcionarios a su casa:

“Se le ordena al Secretario Privado Fulanito remover de su cargo como director de tal cosa a Menganito, con el salario de tres mil dólares que cobraba contrate 3 técnicos de mil c/u”, dice uno de los mensajes.

Y son muchos. Un montón.

En pocas horas, Bukele limpió ministerios y dependencias usando solamente su teléfono celular, con el que se deshizo de toda la parentela acomodada por sus predecesores. Sigue leyendo

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Un agradecimiento al hombre que me salvó la vida

El hombre que me salvó la vida en 2012 se murió hace unas semanas escuchando Frank Sinatra, mientras hacía gimnasia.

Siempre me gustó decir que los libros me sacaron de los pozos más profundos, pero debo reconocer que si todavía tengo hilo en el carretel es gracias a él y no a otra cosa.

Mi tío era uno de esos médicos retirados a los que se molesta con frecuencia porque –a pesar de haber colgado el guardapolvo–, conocen el cuerpo en la práctica mucho mejor que otros que se chamuscan las pestañas revisando bibliografía, sin mirar al paciente.

El Eduardo siempre estaba al otro lado del teléfono cuando había problemas. Y fue al primero que llamaron cuando me encontraba internado tras una operación que me había eliminado la sensibilidad del cogote para abajo.

Era diciembre, hacía calor y yo flotaba embriagado de anestesia en una terapia intensiva. Sigue leyendo

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