Manejar por amor al arte

En ciertos grupos de gente, la pericia al volante mueve la aguja en el termómetro de la masculinidad. Un hombre que no sabe manejar, en esos círculos, es un hombre incompleto. Así me sentía yo cuando empecé a ver que los padres de mis amigos los llevaban a dar vueltas para que aprendieran el sutil arte de no chocar otros conductores o peatones cuando sacaran el carné.

La práctica en el manejo del vehículo era indispensable si querías rendir el examen, de lo contrario, tenías que viajar algunos kilómetros hasta una municipalidad más pequeña y menos exigente. En una época estuvieron de moda los carné de localidades en las que te daban permiso hasta para manejar trasatlánticos: el único requisito era la foto. Pero alguien se avivó y se cortó el curro.

A mí, desde que tengo memoria, de los autos lo único que me interesó siempre es que les anduviera el estéreo para poder escuchar (mientras el auto se movía) una canción de Genesis o de Phil Collins como solista. La idea de ir en movimiento con las ventanas abiertas mientras sonaba Mamma o Home by the sea, me hacía latir el corazón. Hay que pensar que en esos años no tenía walkman.

Del primer auto familiar no tengo muchos recuerdos. Sé que era un Fiat 128 blanco que carraspeó fatigado hasta el estertor que lo sacó de combate. A ese no le pude poner la mano encima. Luego llegaría el Dodge Coronado (amarillo con techo negro); un barco inmenso que se tragaba un litro de aceite cada 50 kilómetros y que tenía una palanca de cambio bastante caprichosa en el volante. Mi viejo me dio las primeras instrucciones para aprender a domarlo, pero ni yo era habilidoso ni mi padre paciente, así que la combinación resultó en un choque de personalidades y de un portón de ladrillo que oportunamente volteé tratando de cruzarlo.

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Se quema con un verso, ve un poeta y llora

Muchos años más tarde entendí qué era la mitomanía, que en ese entonces pensaba que era una cosa que tenía que ver con los Griegos. Pero en los años en los que una colega de mis viejos nos presentó a su flamante novio, no teníamos ni idea. Al comienzo, Julio nos parecía un hombre de mundo, un tipo que las había pasado todas. Si le preguntabas por un país lejano, te decía el presidente, el clima que tenían en esa época del año y la cantidad de habitantes. Sabía de mecánica, electricidad, enfermería; era viajado y de gustos refinados.

Había estado sentado a la mesa con príncipes, reyes y plebeyos, y de cada cosa tenía pilas de aventuras por contar. Con el tiempo sus historias se volvieron cada vez más increíbles. Además, cada cosa que uno contaba en la sobremesa disparaba en él un ánimo competitivo, y siempre terminábamos escuchándolo contar algo que opacaba la anécdota anterior.

Lo veíamos con más frecuencia los fines de semana de verano, cuando iba a visitar a mi familia junto a su pareja. En esos años no había Internet, pero por esa misma razón una noticia se instabalaba por mucho más tiempo en los titulares y en la mente de las personas. De escucharle inocentes aventuras que lo tenían como héroe involuntario pasamos a fumarnos anécdotas imposibles que dejaban embobados a quienes no lo conocían y que hacían que el resto, muchas veces, se levantara de la mesa para reírse lejos.

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Listo para el apocalipsis zombie

Me advirtieron que no hable de este tema en público, pero nunca hice caso de los buenos consejos. Así que acá va: soy una de las pocas personas por estas tierras que está preparada para un brote mundial que convierta a la gente en zombi. Sé que suena soberbio y banal, pero es cierto. Por supuesto que no he alcanzado el punto de armar un refugio y acopiar alimentos, pero no hace falta llegar a tanto para terminar lustrando un diván con los bolsillos traseros. Y durante mucho tiempo tuve que hacer eso quitarme la idea de la cabeza. Mi obsesión viene desde un tiempo inmemorial en el que descubrí la primera película al respecto: El regreso de los muertos vivos.

Así como los finaditos comenzaron a sacudirse la tierra de los hombros para caminar frente a cámara, yo también me contagié apenas terminaron de subir los títulos del final de aquella primera película. Fue épica: unos barriles con no sé qué líquido se derramaban en un cementerio y del suelo empezaban a brotar manos con unos uñones. A partir de entonces, siempre supe que me encantaría ser un sobreviviente a un apocalipsis cadavérico. De hecho, creo que esa es la única cosa en la vida que puedo hacer más o menos bien. Y es al día de hoy que tengo debilidad por cualquier cosa que ponga como temática a muertos andrajosos que van repartiendo mordidas.

Pero esto que el señor terapeuta redujo con desdén a un simple resabio de un trastorno obsesivo no sé cuánto, para mí es una fantasía liberadora. Y me encargo de paladearla todos los días.

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Sobre cábalas, supersticiones y suerte

El que dijo que pisar caca trae suerte, seguramente no tuvo que surfear media cuadra sobre lo que acabo de pisar en la esquina de Chacabuco y Corrientes. Un primer pantallazo a la suela de la zapatilla me confunde: el origen, ¿es canino? ¿Humano? Después de cavilar sobre la existencia o no de perros con aparatos digestivos tan generosos, me pongo a reflexionar sobre la manera irracional en la que delegamos la responsabilidad al entorno. Lo que nos afecta positiva o negativamente parece estar ligado con el universo esotérico y no con el resultado de acciones reales.

Pienso en esto también cuando en vez de pisar caca la cabeceo, gentileza del palomar en el que se convirtió el centro de la ciudad. Si andar ensanguchado en heces trae suerte, a esta altura debería tener un Quini 6 revancha en el bolsillo trasero.

Decir que pisar caca trae suerte es como decir que hay que llevarse una mano a la entrepierna si se nos cruza alguien que es mufa, o que camina de manera particular o que va vestido de monja.

Por mucho que nos empeñemos en creer en el poder mágico de estos conjuros silvestres, todas las creencias tienen origen en cuestiones puntuales, en costumbres antiguas o en la imaginación de alguien con tiempo para llenarnos el futuro de incertidumbres.

Para salvaguardar mi estabilidad mental, hace años que dejé de prestarle atención al sadismo de las predicciones: suficiente tengo con las tareas diarias, las desavenencias familiares, las motos de delivery y los colectivos que dejan nubes tóxicas en los semáforos, como para andar amargado porque el calendario marca que es martes o viernes 13.

Me costó mucho al principio pero pude dominarlo. En algún momento de mi vida decidí que ya no daría rodeos para sortear una escalera. Que no volvería a renegar con la gente que te pide que apoyes la sal en la mesa.

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Histórica entrevista a Marlon Brando

Entre las muchas herramientas que ofrece el periodismo, hay una que es indispensable por los beneficios que reporta para el abordaje de un personaje: la entrevista. A lo largo de la historia de la prensa, muchas plumas se destacaron por la excelente labor en el arte de conversar y convertir esa materia oral en una historia escrita. Pero también abundan los improvisados que, por alguna razón, no encuentran en el género un espacio amigable.

Entre las tantas opciones que hay para encarar una charla con un entrevistado, quizá el método del escritor catalán Enrique Vila-Matas es el más curioso. La anécdota data de sus comienzos, cuando con 19 años consiguió trabajo en la revista española Fotogramas. La historia de la entrevista que el escritor publicó se conoce en el circuito literario como “la entrevista a Marlon Brando”.

Vila-Matas le ofreció a la editora de la publicación una entrevista exclusiva con el actor. Lo que no aclaró era que no se manejaba con el idioma, razón por la cual buscó una solución de lo más práctica: inventar la entrevista de cabo a rabo. “Yo no quería que supieran que no sabía inglés y acababa de encontrar mi primer trabajo –contó el autor en una conferencia–. No me atrevía a decirle a la directora (de la revista) y me inventé toda la entrevista con él (Brando). Y me quedé muy contento”.

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