Luna de miel en Buenos Aires

Estábamos en la época lisérgica del menemismo, en la que hasta yo con esta cara cobraba cosas en dólares. Se me hace difícil recordar el año exacto, creo que puede haber sido 1994 o 1995. Era mi primera vez solo en Buenos Aires y me sentía adulto, curtido, aventurero e implacable. Había conocido a la chica en una fiesta en Córdoba y ahora iba a su encuentro en la gran ciudad.

Mientras pisaba una colilla antes de trepar al colectivo, pensaba en su figura rellenita y en su auto, que era chiquito pero rajaba como un cohete. Mi entusiasmo estaba sustentado en la idea de probar las mieles de la adultez: recorrer la ciudad, chapar furiosamente en las esquinas emblemáticas y escuchar tangos.

De no ser por la tremenda descompostura de vientre que me tuvo en vilo toda la noche, diría que el viaje no fue tan malo. Siempre me gustó el colectivo, aunque la espalda ya no me aguanta como antes. Me seduce el bamboleo para salir de la terminal, ver las luces espaciándose a medida que nos alejamos de la ciudad. Todo eso es lindo, salvo que estés “con desarreglo”.

Ahora sé que nunca debí haberme servido ese vaso de café agrio como canapé de luciérnaga. Me lo tomé para pasar garguero abajo unos alfajores de maizena que me asfaltaron todas las muelas, convencido de que la resistencia hercúlea de mis jugos digestivos iban a procesar todo. Grueso error.
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Sobrevivir a un casamiento

Si hay algo que me deprime soberanamente son las fiestas de casamiento, esas ceremonias pomposas que la gente organiza un tiempo antes de divorciarse. No llevo la cuenta de los compromisos de esa índole a los que tuve que asistir, pero sé que no disfruté de ninguno. Me dan calor y sueño las misas, me enferma saludar en el atrio a los codazos con las tías llenas de rouge, pisando al suegro y masticando granos de arroz para darle palmadas enérgicas a una pareja que hace 15 años que no veo.

De quienes conozco, el 80% que se puso anillos frente a un cura, hoy van por la vida con su certificado de soltería y una sonrisa alienada.

Con esto no quiero decir que esté en contra de las uniones, ojo; sólo estoy a favor de que no me inviten y me ahorren el sufrimiento. Tengo menos onda que una bandera de lata y me da tos andar bailando en trencito con una pechera de enormes tetas de plástico.

Cada vez que me anunciaron una próxima fiesta me dio gastritis y malestar general, y tuve que empezar a llamar gente para disfrazarme de muñeco de torta. Tengo un solo “ambo”, que es de cuando iba al secundario, y unos zapatos con el cuero manchado de fernet y pasto seco que no dan más. Sigue leyendo

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Terapia del manejo del dolor

El consultorio estaba en el living de su casa, dividido en dos por una cortina: de un lado, tres sillones para sala de espera; del otro, una camilla, un grabador con música celta y una fuente diminuta con agua corriendo entre piedritas.

Cuando un dolor nos aqueja, la capacidad de razonar se nubla, y llegué a la consulta con Doña Nieves harto de lustrar camillas en las guardias de los hospitales y en los consultorios de los especialistas. Mi problema era la espalda y no había encontrado un solo médico avispado que no me hiciera la prueba de tocarme la nariz con la punta de un dedo para recomendarme después que fuera a natación. Me molesta que la cura definitiva para algunos galenos sea meterse al agua.

Comencé a probar soluciones alternativas, no tanto porque crea en la medicina no tradicional, sino porque ya no me aguantaba viviendo dentro de mi cuerpo. Lo curioso en estos casos es que cuando empezás a preguntar, todo el mundo conoce a alguien que “hace magia”.

Doña Nieves había armado una rutina de control del dolor a base de ponerle play a una música de meditación llena de ruido a gotitas y a tres o cuatro gaviotas en random. A decir verdad, lo bueno del tratamiento de doña Nieves era que al comienzo te podías relajar. Y en ese sentido, me tenía sin cuidado la música funcional: es más, después de la primera consulta casi que me había vuelto fanático del registro plañidero. Pero cuando el tratamiento comenzó a avanzar, las prácticas se volvieron menos ortodoxas, y mi desconfianza se agrandó como miga en el agua. Sigue leyendo

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La resaca de los concursos literarios

Publiqué mis primeros textos en una antología de una editorial que estaba en Bahía Blanca. Llegué ahí por un aviso en el diario y la mecánica sencilla (vos ponías plata y ellos juntaban a muchos como vos en un libro) me entusiasmó. El resultado fueron cuatro páginas dentro de una antología horripilante. El responsable de la edición, un porteño bicho y de mucha labia, nos embaucó a todos los participantes y nos sacó unos buenos billetes.

En esa época no había ni mail ni celular, así que “los originales” se enviaban por correo tradicional, y al cabo de unos meses recibías el paquete en tu casa: 10 ejemplares con una tapa y una tipografía que te licuaban el alma. Pero de pronto algo tan mal diseñado y con tan poco empeño se convertía en tus primeras páginas encuadernadas: era lo más cercano a la felicidad que te podía brindar la escritura.

Yo quería ser escritor. Desde el momento en que descubrí que había gente que firmaba las historias que leía, supe que yo también quería contar historias por escrito. Pero lo supe cuando todavía no estaba listo para escribir nada, así que me dediqué mayormente a leer. En mi casa había muchos libros, pero todos malos. Best sellers tediosos o novelas primerizas que se desmoronaban a medida que les ibas pasando las páginas.

Opté por el cómic y la novela gráfica, y durante mucho tiempo abrevé en las cenagosas aguas de la pelotudez aventurera con dibujitos musculados. Me gustaba leer historias del espacio exterior y de superhéroes, pero no junté coraje para escribir lo mío hasta mucho después, ya terminando el secundario. Mientras tanto, escribí kilómetros de poemas de poca monta y bien edulcorados: la poesía era el único terreno en el que uno decidía cada cuánto apretar el “Enter” y nadie podía decirte nada. Sigue leyendo

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Gusnabo y su emprendedurismo

El quiosco estaba frente a la Plaza de la Intendencia y lo atendía Gustavo, un muchacho al que todos cargaban porque tenía un apellido difícil de pronunciar que terminaba en “chila”. Le decían “Gusnabo” y dejó el colegio justo antes de entrar al secundario, cuando la madre invirtió los ahorros y comprometió su jubilación en el alquiler de un local chiquitito que vendía puchos, vino “suelto” y pebetes.

Nunca hubo un quiosco tan minimalista ni tan lleno de gente haciendo maldades en toda la zona de Tribunales. Porque apenas se supo de su nuevo emprendimiento, empezamos a caer todas las tardes después del cole: los más traviesos, decididos a joderle la fuente de trabajo. Para nuestra edad sonaba raro que alguien tuviera esas responsabilidades, ya que todos éramos mantenidos.

Encima Gusnabo se tomaba su tarea con seriedad, y eso a algunos de la barra les caía mal; supongo que porque para ellos el Gusnabo entrepeneur era un espejo en el que descubrían sus propias limitaciones.

Fueron muchas maldades las que le hicieron, como la de robarle paquetes enteros de sánguches o destaparle las botellas de gaseosa sin que se diera cuenta, para que los clientes después vinieran a putearlo. La mayoría de las chanzas eran crueles y me empalagaban: no disfrutaba para nada de su desesperación, ni de sus ojos cristalinos por la angustia. Me molestaba que una gavilla de chiquilines se ensañara con la Pyme de Gusnabo. No era justo.

El bullying tocó techo en un día cercano a la Navidad, cuando uno de los facinerosos que integraban la comitiva estable en el quiosco vio que era buena idea acercarle un encendedor al estante donde Gusnabo tenía la pirotecnia para las fiestas. Sigue leyendo

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