Los tíos de Martina

Qué rara esta sensación que va saltando de corazón en corazón cuando se pronuncia tu nombre, cuando en las fotos, a la par de la sonrisa de tu mamá, aparece tu gesto de niñita pixelada.

A todos nos ha dolido que en este mundo extraño haya bebés descartables, chiquitinas de alcantarilla, obligadas sobrevivientes rosadas de piel fría.

A todos los que caminamos la ciudad nos hace eco el aire de tus pulmones reverberando en las cañerías, y el alma se nos vuelve jirones pensando en tus manitos en la oscuridad apretando la ropa que se enfrió a tu lado sobre un charco de agua servida.

Allá donde las ratas te perdonaron la vida, allá donde te destetó la muerte, hoy vivimos todos.

Cada noche estamos ahí debajo, turnándonos para hacerte upa.

Es una guardia horrible ver tus ojitos abiertos en la noche, girando en falso, adivinando los motores indiferentes, las bocinas de la prisa.

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Carta a Lulú

Bubú, en unos años tal vez leas esto y te sea más fácil entender algunas cosas. Es una gran oportunidad esta que tienen los niños de ahora de poder reconstruir con tanta facilidad su propia historia: todo está ahí, al alcance de la mano. Los viejos como yo sólo tenemos un puñado de fotos amarillas.

En nuestro pasado no hay movimiento ni sonido.

Si leés esto cuando seas más grande, quiero que sepas que hoy, a la vuelta del trabajo, te compré tu regalo de cumpleaños. Por estos días jugás a los Ponys con la Niki en el pasillo mientras yo le tiro el humo a las hojas de un libro. Se las ve disfrutar mucho…

Entonces, además de las Ponys y para presumir, les compré unas Barbies que me costaron un huevo y medio. En el baúl del auto tengo las bolsas. A pesar de que las Barbies, ya sabés, me caen bastante como el ojete, las compré porque entiendo que los cumples para ustedes son días especiales y vale todo.

Bueno, una tiene vestido rosa –como me pediste– y el pelo con una chula, está sosteniendo a un bebé; la otra está medio de coté dentro de la caja, enseñándole a hacer los deberes a una nena que se parece a tu hermana.

Si el día de mañana conversás con alguien sobre cómo era este mundo de 2014, buscá esto que te escribí para tener el dato posta de que una Barbie de esas cuesta siete gambas. O sea, setecientos pesos. O sea, tres cuotas con un diez por ciento de recargo. Una locura.

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El mito de los negros

–O sea, cantan bien, tienen los mejores deportistas en todas las disciplinas –enumeró Mario bajándose uno a uno los dedos de una mano–. Y ni hablar de cómo son genéticamente. Son perfectos.

-Así la poronga que tienen también –aportó, con aires de letrado, el Chueco–. En las porno siempre salen. Meten miedo, es preferible que te cojan y no que te peguen con eso en la cabeza.

–Sos un pajero, Chueco –dijo Meli.

–La cuestión –interrumpió Mario– es que son la raza superior. Imaginate. Fuerza, autocontrol –volvió a bajar uno a uno los dedos de una mano con los de la otra–. Y resistencia, resistencia ganada con años de esclavitud.

–Yo con una poronga de ese calibre de una que laburaría en el porno. Se deben llenar de guita con esos termos –insistió el Chueco.

–Tienen olor –sentenció Vanina, que parecía a medio camino de ser tragada por el sillón.

–Eso es un mito –la cortó Meli.

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Después del Golocausto

Desde que terminó el partido de Brasil a las seis y chirola, y hasta hace un rato, recibí no menos de treinta imágenes ocurrentes y frases ingeniosas vía wasap. El teléfono pitaba a cada rato mientras yo navegaba diarios y chusmeaba tuits. Al Facebook lo tenía también abierto y empecé a ver que las imágenes se repetían, que incluso hasta los diarios las compilaban. A medida que pasaba el tiempo se volvían más y más elaboradas, mejor producidas. En las últimas los fotomontajes estaban logrados con precisión quirúrgica y ya la tipografía típica del meme no jodía.

Me pareció simpático repasar el circuito: algo me entraba por wasap, yo lo reenviaba a un grupo (a veces lo que reenviaba ya estaba ahí). Y al poquito tiempo veía que eso que tenía en el teléfono ya estaba compartido o retuiteado en el monitor.

Me llamaron la atención dos cosas.

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Charly Medina muestra las uñas

Una vez andaba boludeando en Unquillo y recalé en un bar que se llama Papaíto. Es un lindo bar que cada tanto viste sus paredes con obras de algún pintor, fotógrafo o lo que sea.

Cuando yo fui, había cuadros pintados sobre cartón. Eran cuadros inocentes y pícaros a la vez. El eje parecía ser siempre la pobreza, la marginalidad y el humor.

Pregunté quién era el autor. “El Charly”, me dijeron.

Di con él en el corazón de un barrio carenciado en Unquillo. Martín Baez fue el fotógrafo que captó la situación del artista mejor que yo con mi grabador. Nos fuimos todos contentos. Dos horas de charla y salió esto…

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